El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las islas, en los caminos de la gran historia

Las islas no solo vivían amenazadas endémicamente por el hambre, sino también por el propio mar, eternamente belicoso, y que lo fue más que nunca

en estos mediados del siglo [192] XVI . Las Baleares, Córcega, Sicilia y Cerdeña,

para no hablar más que de las ya conocidas, eran literalmente plazas sitiadas. Vivían pendientes de la defensa, dedicadas a construir torres de atalaya que señalaran a tiempo la aparición de corsarios o de barcos sospechosos, a levantar, reforzar y artillar las fortificaciones, bien trayendo las piezas de fuera, bien encargando a los fundidores de fabricarlas sobre el terreno, por los procedimientos harto simples empleados para la fundición de campanas…

[193]. Finalmente, en cuanto venía el buen tiempo, y con él la estación propicia para las operaciones, había que disponer de la necesaria guarnición de tropas de refuerzo. No era, pues, un problema fácil para España conservar la

posición de Cerdeña, ni siquiera de una isla tan próxima como Menorca[194]. Después del saqueo de Mahón en 1535, Carlos V previó la posibilidad de

evacuar la población de Menorca, trasladándola a Mallorca[195]. No menos trágico es el caso de la isla de Elba, en el archipiélago toscano. Brutalmente sorprendida, en el siglo XVI, por el avance de los corsarios berberiscos, habíase convertido en una frontera marítima constantemente asediada por el enemigo. Sus ciudades costeras —entendiendo por tales las grandes aldeas del litoral— se disolvieron por sí mismas durante estos años. La población se vio obligada a huir hacia las montañas del interior, hasta el día en que Cosme de Médicis emprendió, en 1548, la fortificación de Puerto Ferraio.

Estas inferioridades latentes explican la pobreza de la historia que generalmente se aloja en el corazón de todas las islas, aun de las más ricas. Con mayor razón que en otras partes, en Córcega y en Cerdeña, donde ya hemos puesto de manifiesto el triunfo de una economía pastoril harto primitiva, y en toda la región alta de Chipre, en la que, como en las montañas de Creta, se extiende una de las tierras de nadie más características del Mediterráneo, refugio de pobres, de bandidos y de prófugos… Hasta en el interior de Sicilia, de la rica Sicilia, nos encontramos con un país sin caminos, con ríos sin puentes y con una ganadería tan pobre y con ganado de tan baja calidad, que para mejorarla hubo que recurrir en el siglo XVI a importar

borregos de Berbería[196].

 

Las islas, en los caminos de la gran historia [I-203]

Vida precaria, estrecha, constantemente amenazada: tal es la suerte de las islas; su vida íntima, si se quiere. Pero su vida exterior, el papel que desempeñan en el primer plano de la escena de la historia, es de una amplitud que no se esperaría de mundos tan miserables. Aunque puede ser también que la vida exterior, que vemos mejor que la otra, tenga una amplitud que encubra su miseria. La gran historia, en efecto, pasa frecuentemente por las islas; acaso sería más justo, tal vez, decir que se sirve de ellas. Recordemos el papel de puestos de relevo que ocupan en las transferencias de cultivos: la caña de azúcar, que llegó a Egipto de la India, pasó de aquí a Chipre, donde se implantó en el siglo X; de Chipre se transfirió después a Sicilia en el siglo XI, y desde aquí siguió rumbo hacia el oeste (Enrique el Navegante la llevó a Madera, que fue la primera «isla azucarera» del Atlántico; de Madera, este cultivo llegó a las Azores, las Canarias, las islas de Cabo Verde y, por último, a las tierras de América). El mismo papel de puestos de relevo desempeñan las islas en la expansión de la sericultura y en la mayor parte de las difusiones de cultivos, algunas de las cuales son tan complicadas. ¿No fue Chipre, no fue la suntuosa corte de Lucignan, la que en el siglo XV difundió hacia el Occidente, tardando en ello más tiempo del que tarda en llegar a nuestro planeta la luz de ciertas estrellas, aquellas modas procedentes de la antigua y caduca China de los Tang? Sí, los zapatos de punta remangada y las tocas triangulares, que para nosotros marcan con tanta fuerza una época de nuestra historia, que evocan por sí solos la vida un poco alocada de la Francia monárquica y señorial, la de Carlos VI y las Ricas Horas del duque de Berry, todo esto había hecho ya las delicias de los chinos del siglo V… Pues bien, esta lejana herencia llegó al Occidente por conducto de los reyes de

Chipre[197].

No debemos maravillarnos de cosas como esta. En el camino de las poderosas rutas marítimas, las islas participan en las grandes relaciones. De este modo, un sector de la gran historia se sobreañade siempre a su vida cotidiana. Su economía sufre regularmente las consecuencias, incapaz como es, por su pobreza, de resistir a ciertos estímulos de esta vida de grandes relaciones. ¡Cuántas islas fueron invadidas de este modo por cultivos foráneos que no tienen razón de ser sino en relación con el mercado mediterráneo, y aun con el mercado mundial! Estos cultivos destinados a la exportación amenazan con frecuencia el equilibrio de la vida insular; a menudo son responsables de las hambres de que ya hemos hablado. Podemos ver esto con gran claridad en el ejemplo acrecentado de las islas del «Mediterráneo atlántico»: Madera, las Canarias, São Tomé, todas las cuales han sido literalmente asoladas por el monocultivo invasor de la caña de azúcar. Como lo será más tarde el Brasil colonial del nordeste. Madera, que al principio era una isla cubierta de árboles (como su nombre lo indica), perdió rápidamente la mayor parte de su larga envoltura forestal, por culpa de los ingenios de azúcar y de sus exigencias de combustible. Y esta revolución se hizo únicamente en interés de una Europa que exige el precioso producto, y no en provecho de los propios insulares. Pues lo malo de la caña de azúcar es que allí, donde se instala, desaloja a cualquier otro cultivo o reduce automáticamente el espacio destinado a los cultivos normales de víveres. Devastadora de antiguos equilibrios, esta recién llegada era tanto más peligrosa cuanto que la sostenía un poderoso capitalismo que, en el siglo XVI, procedía de todos los horizontes, tanto de Italia como de Lisboa o de Amberes. Derribaba todos los obstáculos. Los pueblos insulares soportaron mal, en general, esta usura vital. En las Canarias, el azúcar seguramente contribuyó tanto como las brutalidades de los primeros conquistadores a la desaparición de los indígenas autóctonos, los guanches, y fue también ella, finalmente, la que impuso la solución de la mano de obra servil, la esclavitud de los beréberes de la costa africana, en la que los corsarios cristianos procedentes de las Canarias hacían verdaderas razzias de hombres, y, sobre todo, la esclavitud de los negros de Guinea y de Angola, que espoleada tanto por el azúcar como por las minas, llegaría a mediados de siglo hasta las costas del gran continente americano.

Ejemplos oceánicos. Pero tampoco faltan los ejemplos estrictamente mediterráneos, aunque rara vez hayan sido tan trágicos para los habitantes. Recordemos el cultivo invasor del trigo en Sicilia, isla que era, por lo menos hasta 1590, e incluso bastante después, el Canadá o la Argentina de los mundos occidentales del mar interior. En Quíos fue la almáciga, resina y

bebida[198] [199] ; en Chipre, el algodón, la viña y el azúcar; en Candía y en

Corfú, la viña[200]; en Yerba, el olivo. Economías todas impuestas desde fuera, extranjeras y con frecuencia funestas para lo que los alemanes llamarían su Volkswirtschaft. Chipre sufrió su prueba en 1572, cuando arrebataron esta isla a Venecia. En tiempos de la señoría, su riqueza eran, además de los viñedos, las plantaciones de algodón y los campos de caña de azúcar, estos últimos mucho menos productivos a causa de las nuevas competencias lejanas. Riqueza; pero ¿de quién? De una aristocracia genovesa cuyas suntuosas mansiones todavía podemos ver hoy en la parte antigua de Nicosia. Esta riqueza no beneficiaba en lo más mínimo a los indígenas, griegos ortodoxos. La conquista turca desencadenó una verdadera revolución social. Un marino inglés nos lo refiere en un curioso testimonio de 1595. Un mercader de Chipre le contó la historia de la isla, mostrándole los palacios deshabitados y en ruinas de los antiguos señores genoveses y venecianos, a quienes los turcos pasaron a cuchillo en 1571, en justo castigo, dice nuestro testigo, por las increíbles exacciones cometidas por ellos contra sus

campesinos[201]. Por otra parte, en el mismo momento del desastre, los venecianos se han visto abandonados tanto por los griegos del campo como por los de la ciudad. Durante el ataque turco contra Nicosia, en 1570, «los habitantes de todas las condiciones sociales han continuado durmiendo casi

todos en sus propios hogares»[202]. Es cierto que a la partida de los venecianos siguió un descenso en las exportaciones de algodón hilado o en bruto y una decadencia de los viñedos tan acusada, que Venecia pudo adquirir al malbarato los preciosos odres que sirven para la fabricación del vino, y que se habían hecho inútiles en la isla. Pero esto no quiere decir necesariamente que Chipre declinase. Nada nos indica que la dominación turca haya traído

consigo un descenso en el nivel de vida de los habitantes de la isla[203].

Candía y Corfú nos ofrecen materia para análogas reflexiones. En estos casos, como en el de Chipre, imaginémonos un paisaje deforestado, donde el hombre se ha dedicado exclusivamente a trabajar las viñas, es decir, a producir uvas secas y vinos de Malvasía. En Corfú, la vid emigra de las montañas y colinas para instalarse en las llanuras, le pianure, donde su cultivo

es más cómodo[204], y desaloja el trigo en provecho propio. Pero en estos monocultivos hay siempre posibilidad de crisis por superproducción o baratura. En Creta, y por mandato oficial, se arrancan las viñas en 1584, entre gritos de cólera que bien podemos suponer. Los perjudicados llegan al punto de declarar que para ellos «no habrá diferencia alguna entre el hecho de ser

súbditos de la señoría o del turco»[205]. Esta economía colonial conoce, evidentemente, éxitos y fracasos. Se requiere una amplia concatenación de circunstancias para que el sistema funcione adecuadamente, asociando a viticultores, propietarios, marinos, mercaderes y lejanos consumidores. Vinos y uvas eran objeto de un comercio antiguo en un área muy extensa, mercadería de lujo. «Estaba tan emocionado, tan deprimido —dice Bandello de un personaje de sus Novelas—, que ella fue a buscarle un vaso de vino de Malvasía…».

Un último ejemplo de monocultivo es el de Yerba, al sur de las costas tunecinas. Así como las islas venecianas eran el reino del vino, Yerba era la isla del aceite. En condiciones mal conocidas, mientras la Tunicia continental había perdido su bosque de olivares, tan extenso en la época de los romanos, Yerba conservaba el suyo; y esta riqueza salvaguardada le valía aún en el