El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las colinas
Por otra parte, toda la sociedad dálmata se mantiene jerarquizada y disciplinada. En Ragusa había un enjambre de familias nobles. Hasta ayer mismo vivía en la ociosidad, sobre las espaldas de un proletariado humildísimo de hortelanos y pescadores, toda una clase de Sjor, de Signori. «El pescador [nos dice Cvijić] pesca para él y para un Sjor, al cual está estrechamente asociado; el Sjor le considera como a uno de los suyos, y al pescador le repugna vender a otro su pescado». A fuerza de ser estables, continúa diciendo Cvijić, estas sociedades están «como congeladas, estáticas…». Lo cual es, a la vez, cierto e inexacto.
Porque se trata de humanidades más bien que de sociedades estables. En efecto: las apacibles «laderas» evolucionan socialmente, se transforman, bullen. Sobre todo cuando se trata de la Dalmacia o del extremo de los macizos catalanes, caso en el que podríamos habernos detenido con cuidado: lo complica el hecho complejo de que esta región no desemboque, como los castelli romani, en una llanura estrecha y limitada, sino en el mar, que todo lo complica y al mismo tiempo todo lo facilita. La franja dálmata está vinculada también por el Adriático a Italia y a un vasto mundo. Se abre ampliamente al exterior. Y Venecia, que la dominaba políticamente en el siglo XVI, la penetró, aun sin quererlo, con su civilización conquistadora.
Las colinas
El mismo problema encontramos cuando se trata de colinas, sobre todo de colinas de toba o de cal del terciario, que los hombres ocuparon inmediatamente, y que inmediatamente dominaron: las colinas de Languedoc; las de Sicilia; las de Montferrat, esas «islas» del norte italiano; las de Grecia, que a menudo siguen ostentando sus nombres clásicos; las colinas de Toscana, con sus célebres comarcas, sus ciudades y sus pueblos, que son casi ciudades, en la campiña más impresionante que existe en el mundo; por último, las Sahel del África del Norte, famosas tanto en Túnez como en Argelia.
Entre el mar y Mitidja, apoyado contra ese macizo central en miniatura que es Buzarea, el Sahel de Argel constituye la esencia misma de Fahs, de la
campiña argelina[179]. Una campiña toda ella urbanizada, repartida entre los dominios de los turcos argelinos, en que impera el dialecto de la ciudad
próxima, estrecho oasis en medio de los dialectos «nómadas»[180] que rodean el centro urbano. Arregladas, cultivadas y desecadas (se han descubierto en
nuestros días las canalizaciones de la época turca)[181], estas suaves colinas son todo verdor. Los huertos, gloria y esplendor de tanta ciudad mediterránea, son cerca de Argel suntuosos, y rodean las blancas ciudades de árboles y de aguas brillantes que en 1627 fueron la admiración de un cautivo portugués,
João Carvalho Mascarenhas[182]. Admiración bien comprensible, porque, aunque Argel era una ciudad de corsarios, que había brotado a la manera americana, era también una ciudad de lujo y de arte, muy italianizante a principios del siglo XVII. Es, con Liorna, que creció de la misma manera, una de las ciudades más ricas del Mediterráneo en aquella época; en todo caso, una de las mejor dispuestas a transformar su riqueza en lujo.
Es evidente que si consideramos estos ejemplos a la ligera, corremos el peligro de hallarnos ante problemas de muy simple naturaleza y específicos de estas regiones. La luz que arroja el reciente trabajo de René Baehrel sobre
la Baja Provenza durante los siglos [183] XVII y XVIII nos previene frente a
semejante actitud. Sometido a examen minucioso, nada hay más complejo y más variable en el tiempo que esta frágil economía del cultivo en terraza en el flanco de las colinas. Entre los pequeños muros de contención, la franja de tierra, denominada restanque o, más frecuentemente, oulière, se ensancha o se estrecha, según sea más o menos pronunciada la pendiente de la ladera. «La viña se plantó al borde de la oulière, y los árboles un poco por todas partes»; entre viñedos y árboles crecen el trigo, la avena mezclada con las almortas (para las mulas) y, sobre todo, las legumbres (lentejas, guisantes, farouns). Estos cultivos hubieron de competir entre sí, a tenor de los precios del mercado; también han de competir con los productos de las regiones vecinas e incorporarse a la riqueza o pobreza de economías de mayor amplitud que la propia. A finales del siglo XVI, el campo alrededor de Vicence da la impresión de tener unidas todas sus tierras, constituido por una «sucesión ininterrumpida de huertos», y eso a pesar de estar formado por
planicies, valles [184] y monti. En cambio, en el interior, en el Languedoc abundan las colinas desérticas que no merecen el esfuerzo que requieren las
rompudes [185] (rozas). Cuando los tiempos son difíciles se abandonan con frecuencia los pechs pedregosos. No siempre le compensa al hombre el gastar sus fuerzas en cultivos en terraza.
No debemos dar, en suma, una importancia excesiva a estos mundos de las colinas, que son, en su conjunto, poco numerosos. En algunos casos poseen los grupos humanos mejor enraizados del Mediterráneo, los más estables que allí se conocen. De aquí a ver en ellos los verdaderos puntos de apoyo de la civilización mediterránea, sus únicas patrias creadoras, no hay
más que un paso, y Lucien Romier lo ha franqueado[186], pero con los peligros inherentes a una simplificación tan exagerada. El ejemplo de las colinas toscanas o el de las colinas de Languedoc no deben inducirnos en tentación hasta el punto de que sus límpidas aguas nos hagan olvidar las otras fuentes nutricias del gran cuerpo mediterráneo…