El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
De los Balcanes a Danzig: el istmo polaco
rusas en la Edad Media[104] en algunos curiosos proyectos italianos anteriores
a la tentativa inglesa[105] [106] , o a continuación de ella, en el siglo XVIII ; por sí
solas y en circunstancias favorables, son capaces de perturbar los tráficos del mar entero.
Y puesto que determinan los ritmos de la economía rusa, unen a esta con la vida del resto del mundo. Esto lo ha demostrado un reciente estudio sobre
los movimientos de precios en el Estado ruso del siglo [107] XVI , los cuales
varían siguiendo las fluctuaciones generales en Europa. Una vez establecida esta relación, podemos suponer, aventurándonos hasta donde permiten los límites de la prudencia, que la gran regresión del siglo XVII debe tener su parte de culpa en la desorganización de Rusia, devorada entonces por agitaciones
sociales y afligida por fracasos exteriores, al menos a partir de 1617[108]. Pese a estos avatares y pese a los ataques a lo largo del Volga de bandas de cosacos contra alguna que otra Staritza (caravana), la gran ruta sigue hormigueando
de bateles, bestias de carga y, en invierno, trineos[109].
De los Balcanes a Danzig: el istmo polaco[110]
El istmo que llamamos polaco no está, o ha dejado de estarlo, en el siglo XVI, unido al Mar Negro, sino a la península de los Balcanes. Claramente inclinado hacia el oeste, conduce del Báltico al Danubio, y, por una ruta tortuosa, hasta Estambul (y quizá más allá). ¿Debe pensarse, acaso, que, al volverse genovés y turco, el Mar Negro perdiera su fuerza de atracción sobre Polonia? Sí y no. Si bien la ocupación turca de Caffa (1475), Kilia
(1484) y Bielogrado (1484)[111], ha interrumpido un comercio hasta entonces activo, hay que tener, por otra parte, en cuenta las crisis del comercio del Levante. Y la inseguridad de las rutas meridionales, a causa de los tártaros, ha jugado también una parte importante. Declinó un tráfico continental a larga distancia que desde el siglo XIII había aprovisionado Polonia desde el Mar Negro, en especial desde Caffa, de los productos del Levante, principalmente pimienta y especias.
Pero sobrevive la antigua ligazón: todavía a mediados del siglo XVII, Tavernier señala que existían transportes por carro entre Varsovia y Caffa, los
cuales hacían el viaje en cincuenta días[112]. Pero no deberíamos valuar en exceso ni las rutas antiguas ni aquellas activas que por Moldavia permitieron a Polonia el acceso directo a los Balcanes y a las mercancías tanto de Turquía como del Levante. Si el país polaco presenta la curiosa característica de ser una especie de zona de comercio libre o, para ser más precisos, una zona de libre paso con unas aduanas y peajes mínimos, también es un inmenso espacio como dos veces Francia, como dice el informe que sobre Polonia dirige M. de
Valence a Carlos IX y Catalina de Médicis (1572)[113]. Como es natural, los transportes por tierra resultan enormemente caros. Un last de trigo dobla
largamente su precio en el trayecto de Cracovia a Vilna[114]. Así, pues, siempre que resulte posible, hay que recurrir a las rutas acuáticas y aprovechar los tráficos regulares (los de la sal, por ejemplo) o limitarse al transporte de mercancías ligeras y valiosas. Como se ve, abundan las dificultades.
A Polonia le ocurre lo mismo que a Moscovia: está sujeta a la dominante economía del Báltico, y con ello a las exigencias del mercado de los Países Bajos, que compran trigo, centeno y productos forestales. Ámsterdam
controla a distancia precios y fluctuaciones[115]. En estas condiciones, el papel de Danzig resulta al mismo tiempo importante y limitado. Es el centro comercial más próspero y mejor situado «del lado de acá del estrecho de
Dinamarca». Es el lugar donde se debe comprar, indica un veneciano[116] en 1591, y no en los vecinos centros menores de Könisberg o Elbing, «porque allí son más seguras las personas con quienes se trata y más ricas y menos bárbaras que en cualquier otra parte». También resultaba bastante cómodo ir a Danzig para beneficiarse de los descuentos que se hacían en la feria de Santo Domingo, que tenía lugar en la ciudad misma, a las ferias de San Bartolomé, en Gniezno, o a la de San Miguel, en Poznan (Posen). Además estaba Núremberg, que ofrecía facilidades financieras, valederas en Viena, Breslau, Cracovia y en la misma Danzig.
Pero entre la economía subdesarrollada de Polonia y de las regiones vecinas que Danzig explotaba en nombre del sacrosanto principio de frei Handel und Commercien, por un lado, y Ámsterdam que la domina, por otro, la ciudad desempeñaba un papel muy limitado: era la intermediaria en un sistema que constantemente la rebasa. Su papel consistía en comprar los granos (y también otros productos, pero principalmente grano) en las ferias de invierno que tenían lugar en Thorun (Thorn) y en Lublín. Era allí donde los nobles vendían sus cosechas (trilladas durante el invierno y transportadas entre abril y mayo, después del deshielo). Danzig las almacena, comprueba su calidad y se apresura a venderlas, pues, en el mejor de los casos, se trata de trigo del año anterior y es imposible mantenerlo almacenado mucho tiempo. Sono bisognosi di danaro, añade Ottobon, necesitan numerario para hacer nuevas compras, reinversiones e, incluso, pagos por adelantado, en dinero efectivo, sobre Núremberg, por los cuales se recibía normalmente una comisión de 3 %; ¿podría ser esta la razón que explica los humildes beneficios que a decir de nuestro veneciano —que ha vivido siete meses entre ellos— perciben los habitantes de Danzig? Es más, ¿no estarían cogidos entre dos fuegos a causa de las exigencias de los vendedores de trigo, por una parte, y las de los compradores holandeses, ingleses, franceses, españoles y, muy pronto, de todo el Mediterráneo, por otra? De hecho, se encontraban a la merced de quien les pudiera proveer del indispensable dinero efectivo, con el que poder manipular en los mercados arcaicos de Polonia y países vecinos. Marco Ottobon así manifiesta cuando define las dos condiciones principales para la prosperidad del mercado de grano de Danzig: en primer lugar, la cosecha del año anterior, puesto que solo se ofrece a la venta el trigo viejo; en segundo, la demanda portuguesa (mejor diría yo ibérica), que domina el mercado tanto por la relativa brevedad del viaje y la posibilidad que ofrece de pago en dinero efectivo, como en razón de su volumen, incomparablemente superior al de las exportaciones al Mediterráneo, excepto durante los años de
crisis de finales del siglo[117]. Finalmente, si Danzig se conforma con el papel de agente intermediario, y deja declinar su marina, ello obedece a que el ligero porcentaje que percibe gravaba cantidades enormes de grano: casi
80 [118] 000 toneladas a partir de 1562. De todos modos, la economía de Polonia descansa sobre esta ciudad decisiva: Danzig es «la ventana» por la que se asoma al mundo, aunque evidentemente no siempre en beneficio propio.
El centro de gravedad del país se va desplazando gradualmente hacia el norte. En 1569 se perfeccionó la unión entre Polonia y Lituania, hasta entonces unidas solamente por la comunidad del soberano. En 1590 se
trasladó la capital de Cracovia a Varsovia[119]. Durante los últimos años del siglo XVI, Polonia luchó contra Suecia y contra Rusia, en un combate «a la española», perdido de antemano, que evoca la tentativa acometida hacia la misma época por Felipe II al final de su reinado para hacer entrar simultáneamente en razón a Francia e Inglaterra.
Política y economía apuntan en la misma dirección, como prueban las estadísticas del comercio polaco, sacadas a la luz gracias a las investigaciones
de R. Rybarski[120]. La balanza de pagos resulta favorable a Polonia y la acumulación de capitales beneficia a la nobleza, la szlechta, atenta a vender su trigo, su centeno y su ganado (ganado vacuno engordado durante el invierno, al que se denominaba «ganado de los señores») y a obtener beneficios de todo, incluso de la venta de cervezas de manufactura barata, para el consumo campesino. Se dan todas las condiciones para que Polonia abra sus puertas —y las abre— al comercio de lujo, a los mercaderes
extranjeros que frecuentan sus ciudades y ferias y a los [121] szkoci, vendedores itinerantes de origen escocés que siguen a la corte de un lugar a otro, protegidos por los grandes señores de manera muy semejante a los mascates del Brasil colonial de antaño, protegidos por sus clientes, los grandes
propietarios, que eran «muy generosos y esplendidísimos»[122], igual que los polacos.
Hacia el sur, dos zonas comerciales reclaman ahora nuestra atención: una muy próxima y activa, otra remota y más difícil de controlar.
La que pasa próxima es la ruta regular de los vinos, que, partiendo de Moravia y Hungría, alcanza una Polonia que, prácticamente, carece de viñedos. La llegada del vino nuevo es una ocasión anual de fiestas. Para prevenir posibles fraudes de los taberneros, todas las tabernas de Cracovia deben ostentar obligatoriamente en su enseña un montón de paja o un ramo
verde, según sea moravo o húngaro[123] el vino que despachan. El vino llegaba a Leópolis desde Valaquia, donde lo producían colonias húngaras
asentadas en el sur[124].
Además, esta ruta comercial próxima suministra, particularmente desde Moldavia, animales para carne, en vivo, bovinos en su mayor parte, pues los innumerables corderos de la llanura se requisan regularmente para satisfacer el insaciable apetito de Constantinopla. El ganado vacuno de Moldavia era la moneda de cambio usual del país, que de ese modo podía adquirir en las ciudades de Transilvania y Polonia los paños ordinarios de fabricación local y los útiles de hierro indispensables al campesino: rejas de arado, cuchillas de reja, guadañas, hoces, clavos, además de bramante, soga, cinchas y
arreos[125]. Estos cambios tienen lugar en las ferias de la frontera, sobre todo
en Siatyn, Sipeniti y Lintesti[126]. Pero el vacuno blanco de Moldavia también se exporta a Alemania, a Venecia y, según nos dice un historiador, a Danzig, desde donde emprende, a partir del siglo XV, el camino a Inglaterra. En 1588, el embajador inglés en Constantinopla concluye un acuerdo en virtud del cual los paños ingleses se cambiarán por «ganado blanco», que en su camino a
Inglaterra transitará por Danzig[127].
Se le irán uniendo a este ganado moldavo en su ruta hacia el norte bovinos de Podolia, Rutenia, Volinia, Lituania y de la misma Polonia, regiones todas ellas muy mal provistas de comunicaciones normales, y que se limitan a producir la cantidad de grano precisa para cubrir sus propias necesidades y exportan ganado. El ganado tiene la ventaja de transportarse a sí mismo, en largos convoyes encaminados a las ciudades del oeste, de Poznan a Leipzig, e incluso hasta Fráncfort del Maine. Según
R. Rybarski[128], salen cada año de Polonia entre 40 000 y 60 000 cabezas de ganado vacuno. Documentos relativos a la frontera turco-polaca hablan, posiblemente exagerando un poco, de cientos de miles de animales; sea como fuere, nos produce en todo caso la impresión de una inmensa cantidad de animales ambulantes, algo así como ocurrió en la América colonial y con un paisaje de fondo en muchos aspectos similar: amplios espacios apenas hollados por el hombre, dilatadas ciénagas, poderosos bosques, viajes interminables y larguísimos convoyes de animales medio salvajes.
Hacia el sur, más allá de Cracovia, Leópolis y Galatz, evitando Hungría, país endémicamente castigado por las guerras, una larga ruta comercial conduce a los Balcanes, y, sucesivamente, a Constantinopla. Viajan en una dirección pieles, cueros, pequeñas cantidades de ámbar, paños polacos, tanto ordinarios como de lujo (en cuyo caso se reexportan), hierro y, posiblemente,
monedas de baja aleación[129]. A cambio, los mercaderes armenios y judíos (sobre todo a partir de 1550) y también los turcos y griegos (Andrea
Carcacandella[130], mercader griego de Constantinopla, obtuvo en 1534, gracias al apoyo del sultán, el derecho a comerciar libremente en todo el territorio polaco) envían caballos y, con mayor frecuencia, especias y sedas. Un pleito dirimido en Cracovia la víspera del día de Santo Tomás del año 1538 nos informa de que Stanislas Zijemijanij, mercader polaco, ha llegado de Turquía con 40 piezas de camelote, petias czambeloti integras, valoradas cada una en 10 florines; 34 piezas pequeñas, a cuatro florines; 102 libras de
macia y 24 libras de nuez moscada[131]. Por lo que allí se dice se deduce el motivo que lo ha enfrentado con su acreedor: este le había adelantado mercancías y dinero antes de iniciar su viaje desde Cracovia.
En 1530 y 1531 encontramos también mercaderes armenios de Kamieniec
en la feria de Lublín, con azafrán y arroz de origen turco[132]. En 1548, Lublín obtiene el privilegio de presentar, a modo de prueba, varias res aromaticae
importadas de Grecia y Turquía[133]. Conoce entonces esta ciudad un periodo de considerable prosperidad, de la que sus ferias son testimonio elocuente. Situada entre Leópolis —al sur— y Varsovia, resulta una cómoda etapa en la ruta de Danzig, con la ventaja, además, de ser una ciudad que no exige derechos de «etapa» —sklad—, a diferencia de Leópolis, que goza de privilegios y los defiende. En Lublín las mercancías entran y salen a voluntad de los mercaderes, mientras que en Leópolis se retienen y se ponen en la venta.
A esta última ciudad, lugar de reunión de mercaderes judíos, levantinos e italianos, afluye con ellos el comercio del sur. En 1571, un agente de la casa Hureau, mercaderes originarios de Valenciennes, afincados en Amberes, va
de Danzig a Leópolis, y a continuación sigue viaje a Constantinopla[134]. En 1575, un italiano al servicio de uno de sus compatriotas establecido en Cracovia compra en Leópolis vino de malvasía y moscatel: estas preciosas bebidas vienen sin duda, lo mismo que el vino dulce griego que se consume
en la ciudad, de las orillas del Mediterráneo oriental[135]. Y con cierta regularidad pasa por Leópolis, en su camino a Constantinopla, la que era llamada «caravana de Polonia», constituida por una multitud de mercaderes y carreteros que se detienen en los hans de las ciudades contando, aunque no siempre, con la protección de las autoridades; algunas veces hacen alto en pleno campo y en él establecen sus vivaques. Pero no siempre estamos enterados de lo que transportan hasta el Bósforo esos pesados vehículos
tirados por bueyes[136] o caballos.
Por estos dificultosos caminos viaja un tal Tommaso Alberti, mercader de Bolonia, quien nos ha dejado una relación, muy breve, de su viaje. Llega por mar a Constantinopla, ciudad que abandona el 26 de noviembre de 1612; pasa por Adrianópolis y cruza la Dobrudja. Como los carreteros son turcos, lo abandonan el día del Beiram, y se marchan al pueblo más próximo a celebrar la fiesta. Las interminables llanuras rumanas le producen al viajero la impresión de ser un «mar de tierra firme». Es fácil extraviarse si no hay rodadas de vehículos precedentes que indiquen el camino. Llega a Jassy con la nieve. Seis días más tarde entra en Leópolis, donde vende sus mercancías y compra otras; llegada la primavera vuelve a Constantinopla con 60 carros, tirado cada uno por seis caballos. El 23 de mayo de 1613 vuelca un carro durante la dificultosa travesía de los Balcanes. «Dentro de él había 30 sacos de reales españoles, conteniendo 500 cada uno, pieles de marta cibelina y otras mercancías». Se pudo recuperar todo, y el día primero de junio entraba el convoy en Constantinopla, ciudad que nuestro mercader abandona de nuevo el 21. Llega a Leópolis el 27 de julio, y sigue camino a Cracovia; finalmente, después de pasar por Praga, Núremberg y Milán, pone pie en
Bolonia el 25 de octubre[137].
A pesar de todos estos pintorescos pormenores, y considerado el evidente déficit de la balanza de comercio polaca en sus relaciones con el sur, el volumen de estos tráficos no soporta una comparación con el de los múltiples intercambios comerciales laterales entre Polonia y la vecina Alemania, con Fráncfort del Oder con Núremberg, que compra pieles, o con Silesia, escenario de disputas arancelarias suscitadas por la ambición, más de una vez
defraudada, de los mercaderes de Wroclaw (Breslau)[138]. Tampoco admite comparación con esos tráficos en diagonal que por Breslau, Leipzig, Núremberg, Augsburgo y la Alemania del sur, corren hacia Italia y alcanzan Venecia, desde donde emprenden el camino de vuelta. En junio de 1564, la señoría de Venecia concede permiso al agente del rey de Polonia para una entrega de armas que incluye 100 coseletes, 500 arcabuces y 30
alabardas[139] [140] . De Italia llegan constantemente artistas, mercaderes y
artesanos; tres de estos últimos instalan un tejar en Cracovia el año 1533[141]. Llegan también tejidos de lujo o de pseudolujo. En Venecia y Nápoles se
fabrican[142] sedas de trama muy clara, a las que se da cuerpo sumergiéndolas en un determinado preparado: ¡se las conoce con el nombre de robba per
Polonia [143] ! Hacia 1565 hay entre 15 y 20 botteghe d’Italiani extendidas por Polonia, entre ellas la de los Soderini, mercaderes riquísimos. Pero a medida que avance el siglo irán llegando en mayor cantidad hombres y mercancías de Italia: movimiento análogo al que encontraremos en la Alemania del sur, como si, al finalizar el siglo, la invasión de hombres y mercancías de Italia por toda la Europa Central y del Este viniera a compensar la invasión del Mediterráneo por los nórdicos. En Polonia había mercaderes italianos por todas partes y allí se quedaron largo tiempo, en Cracovia, Leópolis, Varsovia, Lublín y Sandomir. El gran periodo de la presencia italiana va de finales del
siglo [144] XVI hasta mediados del XVII. El libro de cuentas de uno de estos
mercaderes muestra, con fecha de 1645[145], sus actividades en las ferias polacas, especialmente en las de Lublín. Están anotadas las monedas manipuladas, los precios, las cantidades, los gastos en vehículos de transporte y una sorprendente cantidad de paños de diferentes orígenes vendidos en Lublín: tafetán verdegaio a onde de Londres, terciopelo verde piano de Florencia, caravaccia nera de Nápoles, raso azuro piano de Venecia, paño rosa seccha, raso nero de Lucca… Estas denominaciones no son fáciles de identificar y los nombres de los lugares de procedencia no son, seguramente, genuinos. Pero testimonian, como las memorias de Tommaso Alberti, sobre la presencia italiana mucho después del siglo XVI. Lo mismo se podría decir de la vecina Transilvania, donde mercaderes, obreros, arquitectos, albañiles, tallistas de la piedra y soldados de Italia desarrollan una evidente
actividad[146].
Lo dicho ayuda a explicar la situación general de Polonia. Lo que le falta a esta en el siglo XVI no es desde luego un impulso vital del que dio múltiples pruebas, sino una economía monetaria activa y de amplio radio de acción. Si el Estado polaco es tan frágil en profundidad, y su rey lo es «más por
representación que por ejercicio del poder»[147], la razón hay que buscarla en el orden político y social de la «república» y en la imposibilidad de centralizar suficientes reservas de moneda, y en consecuencia, poder disponer de un ejército moderno. En las fronteras que tocan con los turcos y los tártaros se confía la defensa de estas a cosacos «bandoleros agregados de todas las
naciones», dice un texto español[148], y añade: «gente belicosa, siempre en movimiento e inquieta, cruel y capaz de resistir las mayores fatigas, y también, la más infame que se pueda encontrar en el mundo». En todo caso, gente que puede actuar según les parezca, no un ejército moderno. En enero de 1591, el pago a los soldados estacionados en la frontera moscovita plantea difíciles problemas a la Dieta, que se había reunido en Varsovia. Mientras tanto, los soldados viven del país, que devastan, con idéntica indiferencia,
tanto a un lado como al otro de la frontera[149], lo que también ha ocurrido, como bien sabemos, en los países más ricos de Occidente.
Las consideraciones económicas explican por qué la política polaca se interesa en especial, como ya hemos visto, por los asuntos del norte, siempre en la misma dirección en que discurren los tráficos, disputando con Moscovia tanto a causa de Narva y del Báltico como de las zonas de frontera indecisa entre los dos países. La política polaca es, en consecuencia, decididamente pacifista en cuanto al sur. Turcos y polacos no tienen el menor interés en venir a las manos. Los aliados de la Santa Liga pierden su tiempo cuando en 1572 tratan de persuadir a Polonia para que se lance contra el gran turco. Los turcos, por su parte, apoyan, en 1573, la elección del duque de Anjou como rey de Polonia. En 1590, en vísperas de la guerra turco-húngara, intervienen los ingleses para que se establezca un arreglo amigable entre turcos y polacos. Estos últimos se muestran premurosamente conciliantes. En enero de 1591, ante las quejas del gran turco por los abusos cometidos por los cosacos polacos, el rey, de acuerdo con los barones de la Dieta, acepta pagar, o mejor dicho, ofrecer cento timpani de zibellini, valoradas en la considerable cantidad de 30 000 florines. También es cierto que, para proveer a este pago, se impuso inmediatamente un impuesto de un florín por cabeza, para el solo
año de 1591, a todos los judíos del reino[150].
De modo que se estaba en paz con el sur, circunstancia que por sí sola no basta para explicar la sorprendente difusión por Polonia de los modos de vestir y las tiendas suntuosas de Turquía, de las que aún hoy podemos ver ejemplos en los museos. ¿Habremos subestimado quizá las relaciones comerciales con el sur?