El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
1567-1568: bajo el signo de los Países Bajos
oficialmente por los triunfos imperiales contra los turcos.[92] “No sería malo que se le diesen [gracias] de buen corazón”, exclamó el escéptico G. de Silva, embajador del Rey Católico en Londres, encargado de recibir tan graciosas declaraciones. Sabiendo el 10 de diciembre que Felipe II iría a Flandes vía Italia, la reina manifestaba con no menos calor sus sentimientos: de haber
seguido la ruta del océano, ¡cuán grato hubiese sido tenerlo como huésped![93] ¿Acompañaría al rey una poderosa armada? Ella confiaba en que sería muy
fuerte, para que diese su merecido a esos malos súbditos…[94] Semejantes muestras de simpatía no engañaban a nadie ni impedían que la reina expresase sus temores ante una posible alianza entre el emperador, el papa y el Rey Católico contra los protestantes. Venecia también veía con recelo el paso de las tropas españolas por Italia y juzgó prudente poner a Bérgamo en[II-525]
condiciones de defensa.[95] En cuanto a Alemania, tenía multitud de razones, políticas y religiosas, para estar sobre aviso. Y en mayo de 1567, desde antes
de la llegada del duque de Alba,[96] tomó sus precauciones: embajadores del elector de Sajonia, del duque de Wurtemberg, del margrave de Brandeburgo y del landgrave de Hesse arribaron a los Países Bajos con la misión de pedir protección para los luteranos, alegando que no habían participado en la rebelión calvinista.
No nos proponemos, sin embargo, estudiar aquí la brusca expansión de la política española en este año de 1566; es decir, de estudiarla como correspondería: en su encuadramiento europeo, en medio de la fiebre y de la pasión religiosas que agravaban los conflictos confesionales del siglo. Expansión que lo gobernaba todo, en realidad, y que fue, más que la intransigencia o la torpeza, más que las llamadas imprudencias o las verdaderas incomprensiones de Felipe II, el auténtico origen de las revueltas de los Países Bajos.
1567-1568: bajo el signo de los Países Bajos
En 1567 y en 1568, el Mediterráneo se convirtió en un teatro secundario de la actividad hispánica, porque ésta se desarrollaba en otras partes, y en parte también porque el desarme en el mar interior era casi general. La explicación es fácil en lo que concierne a España: sus fuerzas vivas, su dinero, sus preocupaciones todas, se localizaban fuera del Mediterráneo. No ocurría lo mismo en cuanto al Imperio otomano, aunque la explicación exacta de ello se nos escapa. Desde luego, el imperio debía resolver sus dificultades del lado
de Persia,[97] las cuales eran menores de lo que afirmaban los avisos de Constantinopla. Veíase también, es cierto, entorpecida por la continuación de la guerra en Hungría; pero ésta, proseguida en 1567 durante la estación del[II-526] buen tiempo, y por cierto, sin ardor (su único episodio importante fue la incursión que los tártaros, y no los turcos, realizaron contra la frontera austriaca, haciendo 90 000 prisioneros cristianos, según se dijo), se terminó con una nueva tregua de ocho años, firmada el 17 de febrero de 1568 y
negociada el año anterior.[98] Los turcos encontraban también algunas
dificultades en Albania,[99] pero eran las de siempre, sin que su importancia pasara de lo secundario. En cuanto a las que encontraron en Egipto y en el
mar Rojo,[100] no afectaban la vida esencial del imperio, por lo menos hasta 1569. ¿Debemos explicar, entonces, la inacción turca por las elevadísimas pérdidas de la campaña de 1566 en Hungría, o por el advenimiento de Selim II, poco afecto a conquistas y a expediciones guerreras? Eso decían los
testimonios de la época,[101] y tras ellos, los historiadores. Quizá sea cierto, por más que no debe olvidarse que detrás del “indigno sucesor” de Solimán,
como le llama Hartlaub,[102] el primero de los “sultanes indolentes”, como
dice Ranke,[103] se encontraba un activo primer visir, el asombroso Mehemet[II-527] Sokobi, digno de la gran época de Solimán. Tal vez deba pensarse que estos dos años de estancamiento (1567, 1568) escondían el deseo secreto de atacar Venecia y de aislarla con anticipación. En el otoño de 1567, ciertos informes anunciaron que se construía una plaza fuerte en Caramania, frente a Chipre, y que se construían caminos en el interior del país. Estos datos bastaban para suponer la inminencia de un ataque en esta zona. Puede ser que el deseo de tener manos libres contra Venecia haya impulsado a Selim y a sus consejeros a conceder la tregua de 1568 al emperador.
Fuerza es reconocer que, de una manera insidiosa y grave, había afectado también a Turquía la acción paralizante de las sucesivas malas cosechas. En febrero de 1566, Venecia se dirigió a Felipe II para obtener trigo; por sí sólo,
este detalle marca el principio de las dificultades en el Oriente.[104] Un aviso “digno de fe” indica que en abril, la gente se moría de hambre en Egipto y en
Siria.[105] Esta situación económica explica en parte la inquietud concomitante del mundo árabe. La cosecha siguiente, la del verano de 1566, fue particularmente mala en la cuenca oriental del Mediterráneo: en toda
Grecia y desde Constantinopla hasta Albania.[106] También el año 1567 fue difícil. Haedo señala que en Argel hubo una gran escasez, que se prolongó
hasta el año siguiente, 1568,[107] pues no parece que la cosecha de 1567 haya sido suficiente para resolver las cosas. Todavía en noviembre, un agente del virrey de Nápoles escribía que había en Constantinopla una terrible escasez de
pan.[108] También la peste, compañera inseparable de la miseria, asolaba la
gran urbe.[109] Un aviso fechado en Constantinopla en marzo de 1568, anunciando el acuerdo de la tregua con el emperador, decía claramente que el arreglo se había firmado por “los tumultos de los moros, las reboluciones del Cayro, la carestía de las vituallas y maxime la de la cebada ha sido causa
desto…”[110] De modo que se puede llegar a la conclusión de que la cosecha[II-528] de 1567 fue, en el mejor de los casos, mediocre. Sólo después de la de 1568 pudo un comunicado dar este informe optimista: “En Constantinopla ay
sanidad y abundancia aunque falta de orgio [111] [sic] ”. Debemos decir que tampoco entre 1567 y 1568 fue muy brillante la situación alimenticia en el
Mediterráneo occidental.[112]
Turcos y españoles vivieron estos años espiándose recíprocamente, decididos a no obrar y, por consiguiente, dando rienda suelta al mayor número posible de falsos rumores, con lo que se asustaban unos a otros: el uno creía que la armada de su adversario atacaría La Goleta, Malta, Ragusa,
Apulia, Chipre o Corfú;[113] [114] el otro temía expediciones contra Trípoli,
Túnez o Argel.[115] Por lo demás, los temores duraban poco. Los servicios de espionaje de los beligerantes estaban lo bastante bien organizados para que esta guerra de sombras —de nervios, se diría ahora— no sobresaltase a nadie durante demasiado tiempo. Pero la incertidumbre los obligaba a tomar precauciones que pesaban sobre toda la vida del Mediterráneo.
En 1567, por ejemplo, se repitió la habitual tramoya, inútil y no obstante necesaria. En mayo, el virrey de Nápoles dio la alerta a sus marinos y ocupó
los puntos estratégicos,[116] a pesar de que Mesina y Sicilia estaban ya
sometidas al zafarrancho habitual de todos los veranos.[117] Por su parte, los turcos sacaron su flota en 1568. Medida puramente defensiva, pues la flota
dio media vuelta apenas llegó a Valona;[118] mas la proximidad de este[II-529] centenar de galeras bastó para poner en pie de guerra y activar los preparativos de seguridad en las costas orientales de Italia.
¿Había pensado Felipe II que, en el momento en que necesitaba estar eficaz y fuertemente armado, estas precauciones, que costaban una cantidad respetable de ducados, eran un lujo inútil? En todo caso, y muy naturalmente, renacían entonces en España los proyectos de tregua con el turco y, después de la fiebre de los armamentos y del imperio de los soldados, empezaba el juego de la diplomacia. No es malo subrayar el oportunismo, la falta de prejuicios de la política española, tal como se reveló por lo menos en cuatro ocasiones (1558-1559, 1563-1564, 1567 y 1575-1581), y seguramente en otras que escapan a nuestro estudio; política muy distinta, como se ve, de la que la historia se empeña en atribuir a España.
Una vez más, no se trata de peligrosas maniobras oficiales, no olvidemos que Felipe II, en el mismo momento, continuaba recibiendo los preciosos subsidios de Roma para alimentar su guerra contra el turco. Lo esencial, pues, si se fracasa, es no haberse comprometido. Así, en enero de 1567, el Tiziano, en Venecia, ponía al agente español Garci Hernández en relaciones con un emisario turco. De lo cual el mismo Garci Hernández informaba sin pérdida
de momento a Felipe II.[119] El emisario pretendía que el emperador iba a lograr seguramente la firma de la tregua que solicitaba al sultán, y que el Rey Católico podría perfectamente quedar incluido en ella si así lo deseaba. Entraba en detalles bastante extraños a propósito de cantidades no pagadas por el rescate de Álvaro de Sande; se ofrecía como mediador en Constantinopla y hasta afirmaba haber escrito al embajador sobre el asunto sin haber recibido respuesta. Aseguraba también que, en 1566, sin los errores de Michel Sernovich, se hubiera arreglado el caso y que, en aquel entonces, el rey de España estaba incluido en el proyecto de tregua, “como V. M. debe saberlo”, escribía Garci Hernández. Finalmente, el emisario, un tal Albain bey, dragomán del gran señor, se ofrecía para actuar posteriormente e indicaba a este efecto, como intermediario, un mercader de Pera, Doménego de Cayano… Pequeños detalles y pequeños actores que se unen a muchos[II-530]
otros. En mayo de 1567, en París esta vez,[120] Francés de Alava entraba también en relaciones con un enviado turco, el cual había llegado a Francia a discutir principalmente las reivindicaciones del judío Micas, favorito de Selim II, importantísimo personaje decorado con el título de duque de Naxos y que, por añadidura, desempeñaba en Constantinopla el papel de un Fugger de menor cuantía. Ya hemos hablado de este curioso individuo. El agente turco hacía, en nombre suyo, varias ofertas de servicio a España, proponiendo especialmente dedicar sus buenos oficios a la obtención de una tregua entre el Rey Católico y el sultán. Ruy Gómez, añadía el enviado, seguramente conocía los secretos de esa negociación. El asunto no carece de interés. Como toda noticia acaba por trascender (experimentando de paso muchas deformaciones), Fourquevaux registra por ese entonces en Madrid un rumor singular: el turco había despachado a su gran dragomán para que rogara al rey
de Francia “mediar en una tregua con el Rey Católico”.[121]
Si los turcos ofrecían de este modo sus servicios —no gratuitos— al rey de España, era porque conocían, seguramente mejor que Fourquevaux, sus intenciones y el curso de sus actividades. Ya Felipe II había emprendido, por su parte, negociaciones. Chantonnay, su embajador, había partido para Viena con instrucciones muy precisas. Se trataba, una vez más, de gestionar la tregua sin pedirla. El 23 de mayo de 1567, el embajador escribió al rey que el emperador había enviado a Constantinopla al obispo de Agria, quien en tiempos de Solimán había servido como diplomático al emperador Fernando para negociar en Turquía. Chantonnay le había remitido copia del papel que Felipe II le confiara y en que se contenían las condiciones en que el soberano “consentiría en negociar algún acuerdo con el turco”. Desde luego, el asunto se presentaría como un proyecto concebido por el emperador, y no por el rey.
[122] Poco tiempo después, Felipe II felicitaba a Chantonnay por haber
cumplido tan bien su misión.[123]
El resultado fue que, en diciembre de ese mismo año, los embajadores[II-531] imperiales, en cumplimiento de sus instrucciones y para lograr cuanto antes la conclusión de la tregua, ofrecieron que el Rey Católico entraría en la negociación, tema que, para mayor discreción, trataron con Mehemet Sokobi
en lengua croata.[124] Pero el gran visir permaneció impasible: si Felipe II quería una tregua, ¿por qué no enviaba un embajador para solicitarla? Sin embargo, la negociación no paró allí, sino que fue a perderse entre las ávidas
manos de José Micas.[125] Todavía en junio de 1568, Chantonnay escribía a Felipe II que se había negado a recibir un embajador turco que llegó a Viena al día siguiente de la tregua y que le quería hacer una visita en “su posada”.
[126] [127] Felipe II le respondió, el 18 de julio, aprobando esta conducta y rogándole que prosiguiera los tratos conforme a la línea que le había trazado. Y, aunque nos es imposible seguirla en todos sus movimientos, sabemos que la negociación continuó. Ignoramos, asimismo, a qué resultado condujo.
No cabe duda de que Felipe II no quería la tregua lo bastante como para pagar el precio que hubiese costado. Una suspensión total de actividades en el Mediterráneo hubiese cegado un pozo sin fondo de gastos y de esfuerzos. Pero las “hostilidades” eran tan benignas, que no parecían entrañar un peligro real: y si lo hubiesen entrañado, la marina hispánica estaba ya en condiciones de responder a cualquier ataque. Felipe II disponía en España de 70 galeras, sin contar con las que aún se construían en Barcelona; 100 en total, dice
Fourquevaux.[128] A esto se añadían las fuerzas considerables de las escuadras en Italia. Todo este contingente naval no bastaba para enfrentarse en batalla abierta contra una gran flota turca; pero sí impedía al rival operar a su antojo. Fue también suficiente para tener a raya las fustas y las galeotas de los corsarios, y hasta descargar contra ellas algunas expediciones punitivas: con
la mayor tranquilidad, la flota hispánica, en 1567 y 1568,[129] limpió el estrecho de merodeadores, principalmente de argelinos, que en 1566 turbaban[II-532]
casi en la impunidad las costas de Andalucía hasta la altura de Sevilla.[130]
Y, sobre todo, como tranquilos propietarios de sus mares, los españoles pudieron utilizar las rutas mediterráneas para la concentración de sus fuerzas
destinadas a Flandes.[131] Estos movimientos de tropas, que comenzaron mucho antes de 1567, dieron lugar a una serie de viajes marítimos en este
año. La infantería de Nápoles se embarcó en enero.[132] Poco después se
concentraron los viejos tercios españoles en Milán,[133] no sin molestias y gran enojo de quienes tenían que alojarlos. Hacer circular estas fuerzas a través de Europa no era un problema despreciable para la diplomacia española, cuidadosa de no despertar resentimientos, por lo cual se ocupaba de obtener en todas partes, y con la debida anticipación, salvoconductos con todas las de ley. Naturalmente, no faltaban rechazos —en primer lugar, el del
rey de Francia—[134] [135] y la mala voluntad es casi unánime.
Añadamos las dificultades de aprovisionamiento[136] y las que originaban
los transportes marítimos:[137] había que encontrar naves, y los viajes, que se emprendían a pesar de la mala estación, no ocurrían sin incidentes. El 9 de febrero naufragaron y se hundieron en Málaga 29 navíos cargados de
municiones, de víveres y de piezas de artillería.[138] El duque de Alba, por ejemplo, estuvo esperando mucho tiempo —tal vez en una expectativa voluntaria para ver qué hacían los turcos, como lo sugiere Fourquevaux[II-533]
—[139]antes de embarcar en Cartagena con algunas compañías “bisoñas”, lo
cual, por fin, logró el 27 de abril.[140] En Génova, donde se encontraba a fines
de agosto,[141] se le recibió con calor y se le abrumó con prevenciones, demandas y quejas, especialmente a propósito de Córcega, donde el asesinato
de Sampiero Corso, el 17 de enero de 1567,[142] no bastó para restablecer la
paz[143] [144] y donde Francia continuaba interviniendo.
Ciertos historiadores opinan que estos preparativos militares fueron demasiado lentos. Pero, al afirmarlo, miden mal la importancia del movimiento de hombres (además de las tropas regulares, la servidumbre, las mujeres de los soldados y las mozas de partido, las cuales estaban organizadas en verdaderos batallones) y de transporte de vituallas; toda esta impedimenta se movilizaba en aquel tiempo en grandes navíos redondos, que lo mismo llevaban a la soldadesca que sacos de habas o de arroz y galleta. Era la más gigantesca operación de transporte de tropas que se había visto hasta entonces en el siglo. A un extremo de la cadena, en Andalucía, aún redoblaba el tambor de los reclutadores, cuando las primeras tropas españolas, después de una larga travesía, llegaban a los Países Bajos. Pero ¿no era una locura situar tan lejos el centro de los intereses de la monarquía española y combatir tan lejos de sus bases?
Quizá España tuviera un último momento de duda en mayo de 1567. El duque de Alba bogaba entonces hacia las costas italianas. “Después de su partida [escribía el agente toscano Nobili el 12 de mayo de 1567], estos señores del Consejo, en vista de que los asuntos de Flandes se arreglaban con[II-534] tan buena fortuna para Su Majestad, sostuvieron numerosas conversaciones sobre la cuestión de saber si el duque debía pasar a Flandes o si no era tal vez
oportuno emprender una campaña en Argel o en Trípoli”.[145] Conclusión del debate: en favor de que se hiciese volver al duque de Alba hubo cuatro votos sobre ocho; los otros cuatro consejeros opinaron que debía seguir viaje. Nobili añade: “parece que esta última opinión prevaleció”. Y no podía ser de otra manera. ¿Cómo podían Ruy Gómez y sus amigos (que, por lo demás, no estaban precisamente molestos porque se alejara el duque de Alba) detener la pesada y compleja maquinaria militar, una vez puesta en movimiento? El hecho nos brinda la oportunidad de ver la agitación que los acontecimientos podían provocar en el centro del gobierno español.
Parece que, en la medida en que los Países Bajos esperaban obtener una
solución pacífica y una semilibertad de conciencia a cambio de dinero,[146] especulaban, sobre todo, contando con Ruy Gómez. En enero de 1567 se dijo en Madrid que emprendería viaje hacia Flandes no el duque de Alba, sino Ruy Gómez, quien iría en plan pacífico y sin armas, “pues todos los Estados
de dicho país lo demandaban”.[147] Lo cual hace pensar que los antiguos nexos señalados desde 1559 entre Ruy Gómez, su partido y los grandes señores de los Países Bajos seguían aún en pie seis años después. No es de extrañar, pues, que se manifestara entre los dos partidos gubernamentales una oposición tan viva. El duque de Alba propiciaba la intervención. Ruy Gómez era favorable a la alianza contra el turco, por el contrario, si hemos de creer en
lo que decía el nuncio.[148] Es cierto que los dos rivales se reconciliaron[II-535] oficialmente en marzo, y hasta en público. Es cierto que Ruy Gómez no dejaba que lo manejara Fourquevaux, quien, quejoso del duque de Alba, se
encontró ante sí a un hombre cortés y de rostro falsamente afligido.[149] Pero no por ello dejó de ser menos viva la lucha entre los dos bandos, tanto en los asuntos grandes como en los más pequeños.
El rey toleraba sus conflictos y sus choques, pero los dominaba. En marzo de 1567 nombró, sin consultar con nadie, a las personas llamadas a desempeñar los mandos y disfrutar los beneficios disponibles, “lo cual provocó gran indignación” entre los jefes de fila de los partidos. En sus decisiones finales, la política española era, por encima de todo, obra del Rey
Prudente.[150]
Sea de ello lo que quiera, el caso es que el Imperio español se lanzó a la empresa de Flandes en 1567, y con tales fuerzas, que sus vecinos no tuvieron
paz ni sosiego durante muchos meses.[151] En Francia, después de la sorpresa de Meaux, en septiembre, comenzó de nuevo la guerra civil, culminando con
la batalla de Saint-Denis, el 10 de noviembre,[152] para apaciguarse poco después. En la paz de Longjumeau (23 de marzo de 1568), el príncipe de Condé sacrificó tal vez los intereses de la masa de su partido únicamente a las
ventajas de la nobleza protestante.[153] Pero, de este modo, como lo pensaba
Felipe II, quedaba libre para obrar en los Países Bajos.[154] Además, la agitación en Francia había perjudicado considerablemente las comunicaciones de los españoles, entorpeciéndolas de tal modo, que los correos tenían que seguir las rutas oceánica y mediterránea, una partiendo de San Sebastián y la
otra de Barcelona, y ambas de una lentitud desesperante.[155] En Alemania se[II-536] sobresaltaba y agitaba también el mundo protestante, como se vio en la
sublevación de Groninga.[156] En Inglaterra, Isabel contemporizaba y continuaba con sus amabilidades; pero también formulaba quejas. En junio de 1567, Cecil manifestó a Guzmán de Silva que corría el rumor de una liga contra los protestantes y de que se proyectaba apoyar a la reina de Escocia. La mejor prueba de estas maquinaciones era que el emperador, para tener las manos libres, acababa de concertar con los turcos una tregua bastante desventajosa para ellos, que había escandalizado a los miembros del Privy
Council.[157] Finalmente, al margen de estos rumores, Inglaterra servíase del arma que, poco a poco, iba afirmándose en sus manos: en el Atlántico, comenzaba una verdadera guerra entre los corsarios ingleses y los navíos de España.
De lejos y sigilosamente, una reacción antiespañola iba organizándose a través del norte de Europa, sorteando prudentemente la fuerza que Felipe II había emplazado allí y que quizá no era un instrumento de guerra tan magnífico como lo creía la diplomacia española. En primer término, conducida desde lejos, desde muy lejos, entrañaba un elevadísimo costo. Muy pronto empezaron las deserciones a mermar las filas y, para llenar los huecos, tuvo que sonar de nuevo el tambor de leva de Andalucía, lo cual implicaba nuevos y elevados gastos, y nuevas y deplorables lentitudes. Además, este orgulloso y magnífico ejército de Flandes no tenía cobertura marítima y se hallaba a merced de cualquier ataque que lo privara de la gran ruta oceánica por donde surcaban las zabras vizcaínas.
Por un momento, sin embargo, se pudo creer que iba a formarse una flota importante. Felipe II, que había publicado la noticia de su partida y renunciado a tomar la ruta de Génova, hizo preparativos serios —tangibles, al menos— en Santander, en la costa del Cantábrico. Pedro Menéndez de Avilés había regresado de Florida a tiempo, según parecía, para tomar el mando de la flota real. Mas, pronto, y de una manera brusca, se cursaron contraórdenes. Los historiadores siempre se han preguntado si no habría en esto una jugada “castellana”, una profunda maniobra para asustar Europa y para sacar dinero a las Cortes de Castilla o, quizá, también para ocultar todo lo posible las
razones que mediaban para enviar al duque de Alba.[158] Esta última[II-537] explicación es, desde luego, la más seductora. En todo caso, y como de costumbre, nada, absolutamente nada se había traslucido de los cálculos del rey. Porque Felipe II no era precisamente un hombre comunicativo. En su propia corte, todos andaban perplejos en este año de 1567. Y Fourquevaux, sin duda para excusarse de saber tan poco, escribía a su soberana que aun los más enterados miembros del Consejo no “saben lo que pasa, pues Su
Majestad no declara sus intenciones sino lo más tarde que puede”.[159]
Probablemente, nunca llegaremos a saber si el viaje de Felipe II fue una finta o un proyecto sincero y largamente meditado. Fue, en todo caso, uno de los grandes temas de la especulación política en 1567, y todavía en 1568. En Francia, hasta llegó a creerse que Catalina proyectaba entrevistarse con su[II-538]
vecino en Bolonia.[160] Nada indica de una manera concluyente que Felipe II no fuera sincero. Es evidente que su presencia en el norte —y la de una flota que lo hubiese acompañado— habría podido ser decisiva para el curso de los acontecimientos. Pero, después del arribo del duque de Alba a Bruselas en
agosto,[161] y habiéndose restablecido el orden en los Países Bajos, ¿era necesario —tan grande parecía entonces la victoria real— que Felipe II se embarcara hacia el norte “a la boca del invierno” que comenzaba? Al rey se le dice constantemente —en 1568 también, por lo menos hasta la primavera—
que “lo de Flandes está quietissimo”.[162] Añádase que en 1568 se produce la tragedia de don Carlos, más conmovedora y más dura todavía en la realidad
que en las deformaciones de la leyenda.[163] ¿Podía ponerse en viaje el padre,
habiendo caído el hijo enfermo en enero (murió el 24 de julio siguiente?)[164].
Poco importa, por lo demás, pues lo trágico de la política española de los Países Bajos no está en el viaje o en los viajes frustrados de Felipe II —