El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las abdicaciones de Carlos V: 1554-1556
1553][151] dudan todavía si el príncipe de España, acercándose a Alemania[II-376] como lo hará al ganar Inglaterra, no podrá, con la ayuda de este reino y gracias a las divisiones germánicas, intentar apropiarse por las armas la ‘coadjutoría’ del imperio, que antes ha intentado obtener mediante la negociación.”
Todo ello permite suponer cuánto pesaba en la balanza de la diplomacia el
matrimonio inglés, ya antes de formalizarse.[152] El único consuelo para los enemigos del emperador es pensar que las bodas reales aún no se han celebrado y que Inglaterra se halla sacudida por conmociones bastante graves, que a los franceses les gustaría agravar todavía más con sus provocaciones y
sus llamamientos al pueblo londinense.[153] ¿No llegó a pensarse, por febrero
de 1554, en trasladar a la reina a un lugar seguro, al puerto de Calais?[154] Carlos V no se ha asegurado con su victoria diplomática el apoyo de Inglaterra, sino solamente la buena voluntad de una reina que no es más que la dueña muy insegura de su país, que no está segura de sus propios medios, ni siquiera de los socorros españoles, cuyo paso hacia Inglaterra pueden
interceptar los franceses;[155] de una reina, por último, peor provista de dinero que el propio emperador o que su hijo.
Las abdicaciones de Carlos V: 1554-1556
La falta de dinero hace sentir su gran peso sobre esa fase de la guerra. Por el lado del emperador surgen a cada paso dificultades con los Fugger, los
Schetz y otros prestamistas de Augsburgo, de Amberes o de Génova.[156] Y la situación no es mejor en lo tocante a Francia. Es cierto que el rey consigue levantar empréstitos sobre la plaza de Lyon: 1553 es el año del “grand party”. Pero este dinero tomado a préstamo hay que reembolsarlo, creando para ello nuevos y nuevos empréstitos. Lo que provoca, o, mejor dicho, agudiza en el país un malestar que viene ya de muy lejos.
Ya en 1547[157] el condestable había tenido que reprimir algunos[II-377]
disturbios campesinos en la Guyena contra los tributos. En abril de 1552,[158] ciertos avisos transmitidos a España indican que Francia no carece de trigo ni de pan, pero que reina en ella un gran descontento contra los impuestos, del que no se libran ni los monasterios ni los hospitales de San Antonio o San Lázaro. La guerra que se reanuda en este año de 1552 trae consigo la ruina para las personas humildes, los comerciantes y los campesinos, indefensos ante las exacciones de los gentileshombres. “Cada gentilhombre —leemos en una de estas noticias— toma lo que ha menester en toda la tierra… y así está toda la comunidad como moros sin dueño.” Trátase, cierto es, de una noticia española, que debe tomarse con todas las reservas, pero que, evidentemente, no puede considerarse falsa en su totalidad, puesto que, en abril de 1554, un
aviso de Francia destinado a la Toscana[159] señala, a su vez, el cansancio de la gente; el mal estado de los ejércitos; la imposibilidad en que el rey, falto de recursos, se encuentra para enrolar suizos; la nueva subida de los impuestos y la fundición de la plata de los particulares; la venta de cédulas de nobleza y las contribuciones impuestas al clero… Por lo demás, el cansancio es el mismo en todos los países cristianos, Francia, España, Italia y Alemania; en agosto, el papa intenta apoyarse en esto para arriesgar una tentativa de paz.
[160]
Tampoco se encuentra en mejor postura el Imperio turco, cuyas fuerzas se hallan empeñadas en la guerra de Persia. En 1555, el embajador del Rey Cristianísimo, Codignac, tiene que presentarse en medio del ejército que opera contra el sofí para suplicar del sultán en persona el envío de la armada.
[161]
Así, pues, donde los historiadores imaginan cálculos e intrigas, lo que hay, con harta frecuencia, es sencillamente falta de medios y, particularmente, de medios financieros. Durante estos dos años de 1554 y 1555, la guerra se lleva en todas partes con lentitud y de mala gana: es una guerra de plazas, en
la frontera de los Países Bajos y en las líneas del Piamonte, donde Brissac[162] toma por sorpresa la plaza fuerte de Cassal, en junio de 1555; una pequeña[II-378] guerra marítima en el Mediterráneo, donde la armada turca no hace más que presentarse: en 1554, bajo el mando de Dragut, se demora en Dirraquio más de la cuenta, o ése es, por lo menos, el parecer de los franceses, quienes, de concierto con las galeotas de Argel, intentan mientras tanto intervenir en
Córcega y operar en las costas de la marisma toscana.[163] Y no encuentran por parte del enemigo ninguna reacción importante, tanto más cuanto que una parte de las galeras españolas ha sido despachada al Atlántico, para acompañar a Felipe a Inglaterra. Pero Dragut llega tarde y apenas hace más que flanquear las costas de Nápoles, para retornar casi en seguida al Oriente.
Los agentes franceses ponen el grito en el cielo hablando de traición,[164] y desde entonces hacen lo posible y lo imposible por alejar a Dragut del mando de la flota. No está descartada, después de todo, la posibilidad de que este aventurero haya recibido dinero de los españoles. Pero al año siguiente ya no ocupa en la flota más que un puesto de segundo rango, bajo las órdenes del nuevo capitán pachá, Piali Pachá, hombre joven e inexperto. Y, sin embargo,
y a pesar del rey de Francia, que exige “una guerra fuerte y ruda”,[165] la flota turca apenas hace otra cosa que asistir, sin tomar parte en él, al asedio de Calvi, plaza que, bien abastecida por los genoveses, da jaque mate a los franceses asaltantes. Y asimismo asiste como espectadora a la tentativa del mes de agosto contra Bastia, que el año anterior había vuelto a caer en manos del enemigo. Finalmente, después de algunas tentativas fracasadas sobre las
costas y las islas toscanas, arguyendo falta de víveres[166] y pretextando mal tiempo, vira en redondo y se vuelve a sus bases. ¿No hay razones para pensar que había recibido, como el año anterior, instrucciones para proceder con prudencia?
Esta cautela de los grandes Estados permite a los pequeños mostrarse más decididos y más eficaces que de ordinario. Ya hemos visto con qué energía conduce Génova su guerra en Córcega; en 1554-1555, expulsa a los franceses
de gran parte de la isla.[167] No menos poderoso es el esfuerzo desplegado por Cosme de Médicis; mal sostenido en el mar por Andrea Doria, quien, por una[II-379] parte, se muestra cauto, y, por otra, como buen genovés, ve sin gran entusiasmo la expansión toscana. Cosme obliga a capitular, a pesar de todo, a los franceses de Siena, el 21 de abril de 1555; y, meses más tarde, recupera Orbitello, en las costas de la marisma. Sólo queda en pie la “República” de Montalcino, en las montañas del Apenino, refugio de los patriotas de Siena y
de algunos franceses.[168] Hasta que, a fines de 1555, la ataca también Cosme,
comenzando por limpiar de enemigos el Val di Chiana.[169]
Por su parte, el Estado argelino, agresivo y eficiente, merece por sí solo, en estos dos años, una mención más extensa que la flota otomana. En 1554,
[170] Salah Rais, llevando a su ejército por mar hasta el puerto “nuevo” de Melilla y luego por tierra hasta Taza y Fez, donde entra como vencedor, desencadena contra Marruecos una incursión de una asombrosa rapidez. La caballería marroquí no logra resistir a los arcabuces de los turcos. Pero esta victoriosa incursión no acarrea consecuencias, pues los vencedores instalan en Fez a su protegido (a su esclavo de la víspera, aquel Ba Hassun que había caído prisionero el año anterior), a quien en seguida da muerte el antiguo cherif, que vuelve a la ciudad tan pronto como marchan de ella los vencedores, quienes, cargados de botín y recompensados con grandes sumas de oro por su agradecido favorito, no tardan en retornar a sus lares montados en los caballos y las mulas de los marroquíes. Todo lo que los argelinos conservan de esta expedición es el pobre peñón de Vélez de la Gomera, islote
del que volveremos a ocuparnos más adelante.[171]
Al año siguiente, en 1555, los argelinos dirigen sus armas sobre el este, contra Bugía, o, mejor dicho, contra el presidio español de Bugía, pues no se trata ya de una verdadera ciudad, sino, al otro lado de los antiguos límites de la aglomeración indígena, de una pequeña zona fortificada, de forma triangular, en cada uno de cuyos ángulos se levanta un fuerte: el castillo imperial, obra rectangular análoga a la primitiva fortaleza de La Goleta; el gran castillo, y el pequeño castillo del mar, antiguas construcciones de los
moros, cara a la playa.[172] Detrás de estas murallas, un centenar de hombres[II-380] y algunas docenas de caballos. Para alimentarlos había que contar tanto con las salidas como con la llegada de los barcos cargados de provisiones. Saliendo a forrajear encontró la muerte, en una emboscada, el viejo Luis de Peralta, gobernador de la plaza, dejando a su hijo Alonso la pesada carga de la
sucesión.[173] En junio de 1555 sale de Argel Salah Rais, llevando consigo algunos millares de soldados, entre ellos los renegados “escopeteros”, mientras despacha por mar, para el transporte de los víveres y de la artillería, una pequeña flota: dos galeras, una barca y una “saeta” francesa requisada en Argel, bien poca cosa, como se ve, ya que la mayoría de los barcos corsarios había partido para unirse a la flota de Leone Strozzi. Pero fue lo suficiente: el fuerte no pudo resistir la artillería, y sus defensores ganaron sin tardanza la cercana ciudad, donde la defensa era punto menos que imposible. Alonso de Peralta capitula rápidamente a cambio de la promesa de que sería respetada su vida y la de cuarenta compañeros escogidos por él, dejándoles vía libre para repatriarse a España a bordo de la saeta francesa.
En España, la repercusión fue enorme.[174] En Valencia, en Cataluña, en Castilla, se hablaba de organizar una expedición de desquite, y el arzobispo
de Toledo, Siliceo,[175] se puso a la cabeza de este movimiento de honrilla. Por último, los ánimos se calmaron, como suele suceder, señala Luis Cabrera, en estos asuntos de honra y de fama, cuando exigen mucho dinero. La expedición se aplazó so pretexto de que el emperador no se hallaba presente en sus reinos; pero tan vivo y tan fuerte era el resentimiento por aquel revés, que Alonso de Peralta, al regresar a la patria, fue apresado, juzgado y
decapitado en Valladolid, el 4 de mayo de 1556.[176] Pero ¿era tan grande, realmente, su culpa? Cuando vio que la plaza fuerte de Bugía era atacada, pidió, sin pérdida de momento, socorros a España, desde donde, y con la característica lentitud, fueron expedidas las órdenes, por tierra y por mar, al duque de Alba, a la sazón virrey de Nápoles. Cuando el príncipe Doria, puesto sobre aviso por el duque, llegó por último a Nápoles, en marzo de[II-381] 1556, con sus galeras dispuestas para hacerse a la vela, recibíase la nueva de
que la plaza había capitulado…[177]
Entretanto, mientras los pequeños países ajustaban con la energía que vemos sus cuentas particulares, los grandes Estados proseguían el juego en el plano diplomático. La Santa Sede acababa de cambiar de dueño. Con la
muerte de Julio III, acaecida el 22 de marzo de 1555,[178] Carlos V perdía un apoyo innegable. Y el rey de Francia heredó lo perdido por su rival, cuando, tras el efímero pontificado de Marcelo II, que sólo duró en el solio pontificio
algunas semanas,[179] fue elegido por el Sacro Colegio Paulo IV, el 23 de
mayo de 1555,[180] el mismo día en que se iniciaban, en la Marca,
negociaciones franco-imperiales con vistas a la paz.[181] Al principio, nada dejaba traslucir los violentos sentimientos de hostilidad del papa contra el emperador, sentimientos que, sin embargo, bastaban para amenazar la paz que parecía abrirse paso en el norte. En efecto, un tratado secreto (cuya existencia se conoció, sin embargo, por aquel entonces, en Venecia y Bruselas), que llevaba fecha de 13 de octubre de 1555, aseguraba a los franceses la alianza formal del papa, en caso de que las esperanzas de paz llegaran a desvanecerse.
[182]
En el interior del imperio anunciábanse cambios no menos importantes.
Felipe había llegado a Inglaterra sin contratiempos en 1554.[183] Su llegada fue el gran acontecimiento, el tema predilecto de todas las correspondencias diplomáticas. ¿Se saldría con la suya? ¿Lo amaba la reina? ¿Llegaría a tener hijos? (ya desde 1555 se decía que no). Al mismo tiempo, se supo que Carlos V cedía a su hijo, rey de Inglaterra, los reinos de Nápoles y de Sicilia y el
ducado de Milán.[184] Era, sin duda, un gesto destinado principalmente a[II-382] realzar el valor del rey consorte, análogo al de Fernando cuando nombró a su hijo Maximiliano rey de Bohemia, en 1551: cuestiones de prestigio y de protocolo. Sin embargo, en estas reuniones a favor de Felipe —tenemos, para convencernos de ello, el testamento que Carlos V redacta en este mismo año de 1554— se contiene ya, en potencia, la abdicación del emperador. La abdicación o, por mejor decir, las abdicaciones, pues casi nunca se piensa, al hablar de esto, más que en la gran escena de Gante, en 1555, en la que corrieron las lágrimas, en la abdicación de los Países Bajos, donde, ante los Estados anuncia Carlos V por primera vez su intención de retirarse del
mundo.[185] Olvidándose de que, para aquel entonces, se había despojado ya de Sicilia, de Nápoles y del milanesado, lo mismo que en enero de 1556, sin
ruido y desde lejos, se desprenderá del cetro de España.[186] Y solamente en 1558, poco antes de morir, abandonará la corona imperial de oro, la última de
sus renuncias, demorada a instancias del mismo Fernando,[187] inquieto ante la arriesgada perspectiva de una elección imperial, y tal vez también a petición del mismo Felipe, quien sentía la necesidad de esta sombra protectora en los Países Bajos y en Italia.
Acerca de estas abdicaciones se equivocan tal vez quienes, desde Mignet y Gachard, pretenden reducir este gran problema a un conflicto interior, puramente personal, del emperador. Es preciso tener en cuenta, asimismo, las fuerzas en presencia y el clima de guerra reinante en estos años de 1554-1556. Quizá Carlos V ha querido evitar a su hijo los peligros de una sucesión improvisada en el desorden, al día siguiente de su muerte. Si renuncia al más viejo y al más acariciado de sus proyectos, si abandona a los fernandinos la gran nave de Alemania, es porque ha pulsado, ya desde 1552 y 1553, la imposibilidad de conducirla. Ya había soltado el timón de esa nave, en realidad, al confiar a Fernando, en 1555, el cuidado y la responsabilidad de la paz de Augsburgo, esta paz que habría de darle a Alemania una evidente tranquilidad para lo que quedaba de siglo, pero que el emperador detestaba en[II-383] el fondo de su corazón. Por otra parte, esta Alemania tan insegura podía ser sustituida en el equilibrio de las fuerzas por la Inglaterra que Felipe iba a recibir como regalo de bodas. Abandonar aquel país era, tal vez, el único medio de acabar con la guerra y con sus fabulosos gastos.
Sea de ello lo que quiera, no cabe duda de que el hecho de que el imperio de Felipe se desprenda ahora de la masa alemana constituye algo muy importante para el mundo mediterráneo. El último nexo desaparece cuando Felipe II reclama, en julio de 1558, el vicariato del imperio en Italia que el
convenio de 1551 le había prometido.[188] El 22 de julio de 1558, su embajador cerca de Fernando recibe de éste una admirable respuesta, en la que no podemos por menos de admirar la habilidad, el tono paternal y el arte de expresarse, en un lenguaje que no es precisamente amable: «Habiendo entendido lo que vos… traxisteis en vuestra instrucción para tractar conmigo, de parte del Serenísimo Rey de España y Inglaterra, etcétera, Nuestro muy caro y muy amado sobrino, cerca del cargo de nuestro Lugarteniente en Italia… podréis significar de nuestra parte a S.A., que como tenemos memoria de habérsela dado, tenemos también intención y voluntad de cumplir nuestra promesa…» Pero el asunto es delicado. «Debe Su Alteza tener en memoria que cuando entre el Emperador, mi señor, y mí, y quien más S.A. sabe, se trató de hacelle nuestro Coadjutor en el imperio, juntamente con el Rey Maximiliano, mi hijo, les representamos los inconvenientes, alteraciones y tumultos que podían suceder de ello en el imperio, y que no se saldría con ello; y que con todo esto, á contemplación de S.M., y por cumplir con su voluntad, hubimos de hacer lo que se hizo; y que por poco tiempo después se conoció haber sido yo mejor propheta en lo que dixe de lo que quisiéramos, porque avisados los Príncipes de Alemania de nuestro designio, tomaron el
duque Mauricio y los demás las armas…[189]»
¿Con estos antecedentes, iba a correrse ahora los mismos riesgos, a propósito del vicariato, reforzar la acusación hecha a los Habsburgo de que pretendían convertir el imperio en “hereditario”? No era aconsejable luchar contra las grandes fuerzas de Alemania, “… por los trabajos y necesidades en que ambos nos hallamos, S. A. con Francia y aun con el Turco, y yo con él y con los rebeldes de Hungría, y lo de la religión y otros embarazos que no[II-384] faltan…”, sin contar con las dificultades que a este plan opondrá el papa, enemigo de la casa de Austria. “Allégase a esto —continúa Fernando— otro inconveniente, y es que para administrar aquel cargo, ha de residir S. A. en Italia forzosamente; y con este presupuesto se lo prometimos y nunca fue nostra intención, pues estaba claro, como lo está, que desde España, Flandes o Inglaterra no lo puede hacer…” Abreviemos esta prudente prosa, sin duda más irónica a nuestros ojos que a los de Felipe II, para llegar a la conclusión: “… y así prometemos desde ahora, que cuando quiera que S. A. hobiere de ir a Italia, le enviaremos nuestras patentes en la forma que conviniere…” Promesa cortés y que habría de llevarse el viento: pronto Felipe II no sería más que rey de España.
Pero fue tal vez su renuncia a Alemania, implícita ya en las primeras abdicaciones del emperador, la que más que ninguna otra contribuyó a la paz europea. Las negociaciones iniciadas en la Marca, y que, contrariamente a la
opinión más extendida, no llegaron a interrumpirse,[190] acabaron llevando a
la tregua de Vaucelles, concertada el 5 de junio de 1556,[191] gracias a los buenos oficios de la reina de Inglaterra y, como era de rigor, al acercarse la estación de verano.
Cierto es que esta tregua, vista en profundidad, no resolvía nada, puesto que se limitaba a reconocer el statu quo. Pero detenía las hostilidades; es decir, cortaba la sangría de los enormes dispendios, que era lo que todo el mundo deseaba: “En todo el mundo escasea el dinero, en esta estación”, exclama Fernando, quien, por su parte, confía en obtener también, por
mediación de los franceses, una tregua con los turcos,[192] mientras Carlos V, por su parte, en esta atmósfera calmada, hace planes para partir hacia España,
[193] abandonando por fin el mundo y el poder y dejando detrás de él a su hijo Felipe en los Países Bajos, entre las “nieblas” del norte. De este modo, el imperio seguiría existiendo, sobre poco más o menos, bajo la misma forma, teniendo a Bruselas por capital política y militar y a Amberes por capital financiera.
32. Barbarroja, según Capriolo, Ritratti di cento capitani illustri, Roma, 1596, f. 113 v.
33. Carlos V. Colección de Arras.