El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Reservas y conclusiones

7. Los censos del Imperio otomano son una de las más preciosas

conquistas de la investigación histórica de los últimos años[13]. Una población que en la época de Solimán (hacia 1520-1530) era de 12 o 13 millones, pasó a ser de 17 a 18 millones hacia 1580, y posiblemente a 30 o 35 hacia 1600. Estas cifras son discutibles, pero no imposibles. Lo que queda fuera de toda discusión es el evidente incremento, incluso cuando no haya alcanzado las revolucionarias proporciones que sugiere nuestro colega de Estambul.

Nos encontramos evidentemente ante evaluaciones aproximativas, pero que se apoyan en censos actualmente en curso de análisis, y cuyos resultados provisionales hemos utilizado con la autorización de los autores. Y una vez más lo esencial es la correspondencia entre Oriente y Occidente. Si sumamos la población de las cinco ciudades mayores hacia 1501-1509 —Venecia, Palermo, Mesina, Catania y Nápoles— obtendremos un total de 349 000 habitantes. Si volvemos a sumarla, pero esta vez en 1570-1574, nos da 641 000 habitantes, o sea un aumento de 83.6 %. Doce ciudades turcas totalizan, antes del 1520, 142 562 habitantes, y 271 494 hacia 1571-1580, o

sea un crecimiento de alrededor de 90 [14] %. Los dos movimientos demográficos que ocurren en las dos mitades del Mediterráneo son equiparables.

 

Reservas y conclusiones

 

De modo que todas nuestras cifras concuerdan. Esas cifras, sin embargo, pueden engañarnos. Ya lo advertía Julius Beloch en un artículo publicado el año 1900: esas cifras cada vez mayores son un poco como las de un sistema fiscal que fuese mejorando su técnica y, en consecuencia, perfeccionase sus listas de contribuyentes y les exigiese cada vez más. Y es evidente que en el

siglo [15] XVII se había perfeccionado notablemente el sistema censual. Sin embargo, una vez expresadas estas reservas y después de aceptar la posibilidad de que errores de semejante naturaleza hayan podido agigantar el crecimiento ocurrido en el siglo XVI, y, al contrario, ocultar el descenso demográfico del XVII, el periodo 1500-1600 continúa siempre bajo el signo de la multiplicación humana. Nos quedan abundantes pruebas, ingenuas unas y singularmente brutales otras. Ejemplo de ingenua: no hay duda de que ha aumentado el número de habitantes de nuestro pueblo —dicen en 1576 unos

campesinos toledanos—[16]: la Iglesia se ha quedado demasiado pequeña para el número actual de fieles; y, en los pueblos vecinos: «Si se han multiplicado [dicen unos testigos, hablando de los habitantes de Puerto de San Vicente] es

porque han venido al mundo y se han casado»[17]. Ejemplo de prueba brutal lo encontramos en el informe de cierto provveditore veneciano (por cierto no muy diferente de algo que dijo Napoleón la víspera de la batalla de Eylau): «Muchos cretenses han sido muertos durante la última guerra [1570-1573], al servicio de la señoría de Venecia —dijo, de vuelta de esta isla—, pero en unos cuantos años se cubrirán las bajas (sera raiffatto il numero), pues hay muchos niños de diez a quince años, sin contar los que son aún más

jóvenes…»[18].

Son pruebas directas; y las hay en abundancia. Y no son menos importantes las pruebas indirectas. Por lo que sabemos de las regiones mediterráneas entre 1450 y 1550, parece que con el transcurrir de los años se pasa a situaciones cada vez más tensas. Por todas partes, tanto en Castilla como en Provenza, y sin duda en las demás regiones, se multiplican las fundaciones de pueblos y ciudades menores. Castilla puede parecer muy poco poblada aún a la altura del año 1600, pero en ese caso la habremos de considerar desierta entre 1465 y 1467 si la vemos a través de los ojos de un

viajero muy observador, un noble bohemio llamado León de Rosmithal[19]. Lo mismo ocurre con el trigo, con la producción general de cereales y con el abastecimiento de víveres de boca de las ciudades: esa constante y fastidiosa carestía, tan común entre 1550 y 1600, no se produce en los años precedentes. Sé muy bien que un tratado de agricultura no merece nunca una fe total y

menos aún el escrito por G. Alonso de Herrera, aparecido en 1513[20] y que todavía conoció una nueva impresión en una fecha tan posterior como es la de

1620[21]. ¡Cuánto no debe a los antiguos agrónomos romanos! El autor, además, tiende demasiado a evocar los viejos buenos tiempos. Pero eso de los viejos buenos tiempos no siempre es un mito, pues precisamente en ellos Castilla exportaba su trigo hacia las regiones periféricas, mientras que ahora ha de importarlo. También es cierto que entonces la vida era barata (por lo menos, hay precios de antes de la inflación). Situación análoga, en lo referente al trigo y los alimentos, se adivina en la Italia anterior al año 1550, o mejor aún, de antes del año 1500; se tiene la impresión de que su población estaba viviendo entonces con un confortable margen de holgura. Es cierto que las ciudades tropiezan con dificultades en la cuestión del avituallamiento, pero esto, a ojos del historiador acostumbrado a los espectáculos dramáticos