El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Capítulo I. 1550-1559: la reanudación y el fin de una guerra mundial
CAPÍTULO I [II-338]
1550-1559: LA REANUDACIÓN Y EL FIN
DE UNA GUERRA MUNDIAL
DE 1550 a 1559 corren malos tiempos. La guerra, suspendida desde hacía cinco o seis años, irrumpe de nuevo. Aunque el Mediterráneo no es ahora su principal teatro de operaciones, ve su espacio varias veces violentamente atravesado por ella. Pero se trata de una guerra a contracorriente de la marea de la historia. Alemania, Italia y los Países Bajos son los grandes polos de atracción de Europa. Persia es entonces la gran preocupación de Turquía. Así pues, el mar interior carece, durante estos años, de historia autónoma. Su destino se halla vinculado con otras regiones, vecinas o remotas. Estos vínculos son, a mi entender, esenciales, y, cuando se rompen, en 1558-1559, durante la crisis de esos años difíciles, el Mediterráneo se ve abandonado a sí mismo en lo tocante a fabricarse sus propias guerras; y se dedicará a ello con todo su ardor.
I. EN LOS ORÍGENES DE LA HISTORIA
1545-1550: la paz en el Mediterráneo
En 1550, nuestro mar vive al cabo de varios años bajo el signo de la paz. Una tras otra han ido calmándose y desapareciendo todas las guerras. El 18 de
septiembre,[1] Carlos V y Francisco I firman el Tratado de Crespy-en-Laonnois, tratado forzoso e insincero, cuyas combinaciones dinásticas no tardarán en venirse a tierra; este acuerdo sirve de base, sin embargo, para una paz estable. Un año más tarde, el 10 de noviembre de 1545, tras negociaciones relativamente fáciles, el rey francés concierta una tregua con el
turco.[2] El sultán, tratando de humillar a su adversario, impone el pago de un[II-339] tributo a la Sublime Puerta. Pero esta tregua contribuye, más que ninguna otra, a desalojar la guerra del Mediterráneo, así en el este como en el oeste.
En 1545, Francia puede retirar de sus aguas 25 galeras, que, al mando de Paulin de la Garde, franquean el estrecho de Gibraltar rumbo al norte, para
participar en un intento de desembarco contra la isla de Wight.[3] Veleidades belicosas que, a su vez, se irán también apaciguando: en junio de 1546 llegan
a un acuerdo, en Ardres, Francia e Inglaterra.[4]
Son, una vez más, las circunstancias y las necesidades financieras las que imponen esta vuelta a la paz. Y, con ellas, ciertas poderosas contingencias: los grandes adalides de la primera mitad de siglo van desapareciendo, uno tras otro. Lutero muere el 18 de febrero de 1546; en julio del mismo año se extingue la vida novelesca de Barbarroja, antiguo “rey” de Argel, convertido en 1533, y hasta su muerte, en el capitán pachá del sultán, comandante en jefe
de todas sus flotas.[5] [6] En la noche del 27 al 28 de febrero de 1577, le llega la hora a Enrique VIII de Inglaterra, y el 31 de marzo pasa a mejor vida
Francisco I.[7] Entran en escena nuevos personajes y nuevas personas y, con ellos, una política nueva y nuevas ideas; y ello impone un alto, un compás de espera obligatorio, del que, indudablemente, se aprovecha la paz.
En el Mediterráneo, este paréntesis de calma se hace tanto más ostensible cuanto que viene después de una serie de guerras y de conmociones catastróficas como desde hacía varios siglos no las conocía el Mediterráneo. Hacía mucho tiempo, en efecto, que el orden, es decir, un cierto orden, imperaba en este mar, pese a las habituales fechorías de los corsarios y a las guerras continentales. El Mediterráneo venía siendo, por lo menos desde el siglo XII, un lago cristiano. En el norte de África, por medio de sus mercaderes y sus soldados, y en Levante, gracias a sus puntos de apoyo[II-340] insulares, en todas partes con el arma de sus potentes y dominadoras flotas, la cristiandad, para honra y provecho de sus tráficos y civilizaciones, había sabido mantener su ley frente a un Islam contenido y rechazado hacia sus dominios continentales. Pues bien, todo este orden acababa de derrumbarse. Rotos los diques (en Levante, la caída de Rodas en 1522; en el África Menor, la total emancipación de Argel en 1529), abriéronse de par en par a la flota turca. Hasta ahora, apenas se había arriesgado a lanzarse contra ella, salvo en ciertas aventuras, como el saco de Otranto, en 1480. De 1534 a 1540 y 1545, una lucha dramática transforma radicalmente la situación: los turcos, aliados a los corsarios berberiscos, al mando del más ilustre de todos ellos, Barbarroja, logran apoderarse de la supremacía en casi todo el Mediterráneo.
Fue éste, sin duda, un acontecimiento extraordinario. El estrépito de las luchas imperiales contra Francia y contra Alemania lo relega a segundo plano, en la historia de Carlos V. Sin razón alguna, pues lo que se ventila en los comienzos de esta gran ofensiva marítima, en el acercamiento de Francisco I y Solimán (1535), primero, y luego en la alianza forzada de Venecia y Carlos V, durante los años de la primera Liga (1538-1540), es la suerte de todo el Mediterráneo. Y la cristiandad pierde casi totalmente la partida. Por culpa de sus propias divisiones: por culpa del príncipe Doria, enemigo nato de la República de San Marcos y capaz, por lo demás, de todas las truhanerías que se le atribuyen; por culpa del mismo Carlos V, que no pudo ni quiso hacer honor, con lealtad, a la alianza con Venecia. La diplomacia de los Habsburgo, creyendo una vez más en la eficacia de los pequeños recursos, intenta sobornar a Barbarroja, quien, por su parte, se presta a estos interminables chalaneos. ¿Se le arrastraría a la traición, por una jugosa recompensa? Y, caso de que se lograse esto, ¿cuál debería ser el precio a pagar? ¿Toda la costa africana, reclamada por él, o solamente Bujía, Trípoli y Bona, como se le
proponía?[8] A la postre, todas estas intrigas entre bastidores no servirán de
nada: el 27 de septiembre de 1538,[9] la flota de Doria abandona las galeras y las fustas de Barbarroja el campo de batalla de La Prevesa.
Se ha dicho que la derrota cristiana de 1538 no tiene punto de[II-341] comparación con el desastre turco de 1571; que fue un pequeño retroceso, una pérdida de prestigio. Afirmación errada, pues sus consecuencias durarán más de un tercio de siglo. En 1540, Venecia abandona la Liga y acepta el alto precio de una paz separada que le brinda la diplomacia francesa. Ahora bien, sin la flota veneciana, la coalición occidental no estaba en condiciones de hacer frente a la armada turca, a la que pronto vendrán a reforzar las galeras francesas, prestas a lanzarse al saqueo a lo largo de las costas catalanas o en aguas de las Baleares. La salvaguardia colectiva de la cristiandad mediterránea quedaba, pues, seriamente comprometida y la ofensiva turca se disponía a hacer saltar los diques, batiendo y rebasando Malta y el estrecho de Sicilia. La cristiandad se ve, así, reducida por mar a una defensiva poco eficaz y, sin embargo, muy costosa. En lo sucesivo, no podrá permitirse más que incursiones de piratería y alguna que otra intentona apresurada, al acercarse la estación del mal tiempo, sobre la retaguardia de la flota enemiga. El último gran esfuerzo desplegado en este sentido, la expedición de Carlos V contra Argel, fracasa en 1541, delante de la ciudad y de sus “santos” protectores. La situación se revela en toda su cruda realidad cuando la flota turca, después de
la toma de Niza, establece su cuartel de invierno en Tolón, de 1543 a 1544.[10] Excelente ocasión de indignarse contra el Rey Cristianísimo. Y también de desesperarse.
Pues el musulmán reocupa ahora, al cabo de varios siglos, todos los jardines del mar. Hasta las Columnas de Hércules y aún más allá, hasta las inmediaciones del puerto de Sevilla y de los ricos cargamentos de América; ya no es posible circular por el Mediterráneo, sino guardándose del turco, o congraciándose con él, como los marselleses (sus aliados), los ragusinos (súbditos suyos) o los venecianos (comerciantes resignados a la neutralidad). Desde ahora, todos los aventureros del mar, la muchedumbre de los renegados siempre dispuestos a venderse al más fuerte, van a enrolarse con el musulmán. Éste dispone de los barcos más veloces, de las chusmas de galeotes más numerosas y más diestras y, por último, de la más poderosa de las ciudades del Mediterráneo: Argel, la capital de la aventura berberisca.
¿Quiere ello decir que esta victoria, por parte de Constantinopla, sea
querida, consciente, apreciada inmediatamente en todo lo que vale?[11] La[II-342] política turca de 1545 nos lleva más bien a pensar lo contrario. La tregua con el emperador se explica, en rigor, por la paz de Crespy: sin la diversión francesa, era imposible hacer frente a las fuerzas de Carlos V. No hubo, pues, más remedio que renunciar a Hungría, provisionalmente al menos; es decir, a la pequeña parte de Hungría todavía no conquistada por Solimán. Pero también en el mar, y ello es más asombroso, Turquía no aprovecha sus ventajas. Hasta llegar a 1560 no volveremos a presenciar en las aguas mediterráneas ningún otro encuentro de grandes flotas. ¿Acaso porque Barbarroja acaba de morir? ¿O porque la potencia turca se ve obligada, una vez más, a dar cara al este y seguir manteniendo allí una difícil lucha contra los persas, a miles de leguas de Constantinopla y a través de países montañosos, espantosamente desiertos, en los que la guerra queda bloqueada sin remisión al llegar el invierno y donde el ejército reclama sin cesar enormes caravanas para poder abastecerse? La guerra persa de 1545, complicada además con la lucha dinástica de Solimán contra su hijo
sublevado Mustafá[12] y con una verdadera guerra contra los portugueses en el
mar Rojo y el océano Índico (el segundo sitio de Diu ocurre en 1546),[13] obliga a la pesada y poderosa maquinaria turca a dar media vuelta y a desviarse del Mediterráneo.
Lo que para los unos es una desgracia, es para los otros una suerte: las ciudades mediterráneas respiran de nuevo. Las que son prudentes, como
Sicilia,[14] se aprovechan del respiro para fortificarse. Sus naves surcan el mar. Y, como otro signo de los nuevos tiempos, vemos ahora aventurarse también por estas aguas algunos de aquellos barcos nórdicos que casi habían
desaparecido del Mediterráneo allá por el año 1535.[15] Se mezclan a la procesión de las naves florentinas o venecianas que retornan de Inglaterra y que, por su parte, cuando la ocasión se presenta, no dudan en llegar hasta las mismas puertas de la costa marroquí. ¿Es la paz, la reanudación de los mil lazos tendidos de una orilla a otra, de una religión a otra del mar?