El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Empuje e infiltraciones de la estepa

En el siglo XVI, los viajeros señalan con frecuencia a los pastores nómadas con los que se encuentran. Y es que entonces estos pastores llegaban hasta la orilla del mar en número mucho mayor que hoy en día. El bloqueo que los sedentarios establecen, y que consolidan actualmente ante nuestros propios ojos, era muy frágil en aquella época. En Asia Menor y en Siria los nómadas están en su propia casa. Belon du Mans los vio en el verano, cerca de

Adana[30]. Grandes rutas de vida nómada cruzan la región del Magreb de norte a sur; en particular, a través de la estepa tunecina, donde no encuentran obstáculo alguno, o a través de las grandes planicies, secas y abiertas, al oeste y detrás de Orán. Todos los años, hacia finales de julio, ve Diego Suárez acercarse a Orán, donde él durante tanto tiempo estará de guarnición, a los uled abdala: han sembrado algunas tierras costeras el otoño anterior y tratan de proteger sus cosechas contra las incursiones de las tribus vecinas. El soldado-cronista, que ha visto a los árabes con sus camellos cargar contra los arcabuceros españoles, ha podido también observarlos en tiempo de paz y lo suficientemente cerca como para familiarizarse con su modo de cocinar, de conservar la carne frita en su propia grasa, de comer alcuzcuzu (el cuscús) y

de beber la leche agria que ellos llaman [31] lebent.

En Túnez se da la misma alternancia. Si en octubre de 1573 pudo don Juan de Austria recorrer Túnez sin contratiempos, fue gracias a que los nómadas habían abandonado ya las costas de Tunicia. En agosto de 1574, los turcos se apoderaron de la ciudad y el fuerte de La Goleta, porque los nómadas tomaron partido por ellos y les sirvieron de preciosos auxiliares para los transportes y los acantonamientos. Es la eterna historia: ya en 1270, los nómadas que servían en las filas del ejército tunecino, en cuanto llegó el final del otoño (San Luis acababa de morir) amenazaron con «volverse, según su

costumbre, a los pastos del sur»[32].

 

Empuje e infiltraciones de la estepa

 

Este vasto movimiento que empuja a los nómadas desde las estepas hacia el mar y del mar hacia el desierto, ¿no será una de las grandes exigencias de la historia del Mediterráneo, o si se prefiere, uno de sus ritmos, infinitamente repetidos?

Todo marcharía bien si el flujo y el reflujo se sucedieran con la precisión de las mareas; pero, aparte de las sequías, otras mil causas vienen a desajustar el complejo mecanismo y a incitar al nómada a no contentarse con el terreno que se le cede. De aquí las mil ocasiones que se le presentan para chocar con el hombre sedentario. La vida nómada reclama, por sobre todo, pastos, no cabe duda. Pero también, eventualmente, tierras de labor y centros de población que le sirvan de puntos fijos de aprovisionamiento y de bases para sus construcciones políticas.

Un ejemplo. Allá por el año 1550 la desértica zona sur de Tunicia fue testigo de la historia discretamente embrollada del pequeño Estado de los

chaabias[33]. Al principio, los chaabias eran simplemente una tribu nómada. En circunstancias difíciles de precisar, lograron aproximarse por el norte a la ciudad de Kairuán, es decir, hasta el auténtico Mediterráneo de los olivos, los trigales y los campos de cebada. Kairuán era, además, una ciudad santa, una causa más, muy poderosa, de atracción y expansión. Los chaabias se apoderaron de la pequeña ciudad, aprovechándose de los desórdenes y la decadencia de los hafsidas, señores de Túnez y de su reino desde el siglo XIII, pero amenazados por el retraso económico del África Menor y por la intervención extranjera de cristianos y turcos. Sin embargo, teniendo por único punto de apoyo la ciudad de Kairuán (pues fracasaron en sus intentos de apoderarse, por el este, de los grandes conglomerados urbanos de Sahel y de sus eventuales tributarios), los chaabias fueron fácilmente desalojados cuando los turcos y Dragut tomaron la ciudad en 1551. El pequeño Estado de Chaabia, sin raíces, no tardó en morir como tal. Sin mayor precisión, las fuentes de información refieren que esta dinastía desapareció hacia el oeste, dejando tras de sí una estela de santidad. Y eso fue todo: habiendo salido de la nada esteparia, retornó a la estepa para perderse de nuevo en ella, sin haber logrado asirse a la vida sedentaria más que por un instante.

Historia mil veces repetida. En el siglo XVI existían alrededor de Trípoli otros Estados nómadas, que habían surgido, sin duda, en las mismas condiciones para desvanecerse con igual rapidez, sin haber tenido tiempo de cosechar los frutos de la estabilidad ni para tomar parte en la gran historia. Pero, en realidad, ¿acaso no fueron del mismo tipo que estas las grandes aventuras de los almorávides, los merínidas y los filalienos, que tan prolongada y profundamente modificaron el mundo marroquí? Pero junto a estos grandes acontecimientos históricos, hay también invasiones casi silenciosas. Una aventura de este género prodújose en Anatolia a finales de la

Edad Media[34]. Cuando Marco Polo la atraviesa, los campesinos habíanse levantado contra las ciudades en que vivían los land-lords griegos. Al abrazar la religión del islam y abrirse sus filas al nomadismo turco, y cuando las ciudades se pasaron también al islam, ocurrió la gran transformación de que hemos hablado: un mundo que poco a poco se puebla, se apacigua, se

sedentariza[35]. Porque, en los países mediterráneos, el nómada echa raíces. El que no se adapta a las agriculturas cuasitropicales de los oasis, se deja domesticar a veces por los hombres sedentarios del Mediterráneo, y se pliega por propia voluntad a los métodos simples y con frecuencia rudimentarios de cultivo. Marruecos nos ofrece sobrados ejemplos a este respecto.

En el curso de los siglos se han producido innumerables tránsitos de la estepa al Mediterráneo, planteando siempre de diferentes formas el problema del destino humano de la estepa, que es un problema de historia y de espacio. Hoy en día, el sedentarismo ha hecho enormes progresos. El obstáculo opuesto al empuje de la estepa se ha reforzado considerablemente; lo cual no impidió que en 1912 los saharianos trataran de revivir la hazaña de los almorávides, con El Hiba, el «Sultán Azul», hijo del marabú Ma-el-Ainin. Entraron como vencedores en Marrakech; pero el ejército francés los rechazó

en seguida, haciéndoles retroceder hasta el desierto[36]. En 1920 y 1921, esta vez en el sur argelino, las autoridades francesas viéronse obligadas —o tuvieron, por lo menos, el buen acuerdo de hacerlo— a agrupar en campos la gran tribu de los larva, que se moría de hambre y había perdido dos terceras partes de sus ganados. No es difícil imaginarse lo que esta gente hubiera sido capaz de hacer para librarse del hambre. Y lo mismo en 1927 en el Nedj, esa especie de acumulador automático de los pueblos nómadas de Arabia —para usar una expresión de Lawrence—: las fuerzas amotinadas y ociosas del desierto amenazaban con explotar; «sin el control de la policía inglesa —

escribe Alfred Hettner—[37], se reanudan las invasiones árabes». Desde Siria, habrían podido obtener nuevos refuerzos, como ocurrió antes, pues debido a la relativa abundancia de lluvias en el Líbano, los confines sirios siguen siendo todavía hoy una gran región de nomadismo.

Ejemplos dramáticos; pero hay además otros. Entre 1940 y 1945, privado el norte de África de sus medios normales de transporte, surgieron nuevamente allí los transportadores nómadas, en mayor número y, sobre todo, transportando hacia el norte una cantidad mucho mayor de mercancías que en los años anteriores a la guerra. Abandonados los camiones por falta de combustible, transportábase el trigo, como antes, en enormes sacos gemelos atados a ambos lados de la jiba de los camellos; sacos de pelo de cabra o de camello tejidos a mano por las mujeres del desierto. Fue, sin duda, este tráfico comercial el que contribuyó a difundir de nuevo por el África Menor las grandes epidemias de otros tiempos y muy principalmente el tifus exantemático.

Las relaciones entre el beduino y el sedentario no se presentan solamente bajo el aspecto de un continuo conflicto. El beduino es frecuentemente llamado a la casa que codicia. La agricultura del Mediterráneo, tal cual es hoy, y tal cual era ayer, entraña un rápido agotamiento de los suelos, cuya fertilidad agota en grado mayor aún que las depredaciones de las que suele acusarse a las ovejas y las cabras de los nómadas. La instalación de estos puede corresponder a la necesidad de largos reposos de la tierra. Dice un

geógrafo[38]: «No cabe duda de que el nómada y el sedentario son adversarios irreconciliables; pero al mismo tiempo se complementan: y aún mejor, se llaman los unos a los otros. Por su absurda obstinación en trabajar siempre el mismo campo —absurda, en un país árido, se entiende—, el cultivador aventurero de más allá del Tell abre el camino a los pastores; pero en cuanto se establece el imperio de estos, se consolida la seguridad y los transportes se hacen regulares y fáciles, el nómada cae en la vida sedentaria, como ocurre hoy en la estepa tunecina». Estas observaciones son de una gran importancia. El conflicto teórico entre el nómada y el sedentario, deux ex machina de tantas obras, es desplazado por otro conflicto mucho más próximo a la realidad y a la vida. Es cierto que el mejoramiento de la agricultura, la instalación de una técnica moderna que practica la rotación y el desplazamiento de los cultivos, va eliminando de un modo seguro la vida nómada. A la vuelta de unas cuantas decenas de años, el cultivo de los elevados altiplanos de Tiaret por los colonos argelinos, que los transformaron en tierras trigueras, alejó de allí a la casi totalidad de los camelleros que antes pululaban por aquellas tierras. Es un problema análogo al que contrapone al montañés y el campesino en la planicie.

Pero el conflicto entre el Mediterráneo y el desierto vecino es algo más que la rivalidad entre el arado y el rebaño; es un conflicto mucho más amplio y también más difuso. Se enfrentan las economías, pero también las civilizaciones, las sociedades y las maneras de vivir. Para los historiadores rusos, todo avance de la estepa tiene como prólogo un cambio de estructura

de las sociedades: el paso de estadios primitivos a formas «feudalizadas»[39]. Conocemos también el papel que han desempeñado ciertos periodos de misticismo religioso en los movimientos conquistadores del islam; y también ciertos ascensos demográficos. El nómada se aprovecha, asimismo, de todos los infortunios, de todas las debilidades del sedentario, además de los reveses agrícolas. Sin esas complicidades, queridas o no, del medio sedentario — entendiendo por tal una civilización bien asentada— no podríamos comprender nada de ese drama oscilante, oscuro y más o menos silencioso.

Émile-Félix Gautier piensa que el norte de África, en el siglo XVI, estuvo

dominado por los nómadas más que en ningún otro tiempo[40]. Pero también la península pasaba entonces por una serie de crisis: la crisis económica resultante de la perturbación del tráfico sahariano, la crisis causada por las guerras extranjeras, por las conquistas portuguesas, españolas y turcas. Estos últimos restablecieron el orden en el centro y en el este del Magreb; pero no sin oposición, pues las prolongadas dificultades habían creado una situación incierta, dramática, revolucionaria. Refugiados hasta en los oasis del Tuat, los desterrados andaluces ayudaron a las metrópolis religiosas del desierto a predicar la Guerra Santa y a actuar. Es evidente que esta retirada de los centros marabúes hacia el desierto del sur, tan clara entre el siglo XV y el

siglo [41] XVIII , es un gran hecho histórico. Prodújose, así, algo verdaderamente inesperado: en Marruecos, restablecieron el orden los jefes procedentes de Sous; la pacificación la hizo, en rigor, el desierto. En las regencias de Argel, Túnez y Trípoli, las dificultades surgidas a finales del siglo XVI guardaban relación con la agitación de los «alárabes», como dicen los textos españoles refiriéndose a los árabes nómadas, quienes a menudo estaban en connivencia con los «moros» de las ciudades, en contra del invasor turco. Esto es lo que explica la importancia de la agitación que, durante los diez últimos años del siglo XVI, adquiere carácter endémico en la costa sur del Mediterráneo, desde Gibraltar hasta Egipto.

Parece, pues, que los nómadas han tenido un papel cada vez más importante en el África Menor, pero sería más exacto decir que toda esta región resultó afectada por el movimiento de la época, progresando tanto el nomadismo como las demás formas de vida. Por otra parte, el nómada no logrará triunfar de los arcabuces y artillería turcas ni de los cañones de los jerifes marroquíes.

Podrá lograr de vez en cuando éxitos locales, golpes de sorpresa y levantamientos de enormes regiones; pero no pronunciará nunca la última palabra. Y es que, militarmente hablando, la táctica había cambiado. El nómada, hasta entonces vencedor, soldado nato, jinete incomparable, es puesto fuera de combate por la pólvora de cañón, que impondrá durante siglos —y todavía hoy— las nuevas reglas de la guerra. Lo mismo contra los nómadas de Kazán en el Volga, que contra los mongoles del norte de China, o

contra las tribus del África y el Cercano Oriente[42].