El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Un lugar de encuentro de las diferentes rutas de transporte
Naturalmente, el mapa de las ciudades mediterráneas en el siglo XVI coincide, en el conjunto y en el detalle, con el mapa de las rutas. El eje que va de Tarento hasta el Po, pasando por Bari, Ancona, Bolonia, Módena, Pavía y Piacenza, constituye una sarta de ciudades. Y lo mismo podemos decir de esa otra vía a la que tantas veces nos hemos referido ya, más curiosa precisamente por menos citada, que une a Medina del Campo con Valladolid, Burgos y Bilbao, ciudades especialmente activas: la ciudad de las ferias, la capital de Felipe II (hasta 1560), la gran plaza de los mercaderes de la lana y, por último, como terminal, la ciudad de los marinos y del transporte. A su paso, la ruta va distribuyendo sus faenas entre estas ciudades, como obreros que trabajasen en cadena.
Se ve claro, en fin, cómo en el Mediterráneo occidental las grandes ciudades se aglomeran junto al mar, que es la ruta universal, mientras que tierra adentro escasean más, porque aquí solo cuentan con las rutas terrestres, de menor rendimiento. Al sur y al este del Mediterráneo, por el contrario, vemos grandes ciudades islámicas replegadas sobre el interior, obedeciendo al reclamo muy preciso de las poderosísimas rutas del desierto.
Un lugar de encuentro de las diferentes rutas de transporte
Las grandes ciudades, todas en el cruce de las grandes rutas, no nacen forzosamente de su confluencia y por el solo hecho de la encrucijada (aunque no cabe duda que Piacenza, por ejemplo, nació del encuentro del Po con la Vía Emilia), pero sí viven de ella. Diremos, siguiendo la fórmula consagrada, que «derivan su importancia de su posición geográfica». Y es que el encuentro de las rutas señala, a veces, un cambio en los medios de transporte, y, por ende, un alto obligatorio. En Arlés, las flotas del Ródano enlazan con los barcos de cabotaje de Martigues, de Bouc y de la costa provenzal, que aseguran los transportes hasta Marsella. De Verona parte la navegación por el Adigio, que, río abajo, se combina con los convoyes de acémilas y de carros del Brennero. En Trípoli de Berbería, en Túnez y en Argel, las caravanas se detienen al llegar al mar. La ciudad de Alepo no debió su nacimiento tanto a los recursos del lugar en que está enclavada, como a la necesidad de un
eslabón entre el Mediterráneo y el golfo Pérsico[218]. Es, como dice Jacques
Gassot[219], la avanzada de las mercaderías de las Indias «y de las telas, las sargas y otras mercancías que vienen del Poniente». Las caravanas que venían de Bagdad se detenían allí, delante del macizo del Líbano, relevadas por otras caravanas, formadas principalmente por muletos, caballos o pequeños asnos, los mismos que llevaban y traían a los peregrinos de Occidente en el cercano trayecto de Jerusalén a Jaffa.
Todos los puertos están, por definición, en el cruce de los caminos de mar y tierra, y su misión consiste en asegurar los necesarios transbordos. No hay un solo puerto que no sea al mismo tiempo la terminal de una ruta de tierra o de agua dulce —de tierra sobre todo, pues, en el Mediterráneo, los ríos son peligrosos en su desembocadura, porque azolvan un mar sin mareas—. Además, la tierra que se alza detrás de las costas mediterráneas está bloqueada por las montañas; por eso no hay aquí un solo puerto que no tenga su brecha del lado del continente. Génova está situada frente a los cortes del próximo Apenino, por donde pasan rutas como la de los Giovi; el destino de la ciudad está unido a ese decisivo desfiladero. Sabemos que Génova, situada en una costa accidentada y salvaje, en la que desde el primer día se refugiaron minúsculas aglomeraciones marinas, ha sido durante mucho tiempo una ciudad de segundo orden, por no decir que una aldea. Y es que, aunque bien abrigada en la punta extrema de su golfo, se hallaba aislada del continente, mal soldada a la gran ruta comercial de la Edad Media, aquella Via Francigena que serpenteaba hasta Roma desde el norte de los Apeninos. Génova no alcanzó su dignidad hasta el siglo XI; cuando se deteriora la primacía de los sarracenos en el mar; y cuando la gente del norte, interesada desde hacía mucho tiempo en el tráfico de Europa y experta en la práctica de las rutas de la montaña (principalmente la gente de Asti), llega hasta Génova para apoderarse del lucrativo tráfico del mar. Génova nació de esta captura
continental, de la valorización del desfiladero de los Giovi[220]. La ruta de tierra continuó conservando su importante papel en la vida de esta ciudad. Al lado de las Venuta di mare había siempre las Venuta di terra, y ambas servían de vehículo a provechosos intercambios. Génova es hija, tanto como de sus navíos, de los convoyes muleteros que, al llegar a las calles de la ciudad, debían seguir el camino de enladrillado que les estaba reservado y que fluía como un sendero en medio de la calzada de piedra…
Todos los puertos presentan este doble rostro. Marsella, por sus enlaces con la ruta del Ródano; Argel, por su solidaridad con el Magreb central; Ragusa, que es, indiscutiblemente, una ciudad creada por el mar, no ha estado jamás ausente ni por un solo instante del vasto mundo balcánico, cuyas costas y cuyo interior fueron explorados por ella. En un tiempo habíase interesado por las minas de plata de Serbia, donde aseguró el avituallamiento de los centros de extracción y la vida de las ciudades y las ferias vecinas, tales como