El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El socorro de Malta
Los historiadores han reprochado a don García la lentitud de sus movimientos. Tal vez porque no se han parado a pensar razonablemente las condiciones en las que tenía que moverse. Perder Malta habría sido un
desastre para la cristiandad.[306] Pero la pérdida de la flota española habría
expuesto a España a un peligro irremediable.[307] Por otra parte, tratándose de la lucha entre el Mediterráneo occidental y el oriental, no debemos olvidar que éste es más fácilmente navegable que aquél, y que, en la concentración de las flotas hispánicas, el golfo de Lyon es un obstáculo bastante más difícil y peligroso que el mar Egeo, sembrado de islas. A la rapidez de la concentración no se oponía solamente el espacio, sino que se oponían también las múltiples tareas de policía, transporte y aprovisionamiento que era necesario realizar en el Mediterráneo occidental, amenazado también en todos sus puntos por los corsarios. Había que embarcar víveres, dinero y tropas en Génova, Liorna, Civitavecchia y Nápoles. Por último, no olvidemos Córcega, donde la revuelta, lejos de apaciguarse, cada día se encendía más y ganaba más terreno.
Podemos juzgar estas dificultades por los viajes de la escuadra
española[308] a las órdenes de don Álvaro de Bazán. A comienzos de mayo, esta escuadra estaba en Málaga, donde embarcó cañones y municiones destinados a Orán. De Orán regresó a Cartagena y aquí cargó, en sus 19 galeras y dos naves, 1 500 hombres, que condujo a Mers-el-Kebir. No llegó a
Barcelona hasta el 27 de junio;[309] el 6 de julio, a Génova, y el 21, a Nápoles; y en cada uno de estos puertos la retuvieron pequeños deberes… Imaginemos[II-491] los mil movimientos semejantes que fueron necesarios para reforzar la flota de don García en Mesina: levas de tropas, convoyes de forzados, habilitación de naves para los transportes, envíos de fondos, etc. Todo lo cual exigía tiempo. Hubo que esperar hasta los meses de agosto y septiembre de 1564 para reunir la flota del peñón. Pero tampoco esta vez se pudo hacer la concentración con la rapidez deseada, tanto más cuanto que la parte atacada se encontraba en desventaja con respecto al atacante, que había descargado los primeros golpes. El 25 de junio, dos días después de la caída del fuerte de San Telmo, don García de Toledo sólo disponía de 25 galeras. A fines de agosto tenía ya un centenar, entre buenas y malas. En estas condiciones, no cabe duda de que obró bien al aguardar a tener reunidos todos sus medios, sin arriesgar antes sus fuerzas por partes.
Cuando se hubo agrupado la casi totalidad de los navíos, se reunió un
consejo de guerra en Mesina para decidir la estrategia más adecuada.[310] Los audaces recomendaban enviar a Malta un socorro de hombres, con 60 galeras reforzadas; los prudentes y los expertos —o, como se decía, “los marinos prácticos”— aconsejaban trasladarse a Siracusa, para aguardar allí los acontecimientos… Hasta 10 días después, con la llegada de Juan Andrea Doria, no dispuso don García de todas sus galeras. Entonces, bruscamente y sin escuchar los consejos de nadie, decidió lanzarse a un desembarco en la isla, con sus galeras reforzadas. La flota de socorro zarpó de Sicilia el 26 de agosto. El mal tiempo la hizo derivar hacia la punta oeste de la isla, hasta Favignana; luego tocó en Trapani, escala que aprovecharon unos mil soldados para desertar. El viento favorable la impulsó hacia Lampedusa, y finalmente hasta Gozzo, al norte de Malta. El golpe de viento que había sorprendido a la flota al partir, vació el “canal” de Malta, muy a propósito, de sus navíos; pero las galeras cristianas no se pudieron reunir a tiempo en torno de Gozzo. Don García tuvo que regresar a Sicilia, abatido, el 5 de septiembre. Este fracaso inicial le valió censuras, desdenes y burlas, como un anticipo de la injusticia con que también habían de tratarle los historiadores y estrategas de gabinete del porvenir. De todos modos, la flota se hizo nuevamente a la mar al día siguiente, gracias a la categórica intervención de Juan Andrea Doria. En la noche del día 7 cruzó el canal que separa a Gozzo de Malta, llegando a la[II-492] altura de la bahía de Friul, con bastante mal tiempo. Para evitar los peligros de un desembarco nocturno, don García de Toledo dio órdenes de esperar la madrugada; el desembarco se efectuó en hora y media, por la playa de Melicha. Acto continuo, la flota regresó a Sicilia.
El cuerpo de desembarco, al mando de Álvaro de Sande y de Ascanio de la Corna, progresó al principio con lentitud, entorpecido por sus bagajes, que, a falta de acémilas, había que transportar a lomo de hombres. Alcanzó penosamente los contornos de la Ciudad Antigua, donde se alojó en los grandes almacenes, fuera de las murallas. ¿Debía seguirse avanzando? El gran maestre no era de esa opinión. En efecto, los turcos habían abandonado sus posiciones y reembarcado, después de evacuar el fuerte de San Telmo. En estas condiciones, era mejor que el cuerpo de desembarco, ya bastante castigado por las enfermedades, no avanzase hasta las posiciones turcas, donde se amontonaban detritus y cadáveres, que podían provocar una epidemia de peste. Mientras tanto, prevenidos por un tránsfuga español, un morisco, del pequeño número de cristianos que formaban las tropas de desembarco (5 000), los jefes turcos se lanzan de nuevo a la ofensiva. Avanzaron con algunos millares de hombres por el interior de la isla, hasta la Ciudad Antigua: los cristianos abaten a los invasores en las tortuosas callejuelas de la ciudad; los supervivientes se repliegan sobre las galeras de Piali Pachá, que ponen proa a Levante, mientras el grueso de la flota se dirige a Zante. La última vela turca desapareció del horizonte de Malta el 12 de septiembre. Al recibir la noticia, García de Toledo, quien con sus 60 galeras reforzadas había embarcado en Mesina un nuevo cuerpo expedicionario, juzgó oportuno desembarcarlo en Siracusa. ¿Qué hubieran hecho estos hombres en una isla devastada, arruinada y sin víveres? El 14 entró con su flota en el puerto de Malta, donde reembarcó a la infantería española de Nápoles y de Sicilia, y luego partió rápidamente rumbo a Levante, con la esperanza de apoderarse, por lo menos, de algunas naves de la retaguardia
enemiga. El 23 llegaba a Cérigo,[311] donde permaneció emboscada casi ocho días; pero, a causa del mal tiempo, no logró sus propósitos. El 7 de octubre[II-493]
estaba de regreso en Mesina.[312]
La nueva de la victoria se extendió con rapidez. El 12 se supo en Nápoles,
[313] [314] [315] y el 19, en Roma. El 6 de octubre, y quizá antes, llegó a Constantinopla, sembrando la consternación. Dice un informe “… que los christianos… no pueden caminar por las calles de las pedradas que los turcos les tiran, que andan llorando quien la muerte de su hermano, quien de su hijo,
quien de su marido y amigos”.[316] El regocijo de la cristiandad fue mayor de lo que antes fuera su congoja. El 22 de septiembre de 1565, los ánimos en Madrid estaban todavía bastante inquietos y poco inclinados al optimismo.
[317] Ved, por ejemplo, los ditirambos del señor de Bourdeilles, alias Brantôme, que, al igual que tantos otros, llegó demasiado tarde a Mesina para embarcarse con destino a Malta. “Dentro de cien mil años, el gran rey de España, Felipe, será juzgado todavía digno de renombre y de alabanzas, y toda la cristiandad seguirá orando por la salud de su alma, si Dios no le hubiese dado ya su lugar en el paraíso, por haber socorrido con tanta perfección y a tanta gente de bien en Malta, cuando esta isla se disponía a
seguir el camino de Rodas”.[318] En Roma, donde habían cundido tan grandes temores durante el verano, cuando se anunció que las galeras turcas merodeaban por la desembocadura del Tíber, fue también grande la alegría y hubo numerosas manifestaciones de regocijo. La ciudad pontificia celebró con gran júbilo el heroísmo de los Caballeros y dio gracias a Dios por su intervención; pero no se rindió ningún tributo de reconocimiento a los españoles; antes al contrario. El papa dio el ejemplo de cómo debía omitírseles en la lista de los que habían merecido la gratitud de la cristiandad, y no les perdonó ni su lentitud ni todas las dificultades que le habían opuesto desde su advenimiento al solio pontificio. Al recibirse la noticia de la victoria,[II-494] el cardenal Pacheco solicitó al papa una audiencia, que fue de lo más desagradable que concebirse pueda. El cardenal sugirió que la ocasión era propicia para conceder al rey el “quinquenio”, y al papa —escribe el cardenal español— “pesóle como si le diera con un arcabuz”. “¿Enviarle el quinquenio? —exclamó al cabo—. Ya se contentaría con que se lo concediera, caso de solicitarlo él…”. Momentos después se celebró una audiencia pública, en la que el papa habló de la victoria sin nombrar al rey de España, al capitán general ni a sus tropas, atribuyéndoselo todo a Dios y a los