El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

De cómo los holandeses se apoderaron de Sevilla, a partir de 1570, sin hacer un solo disparo

considerable evasión de moneda[202]. ¿Existía entre España y Holanda una relación monetaria, reforzada por la paz de 1609-1621 y rota, como toda la fuerza de España, a mediados del siglo XVII, precisamente —y tal vez no por una simple coincidencia— en el momento en que la rueda de la fortuna iba a girar contra Holanda?

 

De cómo los holandeses se apoderaron de Sevilla, a partir de

1570, sin hacer un solo disparo

 

La brillante victoria de los ingleses y los holandeses en el siglo XVII solo a escala mundial se puede interpretar correctamente. Fue, ante todo, resultado de una serie de mejoras técnicas en el arte de construir y hacer navegar los

navíos; de esto hemos hablado ya anteriormente[203]. La aparición del velero nórdico de 100 a 200 toneladas, bien armado y fácilmente maniobrable, marca un punto crítico en la historia marítima del mundo. De 1500 a 1600 la navegación ha hecho más progresos en los mares del norte que del año de la

derrota de la Armada Invencible al año de Trafalgar[204]. Los marinos del norte aumentaron la capacidad defensiva de sus veleros, incrementando el número de sus tripulantes, multiplicando su artillería y despejando los puentes superiores, lográndose, en consecuencia, mayor capacidad de maniobra, como

Ralph Davis ha demostrado de una manera, a mi entender, decisiva[205]. Siempre que contamos con registros de cifras, comprobamos que el número medio de hombres que componen la tripulación (en relación con el tonelaje

del navío), es superior en el norte que en el mar interior[206]. La desventaja que representa la menor carga queda compensada por una mayor seguridad y,

por tanto, unos seguros más baratos[207]. Evidentemente las costosas galeras del Mediterráneo podrán, algunas veces, e incluso en el siglo XVII, lograr sensacionales revanchas: un barco de vela solo es rey cuando el viento hincha

sus velas y le permite evolucionar[208]. Pero cuando hay calma chicha, la galera, gracias a su agilidad, puede acercarse, aprovechando los puntos ciegos, a la inmóvil fortaleza, y apuntarse la victoria.

Pero la excepción confirma la regla. La superioridad bélica y mercantil del norte es algo que no se puede cuestionar seriamente. Y los ingleses y holandeses han tenido muy pronto conciencia de ello, mucho antes de 1588.

Ellos consideran «gallinas en remojo» a los navegantes portugueses[209]. Los portugueses, por su parte, describen a los vencedores como la hez de la tierra.

Estos holandeses —dicen, todavía a la altura de 1608—[210] se contentan, cuando navegan, «con un mordisco de bizcocho, unas raspaduras de mantequilla, tocino, pescado y cerveza; así pasan meses y meses en alta mar». Los meridionales son mucho más exigentes a bordo, «porque no estamos, como ellos, criados en la miseria». Como es natural, son muy otras las razones que explican el éxito de los navíos del norte.

Pasemos ahora una rápida revista a las razones frecuentemente aducidas: que los ibéricos han sido unos pésimos guardianes de las puertas del Mediterráneo; que tratando de conjurar la tormenta, la han desencadenado al adoptar, en el Atlántico y frente al norte, una política cuya puesta en práctica estaba muy por encima de sus posibilidades. No hay duda de que esta explicación contiene una parte de verdad. En 1586, los españoles, que eran ahora tan señores de Lisboa como de Sevilla, multiplican los embargos y las

prohibiciones contra los navíos del norte[211]. Pero estas medidas no impiden que los ibéricos mantengan un activo comercio con el enemigo: el bloqueo

continental [212] resultó francamente inefectivo. Y todo continúa, poco más o poco menos, como antes. Pero la cronología nos pone inmediatamente en guardia. Los ingleses vuelven al Mediterráneo en 1572-1573, con más de 10 años de antelación sobre los embargos españoles, y los holandeses en 1590-1593, es decir, con varios años de retraso respecto a aquellos… Con toda la evidencia, la gran explicación de un vuelco económico de esta magnitud solo nos la puede proporcionar, o al menos dejarla entrever, la situación económica general.

El norte y el sur se han enfrentado como enemigos bastante antes del final del siglo: los Países Bajos se rebelan en 1566; los ingleses cortan las rutas marítimas españolas a partir de 1569. Pero estos enemigos

complementarios[213] no podrían vivir los unos sin los otros. Luchan, pero luego llegan a un acuerdo o a un acomodo, según la entente establecida sea de carácter oficial o bajo cuerda. En consecuencia, la hoguera de la guerra en el Atlántico se enciende, se apaga, se vuelve a encender, siempre atemperada por interrupciones decididas entre bastidores. Y entre 1566 y 1570 se produce un importante turning point. Hasta entonces, el comercio oceánico había sido

triple: los del norte (holandeses en primera fila[214], bretones muy pronto en

segunda posición[215], ingleses, y más tarde hanseáticos y pescadores

escandinavos[216]; todos ellos aseguran los enlaces entre el norte y la Península, abasteciéndola de trigo, madera, pescados secos o en salazón, plomo, estaño, cobre, lienzo, paños y quincallería); los ibéricos, que han organizado a partir de España la Carrera de Indias y, a partir de Portugal, el enlace oceánico con las Indias Orientales; y finalmente los italianos y más en particular los genoveses de Sevilla, quienes financian este comercio de mercancías, encargándose la plata americana de nivelar, aunque siempre con un cierto retraso, los desequilibrios que se producen en las balanzas comerciales.

El sistema recibe, entonces, dos duros golpes: a partir de 1566, los mercaderes genoveses, que están obteniendo del rey sacas de plata, se desinteresan de la exportación de mercancías que hasta aquel momento habían facilitado sus pagos al norte. Y el movimiento de plata de Laredo a

Amberes se interrumpe después de 1569[217]. Pero no por ello cesa el comercio atlántico; es más, incluso prospera y este sorprendente hecho es en sí una explicación clave.

No se trata de interrumpir este comercio de manera total, dicen los expertos en economía españoles a los consejeros del rey, pues eso traería consigo la ruina de la navegación y del comercio de Indias y disminuiría las

reservas del tesoro. Así se dice en un largo informe de 1575[218]. Abandonado por el gran capitalismo genovés, el comercio de exportación de Sevilla encuentra nuevos patrocinadores. Las firmas de los Países Bajos, enriquecidas durante los años anteriores, adelantan sus propias mercancías y esperan para ser pagados que las flotas de Indias vuelvan con numerario. Dicho con otras palabras, los mercaderes sevillanos se convierten ahora en unos meros agentes con comisión: ven pasar las mercancías por delante y cobran sus porcentajes, pero, prácticamente nunca arriesgan lo suyo. Sus capitales van a servir para comprar tierras y pueblos, juros, o para constituir mayorazgos. De este papel pasivo a la completa inactividad solo había un paso y ellos contemplan tranquilamente tal perspectiva. Así fue como se conquistó Sevilla, devorada desde dentro por las ocultas bocas de los termes, todo ello en beneficio de Holanda. En la interminable guerra que comienza en 1572, Amberes continuará siendo la capital del dinero político, como Saigón antes de 1953, durante el tráfico de las piastras. Pero Ámsterdam atrae a los mercaderes de Amberes y, apoyándose en Sevilla, lanza su red sobre la inmensa América española. Es una victoria que nunca se habría conseguido sin mediar antes años de paciente trabajo, complicidades, hombres de paja, la lenta desintegración del mercado sevillano y la cooperación —por ejemplo— del duque de Medina Sidonia en lo tocante a la transmisión de plata desde su

feudo, Sanlúcar de Barrameda[219].

Hacia finales de la centuria esta infiltración del tráfico sevillano se hace manifiesta y, durante el verano de 1595, el rey decide asestar un golpe a este comercio clandestino, demasiado desarrollado como para pasar inadvertido a una atenta inspección oficial. La orden fue ejecutada por el licenciado Diego de Armenteros, asistido por Luis Gaytán de Ayala. Visitaron sesenta y tres casas comerciales de Sevilla, pertenecientes a castellanos, portugueses, flamencos, franceses y alemanes, sospechosos todos ellos a causa de sus

relaciones con Holanda, Zelanda e Inglaterra[220]. No hará falta decir que en ninguno de esos lugares se pudo encontrar un solo holandés, inglés o zelandés. «Es cosa harto sabida [escribe Armenteros] que ellos solo trafican en España por medio de intermediarios de su confianza». Los dos visitadores confiscaban papeles y libros de cuentas, cuando encontraban tales libros, dado que algunos mercaderes habían recurrido al extremo de esconder los suyos debajo de los colchones de sus camas. Todos estos papeles fueron examinados por los cinco contadores, expertos contables puestos al servicio de los investigadores. La gran cantidad de evidencias, las complicaciones y las oscuridades hicieron difícil y complicada su tarea: no era nada fácil descubrir quiénes eran los verdaderos propietarios de las mercancías, resultaba que en los Países Bajos, las provincias fieles a España traficaban con las zonas rebeldes. Y, a menos de instituir salvoconductos especiales concedidos por el gobernador de los Países Bajos, o hacer obligatorio y general este sistema entre las dos zonas en guerra de Flandes, era difícil saber si una determinada mercancía pertenecía a unos o a otros. La confusión procedía de que era imposible hacer pasar por Dunkerque o Gravelinas el tráfico de las provincias leales. Con los rebeldes al lado y Dóver enfrente, ¿cuánto tiempo habría requerido? Y además, allí no había navíos del rey. ¿Se debía en tal caso proceder a una investigación y buscar testigos? Nadie podría ni querría decir la verdad. Un mercader que, sometido a interrogatorio, permitiese que se le confiscasen ciertas mercancías, podía estar bien seguro de que su corresponsal se rembolsaría a expensas de mercancías suyas. Tales son las conclusiones que expone la carta colectiva enviada el 12 de julio, por el duque de Medina Sidonia y los dos inspectores, escrita de puño y letra de

Diego Armenteros[221].

La situación resulta todavía más clara en otra carta del mismo Armenteros, escrita, un mes más tarde, probablemente a uno de los secretarios de Felipe II, amigo o protector suyo, y en todo caso figura política

importante[222]. En los papeles confiscados, Armenteros ha encontrado numerosas pruebas de que los mercaderes incriminados comercian tranquilamente con los rebeldes de los Países Bajos y con los ingleses y que mantienen correspondencia con ellos y les envían sumas de dinero. Entre otros hay todo un lote de papeles concernientes a Francisco de Conique, Pedro Leymieri y Nicolás Baudaert, los tres residentes en Inglaterra, y David Leymieri, este último establecido en Ámsterdam. Una carta enviada a Pedro Leymieri, que está en Inglaterra, le informa de «que nuestra flota ha regresado en un tal desorden que si ahora quisiera volver a salir se la podría capturar con toda facilidad con solo unos pocos navíos». Esta compañía (Leymieri y sus socios) es, según se le ha informado, la más rica de las establecidas en Sevilla. Seis navíos con mercancías pertenecientes a esta firma han llegado a Sanlúcar de Barrameda y el duque de Medina Sidona ha permitido desembarcarlas. También es cierto —añade Armenteros— que el duque gana en la operación 12 000 ducados. «No hay un solo extranjero que entre en Sanlúcar [sigue diciendo] que no sea festejado y favorecido, e incluso ayudado para que se lleve plata». Cuando encuentre una persona en quien se pueda confiar plenamente, le enviará los papeles concernientes al asunto Leymieri. Pero hasta ese momento lo mejor será —insta— guardar secreto: «Que no aumente el número de enemigos que me he procurado por servir a Su Majestad…».

Existen evidencias de claridad todavía más cruda. Durante el año

siguiente, 1596[223], 60 navíos cargados para las Indias son sorprendidos en la bahía de Cádiz por la flota inglesa, cuando el saqueo de la ciudad. El valor total de las mercancías contenidas en ellos alcanza los 11 millones de ducados. Los ingleses proponen no quemarlos si se les pagan dos millones. El duque de Medina Sidonia rechaza la proposición, y los navíos arden… pero no son los españoles quienes sufren la enorme pérdida, puesto que las mercancías no son suyas. Se podría escribir todo un libro sobre esa Sevilla: una ciudad donde la corrupción, las denuncias infames y los funcionarios prevaricadores están al orden del día; una ciudad donde la plata destruye las conciencias.

Todas estas crudas realidades nos ayudan, si no a llegar a conclusiones, sí al menos a vislumbrar las explicaciones esenciales. Lo que hace bascular la historia del mundo no es la incompetencia de los agentes de Felipe II, ni la evidente eficiencia con que se guarda el estrecho de Gibraltar, sino, con toda evidencia, la bancarrota del Estado español, patente en 1596, y que aun antes de ser un hecho firmemente establecido, plantea de nuevo los problemas inherentes a la circulación de la plata y la repartición de las riquezas del mundo. Holanda, ahora en un momento de brusca expansión, busca y encuentra compensación en el Mediterráneo, por una parte, con el trigo y otros tráficos, y por otra, en las islas de la Sonda, gracias a sus especias.