El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Dromedarios y camellos: las invasiones árabes y turcas

3. El único modo de pasar por encima de estos casos particulares es indicar sobre un mapa de conjunto del Mediterráneo todas las trashumancias conocidas. Esto es posible por lo que respecta a la época actual, y así lo hizo Elli Müller en 1938; reproducimos aquí su mapa, completado y

simplificado[319]. Para el pasado hemos de recurrir a una reconstrucción por fragmentos sucesivos. Con una anchura de 15 metros, los caminos de la trashumancia se denominan con nombres diferentes según las regiones: cañadas, en Castilla; camis ramaders, en los Pirineos Orientales; drayes o drailles, en el Languedoc; carraires, en Provenza; tratturi, en Italia; trazzere, en Sicilia; drumur oilor, en Rumania. Los vestigios antiguos y las pervivencias de esa red delatan una geografía de conjunto que nos ofrece un testimonio inequívoco. En el espacio mediterráneo del siglo XVI, la trashumancia está circunscrita especialmente a la península ibérica, Francia meridional e Italia. En las demás penínsulas, Balcanes, Anatolia y África del Norte queda aniquilada ante el predominio de un nomadismo o seminomadismo invasor. Solo un sector del Mediterráneo posee una agricultura lo bastante densa, una población tan numerosa y una economía lo suficientemente vigorosa como para contener la vida pastoril dentro de unos precisos y estrictos límites.

Fuera de ese espacio todo se vuelve más complicado. Pero, como vamos a ver, este cúmulo de contradicciones se explica más aún que por la geografía —que, indudablemente, es un factor importante— por los avatares de la historia.

 

Dromedarios y camellos: las invasiones árabes y turcas

En efecto, la historia proporciona las explicaciones más trascendentes. Hacia el este y hacia el sur el ámbito mediterráneo ha conocido dos invasiones, o, mejor dicho, dos series de cataclismos en cadena que han alterado la totalidad del orden reinante. Son «los dos tajos abiertos» de que habla Xavier de Planhol: las invasiones árabes, a partir del siglo VII, y las invasiones turcas, a partir del XI; estas últimas procedentes de los «desiertos fríos» del Asia Central, y que acompañan o refuerzan la expansión del camello; las otras proceden de los «desiertos calientes» de Arabia, favorecidas

e incluso explicadas por la difusión del dromedario[320].

Ambas bestias de carga difieren entre sí no obstante evidentes semejanzas y posibles confusiones. Occidente persiste en confundir a una con otra, y no sin motivos: Savary, en su Dictionnaire du Commerce (1759), define al dromedario como un camello doble, lo cual no es cierto. Son dos animales completamente diferentes: el camello, originario de Bactriana, es insensible tanto al frío como al calor; el dromedario, procedente de Arabia, es exclusivamente un animal característico de los desiertos arenosos y las zonas cálidas. En la práctica se demuestra incapaz de viajar por los caminos montañosos o de soportar temperaturas demasiado bajas. Incluso durante las frías noches del desierto sahariano o arábigo, su amo se cuida de proteger la cabeza del animal bajo la tela de la tienda. Los híbridos de dromedario y camello conseguidos en el Turquestán alrededor del siglo X solo han desempeñado un papel local.

La ecología de cada uno de estos animales tiene una importancia capital. Una muy amplia zona fronteriza separa sus territorios respectivos: se extiende de una línea que seguiría el límite sur del Zagros y del Tauro (y que es la línea decisiva), a una línea esquemática trazada desde el extremo oriental del Mar

Negro hasta el sur del mar Caspio y el recodo del Indo[321]. En sus líneas generales, esta zona coincide con la meseta del Irán, muy fría durante el invierno. El dromedario se adentró también en esta zona, participando en las activas caravanas que en el siglo XVI tenían a Ispahan como centro de sus

movimientos[322]. El dromedario llegó hasta la India, donde se le valoró tanto

que alcanzó precios iguales, cuando no superiores, a los del caballo[323], prueba de que se le consideraba un extraño en aquellas regiones. De hecho, ni las llanuras de Anatolia, ni las tierras altas del Irán, se le abrieron nunca de par en par, y si la conquista árabe ha fracasado en Asia Menor y siempre se ha sentido precariamente instalada en Persia, en buena parte hay que imputar el motivo al dromedario.

En todo caso, cada una de estas zonas posee su historia particular.

De Siria al Magreb, el invasor árabe ha descartado las regiones altas, abandonando a su suerte las viejas y secas montañas del interior, de cara al desierto, y que el hombre había colonizado en tiempos muy tempranos, como es el caso del Aurés, en África del Norte; del mismo modo ha bordeado las montañas desiertas al pie del mar, donde las precipitaciones abundantes explican esos bosques espesos de la Antigüedad, respetados por el hombre durante largo tiempo. En esta ocasión han servido de refugio a personas que huían al paso de los conquistadores árabes. Entre los siglos VIII al XI, los maronitas y los drusos se instalan en el Líbano: desbrozan las tierras y fundan sus Estados. En África del Norte, Berbería se puebla a partir del siglo X, y sobre todo, del siglo XI en adelante, como consecuencia del avance de los

nómadas hilalianos[324]. La beduinización que siguió a la conquista árabe se extiende por todo el territorio comprendido entre esas montañas, tanto en las partes de población antigua como en las de reciente, rodeando a las regiones altas del mismo modo que el mar a las islas. Así quedó aislada en estas alturas una vida sustancialmente arcaica; algunas de sus características (el buey como animal de arrastre, cultivos de regadío en los valles, almacenamiento del grano en el sobrado, viviendas trogloditas donde conviven, juntos, hombres y animales) han persistido hasta, o casi, nuestros días.

En las montañas del Asia Menor y, en menor grado, en los Balcanes (donde se dieron muchas excepciones), la intrusión de los camelleros turcos ha traído consigo cambios muy violentos, con frecuencia implacables, pero de naturaleza muy diferente. Cada vez que le fue posible, se instaló un nomadismo agresivo, que se extendió hasta las zonas más altas de la región montañosa, por encima del límite extremo de los bosques. Es posible que la causa se encuentre en el hecho de «lo que el término yayla —residencia de verano— representa en la lengua y el alma turcas: los conceptos de frescura, aguas corrientes y frías y lujuriosos pastizales se unen para formar la imagen

de lo que debe ser el Paraíso»[325]. Tan pronto como llega la primavera comienza el movimiento para abandonar «los cuarteles de invierno, pirelendi… plagados de pulgas… convertidos en morada de los gusanos»: marcharse de allí, ponerse en camino. Dice un proverbio turco (traducido libremente): «un yürük (un nómada, un caminante) no necesita dirigirse a

parte alguna; lo importante es que se mueva»[326] obedeciendo a imperativos tradicionales tanto o más que a imperativos geográficos.

La vasta historia de este nomadismo resulta confusa y difícil de desenredar: cuenta con marañas propias; además, se mantiene en perpetua lucha contra la resistencia constantemente presentada por los sedentarios; ha de franquear, o rodear, o quebrar las barreras que estos le van colocando por delante, y, muchas veces, ceder bajo sus silenciosos avances. En Asia Menor, de los siglos XIII a XV, el nomadismo de los pastores ha sido rechazado gradualmente y eliminado con regularidad de las planicies y depresiones interiores, empujado hacia los márgenes montañosos y las llanuras periféricas, cuasi desiertos, que, desde hacía siglos, habían vuelto a caer en «la insalubridad y el abandono, plagadas de terrenos pestilentos»: llanuras de Cilicia y Panfilia, valles del Meandro y del Gediz. A lo largo del siglo XVI no ha cesado el gobierno turco de disciplinar a los yürüks, obligándolos incluso a asentarse, por medio de concesiones de tierras, y condenando a los más recalcitrantes a trabajar en las minas y en las fortificaciones, o deportándolos a Chipre, por ejemplo, turca desde 1572.

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FIGURA 7. Las trashumancias actuales. Según Elli Muller, «Die Herdenwanderungen im Mittelmeergebiet», en Petermann’s Mitteilungen, 1938.