El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Giovanni Margliani
Martín… y su excelente estado de salud.[34] No cabe duda de que exageraba un poco el valor de sus servicios, pues en agosto llega de Constantinopla a Otranto y después a Nápoles otro personaje, Aurelio de Santa Cruz, que aporta también proposiciones muy acomodaticias del gran turco. El sultán, explica, “dessea mucho la tregua porque es hombre quieto y amigo de paz y dado a letras y enemigo de la guerra… y de otra cosa que pueda inquietallo”. Por su parte, Mehemet Pachá, la más alta autoridad del imperio después del sultán, tiene más de 75 años y abomina de la guerra. Entre los otros ministros, Sinán Pachá es el único que da muestras de agresividad, pero es uno de los
menos influyentes.[35]
Unas últimas y tristes palabras sobre el fin de Martín de Acuña: según un documento que obra en el Museo Británico, fue ejecutado por orden del rey, el 6 de noviembre de 1586, es decir, mucho después de las negociaciones que acabamos de relatar, en una sala del castillo de Pinto, próximo a Madrid. En relación con ello encontramos una vaga referencia a una de sus fechorías en Turquía (la denuncia de un agente de España) y una larga y detallada descripción de las circunstancias, cristianamente conmovedoras, de su muerte.
[36]
Giovanni Margliani
A fines de 1577, y por recomendación del duque de Alba, el rey envía a Constantinopla a Giovanni Margliani, caballero milanés, pariente de Gabriel Serbelloni. Había combatido en Túnez en 1574; cayó herido allí—perdió un ojo— y fue hecho prisionero; en 1576 lo rescataron de su cautiverio turco gracias a los buenos oficios de un mercader ragusino llamado Nicolò
Prodanelli.[37] Las instrucciones que el rey le dio y de las que hemos encontrado una copia o fragmentos de ella, no fechadas con exactitud, son del[II-671] año 1577. Están redactadas, por lo demás, en términos muy generales. Deberá pasar por Nápoles, donde se abstendrá de poner al corriente de su misión al marqués de Mondéjar. Le acompañará un tal Bruti, que nuestros informes nos presentan ya como un albanés, ya como un “dignatario” de la corte imperial,
ya como un pensionista de la señoría de Venecia.[38] Tal vez fuese las tres cosas a la vez. Se informa a Margliani de que deberá sustituir a Martín de Acuña, el cual no ha podido regresar a Constantinopla por motivos de salud, y negociar la tregua. Procurará incluir en la tregua a Malta y a los príncipes de Italia… Esto es todo, muy poca cosa, como se ve, para poder esclarecer los orígenes de tan importante negociación. ¿Se ha escogido a Margliani a causa de sus méritos, que son indudables (trátase de un hombre hábil, honesto, dúctil y ladino, que escribe e informa con incansable pluma), o es que se ha querido quitar las negociaciones de manos de hombres de la laya de don Martín, para elevarlas a un plano de seriedad y dignidad? Sería difícil decirlo sin conocer las instrucciones oficiales ni las instrucciones secretas (de que Margliani habla en sus cartas) dadas al nuevo enviado de España en Constantinopla.
Margliani y sus acompañantes parten de la costa de Nápoles y llegan a
Valona el 8 de noviembre.[39] Salen de aquí el 13, para llegar el 25 a Monastir; el 12 de diciembre los encontramos en Rodochio, desde donde Margliani anuncia su llegada al truchimán Horembey, ya mezclado en la negociación desde los tiempos de don Martín. El 14, la respuesta del intérprete le llega por un correo especial a Porto Piccolo, a poca distancia de Constantinopla, adonde arriban en la noche del mismo día Margliani y sus acólitos. Alojado en su propia casa por el chauch que le ha acompañado, el jefe de la misión se entrevista en ella inmediatamente con Horembey. Pero se limitan a cambiar unas cuantas palabras de saludo y cortesía, todo se presenta mal. En cuanto Margliani expone su misión, Horembey le interrumpe con estas palabras. «Si yo fuese cristiano, me santiguaría ante las mentiras que don Martín ha ido contando. El pachá espera a un embajador: así se ha escrito a S. M. y así lo había prometido aquí mismo don Martín, quien lo hizo anunciar, además, por una persona que aquí se presentó. El pachá mostrará un gran resentimiento al ver que se ha cambiado de opinión. Y Dios quiera que[II-672] ello no traiga como consecuencia algún mal irremediable para vuestras personas».
Y, en efecto, el reproche fue expresado con la vehemencia prevista por el dragomán, por el mismo pachá y por el doctor Salomón, judío alemán al parecer y poderoso personaje en los medios gubernamentales otomanos, a quien, en ocasiones, hay que pagar espléndidamente (sin que ello quiera decir, ni mucho menos, que se deje comprar, en el sentido vulgar de la palabra). ¿Era sincera esta vehemencia? ¿Había mentido realmente don Martín? Lo que dice Margliani y lo que sabemos de aquel personaje nos llevan a pensar que sí, pero este mundo complejo de Constantinopla, con sus complicados espejismos, recomienda prudencia a los historiadores, ni más ni menos que a los embajadores o a los agentes diplomáticos de rango inferior. Y la comedia tiene también sus derechos. Lo que es evidente, desde luego, es que los españoles trataban, una vez más, de proceder disimuladamente, sin armar el menor escándalo. Si verdaderamente don Martín se había comprometido demasiado en 1577, fue ésa, probablemente, la razón de que se le retuviera en España. El turco, por el contrario, esperaba, o por lo menos deseaba, una embajada espectacular. En vez de ella, se le enviaba a un oscuro personaje, a un cautivo redimido y, para colmo de males, tuerto, lo que se prestaba a los chistes fáciles y a las bromas de mal gusto de los unos y los otros, a los de Euldj Alí, contrario a la tregua, y a los de los franceses… Sus acompañantes, gente de poca monta, como aquel Aurelio Bruti, de dudosa filiación, o el otro, Aurelio de Santa Cruz, conocido como simple mercader, especialista en rescates de cautivos, confidente de los españoles y medio espía…
La pequeña hueste de los negociadores trataba, además, de pasar inadvertida. “No quieren ser vistos ni conocidos”, dice una correspondencia
francesa.[40] Y el abate de Lisie escribe, el 22 de enero: “…el dicho Marrian, en vez de aquellos embajadores que se esperaba ver, todos relucientes y cargados de regalos, se ha presentado como a escondidas, con poderes para
tratar de la dicha tregua”.[41] Durante un año entero, Margliani hizo incluso que sus personas anduviesen “vestidos con ropas de esclavos”. A menudo, mudaba su aspecto para que nadie lo conociera. Un día, como aguardara a ser recibido en audiencia por el pachá, divisó de lejos el baile veneciano.[II-673] Inmediatamente se escabulló y entró en la pieza donde siempre había sido recibido por el pachá, provocando con ello un ataque violento de cólera por parte de los dignatarios turcos que se encontraban allí. Él mismo relata el incidente, jactándose de él, pues su discreción, podemos estar seguros de ello, no es fruto de malsanas tendencias conspiratorias, sino una discreción de encargo. Gerlach, cuyo Diario es una fuente magnífica para toda la negociación de Margliani, lo advierte al comienzo de su relato: los españoles quieren, sin duda, la paz, pero quieren, al mismo tiempo, “que la cosa se lleve
en secreto, para que no se sepa que se humillan ante el turco”.[42] Se explica uno la irritación del pachá, que se trasluce en sus baladronadas, en sus chistes a costa del papa, en sus alusiones a las dificultades de Flandes, en su exigencia de la cesión de Orán.
Pero la paz era una necesidad tan vivamente sentida por los turcos como por los españoles. Y a falta de embajador, entraron en conversaciones con Margliani. Era necesario llegar a algún resultado antes de la primavera, y pronto unas audiencias se empalman a otras. Después del 1 de febrero, Margliani se da cuenta de que la tensión va cediendo claramente. El 7 del
mismo mes se firma una tregua por un año[43] que es una especie de suspensión de hostilidades, un gentlemen’s agreement. El texto lleva a su frente una certificación de que la traducción es conforme al original, extendida por el intérprete Horembey y el doctor Salomón Ascanasi, personajes ambos que tuvieron un papel decisivo en las negociaciones. El pachá prometía que, en este año de 1578, la armada turca no saldría, siempre y cuando que la otra parte se comprometiese a lo mismo. La tregua así concertada extendíase a toda una serie de Estados, los unos señalados por el rey de España y los otros designados por el gran señor. Eran, a saber, del lado turco: el rey de Francia, el emperador, Venecia y el rey de Polonia, más el “príncipe” de Fez, “aunque esto no sea necesario —añade el texto, que embarca aquí sobre la marcha una gran pretensión turca—, puesto que se halla bajo la bandera del Serenísimo Gran Señor y le presta obediencia y acatamiento”. Por el lado de Felipe II eran: el papa, “la isla de Malta y la religión de San Juan establecida en ella”, las repúblicas de Génova y Luca, los duques de Saboya, Florencia, Ferrara, Mantua, Parma y Urbino, y, por último,[II-674] el señor de Piombino. En cuanto al rey de Portugal, se entiende que la armada turca no irá contra sus Estados más allá de Gibraltar, “por la Mar Blanca”. Las promesas no son tan claras en lo que se refiere al mar Rojo y al océano Índico: por este lado, sólo Dios sabe lo que sucederá.
En suma, un magnífico éxito. Logrado, además, para empezar, sin soltar la bolsa y disimulando, como quería la diplomacia española. Y sin perder tiempo: las negociaciones duraron del 12 de enero al 7 de febrero; fueron llevadas con tanta premura como las de Martín de Acuña. Tal vez porque lo esencial, para los turcos, era evitar “en tiempo útil” la movilización de la flota y los grandes gastos que habría supuesto. Por tanto, la operación sólo era interesante, quiero decir que sólo costeaba, siempre y cuando que se concertase antes del final del invierno. De aquí las fechas de las dos treguas:
18 de marzo de 1577; 7 de febrero de 1578…[44]
Pero los turcos continuaban reclamando una embajada española en toda regla; es decir, quieren un éxito diplomático resonante, que repercutiera a través de toda Europa. No podemos decir, por falta de datos, que estuvieran dispuestos a hacer todos los sacrificios para conseguirlo. Pero sí lo reclaman con insistencia. He aquí por qué el acuerdo concertado el 7 de febrero incluye, en conclusión, la promesa formal de un cambio de embajadores. Y esto, ayudado por las circunstancias, alargará durante tres años más la estancia de Margliani junto a las Viñas de Pera, causa de todas sus desgracias.
¿No habría debido regresar a Europa en la primavera de 1578, cumplida su misión? Probablemente no pensó demasiado en ello, confiando, como lo
revela su despacho de 30 de abril a Antonio Pérez,[45] en poder obtener por sí solo el resultado esperado, o sea un armisticio por dos o tres años. La fiebre y las ilusiones de una negociación tan fácil debieron de hacerle concebir algunas esperanzas. Habiendo conocido por su amigo ragusino Prodanelli la victoria lograda por don Juan en Gembloux, confirmada luego por otros conductos, intentó inmediatamente aprovecharse de ella, a fines de abril, para lanzar al “doctor”. «He dicho siempre a Horembey y a Vuestra señoría —le expresaba— que no me inclinaba a creer que la Majestad del Rey mi Señor fuese favorable al envío de un embajador. A Horembey le plugo creer más en[II-675] este punto a Aurelio (de Santa Cruz) que a mí mismo. Dios sabe lo que saldría de ello. Por mi parte, sigo pensando lo mismo, tanto más cuanto que el señor don Juan va hacia la victoria y que el Gran Señor se encuentra envuelto en una guerra en Persia, guerra que se sabe llena de peligros y de trabajos y que contrarresta con creces la guerra de Flandes. Creo, pues, que debierais indicar a Mehemet Pachá que sería ventajoso para él asegurarse de las fuerzas del rey de España, mi Señor, por dos o tres años más y aceptar la fórmula de una suspensión de hostilidades, que se concertaría por mediación mía».
El lenguaje no podía ser más claro, aunque un poco atrevido y prematuro. La respuesta del pachá no se hizo esperar, en términos amables, por lo menos bajo la forma que le daba el doctor. No tenía nada que oponer, decía, a las razones que se hacían valer. Pero el gran señor era joven y ambicioso de gloria. Margliani nos lo pintaba, en febrero, como un hombre accesible a las sugerencias, más acogedor que Selim y presto a dejarse llevar de las primeras impresiones. Pero las diarias insistencias de Euldj Alí, se le asegura, no dejan de pesar en el ánimo del soberano. El “capitán de la mar” se jacta, incluso con una flota mediocre, de poder ajustarle las cuentas a España, por aquel entonces muy embarazada con otros problemas. Según él, habíase dejado escapar una buena ocasión. Ahora bien, confía el pachá al doctor, “después de haber hablado tan abiertamente a don Martín, que me ha engañado, ya no puedo volver a empezar”. Después de lo cual, lanzando un gran suspiro, gime: “Este imperio, al presente, no tiene ya pies ni cabeza”. Hermosas y buenas palabras que el intermediario repite al pie de la letra a Margliani, sin olvidar el “Tienes razón, Doctor”, con que el pachá, según éste, ha saludado la exposición de las tesis españolas. Pero estas buenas palabras, ¿valen de algo?
En conclusión, el pachá vuelve al punto del embajador. Que Felipe II envíe uno, y se mostrará entonces dispuesto en un todo a dar curso a sus demandas. En otro caso, añade Mehemet, “tendré que seguir también yo el parecer del capitán de la mar”. Después de lo cual jura por el gran señor que se ha visto y deseado para hacer acatar los términos de la tregua, es decir, para impedir que la flota saliera. Como vemos, gentilezas y amenazas se mezclan en labios del pachá, quien para terminar vuelve a insistir en la necesidad de la embajada, recordando las promesas de Aurelio de Santa Cruz, quien, al decir de Margliani, y a juzgar por una nota anónima de la cancillería, había llegado a fabricar algunas cartas falsas con este motivo. ¿Cómo desenredar la verdad[II-676] en medio de toda esta maraña? Cristianos y turcos juegan a quién es más ladino. Sus conversaciones, referidas fielmente en los largos informes de Margliani, dejan cierta impresión de malestar y, desde luego, revelan una diplomacia complicada, astuta, no demasiado escrupulosa, que no repugna, de una parte ni de otra, los enredos más sutiles.
“El hombre de Margliani” encargado de llevar a España el texto de la tregua provisional había partido de Constantinopla el 12 de febrero de 1578. El consejo de estado, en Madrid, se reunió varias veces a deliberar sobre las
noticias que este emisario traía.[46] Todos los consejeros se mostraban fácilmente unánimes de llegar a un acuerdo, “por el estado de las cosas de S. M. y de su hazienda y la necesidad que avia de acomodar cosas y attender a fortifficar los reynos…”. Todo el mundo conviene en que hay que entenderse con el turco, aunque nadie muestre deseos de abordar el fondo del debate. En cambio, los consejeros dudan en cuanto a las modalidades, en cuanto a los “puntos de cerimonia y autoridad”, las cuestiones de protocolo y de prestigio, a los que les gustaría que se prestase mayor importancia y atención. ¿Debía o no enviarse un embajador? Y, en caso afirmativo, ¿debían extenderse las cartas credenciales a nombre de Margliani? A esto se reduce el debate, en puridad. En septiembre habíase decidido, en principio al menos, el envío de un embajador, cursándose instrucciones a este efecto a un tal don Juan de
Rocafull,[47] personaje bastante oscuro, a quien una carta nos presenta como
mandando, en 1576, algunas galeras de la escuadra de Nápoles.[48] Su instrucción general, sin fecha exacta, detalla todos los antecedentes de la
negociación. Pero va seguida, con fecha de 12 de septiembre de 1578,[49] de una “segunda instrucción”, en la que se prevé la contingencia de que Rocafull no “pueda” trasladarse a Constantinopla. En este caso, deberá despachar al[II-677] Bósforo al capitán Echevarri, su acompañante, con la misión de pedir que la tregua sea concertada por mediación de Margliani. Como se ve, la decisión de enviar un embajador cerca del sultán no era muy firme: se reservaba la posibilidad de retenerlo en el último momento.
Fueron necesarios tres o cuatro meses más para poner a Margliani en su lejano destino, al corriente de todo. Según el Diario de Gerlach, el “hombre” de Margliani no estuvo de regreso en Constantinopla hasta el 13 de enero de
1579.[50] La lentitud del viaje se debió, tal vez, al invierno; y tal vez también, por añadidura, a los cálculos de España, deseosa de repetir, en 1579, la maniobra que le había permitido los dos años anteriores obtener la no salida de la flota turca. Así pensaban también los franceses, y, de hecho, la llegada de estas buenas noticias y el anuncio de un embajador facilitaron, en efecto, la tarea de Margliani. Los turcos, cada vez más enredados en la guerra de Persia, iban haciéndose más y más acomodaticios. Juyé escribía a Enrique III, el 16 de enero de 1579: los turcos “tienen tanta necesidad como podría tenerla el dicho Rey Católico, a causa de la guerra de Persia, donde encontrarán más
dificultades de las que se dice”.[51] Y Juan de Idiáquez, a la sazón representante de Felipe II en Venecia, averiguaba del embajador francés, el 5 de febrero de 1579, que en Constantinopla, Margliani no vivía ya secuestrado, que se vestía con ropas nuevas, lo mismo que su gente, y que hablaba de alquilar una residencia en Pera. “De que alli inferian no devia de estar lexos el
que esperavan que V. M. embiaria a la conclusion de la tregua”.[52]
Pero la verdad era que don Juan de Rocafull no se daba prisa. El 9 de febrero estaba todavía en Nápoles. El 4 de marzo decíase en Venecia que se acercaba a Constantinopla, de donde Margliani había despachado a dos
personas para reunirse con él.[53] Pero la noticia era prematura. Rocafull estaba “enfermo”. Y, a la vista de la segunda instrucción y conociendo las reticencias españolas, no es aventurado abrigar, con los turcos, ciertas dudas acerca de aquella enfermedad y de la “recaída” que, según se decía, había sufrido este pobre hombre. ¿Logró Margliani, a pesar de ello, que los turcos[II-678] firmaran una tregua análoga a las de los años anteriores? Los documentos que hemos consultado no la mencionan, desde luego. Una correspondencia
francesa lo hace suponer así, pero con bastante vaguedad.[54] Sabemos, desde luego, que la flota turca, o por lo menos la parte de ella fácilmente movilizable, se encaminó hacia el mar Negro en abril, al mando de Euldj Alí. En Nápoles se tuvo, por tanto, y bastante pronto, la certidumbre de que la flota turca no “saldría”. ¿ No contribuiría esto —es una simple hipótesis— a demorar el viaje de Juan de Rocafull?
Enfermo o no, lo cierto es que Rocafull no llegó a cruzar el Adriático. El 25 de agosto desembarcaba en Ragusa el capitán Echevarri. La instrucción segunda estaba, pues, en vías de ejecución. Le acompañaba un tal Juan Esteban y llevaba con él los regalos destinados al gran turco y a sus ministros, y, para Margliani, “todos los poderes y recaudos necessarios” para la
conclusión de la tregua,[55] lo que hacía ascender al negociador del papel de simple agente al de verdadero embajador. En el mismo momento, llegaba a
Constantinopla un nuevo embajador francés.[56] El 16 de septiembre sabía por
boca del viejo Mehemet que la tregua con España estaba en buen camino,[57] y no hay que decir que inmediatamente se puso a dar los pasos necesarios para entorpecerla. Desencadenando ante todo una guerra de noticias. Mientras Margliani andaba contando que los armamentos del rey de España, conocidos naturalmente en Constantinopla, se destinaban a Portugal, donde el pleito de
la sucesión habíase abierto ya antes de la muerte del rey cardenal,[58] los
franceses, limitándose a airear un rumor que corría en Constantinopla,[59] sostenían que iban dirigidos contra Argel. Y hablaba también de una guerra en Italia, inevitable como consecuencia de los incidentes del marquesado de Saluces. Todo en vano. Más tarde habría de reprocharse a Germigny el no haber sabido bloquear eficazmente los caminos de la política española. Pero[II-679] lo cierto es que el embajador francés sólo podía librar allí esta guerrilla de palabras. Después de la Noche de San Bartolomé, habíase producido un descenso real del prestigio de Francia en Levante: la realidad evidente de su impotencia y de su desgaste en el Occidente disminuía los medios de que podía valerse en Constantinopla. No es posible negociar con palabras y con las manos vacías. Además, la política francesa acababa de detener al único hombre que tal vez habría podido echar a Turquía en brazos de Europa, a Claudio du Bourg, el hombre del duque de Anjou, apresado en Venecia en
febrero de 1579 y trasladado a la Mirandola.[60] Su plan consistía en interesar a Turquía en la conquista de los Países Bajos por el duque de Anjou, en connivencia con Guillermo el Taciturno, con los protestantes de toda Europa y con los ingleses, cuya presencia en Constantinopla señala Margliani. Esto sí podía haber tentado la política turca. Pero suponiendo, naturalmente, que estuviera en condiciones de dejarse tentar. Profundamente envuelta en la agotadora guerra de Persia, no podía, en modo alguno, volver, al mismo tiempo, sus ambiciones hacia el oeste.
El año de 1580 fue, pues, por fin, un año hermoso para Margliani. Un año de trabajo y de éxitos. La misión del milanés, enlazada a Nápoles bajo la dirección autorizada de don Juan de Zúñiga (nombrado comendador de Castilla después de la muerte de su sobrino, y virrey de Nápoles a la muerte de Mondéjar), resultó ser, ahora, más eficaz que en el pasado, liberada de los lentos vaivenes con España. Ya sabemos que en tiempos de Mondéjar se le había prohibido expresamente tener a Nápoles al corriente de sus gestiones. Sin que todo esto quiera decir que, por el momento, la tarea fuese fácil y, sobre todo, que se lo pareciese así a Margliani. Pasó, incluso, por periodos particularmente críticos, aunque el resto del tiempo transcurriera en torneos oratorios y largas charlas, seguidas de informes no menos largos y hasta, por un momento, en querellas de precedencia con Germigny en cuanto a los sillones que debían ocupar ambos dignatarios en la iglesia principal de Pera…
[61] ¿Eran simplemente futesas o había en ello el deseo de demostrar a los turcos la imposibilidad de mantener en Constantinopla un embajador permanente de España, concesión a la que Felipe II no acababa de decidirse?
Otra dificultad que encuentra Margliani: en esta época cambian los[II-680] grandes personajes en la escena política turca. Mehemet Pachá muere asesinado en octubre de 1579 y es sustituido por Achmet Pachá, que, desde
luego, no brillaba por su talento y que era, tal vez, favorable a España.[62] Pero Achmet muere, a su vez, el 27 de abril de 1580, y le sucede Mustafá Pachá. Y a estos cambios por arriba corresponden múltiples transformaciones en el personal de abajo: el doctor Salomón conserva su puesto, pero el dragomán Horembey desaparece de la senda que los despachos de Margliani nos iluminan; encontramos en ella, a partir de ahora, a ese extraño personaje que es Bruti, confidente doble, si no triple; lo denuncia —sin conseguir desenmascararlo— cuando sus charlatanerías e indiscreciones amenazan comprometer, además de Margliani, a toda una serie de agentes a su servicio,
como Sinán, Aydar, Inglés y Juan de Briones.[63] Aparecen dos nuevos rostros: Benavides y Pedro Brea, empleados de la cancillería turca, el primero de los dos, judío, muy al corriente de los documentos que en ella se redactan y a quien su religión le veda salir en barca los sábados; el segundo, más difícil de situar, pero ambos, seguramente, agentes dobles. Incidentalmente, percibimos también en la contradanza a los bailes venecianos y al mercader ragusino Nicolò Prodanelli, cuyo hermano Marino conduce un navío perteneciente a los dos hermanos y que debe encontrarse en Nápoles en
octubre de 1580.[64]
En realidad, Margliani era dueño de la situación, pero no lo sabía; de ahí sus esfuerzos por mantener sus ventajas, con las baladronadas y las amenazas de Euldj Alí, quien le hizo una escena terrible delante del propio gran visir. Era, tal vez, un simple artilugio escénico, montado de acuerdo con los ministros. Pero no por ello menos inquietante, tanto más que venía a añadirse a toda otra suerte de intimidaciones. Y para no dejarse aturdir, Euldj Alí decía en el arsenal a cuantos querían escucharle que “las conversaciones de paz estaban rotas y que tenía órdenes de armar 200 galeras y 100 mahonas”. Pero Margliani no era hombre que se dejara impresionar fácilmente. A comienzos de febrero no había soltado presa. Hablaba con autoridad y no esquivaba los riesgos y las responsabilidades, “resoluto de no tratar nada en nombre de S.
M. ni dar la carta ni el presente hasta que será concluyda la capitulación”.[65] Afirmaba rotundamente estar en condiciones de impedir que la armada saliese[II-681] en la primavera. Las violencias y el tono desmesurado con que Euldj Alí se
dirige a él[66] sólo prueban la irritación y la cólera del capitán pachá: no es el juego del ganador. Las apariencias hablan, sin embargo, en contra de Margliani: un aviso de Constantinopla, fechado el 26 de febrero de 1580, señala que a Margliani le es de todo punto imposible, por su honor y por el
servicio del rey, entenderse con “estos perros de turcos”.[67] Pero en realidad, y desde antes de esta fecha, todo está en vías de arreglo. El 18 por la mañana ha venido a verlo el doctor Salomón con un texto conciliatorio. Como no se trata de una capitulación entre los dos soberanos, sino de un arreglo “entre el pachá y Margliani”, todas las dificultades protocolarias se zanjan en un abrir y
cerrar de ojos.[68] Pero no sin que, de pasada, Margliani se haya sentido profundamente agitado y haya visto planear sobre su cabeza, una vez más, “el peligro en que me encuentro desde hace cincuenta días”, escribe el 7 de
marzo.[69] Todavía para aquellas fechas no las tenía todas consigo. “Temo vivamente que todas estas negociaciones se rompan con un estrépito tal, que lleguemos a desear no habernos metido nunca en esta tregua”, exclama el mismo día. Son palabras de un hombre angustiado, que quiere que se conozcan sus penas, pero también de un hombre descorazonado.
Y, sin embargo, la firma del convenio se acerca, impuesta por las circunstancias, por las necesidades de las guerras de Persia y Portugal y por la
tremenda penuria que, de añadidura, azota el Occidente.[70] Cada vez que el pobre Margliani lo da todo por perdido, las conversaciones se reanudan y ganan terreno. Reaparecen, vuelven a presentarse para atar los hilos rotos el doctor u otro intermediario. El pachá consiente en volver a discutir. Margliani
vuelve a respirar.[71] Inmediatamente surge un nuevo conflicto con motivo del reino de Fez, que Margliani no se aviene a reconocer como perteneciente al
gran señor,[72] [73] o una nueva disputa en torno de Portugal. En Venecia circula, por marzo, el rumor de que Margliani está en peligro de ser empalado
y de que Euldj Alí ha amenazado con arrancarle el ojo que le queda…[74][II-682] Pero el 21 del mismo mes, Margliani firma con el pachá una nueva tregua, bajo la forma habitual y por un plazo de 10 meses, es decir, con vigor hasta enero de 1581. Para evitar las alegaciones, el texto italiano se deja en manos del pachá, entregándose el texto turco, en letras de oro, a Margliani, quien se
encarga de hacérselo llegar a Zúñiga.[75]
Tras de lo cual deben reanudarse, en principio, las conversaciones hasta llegar a un acuerdo definitivo. Pero, ya asegurado el próximo porvenir, las conversaciones se duermen por algún tiempo y las dos partes se dan un poco de vagar. Juan Stefano parte a España para llevar la buena nueva a la corte del rey y regresar de allí con las órdenes necesarias. Esta vez, toda la cristiandad está al corriente. A comienzos de mayo, la noticia está ya en Roma, donde se observa que la cosa no cuadra con las anteriores declaraciones de España, a saber, que el embajador era enviado a Constantinopla, en realidad, para