El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Señores y campesinos
Estas excepciones sólo cubren puntos minúsculos o zonas reducidas del mapa. A escala del Mediterráneo y de Europa representan una historia evidentemente minoritaria. Del vasto conjunto podemos decir lo mismo que Lucien Romier afirmaba a propósito de la Francia de Catalina de Médicis, donde todo aparece claro “desde el momento que se sitúa en su marco natural:
un amplio reino semifeudal”.[6] El Estado, tanto revolución social (entonces apenas insinuada) como política, tiene que luchar en todas partes contra estos “detentadores de feudos, amos de pueblos, campos y caminos, y custodios de
la inmensa población rural”.[7] Luchar contra ellos quiere decir pactar y llegar a componendas con ellos, dividirlos y, a la vez, preservarlos, porque es imposible controlar una sociedad sin la complicidad de una clase dominante. El Estado moderno toma estos útiles en sus manos a medida que se ponen a su alcance, pues en caso de destruir la nobleza se habría encontrado con la tarea de tener que rehacerlo todo partiendo de cero. Y recrear un orden social no es empeño fácil. En realidad, nadie pensó seriamente en ello durante el siglo XVI.
Así, noblezas y feudalidades siguieron conservando los poderes que les garantizaban la fuerza de la costumbre y el peso de las posiciones que desde hacía tanto tiempo ocupaban, por no hablar de la relativa debilidad de los Estados o de la carencia de imaginación revolucionaria característica de ese siglo.
Señores y campesinos
Si damos crédito a testimonios múltiples veces citados, el siglo XVI habría reducido a los señores a la miseria. Son testimonios verdaderos la mayor parte de las veces, pero eso no quiere decir que todos los nobles padecieran esta desgracia, ni que fueran regularmente y sin excepción víctimas de las guerras
o del rey o de la paz y de las desmovilizaciones que trae consigo,[8] ni tampoco de un lujo desmesurado. Decir, como han hecho muchos historiadores que “el régimen feudal se vino abajo a causa de la depreciación de las monedas que trae consigo el descubrimiento de metales preciosos en
las Américas”[9] es simplificar en exceso: algo así como decir que el
capitalismo[10] “con sus ácidos” ha disuelto, o al menos alterado profundamente, todas las estructuras de la sociedad; o que el feudalismo acaba en Castilla el mismo día que Fernando el Católico asumió la autoridad de las grandes órdenes militares; o que el feudalismo corso recibió el golpe de
gracia en 1511,[11] con la derrota de Giovanni Paolo de Lecca y la muerte de Renuccio della Rocca (caído en la emboscada que le habían tendido sus
propios parientes).[12] Es ilusorio esperarse explicaciones o cronologías precisas, tan ilusorio como confiar en que las palabras puedan encerrar significados precisos: la misma palabra feudalismo —por presentar un ejemplo— está llena de trampas que pueden llevar a los más variados equívocos. Sólo el tiempo puede colaborar en estas transformaciones, que raramente se cumplen en línea recta o de manera unívoca.
En todo caso, si en el diálogo esencial entre señores y campesinos han podido éstos llevar la voz cantante en el Languedoc durante el periodo que va
de 1480 a 1500,[13] y si, quizá, también lo han conseguido en la Cataluña del siglo XV (al menos algunos campesinos acomodados), deberemos considerar
tales casos como excepciones que confirman la regla.[14] De ordinario el señor dice la última palabra, a la corta o a la larga, y en algunos lugares (como Aragón y Sicilia) siempre la ha dicho. Esa revolución de los precios que con tanta frecuencia se invoca no ha sido, como por arte de magia, obstinadamente democrática. Ha aligerado las cargas y deudas campesinas pagaderas en moneda y fijadas bastante antes de que se descubriese América. En la práctica, los derechos feudales sobre las tenencias de tierra campesinas son con frecuencia muy leves, a veces poco menos que nada. Pero no siempre, desde luego. Y, cosa importante, el señor percibe también rentas en natura valoradas de acuerdo con el curso de los precios en el mercado. Un registro de los ingresos del cardenal duque de Lerma, en marzo de 1622, habla de sus aves de corral, de su trigo y de su vino; el pan a la tasa, el vino a
quatro reales [15] . Además, tanto en el Mediterráneo como en Europa, la partición de las tierras no se hizo de una vez para siempre. A la astucia del campesino se oponen la astucia y —si la ocasión lo requiere— la brutalidad del señor. Los señores dispensan justicia y detentan los supremos derechos sobre las tierras de los campesinos y sobre aquellas otras que los separan o los circundan. Los últimos años del siglo XV y todo el siglo XVI ofrecen el espectáculo de la construcción o reconstrucción de pueblos enteros, siempre de acuerdo con la voluntad de los señores. Así ocurrió en la Gâtine, en Poitou,
[16] [17] [18] en el Jura, donde se fundaron granges, en el Alto-Poitou, donde una familia señorial en apuros restableció su situación financiera dividiendo en lotes vastas extensiones de terreno baldío, nunca ocupadas previamente, e instalando allí campesinos. En España se fundan pueblos por medio de cartas,
las [19] cartas pueblas, y es frecuente que en tales casos las tierras ocupadas durante muchos años por los campesinos pasen a manos de los señores. En Provenza, las cartas de franquicia y de ocupación se multiplican a partir de 1450: se trata las más de las veces del restablecimiento de pueblos, destruidos o abandonados, en sus antiguos emplazamientos y sólo muy raramente de creación de pueblos completamente nuevos (Vallauris, 1501, Mouans-Sartoux, 1504, Valbonne, 1519). En todos los casos, la iniciativa partía del señor del lugar “ansioso de ver repobladas y cultivadas de nuevo las tierras
abandonadas”;[20] para ello reclutaba “en los alrededores, o con mayor frecuencia en comarcas más lejanas, Liguria, Riviera genovesa, Piamonte,
campesinos deseosos de establecerse[…] en sus tierras”.[21] Aunque les
ofrecía condiciones ventajosas, no por eso dejaba él de beneficiarse.[22]
Estas “colonizaciones” son la consecuencia evidente de desarrollos económicos y de la superpoblación endémica. Así, en el reino de Nápoles, donde cada Estado señorial (algunos de ellos muy extensos, principalmente los condados de Albi y de Tagliacozzo, en los Abruzos) abarca cierto número de comunidades rurales y urbanas, cada una con sus privilegios, y, por tanto, nunca totalmente abiertas a la explotación, los señores adoptan la costumbre de crear nuevas aldeas y de llamar a ellas a los colonos. En vano las autoridades españolas de Nápoles tratan de frenar este movimiento, decretando a través de una ley en 1559, seguida de otra, un siglo después, en 1653, que las nuevas villas fundadas sin permiso del gobierno serán incorporadas sin más trámites a los dominios reales. Pero no cabe duda de que era fácil burlar estas leyes, u obtener la autorización requerida, puesto que las aldeas y los pueblos del reino aumentan sin cesar de número: de 1 563, en tiempo de Carlos V, ascienden a 1 619, en 1579; y a 1 973, en 1586. Y los pueblos y aldeas eclesiásticos y señoriales, es decir, la mayoría (1 566 en 1579; 1 904 en 1586), aumentan al mismo ritmo que el magro dominio real, el cual durante ese lapso, pasa de 53 a 69 (cifras que copiamos del viejo libro de Bianchini). En resumen: la política oficial de España nada pudo contra la expansión de los señoríos, ni en Nápoles ni en Sicilia. Es, por lo demás, una política muy incoherente, ya que las villas, aldeas y tierras incluidas en los dominios de la Corona o que se reintegraban a ellos se ofrecen
constantemente en venta a nuevos compradores.[23]
El señor, antiguo o nuevo en el oficio, será un propietario que extraerá todo el provecho posible a sus derechos y rentas, a sus molinos, a sus terrenos de caza…, a todas aquellas cosas que en su juego múltiple le oponen al campesino, el cual, por su parte, será consciente de las posibilidades de comercialización del trigo, la lana, el ganado… Bernardino de Mendoza, embajador de Felipe II en París —abrumado por sus apuros de dinero, aunque sólo fuese por razón de su cargo—, confiaba en vender, desde tan distante
lugar, el trigo de su cosecha anterior.[24] Este noble es, por tanto, productor y hasta almacenador de trigo. Otro ejemplo: la cría de la gran ganadería estaba con frecuencia en manos de los grandes propietarios, en la campiña romana y
en otras partes.[25] Julius Klein ha puesto de manifiesto, asimismo, el papel que desempeñaron ciertos y grandes señores, además, en la ganadería lanar de
la Mesta.[26] En la Andalucía del siglo XVII, los nobles y la Iglesia se adueñan de enormes superficies y su agricultura extensiva trae consigo la despoblación
de las tierras llanas.[27] Existen abundantes archivos que contienen material referente a estas explotaciones señoriales a la espera de que los historiadores se interesen por ellos: se han hecho ya estudios precisos que dan buena
muestra de las riquezas que encierran.[28] Los maravillosos documentos de la Sommaria, en Nápoles, bastan por sí solos para descubrirnos las actividades y especulaciones de estos grandes propietarios que producen y comercian el
trigo, la lana, el aceite y la madera[29] y que no se sienten rebajados por tener que cultivar sus tierras y vender sus productos, antes al contrario.
En esta vida de las clases aristocráticas, hasta las antiguas rentas de
carácter feudal, aunque reducidas, siguen teniendo una cierta importancia.[30] Es posible aumentarlas o tratar de hacerlo. Ello provoca, por supuesto, disputas, procesos, sediciones, y a menudo conocemos mucho mejor, desgraciadamente, estas protestas que las razones concretas que las motivan. Habría que examinar con lupa, en cada caso, los nuevos convenios que las terminan o las previenen. En 1559, por ejemplo, la comuna de Villarfocchiardo, en el Piamonte, llega a un acuerdo con sus señores acerca de
los derechos feudales de éstos.[31] Sería necesario saber cuáles fueron los resultados reales de este convenio y a quién favoreció; y lo mismo podemos decir de muchos otros. Porque es indudable que hubo en esta época numerosos reajustes. Controversias y procesos dejaron su huella en incontables documentos. Por lo general, los vasallos reclaman que se les reincorpore a los dominios de la Corona, lo mismo en Sicilia y en Nápoles que en Castilla y Aragón. Probablemente porque el Estado monárquico prestaba menos atención y tardaba más en revisar los viejos contratos, bajo el pretexto, válido o no, de que así lo exigían los cambios de la situación económica.
Pero la subida de los precios basta para indicar el sentido general de los pleitos entre los señores y sus labriegos. Durante el verano de 1558, los campesinos del marqués de Final, cerca de Génova, se rebelan contra las exacciones de su señor, Alfonso de Carreto. Pero ¿cuáles exacciones? ¿Tal vez porque, como lo dice el propio Carreto, había procedido a una nueva evaluación de los bienes de sus vasallos, con la pretensión de elevarles las rentas? Al escapar el asunto de Final, bien rápidamente, de las manos del marqués (pues Génova y España estaban demasiado interesadas por este