El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Penurias de antaño y penurias nuevas: las carestías y el problema del trigo
exactas[251]. Las ciudades alcanzaron las máximas cotas posibles, y hasta es fácil que las rebasaran. Cuando en el siglo XVII se produzca el reflujo de la población, como en el caso de Venecia, donde gracias al material conservado
son posibles algunas estadísticas sólidas[252], las ciudades declinarán más velozmente que la zona rural circundante. ¿Ha cambiado el cuadro en el
siglo [253] XVIII ? M. Moheau afirma que la Francia rural creció entonces con mayor rapidez que la Francia urbana. Estas rápidas comparaciones nos ayudarán a comprender mejor el destino, decisivo y frágil a un tiempo, de las ciudades del siglo XVI.
Penurias de antaño y penurias nuevas: las carestías y el
problema del trigo
No siempre ha sido amable el siglo XVI con las comunidades urbanas. Hambres y epidemias castigan una y otra vez a las ciudades. A causa de la lentitud y el precio muchas veces prohibitivo de los transportes, y la asombrosa irregularidad de las cosechas, toda aglomeración amenaza con provocar la escasez a cada paso, en cualquier día del año. La menor sobrecarga es causa de agobios. Cuando el Concilio de Trento se reunió por tercera y última vez en 1561 (a pesar de reunirse en la gran ruta del Brennero y el Adigio, la ruta del trigo de Baviera, del que la ciudad de Verona se abastecía a veces) los padres del Concilio hubieron de enfrentarse en seguida al difícil problema del abastecimiento, que inquietó a Roma con toda razón.
Ejemplo pequeño, pero harto revelador[254].
En el Mediterráneo y hasta fuera de él, la carestía es de hecho un accidente banal. Azota con frecuencia a regiones enteras. En 1521, el hambre de Castilla coincide con los comienzos de la guerra contra Francia y con la sublevación interior de los Comuneros. La falta de pan aflige a nobles y villanos en ese año que los portugueses llaman el año de la Gran Penuria. En 1525, una espantosa sequía arruinó la tierra andaluza. En 1528, la escasez provoca en la Toscana hechos abominables: Florencia tuvo que cerrar sus puertas a los campesinos hambrientos de su territorio. En 1540 se repite el drama: nuevamente se proyectaba cerrar las puertas de la ciudad y abandonar el campo a su suerte cuando vinieron a salvar la situación, como por milagro,
los navíos que llegaron a Liorna con trigo de Levante[255]. En 1575, el país rumano, a pesar de ser tan rico en granos, también viose desolado por un hambre espantosa; los rebaños murieron en masa y hasta los pájaros caían muertos de inanición, sorprendidos en pleno marzo por las nevadas; los
hombres se mataban por un pedazo de pan[256]. El año de 1583 fue de terrible escasez en toda Italia, y especialmente en el Estado pontificio, donde la gente
moría de hambre[257].
Pero de ordinario el hambre no azota regiones enteras, sino que es una plaga urbana. Lo singular de la escasez toscana de 1528 es que se extendió a todo el vecino país de Florencia, forzando a la ciudad a cerrar sus puertas a los campesinos que acuden a ella. En Perusa, en 1529, no se encontraba un solo grano de trigo en 50 millas a la redonda. Pero estas catástrofes eran muy raras. Por lo general, el campesino sacaba de su tierra, por lo menos, lo estrictamente indispensable para vivir. En cambio, las hambres urbanas, circunscritas a los muros de las ciudades, eran frecuentísimas en el siglo XVI. Florencia, que no está situada en modo alguno en una región particularmente pobre, sufrió 111 periodos de hambre o escasez entre los años de 1375 y 1791, a cambio de dieciséis cosechas muy buenas que se registraron en el
mismo lapso[258]. Los mismos puertos de redistribución del trigo, como
Mesina y Génova[259], veíanse a veces afligidos por terribles hambres. Aún a principios del siglo XVII Venecia gastaba millones en oro en su
abastecimiento[260].
A causa de sus necesidades y de sus medios, los grandes compradores de trigo son los centros urbanos. Podría escribirse todo un libro sobre la política del trigo en Venecia o en Génova, ciudad, esta segunda, siempre alerta a todas las oportunidades de abastecimiento y que, en el siglo XV, dirigió sus pasos con este objeto hacia Francia, Sicilia y el norte de África; Venecia, por su parte, interesábase por el comercio de trigo de Levante, y desde 1390 negociaba con el turco a este fin, lo que, desde luego, no le impedía mantener también relaciones con otros proveedores, como eran Apulia y Sicilia. Además Venecia recurre a permanentes regulaciones, así en 1408, 1539, 1607 y 1648, prohíbe formalmente toda exportación de trigo fuera de su
«golfo»[261].
En el siglo XVI, todas las ciudades de alguna importancia tenían lo que en Venecia se designaba con el nombre, extrañamente moderno, de «Oficina del Trigo» (desgraciadamente, su documentación relativa a los años que nos
interesan se ha perdido). Su organización es verdaderamente maravillosa[262]. La Oficina controlaba las entradas de trigo y de harina y las ventas de estos productos en el propio mercado de la ciudad. La harina solo podía venderse
en dos «lugares públicos»: uno cerca de San Marcos y otro en «Rivoalto»[263]. Diariamente, debía informarse al dux del movimiento de las existencias en almacén. En cuanto se calculaba que la ciudad solo tenía trigo para un año u ocho meses, se prevenía en debida forma al Colegio, e inmediatamente la Oficina del Trigo por una parte, y por otra los mercaderes, a quienes se adelantaba inmediatamente el dinero necesario, adoptaban las providencias oportunas. Los panaderos, únicos que tenían el privilegio de hacer pan, estaban también sujetos a vigilancia, y debían suministrar al público pan «de buen grano», blanco y con un peso que variaba según la abundancia o la escasez del abastecimiento, pero cuyo precio por unidad continúa siendo el mismo, tal como era la regla en todas las ciudades de Europa.
No es que en todas y cada una de las ciudades existiera una reproducción exacta de dicha oficina, que solo funcionaba en Venecia; pero, aunque con nombre y organización distintos, todas poseían organismos o departamentos encargados de velar por el abastecimiento del trigo y la harina. La Abbondanza de Florencia fue trasformada por los Médicis (quienes tomaron en sus manos las compras de granos en el extranjero), pero la institución subsiste, por lo menos para funciones de menor cuantía, hasta después del bando de 1556, que, según la opinión más corriente, pone fin a sus
actividades[264]. En Como desempeñaban esta misión el Consiglio Generale
de la ciudad, un [265] Ufficio di Annona y los Diputati di provvisione. Donde no existía un organismo autónomo encargado de estas tareas, incumbía el deber de dirigir la política del trigo a los encargados del gobierno de la ciudad o de su administración. En Ragusa, demasiado mal situada para ignorar la escasez, fiscalizaban la distribución del trigo los mismos rectores de la
República. Y en Nápoles, el propio virrey en persona[266].
Cuando amenaza la escasez de trigo se toman idénticas medidas en todas partes. Primer acto: se prohíbe a son de trompeta la salida del grano de la ciudad, se doblan las guardias, se hacen registros y requisas, se levanta un inventario de las reservas. Si el peligro se agrava o se perfila, comienza el segundo acto: se procura reducir todo lo posible el número de bocas: ciérranse las puertas de la ciudad, o bien se expulsa de ella a los extranjeros, que era la medida habitual en Venecia, a menos que se comprometan a introducir en la ciudad una determinada cantidad de trigo, proporcional al número de bocas de
su séquito o de su casa[267] [268] . En 1562, fueron expulsados de Marsella por este motivo los reformados: doble ganancia para la ciudad, enemiga de los hugonotes. En Nápoles, después de la grave escasez de 1591, fue la Universidad la que pagó las consecuencias del desastre: se cerraron sus
puertas y se envió a todos los estudiantes a sus casas[269]. La medida subsiguiente era, por lo general, la de racionar a la población, como aconteció
en Marsella en agosto de 1583[270].
Lo primero que se hacía era, naturalmente, lanzarse por todas partes en busca de granos, al precio que fuera; en primer lugar, entre los proveedores habituales Marsella recurre ordinariamente al interior del país, al amparo de la bondad del rey de Francia, o apela a «sus muy caros y amados amigos», los cónsules de Arlés, y a los mercaderes de Lyon. Como una reserva, encima de Lyon, estaba el granero de la Borgoña, de donde se transportaba el grano hasta Marsella cuando los barcos de los ríos «Shomne y Rosne», desbordados,
podían pasar «los puentes… sin gran peligro»[271].
Los inquisidores de Barcelona suplicaron a Felipe II, en agosto de 1557, que se les autorizara a solicitar el envío de un poco de trigo de Rosellón, al
menos para uso personal[272]. Al año siguiente, los inquisidores de
Valencia[273] solicitaron que se les permitiera importar trigo de Castilla, solicitud que renovaron en 1559. Mientras tanto, ante la expectativa de una mala cosecha, Verona pidió a la Serenísima que le permitiera comprar trigo
en Baviera[274]. Ragusa se dirigía a Sandjak, la Herzegovina, y Venecia demandaba al gran señor autorización para conseguir cereales en Levante.
Todo esto representaba para las ciudades, cuando ocurría, un cúmulo de negociaciones, expediciones y ajetreos, y, desde luego, grandes gastos. Por no
mencionar las promesas y primas a los mercaderes[275].
Y si todo esto fracasa, el gran recurso de las ciudades era volver los ojos hacia el mar proveedor, vigilar el paso de las naves cargadas de granos, apoderarse de ellas y pagar después el cargamento a su verdadero dueño, tras los obligados regateos…
Marsella se apoderó así de dos barcos genoveses que cometieron la imprudencia de atracar en sus muelles; el 8 de noviembre de 1562 las autoridades dieron a una fragata, sin más trámites, la orden de incautarse de todos los navíos cargados de trigo que se encontraran a la altura de la
ciudad[276]. En octubre de 1557, las autoridades de Mesina ordenaron descargar a las naves cargadas de trigo de Levante y de Apulia surtas en el
puerto[277]. Los Caballeros de Malta, que distaban mucho de estar bien aprovisionados, vigilaban con admirable regularidad las costas de Sicilia, comportándose de un modo que no se diferenciaba en nada del de Dragut y los corsarios de Trípoli. Desde luego, pagaban; pero abordaban los barcos como verdaderos piratas. Solo ellos y Venecia practicaban este detestable método; cuando atravesaban una situación difícil, no había buque cargado de trigo que se sintiera seguro en el Adriático. Todo era buena presa, y los venecianos no tuvieron empacho en situar delante de Ragusa Vecchia una o dos galeras, que ante las mismas narices de los ragusinos se apoderaron de las naves cargadas de granos destinadas a los rectores de Volo, Salónica y los puertos venecianos de Albania. Otras veces salían en busca de mercantes cargados de trigo a las costas de Apulia, y los llevaban a descargar a Corfú, Spalato o directamente en Venecia… Los venecianos no pudieron mantenerse en la costa de Apulia, donde se habían instalado por dos veces; perdieron, así, este granero provisional de trigo y de aprovisionamiento de vino y aceite. Pero no se resignaron: cuantas veces era necesario, regresaban a las playas de Apulia, donde se aprovisionaban de grado o por fuerza. Todo terminaba, generalmente, por medio de un arreglo con Nápoles, no sin que este, y desde luego España, hubiesen protestado enérgicamente aduciendo razones tan justas y tenaces como inútiles: las naves de las que la ciudad de Venecia se apoderaba, sin otro argumento que su apetito, eran, generalmente, naves que la ciudad de Nápoles había fletado para su uso. En consecuencia, las presas que hacía Venecia amenazaban con provocar una crisis o un motín en