El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las razones de Venecia

 

Por otra parte, Venecia ve la guerra desarrollarse a sus mismas puertas, en las fronteras de Istria y Dalmacia. Si la lucha continúa, ¿no llegará a ser incapaz la señoría de conservar esta flexible frontera dalmática? Sebénico, para citar un solo ejemplo, está condenada, al decir de los expertos. Y esta guerra que viene sosteniéndose desde hace tres años no le ha aportado ninguna ganancia sustancial. Ha perdido la isla de Chipre, en 1571, además de toda una serie de puntos de apoyo en sus territorios del Adriático. De las expediciones de 1571 y 1572 no ha obtenido sino enormes facturas por pagar y los rencores que conocemos. Y nada ha venido a contradecir su casi certidumbre de que España laboraba por debilitarla y desgastarla, certidumbre de siempre, pues Venecia, más todavía que la Toscana, encerrada y vigilada, o que la Saboya, ocupada a medias, es el baluarte de una Italia independiente, sustraída al yugo y a la influencia de los españoles. Venecia había abrigado siempre temores por el lado del Milanesado. Y su primer gesto, en la primavera de 1573, cuando se produce su “traición”, es el de fortificar sus plazas de tierra firme en el oeste: conoce bien a sus vecinos y procede en consecuencia.

Tales son las razones de la retirada de Venecia. El que, faltando al compromiso firmado, la señoría no previniera a sus aliados del paso que iba a dar, tiene un valor secundario. Y el reproche resulta bastante anodino, teniendo en cuenta las prácticas imperantes en esta época. ¿Acaso Felipe II había vacilado en volverse atrás en mayo de 1572? Son las costumbres diplomáticas vigentes, y, desde este punto de vista, a la República veneciana no se le puede echar en cara haber obrado peor que cualquiera otra potencia.

El acuerdo con Turquía fue tramitado y llevado a buen fin gracias a los buenos oficios del obispo de Dax, artífice de primera hora y artífice paciente y tenaz. Ya hemos señalado su salida para el Oriente, en mayo de 1571, su[II-635] tardía llegada a Venecia, en septiembre, y su larga estancia en la ciudad de las lagunas. Llegado en un momento inoportuno, en el momento de Lepanto, en medio de las ilusiones y los sueños suscitados por la gran victoria, no por ello renuncia a exponer una y otra vez, incansablemente, el objeto de su misión antes de ganar Ragusa, en enero de 1572. El cebo de la negociación, para los venecianos ponderados, era la posibilidad de obtener, al calor de la victoria, buenas condiciones de paz e incluso recuperar Chipre. Este sueño y esta esperanza se vislumbran al fondo de todas las negociaciones directas de Venecia y de las que se hacen en su nombre con su autorización. Recuperar Chipre, entendámonos: no ya como propietaria de la isla, sino destruyendo las

fortificaciones levantadas en ella[190] y como vasallo del turco, en lo que a la isla se refiere. Tratábase, en realidad, más que de recuperar Chipre, de recuperar el comercio con la isla… Y, por lo demás, aceptar, en una pendiente peligrosa, pero posible, una solución que podríamos llamar ragusina…

Pero estas esperanzas no tardaron en demostrarse fallidas. Pronto se vio

que las exigencias turcas eran muy onerosas.[191] Se dio largas a las negociaciones, bajo el pretexto, verdadero o falso, de que el sultán se oponía a la paz con Venecia. En estas condiciones, la intervención del obispo de Dax fue decisiva: logró que las condiciones turcas fuesen más moderadas, y el 7 de marzo, el consentimiento del sultán para un acuerdo pacífico. El 13 de marzo eran enviadas a Venecia las condiciones turcas, llegando a su destino el

3 de abril;[192] condiciones, en verdad, muy onerosas, si no deshonrosas, como se comentaría más o menos por todas partes. Venecia cedería Chipre y renunciaba a las posiciones que el turco le arrebatara en Dalmacia; devolvería lo conquistado por ella en Albania; pondría en libertad sin rescate a los prisioneros turcos; y pagaría una indemnización de guerra de 300 000 sequinas, debiendo hacerlo además antes del año 1576, so pena de que el tratado se considerara nulo e inexistente. Se comprometía a reducir su flota a 60 galeras y, por último, aumentaría a 2 500 sequinas el tributo anual pagado por Cefalonia y Zante. El consejo de los Pregadi, convocado por el dogo Mocénigo, se vio ante el hecho consumado. A cambio de todos estos sacrificios, se alzaba en el horizonte, es cierto, la paz, una paz todavía durante

mucho tiempo incierta y precaria,[193] pero la paz, al fin y al cabo, con sus[II-636] inmensos beneficios, sus ventajas y sus posibilidades de vida…

En todo caso, las negociaciones de 1573 demuestran que la Noche de San Bartolomé, por muy violenta que hubiese sido, con sus consecuencias inmediatas y brutales, no desplazó a último plano la línea necesaria de la política de Carlos IX. El gobierno francés no acepta unirse a España, perderse bajo su hegemonía en una llamada coalición católica. En realidad, para Catalina de Médicis y sus hijos, prosigue la lucha contra el prepotente vecino, como pronto habrá de verse con motivo de la elección del duque de Anjou para el trono de Polonia, y como se verá también a propósito de los manejos franceses cerca de los electores alemanes y principalmente cerca del Palatino, el primer calvinista de la Pfaf-fenstrasse. Y se verá, asimismo, por el lado de Inglaterra y de los Países Bajos. Y por el lado de Ginebra, a partir de 1573. Se verá, incluso demasiado, a veces en la imaginación, a través de los informes de los confidentes españoles. Los informadores del Rey Católico y de sus ministros, no contentos con lo que ya sucede, pronostican: es su cometido. Cuando la paz de La Rochela, el 1 de julio de 1573, pone fin a los disturbios