El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Falsa alarma u ocasión desaprovechada, en 1601

aprietos al emprender la retirada.[238]

Mil quinientos noventa y ocho: nada nuevo tampoco, lo que no deja de ser asombroso, ya que la flota turca había vuelto a hacerse a la mar, una vez más.

[239] [240] El 26 de julio salió de Constantinopla, al mando de Cigala. Después de pasar por delante de las Siete Torres, viose retenida por la falta de víveres y de dinero, pero, al cabo, prosiguió su marcha, sin hacer caso de la peste que,

según los informes, se había declarado a bordo de sus barcos.[241] Contaba, en total, 45 galeras, mejor armadas que las del año anterior, aunque este “mejor”

es puramente relativo. Cigala llega a Zante[242] en septiembre, pero no se decide a emprender ninguna acción contra la cristiandad, sin duda porque sus

galeras se hallan demasiado fatigadas[243] para arriesgarse en empresas un poco largas. Por tanto, también en 1598, una nueva salida infructuosa de la flota turca, y la guerra que se negaba a estallar. Y, siempre en Constantinopla, nuevos intentos de conclusiones de tregua, negociadas al servicio de España,

esta vez por judíos residentes en la capital turca.[244]

En 1599 persiste la calma. En 1600, Cigala sale al mar con 19 galeras, que, al llegar a las Siete Torres, no son ya más que 10, pues las nueve restantes, desarmadas, sólo sirven para reforzar el personal y el velamen de

las otras.[245] En Occidente, la tranquilidad ahora es, evidentemente, completa. En España, hasta se piensa en enviar galeras a Flandes, para[II-780]

atender los requerimientos del archiduque Alberto.[246]

 

Falsa alarma u ocasión desaprovechada, en 1601

 

Es, por ello, bastante sorprendente ver cómo, al año siguiente, España comienza, de pronto, a hacer preparativos marítimos. ¿Es la guerra de Enrique

IV contra la Saboya, con motivo de Saluces,[247] o son los planes hostiles a la Toscana, los que hacen que la atención de España se vuelva de nuevo hacia el Mediterráneo?; ¿o la necesidad de mantener abierta y despejada la ruta de Barcelona a Génova, o simplemente el hecho de que, desembarazada de la guerra francesa, la Península disponga ahora de más fuerzas para invertirlas en el mar interior? Lo cierto es que en este año de 1601 asistimos en el Mediterráneo a un despliegue de fuerzas españolas desde hace mucho tiempo inusitado. Toda la Italia que recibe órdenes de Madrid se pone en pie de

guerra.[248] Venecia se siente más inquieta ante lo que sucede al ver que los soldados alemanes atraviesan su territorio sin autorización para concentrarse en Milán, que rebosa de tropas. La República decide, pues, armarse también,

cosa muy natural.[249] El conde de Fuentes trata de calmarla, lo que ya no es

tan natural y resulta, desde luego, ineficaz.[250] Estos armamentos, estos movimientos de tropas y de navíos desencadenan inmediatamente una crisis general en toda Italia, tal vez demasiado nerviosa, demasiado atenta a todo lo que pueda amenazar su quietud. Muchos creen asistir a los preludios de una guerra destinada a extenderse a toda la cristiandad. Cuando el renegado

marsellés Bartolomé Coreysi,[251] [252] enviado de Ibrahim Pachá, pasa en abril por Venecia, dirigiéndose hacia Florencia y Liorna, en viaje para Francia e Inglaterra, lleva consigo, seguramente, ambiciosos proyectos.

Enrique IV, por su cuenta, no cree que pueda salir de aquí la guerra: si el conde de Fuentes se atreviese a sembrar la perturbación en Italia, escribe el[II-781]

rey a M. de Villiers,[253] tendría en contra suya al papa, “sin el cual el dicho rey no podría hacer nada útil”. Por lo demás, Felipe III no necesita recurrir a la guerra para proteger sus intereses. No debemos tomar, pues, por buena moneda los temores y los avisos de Italia. “En verdad —volvía a escribir

Enrique IV a Villiers, el 16 de mayo de 1601—,[254] jamás he creído que los españoles proyectaran hacer la guerra en Italia o en otra parte, teniendo como tienen, bajo el brazo, la de los Países Bajos, que es bastante pesada para ellos y no estando, como no están, mejor provistos de dinero que los otros.” Por lo demás, ya para esta fecha se habían calmado los temores de Italia. Venecia

había desmovilizado.[255] Y la crisis estaba virtualmente terminada cuando, el

27 de mayo, Felipe III “juraba”, por fin, la paz de Vervins.[256]

Pero esta crisis, centrada en un principio sobre Italia, iba a desplazarse bastante bruscamente, durante el verano, hacia el mar. Los avisos de Constantinopla, que esta vez nos informan, no de lo que se trama en Oriente, sino de lo que se prepara en Occidente, señalan, a mediados de junio, los preparativos de una poderosa flota española, con gran desconcierto de Cigala, quien apenas puede reunir, frente al peligro, y para ello con ayuda de los

corsarios, de 30 a 50 galeras.[257] También los franceses estaban al corriente de esta brusca concentración de la flota española. “El ejército de mar que se

prepara en Génova —escribe Enrique IV el 25 de junio—[258] amenaza al imperio del turco y tiene en jaque a sus vecinos, pero confío en que, como en las otras acciones del conde de Fuentes, será mayor el ruido que el daño.” Los turcos, por su parte, tomaron algunas precauciones defensivas, haciendo

avanzar como unas 30 galeras hasta la isla de Tenedos,[259] en la desembocadura de los Dardanelos. Hablábase de una armada, pero el rey de Francia, que no se equivocaba en cuanto al rumbo de los acontecimientos, no llegó a tomar en serio la anunciada salida de la armada turca. “Soy de opinión[II-782] [volvía a escribir el 15 de julio] de que el ruido será mayor que los efectos”.

[260]

La armada cristiana, por su parte, parecía más temible, pero todo el mundo se preguntaba dónde descargaría sus golpes, aunque Venecia pretendía

saber que se dirigiría a Albania, para apoderarse allí de Castelnuovo.[261] El 5 de agosto partía de Trapani, al frente de sus navíos, el príncipe Juan Andrea

Doria.[262] En Constantinopla, exagerando el peligro, se invirtió curiosamente

la situación, por una vez. Hablábase de 90 galeras y 40 galeones.[263] Cigala, al llegar a Navarino, procuró mantenerse prudentemente encerrado en el

puerto, con sus 40 galeras.[264]

No se trataba, sin embargo, ni mucho menos, de un nuevo Lepanto. Ya el solo hecho de que la armada de Doria hubiese partido de Trapani (en la punta occidental de Sicilia) era elocuente indicio de que España no se preocupaba de Levante, sino del norte de África. En realidad, la flota española había

aparejado contra Argel. Se confiaba en sorprender[265] al gran puerto de los corsarios berberiscos, pero el tiempo se encargaría, una vez más, de defraudar todas las esperanzas. La armada turca tuvo que virar en redondo, ayudada por

la falta de audacia de su jefe. El 14 de septiembre, el embajador francés[266] anunciaba el fracaso de la flota, “sobrevenido, según se dice, por una tempestad que la ha sorprendido a cuatro leguas del lugar en que quería hacerse el desembarco, la cual tormenta ha azotado y desintegrado de tal modo sus galeras, que se han visto obligados a renunciar a sus planes”. ¿Una nueva ocasión desaprovechada que añadir a la larga lista de las coyunturas desperdiciadas por la cristiandad, en sus designios contra Argel, antes del año 1830? Eso era, al menos, lo que se pensaba en Roma, desde donde el duque de Sesa escribía “la pena que le había demostrado Su Santidad por la

desgracia ocurrida a la dicha Armada”.[267] El Santo Padre pensaba, sobre todo, que la diversión hacia el África había impedido una fructífera intervención en Levante… De este modo, volvemos a encontrarnos, al alborear el siglo XVII —curiosa reiteración—, con las eternas querellas entre[II-783] los españoles, preocupados por el África, y los italianos, atentos a Oriente.

Señalemos, por lo demás, que esta expedición —y ello es lo que la hace ser un episodio muy revelador de la hora mediterránea—, aunque hubiese prosperado, sólo habría conducido a una guerra local. La flota turca no habría dado batalla a la española. La gran guerra de las escuadras, de las galeras reforzadas y de los galeones no logra volver a posesionarse del mar. ¿No será porque una corriente general, poderosa y hostil, que está por encima de las circunstancias, de los hombres, de los cálculos y de los proyectos, se opone a su costosa reinstalación? A su modo, la decadencia de la gran guerra es como el signo precursor de la misma decadencia del Mediterráneo, decadencia que, evidentemente, se precisa y se hace ostensible en los últimos años del siglo XVI.