El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Vidas precarias
Cerdeña, a la que podemos describir como una isla encerrada en sí misma y casi impenetrable, ha tenido con mucha frecuencia, sin embargo, ventanas abiertas sobre el exterior. Tanto llegó a engarzarse con el mundo exterior, que a veces podemos descubrir desde ella, como desde una atalaya, la historia general del mar. P. A. di S. Filippo ha encontrado en los archivos de Cerdeña interesantes documentos sobre el precio de los esclavos musulmanes en
Cagliari durante el siglo [183] XVI , y que revelan que, después de 1580, los
precios se derrumbaron coincidiendo con un aumento considerable de la oferta de esclavos en el mercado de dicho puerto; y es que, antes de 1580, solo se vendían en la isla algún que otro berberisco de los arrojados a sus playas como náufragos o que residían allí por haber caído en manos de los
isleños en algunas de sus incursiones[184]. Después de 1580, los cautivos vendidos en subasta tenían ya otro origen: los llevaban a la isla los barcos corsarios de los cristianos, sobre todo las ligeras y rápidas fragatas de Almería y Alicante, que hacían escala en Cagliari. En Cerdeña se representa, de este modo, el cambio decisivo operado alrededor del año 1580, por el renacimiento de la piratería cristiana activa, una especie de contrapiratería que tenía sus centros sensibles en las Baleares, el sur de España, Nápoles y Sicilia. Cerdeña nos relata a su manera esta gran historia. Se nos dirá que quien puede hablar como testigo de mayor excepción es Cagliari y no Cerdeña, y que Cagliari es algo muy aparte, que se halla al margen y mira hacia el mar, dando la espalda al resto de la isla… Pero esto es, a la vez, mentira y verdad; porque Cagliari, que es, a pesar de todo, una ciudad sarda, está vinculada a la cercana planicie, a las montañas y al conjunto de la isla. Su misión es, a la vez, servir de escala en la ruta de Italia o de España, y gobernar la isla, organizando su economía exterior.
Vidas precarias
Ahora bien, todas las islas tienen ciudades como Cagliari, sensibles a la gran vida del mar y, al mismo tiempo (aunque solo sea porque todo el tráfico de importación y de exportación pasa por sus manos), vueltas hacia dentro, hacia ese lado que el historiador, preocupado por los textos de la gran historia, no advierte al principio: su vida retraída e inquieta, su biología en vaso
cerrado, que los naturalistas han señalado desde hace mucho tiempo[185].
No hay una sola isla que no posea, además de sus peculiaridades humanas, sus curiosidades animales y vegetales, de las que tarde o temprano se entera el mundo exterior. En su descripción de Chipre, aparecida en 1580,
el R. P. Estienne[186] (que afirma ser descendiente de la Casa Real de Lusignan) describe «las hierbas peculiares y perfumes» de la isla: el apium blanco, apio silvestre que se come «confitado en azúcar»; el oldanum, que sirve para hacer el licor del mismo nombre; el árbol llamado de Chipre, semejante al granado y que florece en racimos, como la vid, y de cuyas hojas en decocción se extrae el tinte naranja que se usa para colorear las colas de los caballos de los gentileshombres, «cosa que es costumbre ver allí». Y para nuestra sorpresa, las semillas del algodón, mezcladas con paja picada, sirven de alimento al ganado. ¡Y qué cantidad de hierbas medicinales! Como animales curiosos encontramos «bueyes, asnos y cerdos salvajes» y pájaros «de viña» (hortelanos), los cuales, conservados en vinagre, se importaban en barriles a Roma y Venecia. Pero estos curiosos recursos no se deben considerar nunca como índices de abundancia. Ninguna isla tiene asegurado el mañana. El gran problema en todas ellas, problema jamás resuelto o que se resuelve mal, es poder vivir de sus propios recursos, de su suelo, de sus campos, de sus rebaños; y si no lo logran, abrirse hacia el exterior para obtener ayuda y recursos. Todas, con algunas excepciones (especialmente Sicilia), son mundos hambrientos. El caso extremo es, quizá, el de las islas
venecianas de Levante: Corfú[187] [188] , Candía o Chipre, constantemente amenazadas por el hambre en la segunda mitad del siglo. Para ellas es una catástrofe alimenticia el que los caramuzales no arriben a tiempo con sus providenciales cargamentos de trigo de la Tracia, y que las reservas de trigo y de mijo se vayan agotando en los almacenes de las ciudadelas. Por lo demás, en estas islas levantinas existe un verdadero mercado negro de cereales; de ahí las innumerables prevaricaciones de funcionarios que nos señalan las encuestas.
No en todas partes es tan grave y precaria la situación[189]. No obstante, las Baleares apenas pueden alimentar a sus ciudades comerciales o
militares[190]. Además, el cultivo del suelo estaba en estas islas poco adelantado: el despedregamiento de los campos de Menorca, en la planicie
situada detrás de Mahón, no terminará hasta el siglo [191] XVIII. Había que contar, pues, con las importaciones de cereales procedentes de Sicilia, e incluso del norte de África. Las rentas de Menorca eran tan pobres, que ordinariamente su obispo no se decidía a vivir en la isla. Una situación parecida se daba en Malta. A pesar de los numerosos privilegios que permitían a la isla importar trigo a la vez de Sicilia y de Francia, la historia de Malta es siempre la de un pequeño mundo angustiado por el problema del avituallamiento, hasta el punto de que, al venir el verano, las galeras de los Caballeros apresaban frecuentemente a los navíos cargados de trigo, al salir de los caricatori sicilianos, ni más ni menos que los corsarios de Trípoli…