El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Felipe II retorna a España

 

Felipe II no se sintió nunca a gusto en los países del norte. Ya en 1555

pensó en dejar a su padre en Flandes y volverse a España.[247] María de

Hungría,[248] al saberlo, saltó de indignación: ¿Cómo? ¿Es que las “nieblas” del norte se habían hecho para los viejos y el sol del Mediodía para los jóvenes? En 1558, Felipe seguía pensando lo mismo y trata de que su propia tía, que en el año 1556 había acompañado al emperador a España, lo sustituya

en los Países Bajos. Pero María de Hungría, que había aceptado,[249] murió en 1558. Felipe no pudo emprender el ansiado viaje hasta 1559, cuatro meses después de la firma del tratado de Cateau-Cambrésis y un mes después de la muerte de su suegro, Enrique II de Francia.

Los biógrafos de Felipe II y los historiadores de los siglos XVI y XVII pasan muy ligeros sobre este viaje. El continuador de la historia de

Mariana[250] no dice una palabra de él y, en su desarrollo cronológico, salta sin la menor explicación del escenario de los Países Bajos al de España. Los historiadores modernos, por su parte, siguen las huellas de los antiguos:

consideran el acontecimiento como un hecho sin importancia.[251]

Y, sin embargo, nada más lejos de la verdad. Con este viaje acaba de[II-401] desgajarse de la herencia de Carlos V el imperio personal de Felipe II, este valor estable durante una serie de años. Y, a la par con ello, se instaura un nuevo orden europeo. En 1558, el nuevo soberano pierde, sin guerra y sin lucha, dos posiciones esenciales: la muerte de María Tudor y la abdicación imperial de su padre privan a Felipe II de Inglaterra y del imperio. Uno de estos dos acontecimientos se hallaba, como hemos visto, en la línea de las cosas. Carlos V había soñado demasiado tarde con legar el imperio a su hijo; contra la hostilidad reunida de la Alemania protestante, de Fernando y de Maximiliano, era imposible luchar. Pero, casi en el mismo momento en que Alemania se constituye definitivamente, frente a Felipe II, como un mundo cerrado y extranjero, un hecho completamente accidental, la inopinada muerte de María Tudor, en noviembre, viene a romper la alianza anglo-española y pone fin al sueño de un Estado angloflamenco que habría tenido como centro vivo el mar del Norte.

Basta pensar por un momento en lo que habría podido ser un Felipe II dueño del mundo germánico y de Inglaterra para calcular la repercusión de estos acontecimientos sobre la historia del mundo. El título imperial, aun despojado de toda sustancia, habría evitado las irritantes querellas de las prelaciones; habría reforzado la autoridad española sobre Italia e infundido un solo y único ritmo a la guerra contra los turcos, tanto en las llanuras de Hungría como en el Mediterráneo. Por otra parte, con el apoyo o la neutralidad de Inglaterra, la guerra de los Países Bajos no habría llegado a tener el mismo alcance, no habría llegado a ser la disputa en torno de la dominación del Atlántico, factor esencial de la segunda mitad del siglo, ni habría terminado en catástrofe. Pero, sobre todo, ¿quién no aprecia que, por la fuerza de estos acontecimientos, el imperio de Felipe II se veía casi infaliblemente rechazado del norte hacia el sur? La paz de Cateau-Cambrésis, al reforzar la dominación española sobre Italia, contribuía todavía más a orientar la política del Rey Católico hacia el Mediodía de Europa, a costa, tal vez, de empresas más urgentes y más fructíferas.

El viaje de regreso de Felipe II a España, en agosto-septiembre de 1559, pone punto final a esta rápida evolución. Felipe se quedará ya para siempre en la Península, como prisionero de España. Es cierto que, en contra de la

leyenda que lo presenta enclaustrado en El Escorial, viajó todavía mucho,[252] pero siempre dentro de la península hispánica. El retorno fue, no cabe duda,[II-402] un acto definitivo.

Gounon Loubens,[253] en una obra vieja, pero estimable y siempre útil, reprocha a Felipe II el no haber trasladado su capital de Madrid a Lisboa, después de la conquista de Portugal, el no haber sabido percibir la importancia de los problemas del Atlántico. A primera vista parece como si el abandono de Bruselas, en la primavera de 1559, sea un error del mismo género. Felipe II se coloca así, deliberadamente y durante todo su reinado, al margen de Europa. Impone a su política una aritmética a contrapelo de las distancias: puede demostrarse, en efecto, con cifras a la vista, que las noticias llegaban antes a Bruselas que a Madrid, ya partiesen de Milán, de Nápoles o de Venecia, sin hablar de Alemania, de Inglaterra o de Francia. ¡Y cuántas otras consecuencias podríamos señalar! España se convierte verdaderamente en el potente y exclusivo corazón de donde parte, más o menos lento y enérgico, el impulso vital de su política. En lo sucesivo, el rey verá y juzgará todos los acontecimientos desde España; su política se elaborará en el clima moral de España, y los intereses españoles, aumentados por la cercanía, y los hombres de España gravitarán constantemente en torno de él.

El retorno del rey a la Península repercute, en efecto, de un modo muy importante sobre la gente que lo rodea. Ya en tiempo de Carlos V se veía que los desplazamientos del emperador, pese al carácter provisional de éstos, hacían cambiar las mercedes o la importancia de tal o cual ministro. En 1546; lo señala incidentalmente Bernardo Navagero, hablando de Perenot, el

embajador veneciano:[254] “… mientras, después de salir de España, el emperador ha permanecido en Alemania o en Flandes, ha crecido notablemente su crédito”. Al dejar los Países Bajos, Felipe II se separa de sus consejeros de Flandes y del condado; separación que tiene su importancia, como lo demuestra el ejemplo de Granvella, hijo de Perenot. El obispo de Arrás, a quien su vida vagabunda había llevado a través de todo el imperio de Carlos V, se queda ahora en los Países Bajos, ocupando una envidiable posición: es, cerca de Margarita de Parma, el hombre de confianza de Felipe II. Pero su situación no puede compararse ni de lejos con la que había ocupado en los consejos de la Corona en tiempo del emperador y en los de Felipe II, antes de la partida del rey para España. Veinte años pasará así, lejos[II-403] de su soberano. Conocida es la importancia del encuentro tardío de estos dos

hombres, la llegada de Granvella a Madrid en 1579,[255] el auge de imperialismo que suscitará.

Al volver a España para permanecer en ella el resto de sus días, Felipe II se confía durante largos años a sus consejeros españoles. Gana, con su presencia, la inapreciable devoción de sus reinos peninsulares. España aprecia

como un beneficio, y la siente “en sus entrañas”,[256] la presencia viva del rey, después de las interminables ausencias del emperador. “Pues aunque es rey de muchas y grandes provincias [escribía en 1595 el duque de Feria], dudo que

lo sea de los coraçones de otras que de los d’España”.[257]

Y, a decir verdad, nada se asemeja menos a un acto improvisado que este viaje, sin cesar proyectado y sin cesar diferido. Innumerables voluntades contribuyen a su realización, que una colación de hechos impone como necesaria. Tal vez se ha exagerado la parte que en él desempeñaron los gustos de Felipe II: ha llegado a decirse que, disgustado de los Países Bajos tanto como éstos de él, “cansado de su estancia” allí, tenía prisa de marcharse para

no volver.[258] Afirmación demasiado categórica. Lo único es su prisa por partir. El 27 de julio, el embajador francés Sebastián de l’Aubespine escribía

a su rey, desde Gante:[259] “Es increíble cómo este príncipe aligera y precipita todas las cosas para no retrasarse y que surja algún impedimento que le retenga más tiempo aquí”. El embajador de Isabel, por su parte, transmite el rumor, muy extendido en los medios españoles, de que el rey no volverá a los Países Bajos. Y Margarita de Parma habla también del “deseo de S. M. de verse en España”. Pero ¿acaso este “deseo” no se apoya en serios motivos?

Los consejeros españoles de Felipe en Bruselas lo animan en este sentido, desde 1555 y en contra del partido “borgoñón”, el de Granvella, Courteville, Egmont y el príncipe de Orange. Tienen, claro está, sus razones personales: quieren volver a ver sus casas, recobrar sus hábitos, sus intereses, y algunos, tal vez, aprovecharse de las ventas en masa de bienes de la Corona, que prosiguen en su país. Pero piensan también en España.

No cabe duda de que la prolongada ausencia del soberano llevaba consigo[II-404] un relajamiento de la maquinaria administrativa y gubernamental. Los Estados españoles tenían tres capitales y tres gobiernos: Bruselas, desde donde el rey resolvía los asuntos más importantes, dirigía y sostenía los hilos esenciales de la diplomacia; el monasterio de Yuste, donde Carlos V, desde muy pronto y en contra de sus decisiones iniciales, había vuelto a empuñar las riendas del gobierno; por último, Valladolid, donde la princesa Juana escuchaba el parecer de los Consejos y asumía la parte esencial de la administración de España. El reparto de los asuntos entre estas tres capitales se hacía mal; el enlace, a pesar del gran número de correos, era imperfecto. Todas las cartas se quejan de ello, y este defecto de coordinación no tarda en acarrear lamentables consecuencias. Los asuntos, después de despachados en Valladolid, debían pasar bajo los ojos del soberano; fácil es calcular el retraso que imponía este inverosímil rodeo, las posibilidades de intervenciones, más o menos justificadas, que semejante lentitud llevaba consigo. España apenas estaba gobernada. La muerte de Carlos V en Yuste, acaecida en septiembre de 1558, agrava todavía más las dificultades, ya que la princesa Juana no se hallaba, ciertamente, a la altura de las circunstancias.

Felipe II abandona Bruselas en la euforia de una atmósfera de triunfo. Toda Italia se halla representada en esta ciudad, rondando en torno al vencedor, ofreciendo dinero y presentando sus instancias: Cosme de Médicis, para no perder Siena; el gran maestre de Malta, para conseguir las órdenes conducentes a la expedición contra Trípoli; la República de Génova, para arreglar los detalles de la recuperación de Córcega; los Farnesio, para desahuciar a la duquesa de Lorena y reservar a Margarita de Parma el gobierno de los Países Bajos… En medio de recepciones, de fiestas, de repiques de campanas y de Te Deum, Felipe II distribuye a los señores flamencos sus últimas mercedes y delimita los poderes de la nueva regente. El 11 de agosto se halla en Flesinga. Aguarda dos semanas a que se levante viento favorable, y entretiene su espera corriendo de isla en isla y de castillo en castillo. Por fin, el día 25 se hace a la vela la flota real.