El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los Países Bajos en 1566
Pero las operaciones turcas, apenas iniciadas, estaban ya condenadas al fracaso: tres días antes de esta victoria, en la noche del 5 al 6 de septiembre, murió Solimán el Magnífico, no se sabe de qué, “de decrepitud, de disentería
o de un ataque de apoplejía”, dice Hammer.[63] Poco importaba la causa; el hecho es que muchos historiadores fijan en esta fecha el principio de la
“decadencia del Imperio otomano”.[64] Siquiera por una vez, una precisión de esta naturaleza no carece de sentido, puesto que el imperio, que dependía enormemente de su jefe, pasó entonces de manos del Magnífico, del Legislador (así le llamaban los turcos), a las del débil Selim II, el “hijo de la judía”, que gustaba más de la buena mesa y del vino de Chipre que de las campañas belicosas. El gran visir Mehemet Sokobi ocultó la muerte del soberano, para dar tiempo a Selim a correr de Kutaya a Constantinopla y tomar posesión del trono vacante. La guerra prosiguió hasta el invierno de manera desorganizada, con triunfos de una y otra parte. Mejor dicho, una y otra parte anunciaban triunfos; el 1 de septiembre de 1566, el archiduque Carlos anunció en Goritza, al margen del teatro principal de las operaciones,
[65] una victoriosa operación del capitán de Croacia, quien regresó con prisioneros y ganado tomados en Bosnia. La noticia se transmitió inmediatamente a España, vía Génova. Probablemente se trata del mismo asunto de que se habló en París: un gran encuentro del archiduque Carlos con
los turcos, en el cual se decía que había muerto el duque de Ferrara.[66]
La guerra estaba casi terminada. Al llegar el invierno, los turcos se[II-517] retiraron y el ejército imperial se deshizo por sí mismo, sin que fuese necesario licenciarlo. En diciembre se corrió por París la noticia de que se
concertaría una tregua con los turcos, ya antes de que terminara la Dieta.[67] Felipe II, no en vano llamado el Prudente, desde septiembre hizo retener para
su servicio “todo lo que el emperador [68] desfenderá si el Turco se retira”. Precaución harto explicable: Felipe II acababa de ver abrirse, en este mismo año de 1566, un nuevo abismo de gastos militares: el de los Países Bajos.
Los Países Bajos en 1566[69]
Sale del marco de nuestro estudio ocuparnos de los largos y complejos orígenes de la guerra de los Países Bajos; orígenes políticos, sociales,
económicos (recuérdese la gran escasez de trigo de 1565),[70] religiosos y culturales a la vez. Tampoco podemos afirmar, como otros tratadistas, que el conflicto que estalló fuese inevitable. Sólo nos interesa su incidencia en la política de Felipe II, a la cual desvían del Mediterráneo, para canalizarla violentamente hacia el norte a raíz del dramático sitio de Malta. Los Países Bajos no fueron “españoles” más que de nombre hasta 1555 (digamos hasta 1544, fecha en que pasaron a ser, por más de un siglo, una plaza fuerte contra Francia; o, mejor aún, desde 1555, con la abdicación de Carlos V). Hasta entonces habían vivido como abandonados a su propia suerte, dejados en libertad, con su papel de encrucijada, abiertos de par en par sobre Alemania, Francia e Inglaterra. Un país libre, con sus franquicias, sus garantías políticas y sus privilegios monetarios; una segunda Italia muy urbanizada e “industrializada”, muy dependiente del exterior y muy difícil de gobernar, por éstas y otras razones. No obstante, los Países Bajos seguían siendo más rurales de lo que generalmente se cree, y de ahí que conservaran una poderosa aristocracia: la casa de Orange, la de los Montmorency (de la cual es segundona la rama francesa), o la del conde de Egmont. Esta aristocracia[II-518] altiva, orgullosa de sus privilegios y de sus intereses, deseosa de gobernar, estaba estrechamente vinculada, aunque de lejos, con las querellas de los partidos en la corte de España, con el partido de la paz, que era el de Ruy Gómez, desde 1559. Esto abre horizontes cuya importancia será necesario poner de manifiesto algún día, si se quiere escribir una historia completa de los disturbios de los Países Bajos.
Forzosamente, y aunque no hubiese sido más que por la situación geográfica que los colocaba en el corazón del norte, los Países Bajos no podían escapar a las múltiples corrientes de la Reforma. Mercaderías especiales, pero mercaderías al fin y al cabo, las ideas se transportaban por las rutas de tierra y de mar. A mediados de siglo, la Reforma penetró rápidamente en los países “flamencos” bajo la forma luterana, proponiendo allí su solución de tolerancia: una paz religiosa que venía a ser un edicto de Nantes, avant la
lettre [71] . Pero fue por el sur, proveedor de trigo y de vino, por Francia, por donde la Reforma habría de llevar muy pronto a cabo sus conquistas más extensas, ahora en beneficio del calvinismo, esta Reforma “romana”,
militante y agresiva,[72] organizadora de sínodos, de activas células que no había previsto y que no hubiera tolerado la paz de Augsburgo. Infiltrándose al principio por los países de lengua francesa, habíase desbordado poderosamente sobre esta zona y triunfaba en toda la encrucijada de los Países Bajos, contribuyendo a abrirlos todavía más hacia el sur. Liberados de Alemania desde el punto de vista político, los Países Bajos se liberaron también espiritualmente, para orientarse hacia la inquieta Francia. Con la disminución de los profesantes, la caza de los luteranos se volvió difícil. Por otra parte, Inglaterra estaba demasiado próxima para que, a pesar de algunas rivalidades, los Países Bajos pudieran escapar a su influencia y a su política decidida. Inglaterra ofrecía entonces un seguro refugio a los perseguidos flamencos, aun a los más modestos —como aquellos obreros que poblaron Norwich—, y esta ayuda tejía lazos de un extremo a otro del mar del Norte.
Hay que distinguir, evidentemente, entre las diversas corrientes que agitaban los Países Bajos. No todas procedían del mismo origen: había una agitación popular, sobre todo religiosa, pero también social, y una agitación aristocrática, que era esencialmente política y que se manifestó por la[II-519] destitución de Granvella en 1564, y por la confederación del Hotel de Culemburgo en abril de 1566. Ésta precedió en cuatro meses a la sublevación de la segunda mitad de agosto, que tenía un carácter popular e iconoclasta, y condujo al saqueo de las iglesias y a la destrucción de las imágenes, propagándose con vertiginosa rapidez desde Tournai hasta Amberes, a través de todos los Países Bajos. Eran, en suma, dos movimientos diferentes. La habilidad de Margarita de Parma consistió en enfrentarlos, contraponiendo a los nobles —salvo a Guillermo de Orange y Brederode, que lograron pasar a Alemania— contra el elemento popular y las ciudades. De este modo restableció, si no su autoridad, por lo menos el orden, sin gastos, sin despliegue de fuerzas y con indudable pericia.
Pero esta política tenía sus límites y tenía también, en España y fuera de España, sus adversarios: Granvella en Roma —que nunca estaba inactivo— y el duque de Alba en España, y tras él, todo su partido. Es verdad que, en el fondo, el éxito de Margarita de Austria comprometía el poder de Felipe II y la defensa del catolicismo, pues, aunque embozadamente, había aceptado que el culto reformista prevaleciese donde ya se practicaba antes de los sucesos del mes de agosto. La concesión era grave, pues, en España, Felipe II se mostraba hostil a toda concesión real y las célebres cartas del Bosque de Segovia, en 1565, lo prueban sobradamente. Cierto es que, para ganar tiempo, se avino a modificar las apariencias de su política; de ahí las clemencias en casos individuales, un “perdón general” (exclusivamente por motivos políticos y no por delitos religiosos, según se especificaba con toda claridad); en suma, pequeñeces cuyo único objeto era no destruir el prestigio de la gobernante.
Hay mil pruebas en apoyo de su decisión de hacer sentir su severa mano y de hacer frente a los acontecimientos. Felipe II estaba firmemente decidido a emplear en el norte la remozada fuerza del Imperio hispánico —cuyo auge hemos visto ya en el campo mediterráneo— y el aflujo de dinero que transportaban las flotas de América. Intransigencia, incomprensión: no cabe duda, y el porvenir se encargará de demostrarlo. Era perder el tiempo, una política contra la naturaleza, un esfuerzo mal gastado, la obstinación de reglamentar rígidamente la circulación en esta encrucijada de Europa, en esta plaza pública; una tontería, querer encerrar en sí mismo un país que vivía ya del mundo entero y que era, además, imprescindible para la vida de Europa, la cual presiona sus puertas y, llegado el caso, las echará abajo. Era absurdo empeñarse en convertir este país en un campo atrincherado, como se hizo de[II-520] 1556 a 1561; querer darle una organización religiosa aparte, autónoma, como se intenta al crear los nuevos obispados; tratar de oponerse a que sus estudiantes vayan a estudiar a París, por no citar más que algunas de las medidas vanas a que se recurrió. Otro error, y mucho más grave todavía, era querer hacer de este país una segunda España. Y es, sin embargo, lo que Felipe II, prisionero de España, pensaba todavía en 1556…
Antes de enterarse de los levantamientos populares de la segunda mitad de agosto, escribía a Requeséns, su embajador en Roma: “Podreis certificar a S. S. que antes que sufrir la menor quiebra del mundo en lo de la religión y del servicio de Dios, perderé todos mis estados y cien vidas que tuviesse,
porque yo ni pienso ni quiero ser señor de hereges”.[73]
Tampoco en Roma se comprendía la situación. Desde principios de año, poco después de su elección, Pío V había aconsejado a Felipe que interviniese enérgicamente y en persona: “la peste herética [escribíale el 24 de febrero de
1566][74] se extiende de tal modo en Francia y Borgoña, que pienso que ya no hay más remedio para eso que el viaje de V. M. Católica”. De este viaje
hablaba Fourquevaux desde el 9 de abril.[75] Lo obsesionaba a todas horas, lo mismo cuando llamó a España a Francisco de Ibarra, comisario general de guerra, víveres y municiones y especialista en transportes, llamada preñada de posibles consecuencias, “pues no hay en España hombre como él para tales
negocios”,[76] con motivo de la expedición, o de la llamada expedición, contra Argel y que bien podría encaminarse hacia los Países Bajos. Efectivamente: la expedición contra Argel se disipó pronto en humo, y en agosto se propagaba el rumor, cada más insistente, de que Felipe II emprendería viaje hacia
Flandes.[77]
Fourquevaux sabía ya el 18 de agosto que se tomaban medidas para desplazar hacia el norte la gran movilización de las fuerzas mediterráneas de
España,[78] o sea de 5 000 a 6 000 españoles que se retirarían de Nápoles y de Sicilia, y de 7 000 a 8 000 italianos; es decir, las mejores fuerzas terrestres de[II-521] los frentes y de las plazas del Mediterráneo. La gran empresa del duque de Alba conduciría al acantonamiento del tercio de Nápoles en Gante, del tercio
de Lombardía en Lieja y del de Sicilia en Bruselas.[79] Eso significaba desarmar directa e indirectamente el Mediterráneo. Directamente, porque se le privaba de excelentes tropas veteranas, e indirectamente, por los desembolsos que exigían tales movimientos. Felipe llegó a hablar, en el Consejo de Estado, de tres millones en oro.
Por añadidura, esta política de fuerza en las provincias de los Países Bajos implicaba una serie de prudencias y medidas en la zona del norte: en Francia,
donde los protestantes[80] se disponían a ayudar a sus hermanos en religión;
en Alemania, donde el príncipe de Orange y su hermano, Luis de Nassau,[81] consiguieron levantar tropas, a pesar de un edicto del emperador en contra de ello; y, por último, en Inglaterra. Eran todos terrenos políticos peligrosos,
donde España no podía confiar en individuos, en partidos ni en soberanos.[82] Toda la atención de Felipe II y de sus mejores consejeros y servidores debía necesariamente concentrarse en el norte y desviarse del sur.
Como es natural, tales medidas parecieron aún más necesarias después de la revuelta de agosto. Amigos o enemigos, y hasta el propio duque de Alba (que en este punto era más o menos sincero), asombrábanse de la lentitud con
que reaccionaban los españoles.[83] Saint-Sulpice, por ejemplo, no supo sino hasta el 25 de septiembre que el duque de Alba partiría hacia Flandes,
adelantándose a su soberano.[84] En este momento, los más comprometidos responsables del levantamiento —o, por lo menos, los más deseosos de sustraerse a los rigores españoles— juzgaron prudente abandonar la peligrosa zona flamenca, para refugiarse en las no menos peligrosas tierras de Francia. Un grupo de anabaptistas flamencos, procedentes de Gante y Amberes, se fue
a instalar en Dieppe.[85]
Eran, por lo demás, los días en que la situación en los Países Bajos se[II-522] restablecía en favor del Rey Católico (aunque sólo fuese gracias a la política de Margarita). O en que, por lo menos, parecía restablecerse. El rey
consideraba, el 30 de noviembre de 1566:[86] “la mejoría que paresce que van tomando las cosas de Flandes”, aunque añadiendo que no era tal que justificase el relajamiento de las medidas ya en vías de ejecución. En esta misma carta renovaba el anuncio de su viaje. Y detallaba por adelantado las enormes fuerzas que serían enviadas a Flandes.
Esto ocurría, es cierto, el 30 de noviembre, meses después de los motines. Pero el gobierno español, que siempre tenía que luchar contra el espacio y contra la multiplicidad de sus tareas, no podía obrar con más rapidez. No estaba en condiciones de reaccionar inmediatamente, sorprendido a comienzos de la primavera por los manejos de los “mendigos”, los “levantiscos”, como entonces se les llamaba; y en agosto volvía a verse sorprendido por los disturbios populares de los iconoclastas. El duque de Alba decía, sin duda, la verdad a Fourquevaux en una conversación que sostuvieron a principios de 1566: lo que había impedido a España “remediar los excesos de algunos de sus subditos en los Países Bajos” eran “los asaltos que los
turcos dirigían contra la cristiandad, y algunos otros asuntos”.[87] La inquietud que sembraban los turcos en el Mediterráneo no terminó, en efecto, sino hasta fines de agosto; hasta entonces no se hubiera podido disponer de las aguerridas fuerzas españolas a las que estaba reservado un lugar preponderante en la expedición del duque de Alba.
Y, a la inversa, los acontecimientos de los Países Bajos no permitían a Felipe II obrar sin precauciones en el Mediterráneo. Esta doble carga, este doble cuadro de consideraciones, explica la política aparentemente lenta e indecisa del rey de España. Explica sus reiteradas resistencias a seguir las sugerencias del papa, quien le aconsejaba insistentemente adoptar una política afirmativa y eficaz en ambos campos o alternativamente en el uno y en el otro, sin comprender que el monarca no podía permitirse el lujo de empeñarse a fondo en ninguno de los dos.
Al principio, Pío V había intentado involucrar a Felipe II en una liga contra el turco, viejo sueño que la campaña de Piali Pachá en aguas italianas[II-523] durante el verano de 1566 contribuyó a revivir. El 23 de diciembre, el nuncio en España informaba al cardenal Alessandrino que el duque de Alba le había explicado que “S. M. alababa mucho el santo celo y el excelente deseo de S. S…; que alababa igualmente la idea de una liga y unión”; pero que, por el momento, ésta sería “no sólo inútil, sino de gran peligro y daño. Sería inútil, porque semejantes empresas no deben acometerse sino cuando los príncipes disponen de fuerzas intactas, seguras y cuando están en buenos términos entre sí; pero en el presente, estas fuerzas se hallan divididas, disminuidas y contrarrestadas por mutuos recelos”. Por otra parte, el rey de España debía en aquel entonces “desplegar una acción urgente y necesaria contra sus propios
súbditos” de Flandes.[88] En este sistema de pintar el horizonte internacional cargado de nubarrones y amenazas, para luego rehusar lo que se pedía, se reconocerá el método habitual del duque de Alba. Al parecer, Felipe II participaba de este punto de vista, y, durante mucho tiempo, no se decidió a
obrar en los Países Bajos o en el Mediterráneo.[89] Ya hemos visto que no era tan fácil tomar una decisión.
Difícil elección, pues España no podía negarse a luchar contra los turcos, ya que tenía que defenderse contra ellos. Pero de eso a atacar resueltamente, había gran trecho. A fines de 1566, el gobierno español sentíase poco deseoso de que se agravara la situación en el Mediterráneo, que, aunque no era de paz, tampoco era de guerra total y continua. Quería, asimismo, conservar la pseudopaz que prevalecía en Europa, que le era indispensable o, por lo menos, propicia.
Por eso temía vincularse a Roma para una alianza espectacular que el mundo protestante no aceptaría sin inquietarse, y quizá sin reaccionar belicosamente. Para los protestantes, la coyuntura para crear a España dificultades en los Países Bajos, a lo largo de todas las fronteras abiertas de esta gran encrucijada, no podía ser mejor. En Alemania, en Inglaterra, en Francia (entre el grupo que rodeaba al almirante y a Condé), prevalecía el ánimo de atacar: bastaría con una provocación o con un pretexto. De ahí el cuidado de Felipe II de no situarse en los Países Bajos en el terreno religioso. En vano le aconsejaba Pío V atacar la herejía cara a cara. Cualesquiera que fuesen sus sentimientos personales, Felipe II no deseaba aparecer, dadas las[II-524] circunstancias, más que el soberano que somete a sus súbditos al orden y a la obediencia que le deben y usa contra ellos de sus imprescriptibles derechos de soberano. Por eso recalcaba a cada paso que se trataba de un asunto meramente político. Como explicaba el duque de Alba a Fourquevaux el 9 de
diciembre,[90] la acción gubernamental procuraba únicamente “someter a los malos súbditos a la obediencia… No hay en ello pleito religioso, sino castigo del menosprecio en que se tiene a Su Majestad y de los constantes ultrajes a su autoridad y a sus ordenanzas; cosa que no puede tolerar príncipe alguno que quiera reinar y conservar sus Estados en paz”.
Discurso claro, pero poco convincente. Los enormes preparativos de España, del todo “razonables”, como los calificaba el duque de Alba, sembraban vivo desasosiego en toda Europa. So capa de una expedición contra Flandes, ¿no sería acaso una operación cuyo objetivo real fuese
Francia? Así lo creía Fourquevaux,[91] y no estaba lejos de creerlo Francia, donde era grande la pasión contra los españoles —estimulada por los protestantes—, que acababan de hacer en Florida una matanza de colonos franceses. No menos agudas eran las sospechas de Isabel, aunque disimuladas tras una excesiva cortesía. En octubre, la reina se había regocijado