El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Los montañeses en la ciudad

una reconquista[90].

 

Los montañeses en la ciudad

 

En esa vida dura[91] de la montaña su pobreza es, además, junto con la esperanza de una vida más cómoda y el cebo de salarios remuneradores, lo que incita al montañés a descender de las alturas: baixar sempre, mountar no:

descender siempre, no subir nunca, dice un proverbio catalán[92]. Y es que los recursos de la montaña, aunque variados y numerosos, son siempre escasos.

Cuando la colmena se vuelve demasiado populosa[93], deja de bastarse a sí misma y, por las buenas o por las malas, el enjambre tiene que emigrar. Todos los medios son buenos para encontrar espacio. Como se ha dicho con referencia a los montes de la Auvernia, y especialmente al Cantal de ayer, la montaña rechaza todas las bocas inútiles: hombres y niños, artesanos y

aprendices, e incluso los mendigos[94].

Historia agitada y difícil de seguir. No por falta de documentos, que más bien existen en demasía. Cuando abandonamos la montaña, de historia oscura, entramos, al llegar a las llanuras y las ciudades, en el reino de los archivos. Recién llegado o reincidente, al bajar al llano, el montañés encuentra siempre alguien que registra su presencia y que hace su ficha o un esbozo más o menos divertido. Stendhal vio a los campesinos de la Sabina en Roma, el día de la Ascensión. «Bajan de sus montañas para celebrar la gran fiesta en San

Pedro y asistir a la [95] funzione. Visten chaquetas de paño hecho girones; llevan las piernas envueltas en trapos, atados con cuerdas entrelazadas; sus ojos huraños se esconden detrás de negros y revueltos cabellos; apoyan contra el pecho sus sombreros de fieltro, a los que la lluvia y el sol han dado un color negro rojizo; acompañan a estos campesinos sus familias, igualmente

salvajes…[96].Los habitantes de la montaña entre Roma, el lago de Tirano, Aquila y Ascoli, representan bastante bien, a mi modo de ver, el estado moral

de la Italia de alrededor del año 1400»[97]. En Macedonia, Victor Bérard encontró en 1890 a los albaneses de siempre, con sus pintorescos trajes de

húsares[98]. En Madrid, Teófilo Gautier conoció a los aguadores, «muchachos gallegos vestidos de paño color tabaco, con calzón corto, chaqueta negra y un

sombrero puntiagudo»[99]. ¿Irían ya vestidos de este modo cuando se dispersaron por toda España en el siglo XVI (hombres y mujeres) posando en las ventas de que nos habla Cervantes, en compañía de sus vecinos, los

asturianos?[100]. Uno de ellos, Diego Suárez, soldado y cronista de las gestas de Orán a finales del siglo XVI, nos cuenta sus aventuras, su fuga de la casa materna, siendo aún niño, su llegada a El Escorial, donde trabaja unos días, encontrando allí el plato bueno. Pronto llegaron también sus padres, procedentes de las montañas de Asturias, sin duda para participar, como tantos otros, en las faenas agrícolas del verano en Castilla la Vieja, y Diego

tuvo que alejarse un poco de allí, para no ser reconocido[101]. Toda la extensión de Castilla la Vieja se veía continuamente atravesada por inmigrantes venidos de las montañas del norte, donde acababan volviendo a veces. Esta montaña que continúa los Pirineos, de Vizcaya a Galicia, solo muy difícilmente sustenta a sus habitantes. Bastantes de ellos son arrieros,

como los maragatos, de quienes luego hablaremos[102], o los campesinos acarreadores del partido de Reinosa, que viajaban al sur con sus carros cargados de aros y duelas de tonel, volviendo después a sus pueblos y

ciudades del norte con trigo y vino[103].

Una historia menuda entre mil. No hay una sola región mediterránea donde no pululen estos montañeses, indispensables para la vida de las ciudades y de las llanuras, pintorescos, ataviados con ropas de colores chillones, a menudo singulares por su atavío y siempre curiosos por sus costumbres… Espoleto, cuya cumbre cruzó Montaigne en 1581 camino de Nuestra Señora de Loreto, es un centro de emigrantes harto raros; merceros y buhoneros aptos para todos los cambalaches y comisiones que requieren astucia, olfato y pocos escrúpulos. Bandello los presenta en una de sus historias como charlatanes y cuentistas, audaces y listos, nunca cortos en argumentos, admirablemente elocuentes cuando se lo proponen. No hay como los espoletinos —nos dice— para embaucar a los pobres diablos dándoles la bendición de San Pablo, para sacar dinero a los incautos con culebras y víboras desdentadas, para mendigar y cantar en las plazas, para vender polvos de haba como ungüento para la sarna. Con una cesta colgada del cuello y sujeta bajo el brazo izquierdo, se pasean por toda Italia vendiendo sus

bagatelas a grandes gritos…[104].

La gente de Brescia y de Bergamasco [105] —a la última se le llama comúnmente en Milán la gente del Contado— no era menos conocida en Italia en el siglo XVI. Por todas partes se la encontraba. Son los peones de Génova y otros puertos. Desde más allá de Marignan vienen a repoblar las

alquerías de los milaneses, abandonadas durante la guerra[106]. Algunos años más tarde, Cosme de Médicis trata de llevárselos a Liorna, la ciudad de la fiebre, donde nadie quería vivir. Eran hombres rudos, pesados, torpes, avaros, pero resistentes a la fatiga. «Van por el mundo entero [hace notar

Bandello[107] (en las obras del monasterio de El Escorial trabajó un arquitecto,

Giovan Battista Castello, a quien llamaban “el Bergamasco”)][108] pero nunca gastan más de cuatro quatrini al día y no duermen en cama, sino sobre la paja…». Cuando hacían dinero, se ponían sus mejores galas y comían hasta hartarse, pero no eran ni más generosos ni menos ridículos y groseros que antes. Verdaderos personajes de comedia, eran, por lo general, maridos grotescos a quienes sus esposas enviaban a Corneto; tal ese palurdo de una novela de Bandello que tiene la excusa —suponiendo que lo sea— de haber encontrado mujer en Venecia entre las que, a la espalda de San Marcos,

venden su amor por una [109] piecetta.

Pero este retrato, ¿no tendrá mucho de caricatura? El montañés se presta de buen grado a que los señores de las ciudades y de las llanuras se mofen de él. Pero, además, inspira temor y desconfianza. Todavía hacia 1850, en Ardèche, la gente de la montaña bajaba a la llanura en las grandes ocasiones. Llegaban en mulas enjaezadas, vestidos con ricos trajes de ceremonias; las mujeres, sobrecargadas de cadenas de oro, tiesas y pomposas. Los trajes de los montañeses se diferenciaban de los de las villas, aunque unos y otros fuesen regionales, y su rigidez arcaica tenía la virtud de excitar la hilaridad de las coquetas pueblerinas. También el campesino de las tierras bajas trataba irónicamente a los rústicos montañeses, y los matrimonios entre unos y otros

eran raros[110].

Se levanta así una barrera social y cultural que trata de remplazar a la imperfecta barrera de la geografía, la cual se franquea sin cesar y de mil distintas maneras. Unas veces, el montañés desciende a la llanura con sus rebaños, y ya tenemos aquí uno de los dos momentos de la trashumancia; otras, va a establecerse a la región baja durante las faenas de la siega o la recolección, y surge así una emigración temporal muy frecuente y a menudo

mucho más larga de lo que generalmente se cree: los saboyardos[111], en ruta hacia el Bajo Ródano, personas de los Pirineos enganchadas para la siega cerca de Barcelona, los campesinos corsos que en el siglo XV iban a la

Maremma toscana a trabajar todos los veranos[112]. Otras veces, las personas de la montaña se establecen definitivamente en la ciudad o pasan a trabajar como campesinos en las tierras bajas; ¡cuántas ciudades provenzales o contadinas recuerdan, con sus calles tortuosas y empinadas, y sus casas

colgadas, las pequeñas aldeas de los Alpes meridionales[113], de donde llegaron sus habitantes! Hasta fechas muy recientes, llegado el momento de la cosecha, arribaban estos montañeses en cuadrillas jóvenes de ambos sexos, hasta las llanuras y el litoral de la Baja Provenza, donde al gavot, el hombre arribado de Gap —en realidad, un nombre genérico—, se le considera «como el tipo de trabajador resistente a las fatigas, que viste sin elegancia alguna y