El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Nota complementaria

las del Po y a las de los grandes ríos de Lombardía»[219], «lluvias tan torrenciales», dice otra noticia, que se temía «una corrupción del aire».

Tales son los hechos, pero ¿qué conclusiones se desprenden de ellos? ¿Que el clima del Mediterráneo se trastornó a finales de siglo? Debemos reconocer que entre la hipótesis, las cavilaciones y las pruebas que hemos expuesto, y esa enorme conclusión, la distancia es enorme.

Habría que reexaminar todo el dossier, el cual podría suministrarnos hechos precisos, que una investigación más a fondo podría y debería sacar de él. El problema sigue en pie, sin que podamos ignorarlo, aunque, dado el estado actual de nuestros conocimientos, no nos sea dable llegar a resolverlo. Los historiadores no son en modo alguno los únicos que pueden hacerlo. Pero no habríamos perdido el tiempo si nuestros esfuerzos llevaran, por lo menos, a la conclusión de que, aunque no resuelva el problema, el historiador sí tiene algo que decir y alguna responsabilidad que asumir con respecto a él.

 

Nota complementaria

 

No he introducido ningún cambio sustancial en el párrafo precedente, el cual, en 1947, al ser publicado por primera vez, había suscitado muy vivas controversias. Al lector le sorprenderá saber que en aquella época fue considerado temerario por algunos críticos. Gustav Utterström, en un reciente

artículo (1958)[220], ha sido tan amable como para considerarme tímido, juzgado retrospectivamente. Así es el mundo de la investigación y no seré yo quien se lamente de ello.

Lo importante es que durante estos últimos 15 años se ha continuado investigando acerca de estos problemas decisivos. Muy pocos de otra especie alcanzan pareja importancia. A través de las variaciones del clima, una voluntad ajena al hombre se afirma y reclama la parte que le corresponde en nuestras explicaciones, incluso en las más cotidianas. Nadie pone hoy en duda la importancia de estas variaciones.

Siguiendo el sencillo método al que recurría mi estudio original —que era una colección de detalles descriptivos—, he completado la información que necesitaba. Nos informan ante todo de los crecientes rigores que padece el final del siglo: lluvias continuas, inundaciones catastróficas y fríos rigurosos e «inusitados». Por ejemplo: la crónica de Luis Cabrera de Córdoba nos dice que durante el invierno de 1602-1603 «los fríos y las heladas han sido tan generales este invierno en toda España, que es imposible encontrar una sola localidad donde no se hayan quejado del rigor del tiempo. Incluso en Sevilla, y en otras ciudades marítimas, pero en especial en Sevilla; han escrito que se ha helado el Guadalquivir, cosa nunca vista anteriormente. ¡Qué diferencia

con el año pasado, que en ninguna parte notamos el invierno![…]»[221] En Valencia se sucedieron las heladas con el siguiente orden: 1589, 1592, 1594,

1600 y 1604[222]. En cuanto a las lluvias continuas, inundaciones, nevadas y visiones del fin del mundo hay numerosos testimonios en todo el Mediterráneo tanto en los años finales del siglo como en buen número del siguiente. El reciente estudio de Emmanuel Le Roy Ladurie menciona hechos análogos: el Ródano se hiela totalmente al punto de poder cruzarlo mulas, cañones y carros en 1590, 1595, 1603, posiblemente en 1608, en 1616 y en 1624. El mar se hiela en Marsella en 1595 y en 1638, «cuando se heló el agua en torno de las galeras». Sobre los olivos del Languedoc se repiten las

heladas: 1565, 1569, 1571, 1573, 1587, 1595, 1615 y 1624…[223]. «Estos

asesinatos de olivos acaban por desanimar a los plantadores»[224] del Languedoc, y, a no dudar, de otros lugares. Parece evidente que durante los últimos años del siglo XVI y los primeros del XVII ha hecho más frío que en tiempos anteriores.

Y también ha llovido más. De 1590 a 1601, un historiador hace notar a propósito del Languedoc: «nieves tardías y persistentes en primavera, grandes fríos en pleno verano, lluvias torrenciales en el Mediterráneo, acompañadas

de carestías y la famosa invasión del trigo del norte en el mar interior»[225]. En cambio, de 1602 a 1612, e incluso más tarde, hubo «como una bocanada

de calor y luz»[226], una vuelta de la sequía, o al menos una inadecuada distribución de lluvias. En Valladolid se hicieron rogativas pidiendo la lluvia

en 1607, 1617 y 1627[227]; en Valencia, en noviembre de 1615, havia molts

mesos que no ploguia [228] ; en octubre y noviembre de 1617, no caiga un solo chaparrón. No estamos seguros de que, como afirma Ignacio Olagüe, España haya sido entonces víctima de un largo periodo de sequías que han preparado

el camino de su decadencia[229]. Pero es más que posible que el paisaje de la Mancha fuera más verde en la época de Cervantes que en tiempos

posteriores[230].

En Europa (incluido el Mediterráneo), el mecanismo de las lluvias depende de las rutas que siguen las depresiones atlánticas, sea hacia el norte, por el canal de la Mancha, el mar del Norte y el Báltico (durante todo el año), sea hacia el sur, por el mar interior, del equinoccio de otoño al equinoccio de primavera. Gustav Utterström sugiere que durante el siglo XVII esta doble circulación resultó bloqueada al norte por fríos intensos y, en consecuencia, por la formación de zonas anticiclónicas de altas presiones. Al quedar obstruida la vía septentrional, quedó, en compensación, más abierta que de costumbre la mediterránea. Pero ¿qué razón puede haber para que una vía se abra cuando la otra queda medio cerrada? ¿Y cuál ha sido la duración de las oscilaciones, si es que las ha habido?

Se trata en realidad de detalles, de explicaciones a corto término. Las nuevas investigaciones van mucho más lejos y obedecen dos tendencias racionales: en primer lugar, establecer largas series de índices; en segundo, ampliar el campo de observación para incluir, además del Mediterráneo, Europa, o mejor aún, el mundo entero. Para lo dicho me apoyo

particularmente en los trabajos ejemplares del Dr. P. Shove[231], en Inglaterra;

del geógrafo Pierre Pédelaborde[232] y del historiador Emmanuel Le Roy

Ladurie[233].

Al extender nuestras informaciones sistematizándolas, agrupando las informaciones dentro de cuadrículas establecidas de antemano —colocando cada pormenor descriptivo en el lugar que le corresponde: humedad, sequedad, frío o calor, según las estaciones y los años—, trascendemos de lo pintoresco para entrar en una consideración genuinamente cuantitativa de la historia. Se trata de agrupar lo análogo: las fechas de las vendimias, la fecha en que llega al mercado el primer aceite nuevo, la del primer trigo, la del primer maíz, las informaciones provenientes de la tala de árboles, el caudal de agua de los ríos, las floraciones, los primeros hielos de un lago, el primer o el último banco de hielo del Báltico, los avances y retrocesos de los glaciares, las variaciones del nivel del mar. Con todo ello podemos reconstruir cronologías de todas las variaciones climáticas, cortas o largas.

El segundo paso consiste en encuadrar todos estos problemas e informaciones dentro de hipótesis y pruebas de conjunto. La hipótesis del Jet Stream seguirá posiblemente el mismo destino de tantas otras explicaciones generales: se mantendrá en su puesto durante cierto tiempo, quizá bastante. Según esta hipótesis, existe en torno del hemisferio norte una continua corriente, un anillo de aire en movimiento que, a velocidad variable, gira por encima de la superficie terrestre a una altura de entre 20 y 30 kilómetros. Si su velocidad aumenta, se distiende y se embute en el globo como un sombrero demasiado grande en la cabeza de su propietario; si, por el contrario, disminuye, forma meandros y se retrae en dirección al Polo Norte. Pues bien, si nuestras observaciones son exactas, el Jet Stream aceleró su velocidad a finales del siglo XVI, y, al acercarse al Ecuador, y, por tanto, al Mediterráneo, trajo hacia el sur el frío y la nieve. Es evidente que nuestras hipótesis quedarían plenamente demostradas si contásemos con una serie ininterrumpida de evidencias, lo que, y nadie sería capaz de negarlo, no es el caso. Según los términos admitidos en el estado actual de la presente discusión, a mediados del siglo XVI —sea un poco más pronto o un poco más tarde— habría comenzado lo que se ha llamado, en palabras del doctor Schove, la pequeña época glaciar, la cual continuará durante todo el siglo de Luis XIV.

Quedan en suspenso importantes interrogantes. ¿Nos encontramos en presencia de una fase larga? Si es así, el siglo XVI habría iniciado un largo periodo de alza del frío y de la lluvia. Quiero mencionar, sin atribuirle en modo alguno fuerza demostrativa, una curiosa indicación sobre el nivel de la commune, en Venecia, es decir, el nivel medio de las aguas que marca con una línea negra la parte baja de las casas al borde de los canales. Un documento afirma que este nivel se ha ido elevando regularmente a partir de

1560, a lo largo de tres siglos[234]. Si esta observación es cierta —harían falta pruebas—, queda aún por saber si el nivel del agua en la laguna veneciana está exclusivamente determinado por las precipitaciones atmosféricas, y no por determinadas circunstancias locales. En todo caso, vale la pena tener presente este testimonio.

Otra cuestión: queda también en suspenso la incidencia eventual de esta pequeña época glaciar en la vida de Europa y del Mediterráneo. ¿Declinará el historiador la responsabilidad de asumir una serie de problemas relativos a la vida rural, a la salud pública o a las comunicaciones, consignándolas a una nueva área de investigación? La prudencia requiere que, al tocar estos temas, se recurra a amplias encuestas colectivas: todavía no disponemos de ellas. Por eso no nos precipitaremos a hacer el diagnóstico tentador y decir: ¡a finales del siglo XVI, más cría de ganado y menos trigo!; al visitar el frío y la lluvia con tanta insistencia el Mediterráneo han desorganizado ciertos esquemas, pero las proporciones en que lo han hecho escapan a nuestra consideración. También al hombre le corresponde su parte de responsabilidad, pero el grado de esta no ha sido todavía determinado. Como Le Roy Ladurie ha demostrado, el progresivo desplazamiento de la vendimia a fechas más tardías hay que achacárselo al hombre, que ha preferido arrancar más tarde los racimos para obtener de estos frutos tan maduros un contenido alcohólico más

elevado[235].

Resulta evidente —y ese es el progreso más considerable en este terreno — que la historia del clima es «una y la misma» en todo el hemisferio norte. El caso del Mediterráneo está unido a una constelación de problemas en la misma escala: el retroceso actual de los glaciares de Alaska, que devuelve a nuestros ojos los antiguos bosques que habían echado abajo en su avance original; la serie de datos exactos de la floración de los cerezos en Tokio (cada una marcada por una fiesta ritual), los anillos concéntricos de los árboles de California, «acontecimientos» todos enlazados entre sí por la historia unitaria del clima. Con Jet Stream o sin ella, existe una unidad, existe un director de orquesta. La primera mitad del siglo XVI se vio favorecida en todas partes por la bondad del clima; la última sufrió, también en todas partes, a causa de las perturbaciones atmosféricas.