El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los tesoros de América, camino de Amberes
Algunos mercaderes extranjeros establecidos en España dedicábanse a
repatriar las especies monetarias evadidas[101]. El embajador portugués
refería, en 1554[102], que, cumpliendo una orden del príncipe Felipe —se había mantenido en secreto durante algún tiempo—, don Juan de Mendoza procedió a registrar a los pasajeros que viajaban en sus galeras de Cataluña a Italia. Resultado de ello: 70 000 ducados, confiscados, la mayor parte, a mercaderes genoveses. Así pues, los tesoros de España no estaban demasiado bien custodiados. Y la vigilancia oficial (la única que, por lo general, facilita los datos a los historiadores) no nos dice todo lo que necesitamos saber.
Además de la exportación clandestina, existían las salidas lícitas [103]. Toda entrada de cereales a España implicaba para el proveedor el derecho explícito a recibir en pago monedas libremente exportables. Pero las mayores exportaciones de plata debíanse al propio rey y a la política universal de España. En vez de gastar la plata dentro del país y hacerla fructificar en diversas creaciones —como los Fugger, que invirtieron en Augsburgo la plata de sus minas de Schwaz—, los Habsburgo dejábanse arrastrar cada vez más a los gastos exteriores, ya considerables en la época de Carlos V y fabulosos en la de Felipe II… Política desastrosa e insensata, se ha dicho muchas veces. Pero habría que saber —cosa que tantos críticos olvidan— si no era precisamente gracias a ello y a costa de semejantes sacrificios, como lograba mantener en pie el Imperio español, si no condicionaba eso su defensa y su integridad. El historiador Carlos Pereyra nos habla de la locura española en los Países Bajos, que devoraron una parte tan grande de los tesoros de América. Pero España, aunque hubiera querido, no podía abandonar aquellos dominios, pues eso habría sido lo mismo que traerse la guerra más cerca de casa.
Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que la Península, agobiada de tesoros, desempeñó —queriéndolo o sin quererlo— el papel de cauce de irrigación de los metales preciosos… Lo que interesa al historiador, sabiendo ya cómo llegaban los metales preciosos del Nuevo Mundo a España, es ver cómo se distribuían.
Los tesoros de América, camino de Amberes [I-635]
Durante la primera mitad del siglo XVI, los metales preciosos de España salían hacia Amberes, verdadera capital del Atlántico, en la misma medida, si es que no mayor, que la de Lisboa o Sevilla. Los documentos de Amberes señalan los vínculos existentes entre la ciudad del Escalda y las lejanas regiones del océano: el África occidental y el naciente Brasil.
Los Schetz poseían un engenho —un ingenio de azúcar— cerca de São Vicente. En 1531 se creó la bolsa de Amberes. Desde entonces, el numerario de España llegó a Amberes y a Brujas a bordo de las grandes zabras de
Vizcaya. En 1544[104], sigue utilizando los servicios de las naves vizcaínas,
que ese año transportaron, además, infantería española[105], y otro tanto
ocurrió en 1546-1548[106] [107] y en 1550-1552.
Era en aquella época un hecho público y notorio: en la primavera de 1551, los embajadores venecianos informan a la señoría que en los Países Bajos van a acuñarse 800 000 ducados venidos del Perú con 15 % de beneficio. A cambio de ello, los Países Bajos proveerían a España de artillería y
pólvora[108]. En 1552, el año de la sorpresa de Innsbruck, la trágica situación
de Carlos V abre de par en par las cautelosas compuertas de España[109]. Se reducen entonces las exportaciones de moneda de los particulares, pero se aumentan considerablemente las del tesoro público. Lo que, a la verdad, no impide a las firmas extranjeras establecidas en España, para las que la salida de monedas era cuestión de vida o muerte, proseguir sus envíos, valiéndose no pocas veces hasta de los propios agentes de exportaciones del
gobierno[110]. En 1553 se recibió en Amberes un envío oficial de plata con
destino a los Fugger[111].
En cierta ocasión, por azar, hasta Inglaterra logró su parte. El viaje del futuro Felipe II, en 1554, hizo fluir a la isla importantes cantidades de plata, que ayudaron a la recuperación de la moneda inglesa, la cual había llegado, en
1550, al nivel más bajo de su cotización[112]. Entre aquel año de 1554 y el de su regreso a España en 1559, Felipe II, estando en Inglaterra y en los Países
Bajos, fue constantemente abastecido de plata por la vía oceánica[113]. Este aprovisionamiento fue decisivo durante los aciagos años de la guerra de 1557-1558. La llegada de los navíos cargados de metales era el gran acontecimiento en el puerto de Amberes. Hoy, 20 de marzo de 1558 —decía un aviso—, llegarán a Amberes cuatro barcos de España, después de un viaje de 10 días; traen a bordo 200 000 escudos en plata contante y 300 000 en
letras de cambio[114]. «El dinero último que de ella ha venido en las zabras de Pero Menendez llego a muy buen tiempo para poder dar una paga a la infantería y caballería alemana que levantamos a nuestra cuenta», escribía
Eraso a Carlos V el 13 de junio[115].
Podrían citarse miles de documentos a propósito de la circulación de los metales preciosos; los más instructivos son sin duda los asientos —«partidos», dirían los franceses del siglo XVI— que Carlos V y Felipe II concluyen con sus prestamistas. A partir de la crisis de Innsbruck, los Fugger y más tarde los banqueros genoveses consiguen que sus contratos vayan acompañados de licencias de saca, es decir, del permiso para exportar de España el numerario equivalente a las sumas que habían adelantado. Por
ejemplo los dos [116] asientos concluidos en mayo de 1558 con los banqueros genoveses Nicolò Grimaldi y Gentile, estipulan, entre otras condiciones, la transferencia de plata de Laredo a Flandes.
Esta circulación de monedas y lingotes por la vía marítima, a considerable distancia de la Francia hostil, no ofrece gran interés solamente para el historiador que quiera reconstruir las grandes luchas del siglo XVI entre los Valois y la Casa de Austria. Indica también que los Países Bajos no eran simplemente una plaza de armas para el imperio de Carlos V, sino también un gran centro monetario a través del cual el metal americano pasaba a Alemania, el norte de Europa y las islas Británicas. El papel de esta redistribución de monedas es decisivo en las actividades europeas, que en modo alguno se engendraron a sí mismas. Se organiza todo un sistema de cambios, de circulación, de operaciones bancarias a partir del gran puerto del Escalda, hacia la Alta Alemania e Inglaterra, llegando hasta Lyon, ciudad que ha vivido durante años actuando en combinación con la gran plaza del norte.
Ahora bien, para señalar bien el papel de Amberes sería necesario seguir de cerca ese aprovisionamiento de metales preciosos, más o menos importante
según los casos, y que no siempre llegaba a tiempo. En 1554[117] se produce en Amberes una sensible escasez de plata, pues también andaba corta de este metal la Península, de la que dependía el puerto del norte. Y no era la guerra la única responsable. Thomas Gresham, la eminencia gris de las finanzas inglesas, hizo en 1554 un curioso viaje a España, que recuerda el que Antonio Malfane, el genovés, había emprendido un siglo antes a Tuat, pues Gresham fue a la Península en busca precisamente de metales preciosos. Desgraciadamente, sus exigencias y tal vez también sus maniobras contribuyeron a quebrantar un crédito ya de suyo bastante comprometido. Los bancos de Sevilla llegaron hasta a suspender sus pagos. «Llegué a temer
[escribe Gresham] que pudiera ser responsable de la quiebra de todos»[118]. Pero no es Gresham el verdadero culpable, sino la coyuntura económica general. En todo caso, perfecta o no, esta circulación, indispensable para la economía inglesa y la de los Países Bajos, tal vez explica por qué las relaciones entre España y los países nórdicos han sido durante largo tiempo anormalmente pacíficas. La política de reservas y de inteligencia entre Felipe II e Isabel fue posible mientras la reina y los mercaderes de Inglaterra conseguían participar de las riquezas de América por medio de los préstamos
concertados en Amberes[119]. Pero todo este orden y este equilibrio quedan en suspenso con la crisis de 1566 y con la retadora llegada del duque de Alba a los Países Bajos, en 1567. En 1568, Gresham, el «mercader de la reina», partió de Amberes, su residencia habitual. Todo cambió ahora en un enorme sector, ni más ni menos que el del Atlántico. Hasta entonces los piratas ingleses habían atacado frecuentemente los navíos y las posesiones españolas; pero generalmente contentábanse con lo que podríamos llamar una piratería amigable, que era más bien un comercio fraudulento que una verdadera
piratería: Hawkins[120] operaba a menudo más o menos de acuerdo con las autoridades locales españolas. Pero a partir de 1568 comienza una época de
piratería brutal y sin cuartel[121]. Los corsarios ingleses atacan sistemáticamente las zabras vizcaínas, cargadas de plata con destino al duque
de Alba[122]. Por supuesto, a partir de ese momento la reina Isabel ha debido renunciar a cualquier intento de préstamos en Amberes, donde su crédito se derrumba de la noche a la mañana, y adoptar, con la ayuda de los mercaderes
de su país, una nueva organización financiera[123]. Pero ¿quién podría decir
hasta qué punto esta política nacionalista[124] fue, de una parte, deliberada, especialmente en cuanto a Gresham, y de otra parte, una política impuesta por
las circunstancias[125]?
La captura de las zabras vizcaínas no condujo, sin embargo, a la guerra. Inglaterra destinó el metal precioso conseguido en los navíos apresados a la
fabricación de nuevas monedas[126]. Se aprovechó, incluso, del fraude de los mercaderes españoles que enviaban plata de contrabando en navíos supuestamente cargados de lana. Este comercio fraudulento fue una ganancia
suplementaria para los ingleses[127]. Podríamos seguir hasta en sus menores detalles este feo negocio, pero lo que nos interesa del caso no son las responsabilidades de William Cecil, ni las subsiguientes e inútiles discusiones
y recriminaciones que prolongaron la querella[128], ni las decisiones de Felipe II, por un instante, en 1570, cargadas de intenciones belicosas, y que
logró suavizar la prudencia del duque de Alba[129]. La alarma diplomática no debe impedirnos ver el alcance económico de la disputa.
Trastornado tal vez desde 1566[130], con el comienzo de las revueltas en los Países Bajos, el tráfico de metales preciosos entre España y aquella región por la vía del Atlántico quedó prácticamente bloqueado a partir de los años 1568-1569, lo que no quiere decir que la moneda española dejara de circular totalmente por esta antigua ruta. Sin embargo, los transportes perdieron importancia y dejaron de hacerse en condiciones fáciles. Solo se efectuarán mediante flotas en toda regla, como la que en 1572 condujo al duque de Medinaceli, es decir, casi quebrantando un bloqueo. La comunicación por mar se había vuelto peligrosa, según escribían a la República genovesa, en julio de 1572, Lázaro Spínola, cónsul genovés en Amberes, y sus consejeros Gregorio
Difranchi y Nicolò Lomellini[131]. La nación, decían, tiene deudas y no sabe cómo saldarlas, attento il cativo temporale che corre alle mercantie per questi movimenti di guerra (se trataba, muy especialmente, de la tensión con Francia), con quali non si può tratar in Spagna restando chiusa la navigazione, e per Italia dificilmente…
La flota de Medinaceli en 1572 era relativamente modesta; proyectábase formar otra mucho más importante en Vizcaya en 1573-1574. Apenas exageraríamos su importancia si la llamásemos la primera Armada Invencible. Fue confiada al mando de un jefe prestigioso: Pedro Menéndez, pero este murió en 1574. La falta de créditos y las epidemias que luego se
presentaron hicieron que la flota se desintegrase antes de hacerse a la mar[132]. Así el año 1574 asestó un decisivo golpe al vigor de España del golfo de Gascuña a los lejanos Países Bajos. Cierto que siguieron manteniéndose las comunicaciones marítimas entre la Península y los países del Escalda. En 1575, por ejemplo, salió de Santander una pequeña flota al mando del comandante Recalde, rumbo a Dunquerque, adonde llegó el 26 de noviembre. Hizo escala en la isla de Wight, lo cual indica que aún no estaban del todo rotas las relaciones con Inglaterra; pero nada nos asegura, por lo demás, que
la flota de Recalde llevara a bordo dinero metálico[133].
De todos modos, aunque así hubiera sido, no habría podido hacer frente a la tarea. Es fácil comprobar el carácter anormal de algunos envíos de dinero efectuados por la vía atlántica. A raíz de la bancarrota de 1575, Felipe II — que la había provocado en su propio beneficio— disponía de varios millones de escudos de plata. Nada más sencillo, en apariencia —puesto que la demanda de los Países Bajos seguía en pie—, que embarcar el dinero en Laredo o en Santander y expedirlo hacia el norte. Pero ningún mercader quería encargarse de la empresa. Hubo que suplicar a los Fugger para que accedieran a hacer llegar 70 000 escudos (que les fueron entregados en cajas selladas con el cuño real, para que no las detuvieran en la aduana) a Lisboa, donde obtuvieron de ciertos negociantes marranos de la plaza, a cambio de ello, letras de cambio libradas sobre Amberes, ya que dichos negociantes necesitaban aquel numerario para comerciar con las Indias portuguesas. Thomas Müller, el factor de los Fugger, tratándose de cantidades poco importantes como estas, ha preferido utilizar el rodeo de Portugal y la semineutralidad de sus mercaderes ante las disputas de los países del norte. Gracias a este subterfugio se podía transferir dinero sin que este abandonase