El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Tres edades metálicas

J. Hamilton[446]. Pero advirtamos que, en este caso, la crisis, que duró hasta mediados del siglo XVII, comenzó unos 20 años antes. Resultó difícil contenerla. Se produce una nueva inflación hacia 1625-1630: el zequí llega a los 240 aspros, y el thaler a 120; en 1642 una autoritaria devaluación de 50 % llevó al zequí a valer entre 151 y 157 aspros (no 120), pero volvió a haber alza a partir de 1561, y la larga guerra de Candía contra Venecia produjo el más profundo caos. Si en 1660 el zequí sigue valiendo 240 aspros en Serbia,

lo encontramos a 310 aspros en Sofía en 1663[447].

Estas devaluaciones repercutieron prodigiosamente sobre la salud económica del Imperio turco, donde el aspro hace a la vez de moneda real y

de moneda de cuenta[448].

Tales son los aspectos más visibles de los desórdenes monetarios turcos; pero hay, además, otros. Tenemos, principalmente, la política de moneda baja de los argelinos, impuesta por la necesidad. El oro y la plata de España conseguían prima, automáticamente, en sus mercados. Era un modo de atraer, de acaparar las indispensables monedas extranjeras; había hasta una especie de escala móvil, y, en 1580, Iafer Pachá, considerando insuficiente la tasa,

subió el escudo de España de 125 aspros argelinos a 130[449]. Como cree el erudito español Manuel Gallardo y Víctor, es posible que esta devaluación

afectara al rescate de Cervantes en 1580[450]. Pero antes de la devaluación del zequí turco de Constantinopla, que se cotizaba a 66 aspros turcos, valía 150 en Argel, lo que indica, en aquel entonces, una asombrosa prima pagada por la moneda de oro de los sultanes, atraída así hacia Argel del mismo modo que

el escudo de España[451]. Si nuestros cálculos son exactos, este obtendría casi siempre una prima de 30 % en el mercado de cambios de Argel.

 

Tres edades metálicas

 

Se nos relevará de entrar aquí en más amplias explicaciones. Los diagramas y las gráficas completan una exposición que, a pesar de estar muy abreviada, peca de larga; tendremos ocasión de volver luego sobre los difíciles problemas de la situación económica general. En cualquier caso, resulta claro un esquema que se puede enunciar como sigue: Los historiadores atentos al pasado mediterráneo se hallan en presencia de tres estratos, de tres edades metálicas superpuestas: la del oro del Sudán, la del oro y la plata de América y, a continuación, lo que podemos llamar la era de la inflación del vellón, de la moneda falsa, autorizada o no, que aparece tímidamente a fines del siglo XVI y que luego lo invade todo, en las primeras décadas del siglo XVII. Esquema simple, por supuesto, pues estas épocas monetarias no se disponen nítidamente, como algunos piensan, superponiéndose limpiamente unas a otras, sino entremezcladas y confundidas muchas veces, combinaciones que sería necesario estudiar y exponer con toda precisión.

Periodo del oro: todos los pagos se hacen preferentemente en oro. En 1503, Bayardo captura, junto a Barletta, a un pagador del ejército español: Una vez de vuelta —escribe el Leal Servidor— se procedió a abrir sus cajas y

se encontraron hermosos ducados —otra confirmación de la regla—[452]. Más aún: el rey de Francia pagando a sus soldados (en 1524) «con oro de

España»[453]. Todas estas batallas de los primeros tiempos del conflicto entre los Habsburgo y los Valois se combatían con monedas de oro. Basta el desplazamiento de un simple correo para que se pudiesen realizar pagos trascendentales. En mayo de 1526, el embajador de Carlos V se muestra inquieto: habían pasado por Mirandola «cuatro jinetes que llevan el numerario del Papa…»; tenía buenos motivos para sentirse alarmado.

Más tarde, durante el largo reinado de la plata (de —quizá— 1550 a 1560 o 1680), resultaron muy visibles los desplazamientos de la plata, pues el metal blanco es un viajero muy conspicuo: necesita de carros, barcos, animales de carga… por no contar las personas que deben darle escolta —un mínimo de 50 arcabuceros cuando hay que transportar plata de Génova a Flandes, en

diciembre de 1551—[454]. Los movimientos de grandes cantidades de oro pasan por lo general inadvertidos —fuera de los interesados nadie llega a enterarse—. Pero cuando se viene a saber, en septiembre de 1586, que Felipe II ha enviado a Italia 100 000 escudos en monedas de oro, todos comienzan a discutir, especulando acerca de cuál ha podido ser la urgencia interior que le ha forzado a este gesto tan desacostumbrado, pues, por lo

general, el oro no sale de la Península[455]. Dada su rareza, era altamente estimado, y cada vez que entraba en juego, «dictaba señorialmente sus propias reglas». Los amos de las cecas y otros expertos llenan páginas y más páginas explicando a quien quiera prestarles atención que todo se arreglaría si el marco de oro valiese doce marcos de plata, tal y como decretaba la sabiduría tradicional, pero en Venecia, donde el oro se veía revalorizado constantemente, cálculos precisos demuestran que la proporción de antaño resulta anticuada. Así lo explican, sin ningún entusiasmo, los responsables de

la [456] Zecca veneciana en noviembre de 1593. Un marco de oro —explican— vale 674 lire y nueve soldi, doce marcos de plata 633 lire y 16 soldi, o sea, ventaja de 40 lire y 13 soldi del oro respecto a la plata: no es mucho, pero no deja de ser una indiscutible ventaja.

Pasan los años y las monedas de cobre hacen su entrada en el calendario monetario de Europa. El triunfo de este metal coincide con el desarrollo de las minas de cobre de Hungría, Sajonia, Alemania, Suecia y el Japón. Portugal, vecino de una España donde la inflación alcanza sus cotas máximas, se ve inundado por las monedas de cobre, pero Portugal contaba con el exuterio de las Indias; incluso durante estos desastrosos años estuvo Portugal a corto de cobre: estaba en realidad tan altamente valorado allí el tercer metal que en 1622 había que dar no 12 sino 13 reales por un ducado pagado en pequeñas

monedas de cobre[457].

Pero muy pronto volvería el oro a mostrar su rostro. Procedente del Brasil, reaparecerá a finales del XVII, en Lisboa, en Inglaterra, en Europa… También al Mediterráneo le tocará su parte, pero no hasta el punto de convertirse en el centro de la inflación del oro, como lo había sido durante largo tiempo de la inflación de la plata.