El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Invierno: época de paz y proyectos

no logró tocar tierra hasta Pantelaria[124].

En resumen: lo mejor que se puede hacer en el mal tiempo es no moverse del puerto, o se verá uno obligado, como le ocurrió a Carlo Doria en enero de 1603, a volver a él: trató en vano de salir de la playa de Barcelona, siendo empujado de nuevo hacia ella numerosas veces y resultando de ello muchos

mástiles y antenas partidos y la pérdida de 300 galeotes[125].

 

Invierno: época de paz y proyectos

 

El mal tiempo, pues, era una tregua obligada en las grandes guerras marítimas; y también, no menos regularmente, por lo demás, en las guerras

terrestres, imposibles de proseguir «con el invierno a las costillas»[126]. Cierto es que oficialmente la guerra no llega a paralizarse del todo, pero el amortiguamiento de las operaciones es considerable y evidente. Así ocurre a propósito de la dramática guerra de Persia combatida entre 1578 y 1590, y también en cualesquiera de las guerras libradas en el Mediterráneo, o cerca de él. «Al acercarse el día kasim (el día de San Demetrio, 26 de octubre), tocan a su fin, habitualmente, las campañas turcas por tierra y por mar», anota

Hammer en su precioso libro sobre el Imperio otomano[127]. Y es que la guerra se alimenta del país mismo. Tiene, por tanto, que aguardar (esto es razón primordial) a que se levanten o estén a punto de levantarse las cosechas. Para seguir refiriéndonos a los turcos, el historiador Zinkeisen escribe a propósito del sitio de Belgrado, por los otomanos, en 1456: «En el curso del mes de junio, precisamente en la época en que los trigos comienzan a

madurar, el ejército de sitio otomano se dirigió sobre Belgrado»[128]. En la paz como en la guerra se impone, pues, el calendario de las estaciones. Podría

ilustrarse esta verdad con mil ejemplos[129].

En suma: el semestre de invierno es un periodo tranquilo y pacífico. Las guerras entre los Estados sufren un compás de espera, y también las pequeñas guerras, salvo alguna que otra acción inesperada, pues tanto en el mar como en la tierra el mal tiempo es un buen aliado de la sorpresa. Fue un invierno cuando las bandas protestantes llegaron hasta la propia frontera del Rosellón, en 1562; en septiembre de 1540, los corsarios argelinos trataron de sorprender Gibraltar, y lo pasaron muy mal con el mistral durante su retirada; los «ponentini» solían ir en galeones o en galeras reforzadas a piratear por los mares agitados de Levante a finales del invierno.

Durante este periodo de constante «sin novedad» solo lenguas y plumas siguen activas. El 20 de marzo de 1589, el cónsul español en Venecia, Juan de Cornoça, escribía: «Estamos sin nuevas del turco, el invierno ha cortado los

pasos[…], nunca hemos estado tan privados de noticias»[130]. De verdaderas noticias, tal vez; pero ello no impedía, antes al contrario, que circulasen los rumores y las cábalas. El invierno, al amortiguar o suspender los viajes, contribuía a la difusión de noticias falsas. Era también la época de las bravuconerías fáciles y sin peligro. El nuncio escribía refiriéndose a los imperiales: «Ahora que es invierno, dejan a los franceses que se engallen a su

manera…»[131].

Las informaciones eran entonces más abundantes que sustanciales para los gobiernos que las solicitaban. Para ellos mismos era también la hora de los proyectos y de las grandes elucubraciones. El trabajo burocrático de los estados mayores tomaba alas. El invierno era la época del papeleo. Hoy, diríamos, el «papeleo de invierno», de donde han salido muchos legajos que los historiadores deben consultar siempre con grandes reservas. Nada apremiaba. Buena ocasión para deliberar, para discutir, para proyectar, y finalmente para construir sobre el papel. Si ocurría esto o aquello, debería hacerse tal o cual cosa; sin embargo, si el turco o el rey de Francia… Y páginas tras páginas se cubrían de tinta. Las grandes ideas, los maravillosos planes que los historiadores analizan con respeto y convicción, maduraban muchas veces al calor de la lumbre o de un brasero durante los meses de invierno, en un despacho confortable, mientras afuera, en Madrid o en todas partes, soplaba el cierzo, la brisa helada de las montañas. Nada parecía entonces demasiado grande o demasiado difícil. Bloquear los Países Bajos, privarlos de sal, acaparar todo el trigo hanseático del que se alimentaban, cerrarles las puertas de España, proyectos de invierno. En 1565-1566, después del descalabro de los turcos delante de Malta, en medio del pánico del verano que acababa apenas de terminar, se prevé la posibilidad de enviar a La

Goleta 12 [132] 000 hombres, tanto italianos como españoles. Ahora bien, ¿cómo alojar a tanta gente en el minúsculo «presidio», que seguía siendo demasiado pequeño aun después de las ampliaciones que acababan de hacérsele? La cosa no tenía importancia; se les acamparía bajo los muros, del lado del cabo Bon, que en el mapa parecía un buen emplazamiento. Todo estaba previsto; y como de costumbre, nada se ejecutó. El verano, al menos desde este punto de vista, era si no más razonable, al menos más realista; o, dicho más exactamente, durante el verano los acontecimientos se desarrollaban por sí solos, sin que los Estados pudieran siempre controlarlos.