El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

En socorro de Chipre

acordado [escribía Felipe II a Chantonnay el 31 de marzo][321] que se levanten dos regimientos de Alemanes [sic], el uno para el reino de Nápoles y el otro para el estado de Milán”, pues “mis Estados de Italia están al presente tan faltos de soldados”, que el turco podría causar grandes daños en ellos, si se presenta allí. El regimiento destinado a Nápoles, embarcado por Génova en

las galeras de Juan Andrea Doria, llegó a su destino el 3 de marzo,[322] y fue inmediatamente encaminado a la guardia de las costas. Hasta que, a fines del mes de junio, habiéndose precisado y localizado ya el peligro turco, son

licenciadas estas tropas,[323] después de negarse Venecia a retenerlas a sueldo

suyo.[324]

En cuanto a las galeras, después de la llegada de Juan Andrea Doria a Nápoles, en abril, reuniéronse en las aguas del sur de Italia unas 60. Sesenta de las 100 de que a la sazón disponía España y que representaban el total de las escuadras de Génova, Sicilia y Nápoles, esta última mandada por el marqués de Santa Cruz. De creer en las quejas de los jefes, trátase de galeras

bastante mal armadas, con dotación muy insuficiente de forzados[325] y muy pocos soldados o ninguno. Hasta junio no se da a Juan Andrea Doria autorización para enrolar dos millares de soldados en Nápoles con destino a sus navíos. Pero, entre tanto, la flota española había tenido que hacer ya dos

viajes hasta La Goleta.[326]

El segundo de ellos había ido dirigido contra Euldj Alí, a quien se sabía refugiado en Bizerta con 24 o 25 galeras. Juan Andrea Doria creyó que podría apoderarse de ellas con 31 galeras reforzadas, pero la presa hallábase a salvo, ya que la ría de Bizerta había sido, entre tanto, fortificada por el calabrés. Las galeras cristianas, en vista de ello, viraron en redondo, tocaron en La Goleta y[II-575] ganaron después las costas de Cerdeña, donde debían relevar tropas, antes de

seguir para Nápoles.[327] Pero pronto recibieron la orden de pasar a Sicilia, primero, y luego de dirigirse hacia oriente. Felipe II, a pesar de las instancias de Pescara, nuevo virrey de Sicilia, quien deseaba que se intentara el ataque

sobre Túnez,[328] había acabado cediendo a las peticiones del soberano pontífice y de los venecianos. Iba a intentarse salvar Chipre.

 

En socorro de Chipre

 

Los turcos habían desembarcado en la isla en julio. El 9 de septiembre caía en sus manos Nicosia, la capital. Sólo quedaba en poder de los venecianos la plaza de Famagusta, mejor fortificada. Sus defensores contaban, por lo demás, con fuerzas considerables, capaces de resistir todavía durante mucho tiempo. Aun teniendo en cuenta lo que tardaban en llegar las noticias, hay que decir que el problema de Chipre se planteó con toda claridad ya bastante tarde, a mediados de verano. ¿Acudiría Venecia en socorro de la isla? ¿Podía encargarse ella sola de hacer frente a los turcos y de salvar para la cristiandad a la preciosa isla del azúcar, de la sal y del algodón?

Venecia estaba, de todos modos, interesada en levantar el Occidente contra el turco y en hacer depender los destinos de esta guerra local de los de una guerra general. Esta amenaza podría quizá desanimar a su adversario, obligándole a soltar su presa y a aceptar un compromiso. También quería evitar una alianza directa con el otro coloso del Mediterráneo; no deseaba

verse expuesta a firmar con él una liga análoga a la de 1538,[329] que le había dejado a Venecia un mal recuerdo, todavía no borrado. La República había abrigado entonces el sentimiento de que Doria se había entendido con Barbarroja. Paruta sostendrá, en 1590, que se trató de una traición. Pero ¿cómo permanecer libre y a salvo entre los dos bandos, ahora que el golpe iba directamente contra ella?

No era asunto de poca monta arrastrar España al juego. Al recibir las[II-576] primeras noticias, Granvella habíase declarado contrario a que se prestase ninguna clase de socorro a Venecia. La negociación, al pasar por Roma, se entablaba como una conversación entre tres interlocutores, pero en Roma estaba la asombrosa, la prodigiosa personalidad de Pío V. Pronto fue el único de los tres que se puso a actuar, y con una violencia tanto mayor cuanto que su política católica había sido siempre una política combativa. Todavía en enero no había renunciado a convencer al duque de Alba en relación con la guerra del norte. Chasqueado en 1566, como ya hemos dicho, el celo del papa se tomó la revancha en los sucesos mediterráneos. Explotó literalmente, y, con su rapidez en obrar y en zanjar las dificultades, forzó la decisión de las dos partes, de las que él no era, en principio, más que un intermediario.

El papa preocupábase muy poco, como podemos imaginarnos, de los estrechos cálculos en los que se confinaba Venecia, preocupada tan sólo de salvar sus plantaciones y sus salinas. Ya en 1570, con motivo de la sesión del senado, había hecho presión sobre la República, por medio de su nuncio, e inmediatamente le había concedido los diezmos sobre el clero veneciano, para ayudar a la señoría en su esfuerzo por armarse. Después se avino a crear una flota pontificia, cuyo elemento esencial serían, en 1571, las galeras de la Toscana. A continuación accedió a que la madera de sus bosques fuese

encauzada hacia Ancona, para la construcción de galeras.[330] Despachó inmediatamente la corte de Felipe II a Luis de Torres, su íntimo familiar y confidente, uno de los numerosos eclesiásticos apasionados que rodeaban a

Pío V.[331] El papa lo eligió, a sabiendas de lo que hacía, por ser español, muy bien relacionado a través de amistades personales en el mismo Consejo del Rey Católico, y lo expidió a toda velocidad hacia su destino; las instrucciones de Torres llevan fecha de 15 de marzo; en abril era recibido en Córdoba por Felipe II. En abril, en el momento en que la guerra de Granada se hallaba aún

en su apogeo.[332] Y en Córdoba, a unas cuantas jornadas de viaje del teatro de la guerra.

38 y 39. La batalla de Lepanto. Arriba: plano exacto. Biblioteca Nacional, París, C 6669. Abajo, fantasía del artista. Palacio del marqués de Santa Cruz (Ciudad Real), pintura mural.

40. Una galeaza veneciana (siglo XVI). Colección privada. Nótese la disposición de las piezas de artillería. La superior potencia de las bocas de fuego de las galeazas venecianas resultó decisiva en la batalla de Lepanto.

Es decir, en una atmósfera de pasión religiosa y en una hora de exaltación de[II-577]

los destinos de la cristiandad,[333] atacada a la vez en los confines del norte (por la Reforma) y en las mismas costas del mar meridional, dramáticamente acorralado entre estas dos guerras, que pronto el Atlántico, con sus largas hostilidades, se encargará de empalmar la una con la otra. Esta exaltación de la hora estalla en las cartas de Pío V —sólo lo contrario podría sorprendernos —, pero también en las de su emisario. Basta recorrerlas para descubrir todo lo que había de grandeza, de pasión y de espíritu de cruzada detrás de la guerra granadina.

La negociación fue, sin embargo, lenta. Lo que Pío V pide es una liga. No una simple ayuda transitoria, sino una liga en toda forma. “Claro está —dicen las instrucciones dadas a Torres, en los términos que tiene orden de repetir al rey—, que una de las principales cosas que ha movido al turco a romper con los venecianos ha sido parecerle que los halla solos, sin esperanza de unirse con vuestra majestad, por estar ocupado con los moros de Granada…” No cabe duda de que el turco tuvo sus buenas razones para contar con que Granada lo protegería de Felipe II. Pero los mejores cálculos son, a veces, los más falsos. Que Felipe II acabe aceptando la liga contra el islam se debe quizá a que precisamente el año de 1570, al ser el año de la guerra de Granada, hace revivir a España sus antiguas pasiones.

Ciertamente que tampoco se echa en olvido el interés, ni el político ni el financiero. Venecia es la frontera de la cristiandad. ¿Se sentirá ésta más fuerte cuando haya sucumbido aquélla? ¿O cuando haya concluido con el turco uno de esos arreglos que el gobierno francés se ofrece a concertar por ella? El papa no olvida ninguno de estos argumentos: “las fortalezas venecianas — escribe al rey— son el ‘antemural’ de las plazas fuertes del Rey Católico”; concertar la liga equivaldrá, para Felipe II, a “tener a su servicio los estados venecianos, sus hombres, sus armas y su flota”. Por lo que atañe al interés financiero, no puede ser más claro. Desde 1566, el rey de España venía disponiendo de las grandes rentas del “subsidio” (500 000 ducados anuales que le pagaba el clero español), pero la bula de la “Cruzada” aún no había sido renovada, y ello representaba una pérdida de más de 400 000 ducados

todos los años;[334] y el “excusado”, concedido en 1567, no había sido[II-578] cancelado, por temor a protestas demasiado vivas. Luis de Torres llevaba con él, en nombre del soberano pontífice, la concesión de la “Cruzada”, demorada hasta entonces por escrúpulos de conciencia. Este apoyo sustancial para el presupuesto español pesó mucho, sin duda, en el ánimo del soberano.

Lo cierto es que Felipe II, a quien se dice tan lento, dio su consentimiento

de principio ocho días después de la gran explicación de Luis de Torres,[335] lo que representaba, sin duda, tanto para España como para Venecia, para Turquía y para todo el Mediterráneo, la mayor de las aventuras que se habían corrido desde hacía mucho tiempo.

Ya antes de concertarse la liga se intentó acudir en socorro de Chipre.[336] En malas condiciones, es cierto. Todo fue improvisado. Improvisada la flota pontificia, equipada a toda prisa, a pesar de las protestas y reconvenciones de Zúñiga, en Roma. No cabe duda de que el papa, haciendo acto real de presencia en las escuadras, quería impedir que los españoles lo dirigieran todo a su guisa, como en los años de 1538 a 1540. Improvisado también, y fue lo más grave de todo, el nombramiento del jefe de la flota aliada, Marcantonio

Colonna,[337] señor romano de una familia fiel a España, gran condestable de

Nápoles, es decir, vasallo de Felipe II,[338] y, por tanto, atento a las gracias de España, que ya por dos veces había intentado obtener, haciendo sin gran éxito el viaje a Madrid. Es un hombre de guerra, no un marino. Sólo de pasada, durante su juventud, se ha ocupado de algunas galeras de su propiedad. Pero Pío V, después de cometer el error de elegirlo, se obstina en mantenerlo al frente de la flota cristiana. Imprudente decisión, pues un jefe de escuadra no puede improvisarse. Como tampoco puede improvisarse una flota de guerra, que es, sin embargo, lo que Venecia se ha visto obligada a hacer. Ha movilizado rápidamente una flota importante, pero inferior a sus apariencias, pues el aparato de guerra veneciano se había deteriorado después de una paz tan larga. Además, sus fuerzas navales se hallan dispersas en diferentes escuadras particulares, y su flota de reserva está varada en seco en el arsenal y sin hombres. Si Venecia es rica, e incluso demasiado rica, en material, en[II-579] navíos, en galeras y galeazas, y en artillería, es, en cambio, pobre en material humano y en provisiones de boca. Ahora bien, una armada quiere decir remeros, tripulaciones y soldados a bordo de las galeras. Quiere decir también toneles y cajas de víveres. Unos y otros escasean y la señoría, llegado el caso, no sabe ni obrar de prisa ni suplir a su falta de hombres mediante una nueva táctica. No hace más que entrever la boga del barco redondo, del galeón o de la supergalera, armados unos u otros de artillería. El socorro de urgencia enviado a Chipre en barcos redondos, por febrero, llegó a su destino a pesar del invierno, y de pasada, las piezas de artillería de los navíos fulminaron a

las galeras turcas.[339] Pero la lección dista mucho, sin embargo, de estar clara. Y es demasiado tarde, ante la urgencia del peligro, para empezar de nuevo, para desembarazarse de tradiciones centenarias y renunciar al hombre motor y máquina de combate…

A las 60 galeras, puestas al mando de Hieronimo Zane y que partieron de Venecia el 30 de marzo, les costó mucho trabajo llegar a Zara el 15 de abril.

[340] Allí se estuvieron por espacio de dos meses, hasta el 13 de junio, casi inactivas, salvo algunas patrullas contra los uscoques y ciertos raids de

piratería contra las costas ragusinas,[341] consumiendo para nada sus víveres, que a duras penas podían renovar en aquel puerto sin retaguardia que era Zara, sin poder siquiera impedir que las galeras turcas hicieran sus razzias sobre el litoral albanés. Quizá había buenas razones para esta inacción: el deseo de proteger Venecia; el temor a los violentos temporales de invierno en el Adriático, que permiten los golpes de mano, los rápidos vaivenes, pero difícilmente el desplazamiento de grandes flotas; el temor también de toparse con la flota turca, que se apoyaba en Grecia, o al menos así se aseguraba, para proteger sus movimientos hacia Chipre.

Al llegar el verano, Zane recibe órdenes de desplazarse hasta Candía de una sola escapada, para reunir allí todas las galeras venecianas, que, a su vez, tenían la orden de juntarse. Se le prohíbe al almirante detenerse en ruta para emprender ninguna clase de acciones, pues eso podía darle a la flota turca la idea y el tiempo de llegar al Adriático. Al arribar a Corfú, la flota veneciana[II-580] recibe la noticia de la próxima llegada de los pontificales y los españoles. Sigue navegando como se le había ordenado hacia Candía, donde espera encontrar víveres y hombres en abundancia. Pero cuando llega allí, en agosto, se encuentra con que no hay nada preparado… ¿Incuria, imprevisión, la casi certidumbre de no tener que combatir? ¿O insuficiencia de medios y dificultades reales, tal como nos las explican abundantemente algunos informes venecianos? El reclutamiento de las tripulaciones y las chusmas del Archipiélago, por cuenta de Venecia, resultaba tarea cada vez más difícil.

Los españoles y los pontificales entran en el puerto de Suda el 31 de agosto. Los segundos no están apenas mejor equipados que los venecianos. En cuanto a las galeras españolas, reunidas en Mesina, no cabe duda de que

habían completado su equipo de remeros y soldados.[342] ¿Qué hacer? En sus conversaciones con Luis de Torres, Felipe II habíase limitado, al principio, a prometer lo que se le pedía, es decir, mantener sus galeras en Sicilia. Más tarde, cuando, tras otras conversaciones, se pasa de esta primera promesa a la

de partir para Levante,[343] se expiden nuevas órdenes a Juan Andrea Doria. Éste las recibe el 9 de agosto, y en ellas se le notifica que debe subordinarse a

Marcantonio Colonna.[344] Al avezado marino no le hacía ninguna gracia servir a las órdenes de otro, sobre todo cuando se trataba de arriesgar en los mares levantinos su flota, y muy especialmente sus propias galeras, que, según las condiciones de su “asiento”, no tenía derecho a que se le repusieran en caso de pérdida. Tanto más cuanto que el partir en agosto, con la intención de llegar hasta Chipre, equivalía, forzosamente, a exponerse, a la vuelta, a los temporales del invierno.

Las órdenes expedidas fueron, pues, ejecutadas muy de mala gana. Las 51

galeras de Doria se unen en Otranto, hacia el 20 de agosto,[345] a la pequeña escuadra pontificia. Hasta el 14 de septiembre no se logró llevar a cabo la[II-581]

concentración general de las fuerzas navales, en la costa norte de Creta.[346]

El puerto de Suda, elegido para esta concentración naval, era cómodo, pero mal aprovisionado. En la primera revista general hízose patente la mala preparación de los venecianos. Y surgieron los conflictos. Los venecianos, en vez de pasar revista en plena mar, donde es difícil hacer trampas con los efectivos, la pasaron dentro del mismo puerto, con las popas de los barcos tocando tierra, lo que permitía a las tripulaciones pasar, durante la revista, de

unas naves a otras.[347] Al mismo tiempo, afirmábase las rivalidades y discordias entre los jefes. Pero, como quiera que el almirante veneciano había recibido órdenes de acudir a toda costa en socorro de Chipre, solamente si ello era necesario, la flota aliada se decidió a dirigirse hacia el este. Pero no directamente hacia Chipre, ya que no era posible llegar a la isla sin toparse con los turcos. Los almirantes habían pensado en una acción contra el Asia Menor o contra los Dardanelos, para desviar la flota enemiga de Chipre e impedirle luego que se dirigiera a este punto interponiéndose entre ella y la isla.

La flota se hizo, pues, a la vela rumbo a Rodas.[348] Representaba una enorme fuerza, 180 galeras y 11 galeazas, sin contar los navíos de menor importancia y los barcos de transporte. Llevaba a bordo no menos de 1 300 piezas de artillería y 16 000 soldados. Pese a las diferencias de las escuadras pontificia y veneciana, no cabe duda de que habría sido posible una acción eficaz, si los jefes no hubiesen estado tan divididos, si Marcantonio Colonna, almirante improvisado, hubiese sido un verdadero jefe, y, si el lento avance de la flota no hubiera sido retardado aún más por Doria al redoblar deliberadamente sus precauciones tácticas. Y así, cuando, a la altura de las costas del Asia Menor, llegó la noticia de que Nicosia había caído en manos

del enemigo, el 9 de septiembre,[349] y de que casi toda la isla estaba ya en poder de los turcos, con excepción de la plaza de Famagusta, que seguía resistiendo, los jefes decidieron dar la vuelta. Además, el mal tiempo del otoño les estorbó tremendamente en el camino de Candía, como estorbaba en[II-582] el mismo momento a la flota turca, que retornaba victoriosa a Constantinopla. Y, en vista de que no podían pensar en invernar en la isla, demasiado mal abastecida de víveres para ello, no tuvieron más remedio que replegarse sobre Italia. Todavía aquí tropezaron con inmensas dificultades para navegar. Doria

hizo la hazaña de volver a Mesina con todas sus galeras,[350] pero los venecianos sufrieron enormes pérdidas (13 galeras al regresar a Candía, y tal

vez incluso 27),[351] y Marcantonio sólo volvió, en noviembre, con tres de las

12 galeras que se le habían confiado.[352]

Fácil es adivinar cuán desagradable impresión produjo esta expedición, y

las sospechas, los recelos y las discusiones por ella suscitados.[353] En Roma y en Venecia se hizo recaer sobre Doria toda la culpa del fracaso. La ocasión era pintiparada para atacar al rey a través de la persona de su almirante. En Venecia volvía a cobrar importancia el partido pacifista, que siempre se había mostrado activo. Los españoles, naturalmente, no se abstenían de replicar. Granvella escribe a su hermano Chantonnay: “Colonna entiende tanto como

yo de cosas de mar…”.[354] Mientras tanto, la señoría, con su rigor proverbial, castigaba a los malos ejecutantes de sus órdenes, al jefe de las tropas, Pallavicino, al jefe de la flota, Hieronimo Zane, que murió poco después de ser puesto en prisión, e incluso a los subalternos: castigos y desgracias que habían de contribuir poderosamente al magnífico comportamiento de la flota veneciana en 1571.

En este invierno de 1570, el porvenir de la liga parecía seriamente comprometido. Concertada en principio sin que nadie hubiera firmado nada, parecía haberse roto de propio acuerdo, antes de haber existido.