El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La agricultura es la industria más importante
El lenguaje que hoy más me atrae es ese que los economistas llaman contabilidad nacional. Desearía echar las cuentas del Mediterráneo del siglo XVI, no para juzgar su mediocridad o modernidad relativas, sino para determinar las relaciones esenciales entre los diferentes sectores de su actividad; en suma: para captar las estructuras mayores de su vida material. Proyecto tan difícil como azaroso. Los riesgos que comporta resultarán evidentes a cualquier economista que haya estudiado la economía de aquellos países subdesarrollados que no han sido nunca plenamente penetrados por la economía monetaria. Lo mismo ocurría en el siglo XVI. Y la diversidad de monedas, reales y ficticias, haría que todo cálculo fuese complicado aun en el
caso de disponer de datos precisos[73], los cuales, naturalmente, nos faltan. Se debería también tener en cuenta la desenvoltura con que los textos de la época barajan ducados o coronas en España y, ducados, escudos o florines en Florencia. Así nos encontramos, en Florencia, con lo siguiente: Ducati 1000 d ’oro di moneta di lire 7 per ciascun scudo. Lo importante aquí es la referencia
a la moneda de siete [74] lire.
La agricultura es la industria más importante
Está generalmente admitido que el consumo anual de trigo y otros
cereales era del orden de dos quintales (actuales) por persona[75]. Esta cifra oculta sin duda amplias oscilaciones de consumo. Pero la podemos aceptar, grosso modo, para la totalidad mediterránea del siglo XVI. Si su población es de 60 millones de habitantes, el total del consumo anual es de unos 120 millones de quintales de trigo u otros «cereales panificables». El resto, carne, pescado, aceite y vino, es simple complemento de lo indispensable. Si aceptamos que el precio medio del quintal es, hacia 1600, de cuatro o cinco
ducados venecianos[76], el consumo mediterráneo (suponiéndolo igual a la producción) debe haber llegado de los 480 a los 600 millones de ducados al año, es decir, a un nivel que no admite comparación con esos «seis millones
en oro» que llegan anualmente a Sevilla[77]. El trigo se basta a sí mismo para establecer de una manera aplastante la superioridad de la producción agrícola sobre cualquier otra. La agricultura es la industria más importante del mar interior, tanto más cuando los cereales solo constituyen una parte de la renta agrícola.
El cálculo precedente no ofrece más que un límite inferior. Las cifras que se encuentran en el curso de las investigaciones son por lo general más
elevadas. Venecia, por ejemplo[78], consume, hacia 1600, sean los años buenos o malos, alrededor de 500 000 staia de trigo (aparte de arroz, mijo y centeno). La ciudad tiene en aquellos momentos 140 000 habitantes; pero si contamos los territorios anejos (el Dogado) hemos de añadir por lo menos otras 50 000 personas; en resumen, una población de 200 000 habitantes y un consumo individual de cuatro quintales si las cifras se refieren únicamente a Venecia, o de 3.1 quintales si se incluye toda la aglomeración urbana. A dos quintales por cabeza, el avituallamiento podría haber alimentado a 300 000 personas. Es muy posible que detrás de las cifras que hemos dado se esconda este último número de posibles consumidores. También es posible que Venecia, ciudad de altos salarios, consuma más que cualquier otra ciudad.
Consideremos otro ejemplo: cierto corresponsal veneciano en Madrid[79] se hace eco de una noticia según la cual se pagaría una tasa de dos reales por fanega de trigo (ch’è come un mezzo staio veneziano) antes de la molienda del grano en los molinos y fanno conto di cavar da questa impositione nove millioni d’oro l’anno. Nueve millones de oro, es decir, nueve millones de ducados (un ducado = 350 maravedíes; un real = 35), o sea, 45 millones de fanegas para una población global de 6 000 000 de habitantes, a siete fanegas y media por cabeza, o, digamos, a siete fanegas, ya que la cifra de población es teórica; a 55.50 litros por fanega, nos encontramos con la enorme cifra de 388 litros por persona, lo que demuestra o bien que los cálculos fiscales eran optimistas o bien que los castellanos del año 1621 consumían mucho, en una época en que Castilla no exportaba prácticamente trigo alguno.
Otro ejemplo, también castellano: en 1576[80] diez pueblos toledanos suman, entre todos, 2975 vecinos, o sea que cuentan con un número de habitantes que oscila entre los 12 y los 13 000, en su mayor parte campesinos; la producción de cereales que declaran es de 143 000 fanegas (aproximadamente 64 000 quintales). La media por cabeza es de unos cinco quintales, de modo que debe haber un margen que se exporta a las ciudades, sobre todo considerando que el menos cerealero de estos pueblos (puesto que ha empleado en viñedos buena parte de sus tierras) dispone de dos quintales por habitante.
Los datos que a continuación exponemos nos aportan argumentos más convincentes, pero no decisivos. La primera serie de cifras nos la proporcionan las provincias productoras de cereales del reino de Nápoles que dan al Adriático y al golfo de Tarento, es decir, los Abruzos, la provincia de Bari, la Capitanata y la Basilicata, en enero de 1580; la segunda serie nos la suministra el célebre Censo de la riqueza territorial e industrial de España en
el año 1799[81], cuyos números nos pueden servir de patrón retrospectivo de referencia y control para el siglo XVI.
Las provincias napolitanas citadas, y que constituyen una importante porción del reino, nos ofrecen sus cifras en un precioso documento de la Sommaria; vemos que en aquel invierno de 1579-1580 cuentan con 173 634
hogares [82] o familias (siendo 475 727 el total de las del reino) y, según el coeficiente adoptado (4 o 4.5) con un número de habitantes oscilando entre los 700 000 y 760 000. En la recolección se han cosechado, según los censos oficiales, más de 100 000 carra de trigo. Como hay que descontar 8500 carra de tratte (permisos de exportación) quedan 92 000 carra a disposición de la población, o sea alrededor de 1 200 000 quintales actuales y una cuota individual evidentemente inferior a los dos quintales. Y de esa cantidad hay que restar todavía el grano destinado a la siembra del año siguiente. Sin embargo, al mismo tiempo que nos proporciona estas cifras, la Sommaria nos dice que el consumo individual es de seis tomoli al año, es decir unos 220 kilogramos. ¿Se contradice? No, puesto que per ordinario, non si revela tutto il grano che effettivamente si raccoglie, y la Sommaria cuenta con este
excedente no declarado para completar el abastecimiento necesario[83].
Aunque el Censo de 1799 es muy posterior a la época a que nos estamos refiriendo, los porcentajes son casi idénticos a los del siglo XVI. En una España de 10.5 millones de habitantes, la producción de trigo se eleva a 14 500 000 quintales (en números redondos). Si el consumo se iguala con la producción, la parte que le corresponde a cada individuo es, por año, ligeramente inferior a 1.4 quintales. Y si añadimos los restantes cereales y las legumbres secas, habrá que sumar 13 millones de quintales al total
obtenido[84]. Al hacerlo, la cifra se duplica, y si bien no todos estos cereales secundarios los utiliza el hombre para su alimento, resulta con todo evidente que nuestro promedio de dos quintales por persona queda prácticamente cubierto o rebasado. Las legumbres secas eran sin duda muy importantes (más
de 600 [85] 000 quintales) ya en el siglo XVI. Los documentos venecianos hablan una y otra vez del drama que representa para algunos pueblos perder, a causa de una repentina tormenta de verano, sus plantas de judías y lentejas. Pero basta ya de cifras de esta especie. Y puesto que estamos bastante seguros de que la cantidad total es cierta, vayamos a las consecuencias:
1. El trigo transportado por vía marítima totaliza, como mucho, un millón de quintales, o sea 0.8 % del consumo, lo que representa al mismo tiempo, tanto un enorme tráfico (considerando las posibilidades del siglo) del que pueden depender un millón de personas, como un tráfico insignificante, si se
compara con la totalidad de lo consumido. Gino Luzzatto[86] tiene razón cuando lo minimiza, y yo también cuando en la primera edición de este
libro[87] le concedí preeminencia. La dramática crisis del año 1591, sobre la cual volveremos más adelante, hizo arribar a España e Italia, incluida Venecia, entre 100 000 y 200 000 quintales de trigo del Norte, cantidad muy grande si la consideramos en términos de transporte, pero pequeña en relación a lo que se consume cotidianamente. Sin embargo bastó para salvar de la muerte por hambre a ciudades enteras.
Pero antes y después de esta crisis, el Mediterráneo ha vivido siempre y esencialmente de los productos de su propia agricultura. No hay nada aquí que se parezca a lo que ocurre en los Países Bajos con Ámsterdam o, mucho más tarde, en la Inglaterra del libre-cambio. Los universos urbanos no quieren confiar a los de fuera el cuidado de aprovisionarlos. El «trigo del mar» será un expediente, un último recurso, un alimento para los pobres, pues los ricos prefieren el trigo de las campiñas próximas: en Lisboa, el apreciado trigo de
Alentejo[88] [89] ; en Marsella, el de las llanuras provenzales; en Venecia, el trigo nostrale. «Se nos está dando ahora —dicen los panaderos de Venecia, en 1601— ciertos trigos traídos de fuera que no dan tan buen resultado como los nuestros»; se están refiriendo al trigo padoan, al trivisan, al polesene y al
friul[90]. Y eso que estos trigos forestieri proceden, en su mayor parte, del Mediterráneo.
2. La agricultura no solo asegura al mar interior su vida diaria, sino la posibilidad de exportar sus productos a altos precios, a veces en cantidades limitadas, como el azafrán y el comino, pero otras en grandes cantidades, como en el caso de las llamadas pasas de Corinto, uve passe, los vinos de calidad como la malvasía, que continuó siendo el vino más apreciado hasta la aparición del Oporto, el Málaga y el Madera; o los vinos de las islas y vinos de mesa corrientes que un sediento mercado alemán iba a buscar cada año, después de la vendimia, al pie de los Alpes meridionales. Y también
aguardiente[91], poco después, por no mencionar el aceite, las frutas del sur, naranjas, limones, y sedas crudas… Estos excedentes se combinan con las exportaciones industriales para compensar las compras de trigo, de pescado seco y azúcar procedentes del Atlántico (además de las de plomo, estaño y cobre del norte), y en una fecha tan tardía como la de 1607, la balanza de pagos entre Venecia y Holanda se inclina todavía a favor de aquella, a decir
de los [92] Cinque Savii.
3. De modo que el Mediterráneo continúa siendo un mundo de campesinos y terratenientes, de estructuras rígidas. Los métodos de cultivo, el equilibrio entre los diferentes cereales o entre los cereales y los magros pastizales, viñas y olivos, estos dos últimos haciendo rápidos progresos e invadiéndolo todo en Andalucía, Portugal, Castilla y —aún en mayor grado— Venecia, apenas cambian, a no ser bajo fuertes presiones provenientes del mundo exterior. Las demandas de la América colonial llevan a Andalucía a incrementar su producción de aceite y vino. Y no habrá ninguna revolución interna hasta la intrusión del maíz, que, al parecer, llegó muy pronto a las
provincias vascas y a Marruecos[93], pero que tardó bastante en alcanzar otros
lugares. No hizo su aparición en las campiñas venecianas[94] antes del 1600, y
hasta 1615 en el Tirol del norte[95]. La revolución del moral, menos profunda, ha sido más precoz.
4. La tierra continúa siendo la más deseada de las posesiones. Toda campiña, tanto en el Mediterráneo como fuera de él, constituía un confuso laberinto de rentas, censos, hipotecas, arrendamientos y alquileres de tierras, con numerosas propiedades sujetas a vínculo, y un continuo ir y venir entre ciudades y campos de dinero prestado y reintegrado. En todas partes se repite monótonamente la misma historia. Contamos con la suficiente evidencia, gracias a estudios recientes, para detectar en las campiñas que rodean a
Ginebra[96] una articulación de dinero, a corto término, iniciada en el siglo XV , factor decisivo «en una economía de circuito cerrado y perpetuamente jadeante», donde la usura practicada por los de la ciudad no necesita disimularse (en los países protestantes) bajo la forma de arrendamientos y
censos. Un «arbitrista» español del siglo [97] XVI , Miguel Caxa de Leruela,
señala la natural tendencia a invertir dinero en tierras o viñedos próximos a la ciudad. «Como se vio que 2000 ducados producían 200 por año, y que el capital se podía rembolsar en seis años, se consideró una inversión interesante». Muy raramente ofrecen los hombres de negocios o el Estado tan buenos beneficios a los prestamistas. Así vino la tierra a competir con ellos: la tierra era una garantía sólida y visible (si el campesino no puede pagar los intereses o no devuelve lo prestado se le puede quitar la tierra). Y el prestamista puede ver con sus propios ojos prosperar su dinero en una viña o en una granja. Esta seguridad no tiene precio. Y como la agricultura era la fuente más importante de ingresos que conocía el Mediterráneo, una inmensa cantidad de riqueza dependía de este sector. No hay motivos para dudar de las palabras de Valle de la Cerda en 1618, cuando afirma que, en aquel momento, había en España más de 100 millones de ducados prestados en ducados a
censos[98].
La enorme cantidad de 400 a 600 millones de ducados depositada por los cereales en nuestra balanza puede parecer, a la vez, mucho y poco. Los cereales solo representan la mitad del producto agrícola, si aceptamos los porcentajes recientemente establecidos respecto a la producción agrícola de
Francia (bien es cierto que en el siglo [99] [100] XVIII ) y de España en 1799. Sería posible hablar —en términos muy generales— de una producción agrícola general con un valor entre los 800 y los 1200 millones. La estimación está hecha, evidentemente, muy a la larga. Los precios del mercado veneciano del que hemos partido son elevados y por lo tanto solo valen como representativos de la economía de una ciudad rica. En segundo lugar, y lo más importante, no todo el trigo consumido ha pasado por la economía del mercado. De manera que nuestra estimación queda muy en el aire, y es lógico que sea así. Volviendo al ejemplo de los pueblos castellanos de 1576, que citamos anteriormente, deben estos haber consumido 26 000 quintales de los 60 000 que producen, es decir, algo más de 50 %; pero la mitad restante no tiene por qué pasar necesariamente por el mercado, y parte de él va directamente a los graneros de los del diezmo o de los propietarios urbanos. Así 60 o 70 % de la producción global del Mediterráneo escapa a la economía de mercado en la que nuestros métodos de contabilidad la habían encajado a la fuerza y por las buenas.
6. Este largo porcentaje del producto agrícola que queda fuera del tráfico de la economía monetaria, y en consecuencia, fuera también de la elasticidad relativa que esta procura, viene a acrecer la falta de flexibilidad de la que era, tanto en el Mediterráneo como fuera de él, la actividad económica predominante. Además, tanto las técnicas como el rendimiento son
mediocres. Todavía en el siglo [101] XVIII el trigo que se siembra en Provenza
da solamente el 5 por 1, y ese es, sin duda, el promedio que se puede encontrar en todas partes. Para obtener sus 120 millones de quintales anuales, el Mediterráneo debe arar y sembrar un mínimo de 24 millones de hectáreas: superficie enorme si uno se detiene a pensar que estos 24 millones anuales suponen en un sistema de rotación bianual la disponibilidad de 48 millones de hectáreas, la mitad de las cuales reposan mientras las otras fructifican. Y en 1600 Francia solo dispone de un total de superficie laborable de 32 millones
de hectáreas[102].
Estos cálculos son muy aproximativos y las cifras resultantes muy poco seguras, pues el trigo (y los demás cereales) no en todos los lugares se cultiva según el sistema de rotación bianual. Hay tierras que solo se siembran cada tres o cuatro, o incluso diez años. Aunque, por otra parte, también hay campos que producen más del cinco por uno.
En Chipre, donde solo se cultiva una vigésima parte de la totalidad de su
suelo, el trigo da el 6 por 1 y la cebada el 8 por 1[103]. En Apulia, en las nuevas tierras que resultan del abandono de la vida pastoral, el grano da el 15,
y hasta el 20, por 1. Pero es la excepción[104]. Además hay que contar las malas cosechas y las catástrofes. Los accidentes climáticos son los que mandan, y el trabajo de los hombres, por muy tenaz que sea, no puede conjurar su peligrosidad. De modo que la agricultura no es elástica. Las cifras de importaciones agrícolas que conocemos, y que cuando componen series muy largas, mantienen una cierta correlación con la producción, muestran por lo general un nivel constante, sea cuando se trata de la lana exportada de España a Italia, o bien cuando se trata del trigo y la seda de Sicilia enviados a
los mercados exteriores[105], representado gráficamente, y muy grosso modo, por líneas paralelas al eje de las abscisas.
Era posible a veces algún progreso. Técnicamente considerada, la
sustitución, en Castilla, de los bueyes por las mulas[106], como animales de tiro, trae consigo una aceleración del laboreo de las tierras, que ahora se pueden arar más veces, y en consecuencia, producen más grano. Pero esta sustitución ha sido muy imperfecta. El arado del Norte hace su aparición en el
siglo [107] XVI , en Languedoc, pero el papel que allí representa es más bien
modesto; y también se emplea, sin duda, en la Italia septentrional[108]. Pero el arado clásico continúa siendo el útil dominante: un instrumento que no voltea adecuadamente la tierra ni permite una buena ventilación de los suelos.
Ya hemos hablado antes de las bonificaciones[109], auténticas conquistas y mejoras considerables. Es indudable que durante el siglo XV, cuando la población era pequeña, los campesinos del área mediterránea han podido contar con tierras nuevas. Se ha producido una expansión, o mejor dicho, una recuperación de la prosperidad de otros tiempos, la que reinaba en el siglo XIII. Ruggiero Romano tiene razón cuando sostiene que una revolución agrícola ha precedido y sustentado todos los movimientos de expansión del siglo XVI. Pero este impulso hacia delante se ve finalmente detenido a causa de la específica falta de elasticidad de la agricultura, y lo hace exactamente del mismo modo —en las mismas condiciones— que en el siglo XIII. Todas estas tierras nuevas rinden, por lo general, poco. El número de bocas por alimentar aumenta más rápidamente que el alimento, y ya se deja ver la lógica de los argumentos que más tarde presentará Malthus.