El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
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Calatrava.[81]
Frente a este movimiento general y profundo se producen muy pocas reacciones. Analizadas, resultan ejemplarmente significativas. Así Medina del Campo, la antigua ciudad comercial, se niega a ceder a los hidalgos la mitad de sus oficios. Después de una decisión judicial (en 1598) que le es adversa, obtiene una suspensión temporal de ésta, y, finalmente, en 1635, gana la
causa, aunque ha de pagar la suma de 25 000 ducados.[82] También en las mismas condiciones, Medina de Río Seco se defenderá y conseguirá el
triunfo, en 1632, a cambio, eso sí, de una enorme suma de dinero.[83] Ambos ejemplos ilustran una evidencia: la comunidad mercantil continúa haciendo frente a la nobleza.
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Mutatis mutandis, lo que hemos visto que sucede en Castilla ocurre
también en otras partes; en Francia, por ejemplo.[84] Y también en
Cataluña[85] y Valencia. En estas dos peculiares provincias de España la autoridad real era muy débil, y los nobles aprovechan dicha circunstancia tan desaforadamente que los observadores extranjeros les atribuyen intenciones más subversivas de las que realmente los movían. En agosto de 1575, con motivo de que Escovedo debía ir a Flandes acompañado del duque de Gandía (lo que no parecía factible, ya que en ese momento estaba enfermo) o del conde de Aytona, el genovés Sauli dice que ambos pueden pretender el título de “huomo di Repubblica, dado que el uno era valenciano y el otro de
Barcelona”.[86] ¡Huomo di Repubblica! ¡Excelente publicidad! Un detalle aún más significativo: en Valencia, en abril de 1616, el virrey, duque de Feria, para castigar a un noble por una broma pesada de éste, lo hace pasear a lomos de una mula por las calles de la ciudad. La reacción de los nobles es inmediata: cierran puertas y ventanas de sus casas y se visten de luto. Incluso
unos cuantos de ellos van a Madrid a presentar su protesta al rey.[87]
En Nápoles las violentas invasiones de Carlos VII y Luis XII habían producido una serie en cadena de catástrofes nobiliarias. Desaparecieron grandes magnates, como los príncipes de Salerno y Tarento, y el duque de Bari, y sus Estados fueron divididos. Pero durante este proceso los nobles de menor categoría vieron engrandecerse sus propiedades, y así sobrevivieron, aumentados, los condados de Albi y Tagliacozzo, Matera y Cellano. Una
relación veneciana de 1558[88] nos ofrece la lista de los nobles del reino de Nápoles. Son: 24 duques, 25 marqueses, 90 condes, y unos 800 barones; entre ellos hay 13 señores cuyas rentas oscilan entre los 16 000 y 45 000 escudos (cifras que crecerán más tarde). En 1580 hay 11 príncipes, 25 duques y 37
marqueses;[89] en 1597 hay 213 titolati, a saber: 25 príncipes, 41 duques, 75
marqueses y 72 condes, a los que debemos sumar más de 600 barones.[90] De ahora en adelante se irá olvidando cada vez con mayor frecuencia incluir en las relaciones a estos peces chicos de la nobleza. En 1594 hay señores que
disponen de rentas que van de los 50 000 a los 100 000 ducados.[91] ¿Cómo podía el Estado, cuando él mismo vendía títulos de nobleza por intermedio de la Sommaria, ponerse a la cabeza de una lucha contra sus propios clientes?
Sin embargo, se enfrenta con ellos, pero nunca de modo radical. En 1538, y de nuevo en fechas posteriores, Carlos V hace saber que no permitirá a sus
feudatarios de Nápoles ejercer el [92] mero y el misto impero, a no ser que tal derecho aparezca debidamente especificado en sus privilegios o esté establecido por una prescripción legítima; cualquier feudatario que infrinja esta orden será acusado de usurpación de derechos de jurisdicción. También el emperador tratará de impedir que los bienes de las comunidades y la libertad de los vasallos estén a merced del capricho de sus señores; con tal objeto trata de limitar el número de los servicios a aquellos fijados por la costumbre. Sus esfuerzos fueron vanos. Para los barones todo era libre terreno de caza: los bosques, los pastizales comunes, las corvées de sus vasallos (sobre los que consideraban tener todos los derechos; Bianchini habla incluso
de asientos tapizados con piel humana),[93] los derechos del soberano, y, no pocas veces, el dinero de los impuestos debidos al rey. Pero también es cierto que el monarca renunciaba muchas veces a sus derechos e ingresos fiscales, vendiéndolos de antemano y volviéndolos a vender en caso necesario. En consecuencia, la mayor parte de los feudatarios poseen derechos casi soberanos en materia de justicia y rentas. Es posible que lo único que les falte sea el privilegio de acuñar moneda. En el caso de los nobles napolitanos, sólo su prodigalidad, su costumbre de vivir cerca del virrey y en el ambiente de la gran ciudad, su vanidad y la necesidad de apoyarse en España en la lucha contra el turco y contra la plebe, les impide crear dificultades excesivas. Añádase también el hecho de que entre ellos hay extranjeros; españoles y genoveses, que, en el reinante clima de venalidad, han adquirido feudos.
Mientras tanto la clase de los barones continúa creciendo. Los desastrosos últimos años del siglo arruinan a más de un señor, particularmente en las ciudades. Deudas escandalosas hacen que la Sommaria intervenga procediendo a ventas y secuestros de propiedades. Son hechos cotidianos, accidentes banales en la vida de la aristocracia; riesgos, en Nápoles y fuera de ella, inherentes a la condición de noble. Los nobles sobreviven a estos incidentes. Aunque uno de sus individuos se arruine y pierda cuanto posee, la clase nobiliaria continúa creciendo y prosperando. Si de un salto nos plantamos en la dramática escena del siglo XVII, podremos ver, detrás de las imágenes pintorescas y las intervenciones individuales de la revolución de Nápoles en tiempos de Masaniello (1647), el momento triunfal de una innegable revolución social: la clase reaccionaria de los señores feudales ha