El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
En las costas de África del Norte
Huelga decir que estos trabajos no llegaron a terminarse nunca. Siempre había algo que hacer o algo que completar para asegurar la protección de los
poveri naviganti[81] y de los moradores de las costas. Y eso que se trata, en su conjunto, de trabajos mucho menos importantes que los citados más arriba… Las costas de España reciben con frecuencia la visita de los corsarios, especialmente los berberiscos, pero tienen poco que temer de las escuadras de Constantinopla. La cosa, naturalmente, varía.
En las costas de África del Norte
En el norte de África el problema defensivo se plantea con más claridad
que en otras partes.[82] No es que sea más simple, pero sí mejor conocido. Por angosta que sea la cadena de los presidios aparece enlazada a las historias de[II-271] las distintas regiones que delimita: es una confluencia; de ahí las múltiples luces que iluminan y precisan los detalles y el conjunto del problema. Estas “fronteras” establecidas en tiempo de Fernando el Católico, sobre todo en los años de 1509 a 1511, se plantaron entonces en los bordes de un país arcaico, inconsistente, incapaz de defenderse. Tal vez fueran solamente preocupaciones del aragonés, demasiado tentado por las riquezas de Italia, las que impidieron a España apoderarse del interior del país del Magreb; y una vez perdida, la ocasión ya no volvió a presentarse. Desde 1516 vemos a los Barbarroja instalados en Argel; en 1518 se colocan bajo la protección del sultán; en 1529 su ciudad se libera de la pequeña y molesta fortaleza del Peñón, en manos de los españoles desde 1510. Ya antes de esta fecha, la acción de Argel se proyectaba a través de toda esta arisca región del Magreb central, lanzando sobre ella sus rápidas columnas, instalando allí sus guarniciones y atrayendo hacia sí el tráfico de esa vasta zona intermediaria. Desde entonces, un país manejado desde dentro se enfrenta a los españoles y los amenaza. Las grandes expediciones de Carlos V contra Túnez, en 1535, y contra Argel, en 1541, y las de sus subordinados de Orán contra Tremecén, en 1543, y contra Mostaganem, en 1558, no cambian en nada la situación. Por lo demás, después del fracaso de la acción contra Mostaganem, que acarreó el abandono de vastos proyectos de alianza marroquí, comenzó una tercera época de los presidios.
Esta época, inaugurada por Felipe II, se halla bajo el signo de la prudencia y del cálculo, no bajo el signo de la aventura. Es cierto que no cesan de brotar, en documentos y en deliberaciones, los grandes proyectos de expediciones africanas, pero se discute mucho y se hace poco, a pesar de tratarse de puntos cuya extrema debilidad era conocida, o, por lo menos, barruntada. Así, la expedición de Trípoli terminó con el desastre de Yerba, en 1560. Fue obra, más que del soberano, del virrey de Sicilia, del duque de Medinaceli y del gran maestre de Malta. La gran tentativa contra el peñón de Vélez, emprendida en 1564 con más de 100 galeras, fue como el parto de los montes. La recuperación de Túnez, en 1573, por don Juan de Austria y la obstinación de éste en conservar la plaza, contra la opinión de su hermano y la de sus consejeros —que sólo deseaban su evacuación y desmantelamiento—, fue un arrebato de megalomanía, una breve recaída en los tiempos de Carlos V, de las que hubo varias durante el reinado del Rey Prudente.
Entre los años de 1560 y 1570, mediante una política paciente y tenaz, sin[II-272] brillo pero eficaz a la larga, se desarrolló y se reforzó la línea de los presidios. La mayoría de las cartas que llegan de éstos sólo hablan de cal y argamasa, de ladrillos, vigas y maderas, piedras, cestos para la tierra, palas, picos y azadones. Junto con la autoridad del capitán de la plaza, aparece y va creciendo en importancia el “veedor”, una especie de administrador y tesorero. Y también el ingeniero, hombre civil. No siempre marchaban las cosas como una seda. A Giovanni Battista Antonelli se le encomendaron, por
ejemplo, los trabajos de Mers el Kebir,[83] y a otro italiano, il Fratino (a quien Felipe II empleó también en Navarra), se le encargó de desplazar en bloque el viejo presidio de Melilla, para reconstruirlo cerca de su laguna. Dos dibujos suyos, que se conservan en el archivo de Simancas, dan la perspectiva de la pequeña plaza en su nueva situación: es un bloque minúsculo de casas apiñadas, alrededor de la iglesia, frente a la inmensa costa abrupta. Il Fratino
trabajó también en La Goleta,[84] donde tuvo una serie de violentos conflictos con el gobernador Alonso Pimentel, la típica querella entre personas recluidas, enconada y envenenada hasta el furor por recíprocas denuncias…
[85] Pero ello no impidió que el presidio creciera; las estampas de 1573 y 1574 nos muestran, alrededor del primitivo rectángulo fortificado de la “vieja Goleta”, todo un festón de nuevas fortificaciones, terminadas ya en el verano
de 1573.[86] En los grabados vemos, además, un molino de viento, almacenes, cisternas y “caballetes” sobre los cuales se emplazan poderosos cañones de bronce. La artillería es la fuerza, la razón de ser de las fortalezas africanas.
Así, pues, en tiempo de Felipe II, los presidios africanos crecen y se erizan de nuevas fortificaciones, devoran los materiales de construcción,[II-273] acarreados con frecuencia desde muy lejos (sabemos que un barco transporta a Mers el Kebir cal de Nápoles), y reclaman sin cesar nuevos peones, los “gastadores”. Orán y su anexo de Mers el Kebir —que en 1580 se convertirá en una obra maestra en su género— son un hormiguero. A fines de siglo, esta plaza ha dejado de ser una simple fortaleza, para convertirse, a costa de grandes gastos y de un trabajo agotador, en una verdadera zona fortificada. El soldado maneja aquí la pala y el pico igual que el vulgar “gastador”. Diego Suárez, el soldado cronista de Orán, que en su juventud había trabajado en las obras del monasterio de El Escorial, no tenía palabras para encomiar los trabajos allí realizados. Esta obra es tan bella como la de El Escorial, dice su resumen. Pero esta extraordinaria obra maestra que son las fortificaciones de Orán no se construyó hasta finales del reinado de Felipe II, y corrió un riesgo muy singular en 1574. El gobierno español hallábase entonces al borde de la segunda bancarrota, la de 1575. Don Juan de Austria acababa de apoderarse de Túnez, donde se mantenía a pesar de las instrucciones en contra que había
recibido.[87] Su obstinación provocó el desastre de agosto-septiembre de 1574, que permitió a los turcos apoderarse, a la vez, de La Goleta y de Túnez. Ese doble fracaso demostró que, compartiendo ambas fortalezas el abastecimiento de la metrópoli, habían terminado perjudicándose mutuamente. De aquí a pensar que el doble presidio de Orán y de Mers el Kebir, unidos por un camino de una legua, impracticable para la artillería, era una concepción errónea, no había más que un paso. El informe del príncipe
Vespasiano Gonzaga, redactado sobre el terreno en diciembre de 1574,[88] concluía señalando la necesidad de abandonar Orán, una vez desmantelado y arrasado, para dedicar todos los esfuerzos al presidio de Mers el Kebir, mejor situado y que contaba con un buen puerto. “La Goleta —escribe el informante — se perdió el día en que nos hicimos dueños de Túnez.” ¿Fortificar Orán? Todos los ingenieros del mundo fracasarían en el empeño, a menos de levantar una enorme ciudad. Esta “enorme” ciudad fue precisamente la que
los españoles, con paciencia, tallaron en la roca,[89] tan pronto pasó la alarma, disponiendo así el marco de seguridad donde más tarde habría de florecer la[II-274] “corte chica”, el pequeño Madrid oranés, como se le llamará en el siglo XVIII, no sin cierta exageración.
El derrumbe de los puntos de apoyo de Túnez, en 1574, no tuvo las consecuencias que eran de temer. No se siguió de ello ninguna catástrofe, ni para Sicilia ni para Nápoles. Verdad es que recurrieron a la única arma que les
quedaba: sus escuadras de galeras.[90] En 1576, el marqués de Santa Cruz capitaneó una expedición punitiva a las costas del Sahel tunecino, con las galeras de Nápoles y de Malta. Saqueó las islas Kerkena, se apoderó de muchos indígenas y bestias, quemó las casas y ocasionó daños por más de 20 000 ducados. Inmediatamente, todas las costas del Sahel quedaron vacías de
habitantes, y una barca reforzada llevó la alarma a Constantinopla.[91] Las escuadras móviles daban buen resultado; parece que los españoles lo comprendieron, por fin, observando que la mejor defensa para las costas amenazadas era lanzar al mar las galeras, en vez de encerrarlas cautelosamente en Mesina, como lo habían hecho con frecuencia antes de 1570, cada vez que los turcos atacaban. Después de la caída de Túnez se elaboraron muchos proyectos de reconquista. Uno de ellos, trazado en 1581, plantea en principio y como lo primero de todo la necesidad de ser fuertes en
el mar…[92] Era, por fin, después de muchas vueltas, lo que se llama comenzar por el principio.
Este nuevo modo de defenderse, atacando, tenía, además, la ventaja de resultar más beneficioso que el otro, en vista del restablecimiento económico
del Magreb. Una relación española de 1581[93] presenta a Bona como una ciudad populosa, en que se fabrica una excelente loza y que exporta mantequilla, lana, miel y cera; y a Bujía y Cherchell como puertos de salida para los productos agrícolas del interior, no absorbidos en su totalidad por la enorme plaza comercial de Argel; por encontrarse más cerca de las radas, en el estuario del Ued el Harrach y del cabo Matifú, las barcas venían hasta estos puertos a cargar lana, trigo y aves de corral para Francia, Valencia y Barcelona. Esos detalles confirman lo que nos dice Haedo acerca de las actividades del puerto de Argel, por la misma época de 1580… Había, pues, a[II-275] diferencia de lo que ocurría antes, numerosas y lucrativas presas a lo largo de las rudas e inhóspitas costas del Magreb. El método que ahora se aplicaba resultaba, además, menos gravoso que el de los presidios. Un informe
financiero,[94] que podremos situar entre los años de 1564 y 1568, contiene una especie de balance de gastos de los presidios, desde el peñón de Vélez, recuperado por el oeste en 1564, hasta La Goleta (Trípoli, perdido en 1551, y Bujía, tomado por los argelinos en 1555, no figuran en el informe). Las soldadas de las guarniciones eran éstas: el Peñón, 12 000 ducados; Melilla, 19 000; Orán y Mers el Kebir, 90 000, y La Goleta, 88 000; en total, 209 000
ducados.[95] Adviértase el gasto relativamente grande de La Goleta; su guarnición, con un efectivo ordinario de un millar de hombres, además de una dotación extraordinaria de otro millar, costaba casi el doble que el presidio oranés, cuya guarnición se componía entonces de 2 700 soldados de infantería y 90 de caballería ligera. La explicación es que la soldada pagada a los infantes en Orán (1 000 maravedíes por mes) era más baja, “por ser la tierra
muy barata”.[96] En el oeste, solamente la guarnición del Peñón percibía
soldadas tan altas como en Italia.[97]