El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La calma de Europa
Así se echó encima el invierno y la guerra continuaba. No dejaban de llegar a la isla ayudas exteriores; de Francia, desde luego (no forzosamente
autorizadas por el rey y la reina),[237] y también de Liorna, de donde se
despachaban fragatas cargadas de municiones y aun de dinero.[238] Sampiero
andaba, igualmente, en tratos con el Santo Padre.[239] Todas estas complicaciones eran inquietantes, porque la guerra tomaba un sesgo
perjudicial para los genoveses.[240] ¿Bastarían las 20 galeras y los españoles
que Juan Andrea Doria había conducido hasta Bastia[241] para cambiar el curso del conflicto? El mal tiempo entorpecía no sólo las operaciones navales (el 14 de diciembre, don García no pudo alejarse de Génova más de
veinticinco millas),[242] sino también las terrestres. El 25 de noviembre se supo que el cuerpo expedicionario que había partido de Bastia para auxiliar a la sitiada plaza de Corte había tenido que regresar a causa del mal tiempo y de las epidemias que diezmaban sus filas. Este retroceso no queda compensado con la toma de Porto Vecchio, lograda a mediados de diciembre por Juan[II-472] Andrea Doria sin disparar un tiro, o por la de la aldea de Balagne. Los lugares en que Génova —no socorrida a tiempo— pudo hacerse fuerte se reducían a unos cuantos puntos de la costa y del interior, mientras el resto de la isla se iba sumando poco a poco a la disidencia. Hacinados en los presidios, los soldados de la Dominante sufrían más de las epidemias y del mal avituallamiento que de la acción del enemigo.
La calma de Europa
La rebelión de Sampiero durará mucho tiempo, pero, confinada a una isla, como estaba, incidirá muy poco en la vida general de Europa. Es algo que se debe tener en cuenta, pues si el mundo hispánico pudo gozar de un respiro, si consiguió rehacer una situación marítima difícil y comprometida, fue porque el mundo occidental no le puso trabas. El Imperio español se aprovechó, a la vez que de la paz turca, de la tregua con Europa, que, después de todo no es más que la consecuencia de las agotadoras guerras de Carlos V. De 1552 a 1559, estas guerras absorbieron todos los recursos de que disponían los Estados, y aún más. Ello provocó grandes desastres financieros en España, en Francia y repercutió en toda la Europa occidental. De ahí la parálisis de la gran guerra en este mundo que había sido, durante muchos años, su campo de batalla predilecto.
Más tarde, la ruptura del imperio de Carlos V trae una calma relativa. Con los fernandinos, Alemania recobra su autonomía, y, de pronto, Europa olvida sus temores de una monarquía universal de los Habsburgo. La amenaza del imperialismo español no se presenta hasta 1580. A las grandes guerras sucede ahora una serie de querellas locales o internas, que se nutren de las energías ociosas y que ocupan ahora el primer plano de la actualidad. En Francia, los conflictos internos que agitan el reino guardan estrecha relación con el licenciamiento del ejército y con la ociosidad de una pequeña nobleza todavía más menesterosa que la de comienzos de siglo, y a la que la monarquía no da ya empleo en Italia.
Un solo conflicto de importancia sobrevive a la paz de Cateau-Cambrésis: el que separa a la Francia de los Valois de Inglaterra. Es un viejo debate, que se remonta, por lo menos, hasta 1558, hasta la época del matrimonio del delfín. En el exterior, la atención del gobierno francés se dirige insistentemente hacia el norte, lejos del Mediterráneo. Pero los dos adversarios, perturbados uno y otro en lo interior por dificultades políticas y[II-473] religiosas, se enfrentan, como dos luchadores cansados, capaces de propinarse algunos golpes, pero no de combatir a fondo, y que propenden tanto más, por ello mismo, a injuriarse y a quejarse el uno del otro ante el papa o ante Felipe II. El rey de España se halla en una posición demasiado favorable para no aprovecharse de ella. Procura dar largas a las cosas sin tomar partido, viendo en esta providencial pugna entre los dos países del norte un instrumento de su tranquilidad. Nos alejaríamos demasiado de nuestro tema, si quisiéramos
seguir de cerca esta política de aplazamientos de mala fe[243] y de pura razón de Estado, aunque, a la postre, de corta visión política. Francia no salió beneficiada con ella; pero España, en cambio, salvó, o cuando menos contribuyó a salvar, a la frágil Inglaterra isabelina. ¿Podía Felipe II prever su rápido crecimiento?
El tener a Francia en jaque le parecía entonces requisito esencial para la paz de España. Tarea que, por lo demás, resultaba fácil: en 1560 comienza el reinado de Catalina de Médicis y sobrevienen las primeras dificultades. Felipe II, que se cuidaba de salvar sus Estados del contagio protestante, aprovechó la ocasión para ofrecer tropas, y este ofrecimiento le dio durante largo tiempo cierta influencia sobre el reino vecino. Juzgó útil, incluso, comprar algunos concursos en Francia, siguiendo en esto la buena tradición de la política de los Habsburgo y de toda la diplomacia del siglo. La diplomacia española entró, así, en tratos con Antonio de Borbón. ¿Quién engañó a quién? No nos ocuparíamos de esto, si no nos llevara de la mano al Mediterráneo, primero a Cerdeña y luego a Túnez, y, si no arrojara alguna luz sobre la personalidad del duque de Alba, este cuasi grande hombre, y sobre la labor diaria y paciente del prudente y complicado Felipe II.
Las negociaciones se inician en el año 1561,[244] cuando Antonio de Borbón adquiere una preponderancia más aparente que real, al asumir el título de lugarteniente general del reino. Este personaje, a quien los españoles llaman “el señor de Vendôme”, es, en realidad, rey de Navarra, cuya parte española ocupa Felipe II contra todo derecho. Desde 1511 (fecha de la[II-474] conquista española), ningún rey de Navarra, incluyendo a Enrique IV, había resistido a la tentación de recuperar las tierras ultrapirenaicas de su reino, interviniendo, con ello, en la vida de España o, por lo menos, intrigando en
este sentido.[245] Sin embargo, más tarde, cabía seguir otra política: en vez de la Navarra española, podía obtenerse una compensación, y a esto fue a lo que se dedicó tesoneramente el señor de Vendôme. Hizo que otros reclamaran para él, y él mismo lo reclamó, el reino de Cerdeña, y no cabe duda de que
habló de ello hasta en Roma.[246] Uno de sus agentes, que figura en los documentos españoles con el nombre de Bermejo o Vermejo (seudónimo o
nombre cifrado para la correspondencia), llegó a Madrid enero de 1562.[247] Fue recibido por Ruy Gómez y el duque de Alba, ninguno de los cuales se mostró particularmente satisfecho de los servicios prestados por Antonio de Borbón ni con su inclinación hacia los herejes, demasiado manifiesta. Especulando con las ambiciones de “Vendôme”, los dos ministros ofrecieron a Bermejo el reino de Túnez para su señor, con la promesa de que se le ayudará a conquistarlo. Pero ¿qué es, exactamente, ese reino?, pregunta el agente. El duque de Alba explica: “… yo le dixe que ninguno lo podía informar dellas mejor que yo porque el Emperador… avia tenido fin a disponer de aquel Reyno… y lo avia tratado muy particularmente conmigo”. Luego hace una descripción idílica de Túnez, lugar tan lleno de grandezas, “que avia pocos que lo ignorassen”, “… el passo de todas las mercancías que vienen de Levante a Poniente y de Poniente a Levante”, con fértiles tierras donde abundaba el trigo, el aceite, la lana y el ganado, y dotado de una serie de puertos “admirables” y fáciles de defender… Junto a semejante maravilla, ¿qué valía el pobre reino de Cerdeña, que tenía, además, sus leyes propias, y que el rey no podía enajenar por su propia voluntad…?
No sabemos qué acogida prestaría el rey de Navarra a tan deslumbrante proposición. Sí conocemos, en cambio, la inquietud que estas negociaciones entre el Borbón y España despertaron en Catalina de Médicis. Y sabemos también que el rumor sobre la cesión del reino de Cerdeña circuló por Génova
en septiembre de 1562.[248] Una carta de Figueroa, fechada el día 9, comunica[II-475] al monarca que “… en esta ciudad ha venido nueva como Don Juan de Mendoza por mandado de V. Md. avia tomado la posesion del Reyno de Cerdeña para dalle a Mossor de Bandoma lo qual aqui no se puede creer”. Los tratos se interrumpieron bruscamente: el señor de Vendôme cayó herido bajo los muros de Ruán y murió después a consecuencia de sus heridas. Sus agentes apresuráronse a informar a Felipe II “que médicos y cirujanos han