El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Europa y el Mediterráneo
Esta influencia fue, desde el primer momento y por encima de todo, una gran fuerza política; mas pronto la acompañó una nueva proyección de la cultura francesa, sin duda aún modesta en el siglo del Renacimiento y del Barroco, y, sin embargo, ostensible en mil pequeños signos, anuncio de lo que había de llegar a ser una influencia desbordante y resplandeciente. Es la admiración que se apodera de las damas de la corte de España cuando la «Reina de la Paz», la pequeña Isabel de Valois, con quien Felipe II acaba de desposarse, saca de su equipaje sus vestidos a la francesa. Es la moda de Francia, que comienza a desbordarse por sobre las fronteras, llegando a imperar hasta en Venecia, capital de la elegancia femenina y masculina hasta
el siglo [252] XVII . Es la marquesa de Gast, en Nápoles, que se engalana para
conquistar al gran prior, cuando este la visita, en 1559: «La señora marquesa —escribe Brantôme, quien asistió a la cena— saludó a la francesa, y después se desarrolló la entrevista. Encareció a sus hijas que atendiesen y agasajasen al gran prior a la francesa, esto es, sonriendo, bailando, jugando y conversando, modesta y honestamente, como se hace en la corte de
Francia»[253]. Es la canción francesa, que emprende hacia el sur su viaje de conquista, lo bastante pronto para no encontrarse en el camino a la ópera italiana, que se difundió en todas direcciones a finales de siglo. Pequeños signos, en verdad, y que parecen superficiales. Pero no deja de tener importancia que, en esta Italia, siempre triunfante durante el siglo XVI, fuera el francés —tal como lo imaginamos: gesticulante, inclinando la cabeza en complicadas reverencias, llevando en la ciudad una vida ostentosa y agitada, sin dar respiro a sus lacayos— quien sirviera de modelo a la sociedad refinada
de la época[254].
Europa y el Mediterráneo
Los istmos europeos trazan, como hemos visto, las líneas esenciales de transmisión de la influencia mediterránea, líneas esenciales, cada una de las cuales agrupa en torno suyo una masa continental más o menos autónoma; porque frente al Mediterráneo no hay una Europa solamente, sino varias, digamos varios cuadrantes europeos, con frecuencia mal unidos entre sí por rutas transversales, de rendimiento limitado.
Pero, pese a su importancia, las rutas norte-sur no han bastado para trabajar toda la masa de países y de pueblos por los que atraviesan; las distancias, y muchas veces los relieves del terreno, han sido con frecuencia más fuertes. Las murallas que se levantan entre el Mediterráneo y el norte de Europa han servido, indudablemente, de freno. Las influencias del sur sobre el norte no se propagan por oleadas continuas (cualesquiera que sean las imágenes que de vez en cuando acuden a nuestro espíritu). Cuando penetran profundamente tierra adentro, es por estrechas fisuras meridianas que siguen las grandes rutas comerciales, apegándose a ellas hasta las más lejanas tierras. Y repitámoslo: a veces hay que ir hasta allí a buscar la explicación de la historia del mar.
Pero estas líneas profundas, trazadas frecuentemente sobre tierras completamente extrañas —las de Rusia, por ejemplo—, no son sino la armadura de una Europa más o menos mediterránea. En realidad, la influencia del mar no se proyecta y se extiende mediante las múltiples ramificaciones de sus arterias esenciales más que a poca distancia de sus orillas. Solamente aquí nos encontramos con los verdaderos dominios de la impregnación mediterránea. Zona privilegiada, pero cambiante: basta pensar en la religión, en la cultura, en la vida misma, para ver que su superficie se extiende o se retrae. Un ejemplo, tomado de la historia económica, puede precisar nuestro pensamiento. Ya hemos hablado de Marsella, y, en general, de todos los puertos comerciales de la costa cuyos servicios son acaparados hasta cierta distancia por otros centros urbanos. En la Europa Occidental y Central, la línea que uniera a esos relieves interiores pasaría por Lyon, Ginebra, Basilea, Ulm, Augsburgo, Viena, Cracovia y Leópolis. Las miradas de estas ciudades, curiosamente mixtas, que son a la vez norte y sur, se dirigen hacia el norte del Mediterráneo y hacia el Mare Internum. Es innegable que este eje medio es algo así como una gran cicatriz, una grandiosa bisagra del complejo europeo. Tampoco puede negarse que la Europa que acabará siendo hostil al Mediterráneo comienza al norte de estas ciudades mixtas: la Europa abierta a
la Reforma, la Europa de los países nuevos[255], agresivos en sus avances, y cuyo advenimiento marcará lo que llamamos la época moderna.
Decimos esto sin querer esquematizar demasiado. Europa son también los mares del norte y el inmenso océano Atlántico. Y después de los grandes descubrimientos, un océano Atlántico dominado en su plenitud, conquistador, comunicado por Magallanes con el Pacífico y por Vasco de Gama con el Índico.