El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La muerte de Felipe II (13 de septiembre de 1598)

La muerte de Felipe II (13 de septiembre de 1598)[268]

 

En el relato de los acontecimientos del teatro de operaciones del Mediterráneo hemos omitido señalar, en su lugar y momento correspondientes, un acontecimiento sin embargo sensacional, que dio la vuelta al mar y al mundo: la muerte de Felipe II, ocurrida el 13 de septiembre de 1598, en El Escorial, al término de un largo reinado que a sus adversarios se les antojaba interminable.

¿Omitido? ¿Acaso la desaparición del Rey Prudente significó un cambio importante en la política española? Frente al Oriente (sin que la tentativa del viejo Doria contra Argel, en 1601, la haga cambiar en lo más mínimo), esta política seguirá revelando una extraordinaria prudencia, inspirada por el deseo

manifiesto de soslayar un conflicto abierto con los turcos.[269] Los agentes españoles seguirán intrigando en Constantinopla para negociar allí una paz[II-784] imposible y laborar eficazmente por evitar todo choque… Si se habla de guerra, será solamente contra los berberiscos, guerra limitada, como vemos. Tampoco en el seno de la misma España se produce ningún cambio decisivo. Siguen actuando, solamente, las fuerzas que laboran de largo tiempo atrás. Lo hemos dicho ya, refiriéndonos muy especialmente a lo que se ha llamado la reacción señorial del nuevo reinado. Todo es continuidad en él; incluso, pese a la lentitud con que se realiza, el retorno a la paz, que se impone tras los desordenados, pero poderosos esfuerzos de los últimos años del reinado de Felipe II. La paz de Vervins, firmada en 1598, fue obra del difunto rey; la paz inglesa tardará aún seis años (1604), y la paz con las Provincias Unidas, más de 11 años todavía (1609). Pero una y otra son fruto del movimiento anterior.

Nada revela y explica mejor la enigmática figura de Felipe II que su admirable muerte. Ha sido narrada tantas veces y con tanto patetismo, que apenas si vale la pena repetir una vez más sus detalles, llenos de emoción. Fue, no cabe duda, la muerte de un rey y de un cristiano. De un cristiano absolutamente seguro de la virtud de los poderes de intercesión de la Iglesia.

Al presentarse, en junio, los primeros dolorosos ataques del mal que había de llevarlo a la tumba, mandó, en contra del parecer de los médicos, que lo trasladaran a El Escorial, para morir allí. Luchó, sin embargo, contra la afección septicémica que habría de acabar con su vida después de 53 días de enfermedad y de sufrimientos. Su muerte no se halla, ni mucho menos, como

se ha dicho, bajo el signo del orgullo, esta divinidad del siglo reformado.[270] El rey no fue a morir a El Escorial para recibir la muerte en medio de la soledad; fue allí para reunirse con los suyos, con todos sus muertos, que le aguardaban, y fue acompañado por su hijo, el futuro Felipe III; por su hija la infanta, pronta a partir para Flandes; por los grandes de la Iglesia y los grandes de su reino, que le rodean a lo largo de su pasión. Es una muerte que no tiene nada de solitaria, lo más acompañada y más social, lo más ceremoniosa, podríamos decir, en el buen sentido de la palabra, que puede imaginarse. No son, como se ha dicho, el orgullo, la soledad ni la imaginación, sino el aparato familiar, la falange de los santos y una nube de oraciones, los que velan y rodean los últimos momentos del rey, en una procesión ordenada que es, de por sí, como una bella obra de arte. Este hombre, cuya vida, según se dice tantas veces, se torturaba en distinguir lo[II-785] temporal de lo religioso, a quien sus enemigos ennegrecieron, sin pudor, bajo las calumnias más absurdas y a quien sus admiradores se apresuraron a aureolar, debe comprenderse e interpretarse por la senda derecha de la más pura vida religiosa y tal vez, incluso, dentro del ambiente de la misma revolución carmelitana…

Pero ¿y el soberano, es decir, la fuerza histórica a que su nombre sirve de nexo y de garantía? ¡Cómo desborda esta fuerza al individuo solitario y hermético que fue Felipe II! Los historiadores no sabemos abordarlo: nos recibe, como a los embajadores, con la más exquisita de las cortesías, nos escucha, pero responde en voz baja, apenas inteligible, y sin hablar jamás de sí mismo. En vísperas de su muerte, pasa tres días enteros confesando las faltas de su vida. Pero ¿quién podría representarse con certeza cuáles fueron estas faltas, registradas por el rey en los libros de su conciencia, más o menos justa en sus apreciaciones, más o menos extraviada en el laberinto de una larga vida? Es éste uno de los grandes problemas humanos de la vida de Felipe II, la gran superficie de sombra en que hay que dejar envuelta la verdad de su retrato. Mejor dicho, de sus retratos. ¿Qué hombre no cambia en el curso de la vida? Y la suya fue una vida larga y agitada, desde el retrato del Ticiano, en que vemos al príncipe a los 20 años, hasta el terrible y patético cuadro de Pantoja de la Cruz, que evoca ante nosotros, en cambio, la sombra de lo que era al final de su reinado…

El hombre que nosotros podemos captar es el soberano que desempeña su oficio de rey, en el centro, en el cruce mismo de las incesantes noticias que tejen ante él, con sus hilos de color, anudados y entrecruzados, la tela del mundo y de su imperio. Es la imagen del infatigable lector sentado a su mesa de trabajo, anotando los informes con su rápida escritura, retraído de los hombres; distante, meditativo, vinculado por medio de las noticias a la historia viva que se precipita hacia él desde todos los horizontes del mundo. Es, en verdad, la suma y el compendio de todas las debilidades y de todas las fuerzas de su imperio, el hombre de los balances. Sus lugartenientes, el duque de Alba y más tarde el de Farnesio en los Países Bajos, don Juan de Austria en el Mediterráneo, no ven más que un sector del imperio, su sector personal en la enorme aventura. Es la fundamental diferencia que media entre el director de orquesta y los ejecutantes…

No es, añadiríamos, hombre de grandes ideas: ve su tarea en una interminable sucesión de detalles. No hay una sola nota suya que no sea un[II-786] hecho menudo, preciso, una orden, una observación y, a veces, incluso la corrección de una falta de ortografía o de un error geográfico. De su pluma no salen nunca ideas generales o grandes planes. No creo que la palabra Mediterráneo llegara a flotar nunca en su espíritu con el sentido que nosotros le damos, ni evocara nunca ante él nuestras habituales imágenes de luz y de aguas azuladas; ni que haya significado nunca, para su mente, un lote preciso de grandes problemas o el cuadro de una política claramente concebida. La educación de los príncipes no incluía una verdadera geografía. Razones todas suficientes para que esta larga agonía, que termina con el último aliento en septiembre de 1598, no deba ser considerada como un gran acontecimiento en la historia del mundo mediterráneo. Para que vuelvan a marcarse, a la vista de ella, las distancias que separan la historia de los acontecimientos de la historia de las estructuras y, más todavía, de la historia de los espacios…