El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El Sahara: límites inmediatos y límites remotos
autoridades de aquella pequeña plaza[4].
Hay, pues, en el campo de la historia mediterránea, además del polo europeo, un vasto polo desértico. El Mediterráneo se siente atraído por estas costas desoladas y a su vez ejerce su atracción sobre ellas: nos ofrece la originalidad y la paradoja de extender una enorme masa de agua frente a un continente desértico, penetrando incluso en su mismo cuerpo a través del Mar Rojo y el océano Índico.
El Sahara: límites inmediatos y límites remotos
La cadena de desiertos que se extienden del Atlántico a la China se divide en dos al alcanzar las altas mesetas del Irán: al oeste se dilatan los desiertos cálidos; al norte y al este, los desiertos fríos. Pero hay continuidad entre estos espacios áridos y su circulación caravanera, remplazando el camello, en Anatolia e Irán, al dromedario de los desiertos centrales y occidentales.
De todos ellos, es el Sahara, en su sentido amplio (es decir, la totalidad de los desiertos cálidos hasta el Irán y Arabia), el que se halla en especial relación con el Mediterráneo. La ruta de las estepas del sur de Rusia conduce a los grandes desiertos fríos del Asia Central, pero alcanza el Mediterráneo por la puerta de atrás —podríamos decir—, y solo esporádicamente juega un papel importante. Por ejemplo, en los siglos XIII y XIV, periodo de esplendor
de la «ruta mongola»[5].
El Sahara, en su sentido amplio, africano y asiático, se puede encuadrar en dos especies de fronteras, unas próximas y otras muy alejadas del Mediterráneo. Es conveniente trazar sumariamente estos dos límites para lograr una primera aproximación a nuestro tema.
FIGURA 13. La implantación de los palmerales desde el Indo al Atlántico. Los números romanos indican milenios; los números arábigos, siglos. Cuando van precedidos del signo − se refieren a antes de Cristo. Las cifras en itálica no indican la fecha de la primera aparición de la palmera, sino la de la primera vez que contamos con un documento que atestigua su presencia. Este mapa está tomado del Atlas provisional de la historia de las plantas cultivadas —de próxima publicación— cuyos autores son J. J. Hémardinquer, M. Keul y W. Randles. Demuestra la lentísima progresión del esfuerzo humano creador: es evidente que palmerales y rutas están interrelacionados en toda la vasta zona de la palmera datilera, del Indo al Atlántico.
Respecto a la proximidad con el Mediterráneo, aunque la transición resulte raramente violenta, la línea de demarcación, fácil de trazar, coincide con el límite norte de la larga zona puntiforme de palmerales compactos que, casi sin interrupción, va de este a oeste del Pendjab —pasando por Irak, Siria, el Bajo Egipto, Tripolitania y las diferentes regiones situadas al sur del Atlas — hasta el océano Atlántico. Considerada como un límite sumario, esta línea es tan digna de confianza como la que pudiera deducirse de los índices de
aridez[6]. Nuestro mapa (fig. 13) la muestra con claridad: todo este espacio de palmeras y palmerales ha sido creado con suma lentitud por el hombre.
Pero ¿cuáles son al sur y al este los límites de esta inmensidad? Es evidente que se encuentran a miles de kilómetros del mar interior. Para llegar a ellos necesitamos transportarnos con la imaginación hasta el meandro del Níger, el Alto Nilo, las montañas de Abisinia, el Mar Rojo, Arabia, Irán, el Indo, el Turquestán, la India y el océano Índico… Universo desértico que nos asombra con sus colosales dimensiones: lo que en el Mediterráneo, de una ciudad a otra, requiere una jornada o una semana de viaje, reclama aquí semanas y meses. Cuando el veneciano Giacomo Soranzo habla de Persia en
su relación de 1576[7], define con una sola frase su desaforada vastedad: «se puede viajar durante cuatro meses por el país sin salir de él». El calendario de
distancias que ofrece el libro antiguo y erudito[8] de Aloys Sprenger lo dice también con toda claridad: cuando se va del Mediterráneo al Sahara crecen las etapas y los espacios; se produce un cambio total de escala. Se acentúa la importancia capital de los transportes y todo lo domina. A lo largo de estos recorridos interminables hay que recurrir para guiarse —nota Didier Brugnon
— «a la brújula y el astrolabio como si se viajara por el mar»[9]. La superabundancia de espacios tan vastos condena a sociedades y economías a un movimiento perpetuo, más oneroso que en otras partes. La extrema movilidad de su gente, la amplitud de los desplazamientos pastoriles, el antiguo y pujante tráfico caravanero y la actividad de las ciudades, son respuestas, o intentos de respuesta, a este imperativo. Las ciudades quedan debilitadas por el esfuerzo. Si los «pueblos abandonados» constituyen una de las características de Europa Occidental, las «ciudades abandonadas» son la característica más notable de la historia de los países áridos. En unos pocos años la arena de las dunas engulle una capital con sus casas, calles y
acueductos[10]. El voraz espacio es como el «incultivable mar» de Homero, el
hombre solo tiene acceso a él «como viajero y huésped de paso»[11], no pudiendo hacer un alto en él más que a título temporal. «Es un mar sin agua», más vasto que el Mediterráneo mismo.