El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Derechos de sucesión y venalidades
nocturnos.[100]
Derechos de sucesión y venalidades
Todos estos servidores se sienten unidos en sus cargos, no sólo por interés, sino también por lealtad y por un puntillo de honor. Poco a poco, nace en ellos el deseo de perpetuarse en sus puestos. La cosa va haciéndose cada vez más clara, con los años. La venalidad de los cargos es una enfermedad general. Francia, donde el mal hace tantos estragos, no es una excepción. ¿No sería la baja de las rentas de la Corona lo que obligó a los Estados, durante los siglos XVI y XVII, a dejar en todas partes que este mal prosperara? La
Recopilación de las leyes[101] nos permite, en lo que se refiere a España, seguir la trayectoria de este abandono progresivo de los atributos del Estado en beneficio de los particulares, con la consiguiente formación de una nueva casta de privilegiados. Para conocer los detalles y la realidad, habría que espigar, en Simancas, la enorme masa de papeles relativos a las “Renuncias”.
[102] “Renunciar” es dar a alguien la oportunidad de mantenerse en su cargo, que es lo que pide —un ejemplo entre mil— aquel alguacil de la Inquisición
de Barcelona, en junio de 1558, en favor de su hijo.[103] Otro ejemplo, del mismo año: el gobierno acepta, de un modo bastante curioso, las pretensiones de los regidores o concejales, a quienes se concede, a partir de entonces, el derecho de “renunciar” en favor de quienes mejor les pareciera, aunque el beneficiario tuviera menos de 18 años, pudiendo ejercer este derecho de designación en vida, en el lecho de muerte o en el testamento. La renuncia era válida aunque el renunciante muriese dentro del plazo habitual de los 20 días.
[104] Estos detalles, tan evocadores de las realidades francesas de la misma época, plantean por lo menos el problema, aunque no lo resuelvan. No cabe duda de que un estudio sistemático del tema revelará algún día, con respecto a la península ibérica, lo mismo que los historiadores franceses han logrado poner en claro a propósito de Francia. El hecho que me parece más curioso, en España, es la precocidad con que surge este movimiento. Ya antes de los Reyes Católicos, durante los tormentosos reinados de Juan II y Enrique IV,
[105] [106] y sin duda a comienzos del siglo XV , aparecen los primeros síntomas del mal, por lo menos en los cargos municipales, muchos de los cuales eran ya “renunciables” en aquella época. Es cierto que la monarquía reivindicaba con frecuencia sus derechos por la fuerza o recurriendo simplemente al juego de dar largas a las “renuncias”, lo que valía tanto para el que renunciaba
(quien debía vivir, por lo menos, 20 días después de “renunciar”),[107] como para el nuevo titular, quien tenía que presentarse, es decir, solicitar el
reconocimiento de sus derechos en los 30 días siguientes a la “renuncia”.[108] En 1563, las cortes pidieron a Felipe II —en vano, por cierto— que elevara
los plazos a 30 y 60 días, respectivamente,[109] prueba de que el antiguo procedimiento seguía en vigor y era como una amenaza constante y un drama familiar en potencia, ya que los compradores de cargos públicos empleaban frecuentemente, para pagar, las cantidades convenidas en los sagrados dineros
de las dotes…[110] Poco a poco, fueron declarándose “renunciables” muchísimos cargos. Prohibiciones, como las de renunciar no siendo de padres
a hijos[111] [112] o las de negociar judicaturas u otros cargos, ponen de
manifiesto de manera muy característica los progresos del mal.[113] Y el rey
contribuyó a ello a medida que multiplicaba y vendía los cargos públicos.[114]
Suele acusarse a Antonio Pérez[115] de haber favorecido estas ventas en masa; pero, más que al secretario del rey, ¿no habría que culpar de ello a la época en que se vivía? Acabaron siendo “renunciables” hasta los cargos de alcalde
municipal y las “escribanías” de las Cancillerías y del Consejo real.[116] Y, lo mismo que en Francia, esta creciente venalidad de los cargos públicos desarrollábase en una especie de atmósfera feudal; para decirlo con Georg
Friederici,[117] burocracia y paternalismo marchaban entonces del brazo. Es evidente que era la monarquía quien perdía con este juego de ventas y las corrupciones que lógicamente trae consigo. Tales abusos creaban constantes obstáculos al ejercicio de su autoridad, que en tiempos de Felipe II estaba muy lejos de parecerse a un poder absoluto a lo Luis XIV. También es cierto que en Castilla la venalidad se mantuvo casi siempre dentro de los límites del marco municipal. Precisamente a este nivel floreció un vivaz patriciado urbano, apoyado por las cortes, atento a sus intereses locales y al que los corregidores no pueden fácilmente llamar al orden. Pero ¿qué importancia real tenían las ciudades? Cualquier estudio serio sobre la historia fiscal deberá
siempre enfocarse desde la esencial óptica de la situación urbana.[118] Una venalidad nociva para el Estado se abre paso a través de la historia de las instituciones turcas. Ya he citado la observación según la cual el arrendamiento de los cargos públicos en toda Turquía se inspiraba en el
ejemplo de los egipcios.[119] La necesidad de corteggiare a los superiores, de hacerles sustanciales regalos, obliga a todo servidor del Estado, cualquiera que sea el puesto que ocupe en el escalafón, a resarcirse, regularmente, en detrimento de sus inferiores y del público. Un inmenso pillaje se organizó a lo largo de la jerarquía, de arriba abajo. El Imperio otomano es el botín de estos voraces detentadores de los cargos públicos, a quienes la tiranía de las costumbres obliga, por demás, a ser insaciables. El usufructuario de este saqueo general es el gran visir, como lo afirman y lo repiten sin cansarse los venecianos, y como lo sostiene Gerlach en su Diario, refiriéndose a Mehemet Sokobi, oscuro hijo de los alrededores de Ragusa, capturado a los 18 años por los reclutadores del sultán y a quien, mucho tiempo después, en junio de 1565, encontramos convertido en gran visir, cargo que ocupa hasta que muere asesinado en 1579. Enormes rentas afluyen a él con los continuos regalos que le hacen los candidatos a las funciones públicas. “Un año con otro [dice el veneciano Garzoni] junta un millón en oro, como me lo han afirmado
personas dignas de crédito.”[120] Gerlach anota, por su parte: “Mehemet Pachá posee un increíble tesoro en oro y en piedras preciosas[…] Quien desee obtener un cargo, debe regalarle caballos o niños[…]” Mehemet Sokobi era, por lo demás, un auténtico gran hombre; lo que ocurre es que, en lo tocante al dinero de los demás, al de sus inferiores o al de las potencias extranjeras, se atenía fielmente a las costumbres de su tiempo y de su medio.
Sin embargo, en Turquía, la enorme fortuna de un visir está siempre a disposición del sultán, quien se apodera de ella a la muerte de su ministro, sea o no natural. De este modo, el Estado turco participa de la rapiña de sus funcionarios. Es claro que las fortunas amasadas por éstos no se recuperaban en su totalidad por medio de estos métodos tan simples; a las fortunas acumuladas por los ministros se abría la posibilidad de la inversión en obras piadosas, de las cuales han llegado hasta nuestros días numerosas pruebas arquitectónicas. Este rodeo brindaba la oportunidad de poner a buen recaudo una parte del oro reunido por los prevaricadores, para asegurar el porvenir de
sus familias.[121] Reconozcamos que el sistema occidental usaba, por lo general, métodos menos rigurosos que los empleados en Oriente; pero aquí, como en todas partes, encontramos, en lo tocante a la venalidad, una curiosa desorganización del Estado. Sería necesario, pero no es fácil, señalar con más o menos exactitud la fecha en que comienza a manifestarse esta desorganización, tan reveladora. Los signos que se observan en el siglo XVI, ¿no serán, desde este punto de vista, simples anticipaciones?
En todo caso, es innegable que tanto el Imperio turco como los demás
Estados europeos[122] acusan, en el siglo XVI, un notable aumento del número de funcionarios. En 1534, el Imperio otomano tenía en la Turquía europea, a la cabeza de todas las jerarquías, un beglerbey, bajo cuyas órdenes estaban 30 sandjacs, y en Asia, seis beglerbeys y 63 sandjacs. Un poco fuera de estos cuadros, creóse en 1533 un nuevo beglerbey, el Kapudan Pachá, al que los documentos españoles llaman el “General de la Mar”. Este “almirantazgo”, además del mando de la flota, tenía a su cargo la administración de los puertos de Galípoli, Cavalla y Alejandría. Con el beglerbey de El Cairo, creado en 1534, existen, pues, nueve beglerbeys de rango superior. Después de 40 años, en 1574, se habla ya de 20 “gobiernos”: tres en Europa (Sofía, Temesbar y Buda); 13 en Asia, y más tarde cuatro en África (El Cairo, Trípoli, Argel y luego Túnez); además del “General de la Mar”. Esto prueba la preponderancia que los turcos daban al Asia, centro de sus preocupaciones y de sus fuerzas. Por lo demás, la progresión seguirá su curso. Bajo el reinado de Murad III, la cifra total pasa de 21 a 40 gobiernos, 21 de los cuales existían solamente en el Asia, adonde llevó la conquista la guerra contra Persia, exigiendo la organización de vastas zonas fronterizas. Estos aumentos responden, pues, siempre, a las necesidades. Pero tampoco en Turquía debemos perder de vista la voraz y creciente ambición de títulos y el gusto cada vez más pronunciado por los cargos públicos. El subadji soñaba con ser sandjac, éste con llegar a ser beglerbey…, etc., y, por lo regular, cada cual vive por encima de su rango.
Si no estamos equivocados, una evolución análoga a la que se opera en España mina muy pronto Turquía, e incluso en mayor grado que a la lejana península ibérica. En efecto, España, para que la afición al lujo se despliegue y pueda darse rienda suelta a la vida placentera y ostentosa, tendrá que aguardar a que acabe el ascético reinado de Felipe II. En cambio, en Oriente todo había cambiado con la muerte de Solimán, en 1566. Las túnicas de seda, de plata y de oro, proscritas por el viejo emperador, quien se vestía de algodón, reaparecieron bruscamente. Al finalizar el siglo, Constantinopla vivía las más suntuosas fiestas, que iluminan con sus vivos y sensuales resplandores los relatos, bastante pálidos, del viejo Hammer. El lujo del serrallo es algo inusitado; sus divanes se cubren con telas de oro; en verano, es costumbre dormir en las más finas sedas. Exageran muy poco las personas de la época cuando nos dicen que la zapatilla de una mujer turca valía más que todas las joyas de una princesa cristiana… En invierno, los ricos se cubrían de costosas pieles. Hasta el lujo de las mesas de Italia fue rebasado.
[123] Podemos creer sin reparos en la evidencia que nos brinda el primer embajador holandés en Constantinopla, Cornelius Haga, cuando comenta con encantadora ingenuidad la recepción a la que asistió en mayo de 1612:
“parecía que se celebrase un día de triunfo”.[124] ¿Y qué no podría decirse de las fastuosas fiestas del tiempo de Murad IV, en un país ya para aquel entonces exangüe, torturado por la guerra y por el hambre? Es curioso ver a Turquía, casi al mismo tiempo que España, agitarse en los torbellinos y en las fiestas de un “Siglo de Oro”, en momentos en que estos fuegos de artificio pugnan tan abiertamente con las reglas de una casa sabiamente administrada y con las imperiosas exigencias del deber y el haber.