El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Consecuencias y repercusiones de Mühlberg
En esta pequeña escala vio el asunto el emperador, quien, en 1550 y encontrándose en Augsburgo, tenía en la cabeza preocupaciones harto más importantes. Entre otras, las que le causaban su familia y la situación política y religiosa de Alemania. Sin embargo, informado de los asuntos de África,
escribió, el 30 de octubre, una larga carta al sultán,[39] en la que volvía a quejarse de los manejos de Dragut, por entender que se hallaban en contradicción formal con los términos de la tregua, y en la que le explicaba cómo y por qué se había visto obligado a intervenir. En resumen, casi una carta dándole explicaciones y presentándole excusas. Nunca como en 1550 le[II-348] había interesado al emperador mantener una paz a toda costa con los turcos, sin la cual le habría sido imposible imponer su voluntad en Europa y en Alemania. Meter en cintura a un corsario, a un prófugo, no era, según las leyes de la época, tener que vérselas con el sultán. Todos los días había que intervenir en asuntos de éstos. Todos los días había que acomodar, y se acomodaban, los términos de la tregua a estos pequeños conflictos. Carlos V no creyó, pues, en la importancia del caso de África. Mal cálculo, evidentemente, puesto que la guerra iba a estallar, puesto que al año siguiente tenía necesariamente que producirse la vigorosa respuesta de los turcos… Claro está que había para ello, en realidad, razones distintas y harto más graves que el episodio de África. Esta plaza no pasó de ser un pretexto.
Consecuencias y repercusiones de Mühlberg
Para comprender claramente eso hay que volver la vista hacia atrás, hacia aquellos años de paz aparente, los años de 1544, 1545 y 1546, y hasta la gran batalla de Mühlberg, librada el 20 de abril de 1547 y que fijó de golpe el destino de Alemania y de Europa, y, por consecuencia, el del Mediterráneo. Fue para el emperador un gran triunfo, mayor incluso que el de Pavía. Alemania pasaba a ser suya, mientras que, hasta ahora, Carlos V casi nunca había contado con el apoyo regular del mundo alemán. Era un triunfo y parecía casi un milagro: todas las dificultades se allanaban ante él, como para facilitarle de antemano la ejecución del plan tanto tiempo soñado. El 18 de septiembre de 1544 había terminado la guerra con Francia. En junio de
1545[40] había vuelto a reunirse el Concilio en Trento, y la Iglesia habría logrado una victoria decisiva. En noviembre fue la tregua con el turco.
Finalmente, en junio de 1545,[41] la Santa Sede concierta una alianza con el emperador, consagración preciosa de una alianza de hecho que venía existiendo desde hacía varios años contra los protestantes alemanes, pero que no impedía a Roma la política de aplazamientos practicada por Carlos V con respecto a la poderosa Liga de Esmalcalda, ni al emperador mostrarse a menudo inclinado a la prudencia frente a esta singular potencia romana, que[II-349] tan pronto le daba pruebas de hostilidad como señales de simpatía. Pues bien, ahora todo el horizonte se había iluminado, a partir de las negociaciones mantenidas por el cardenal Farnesio en la Dieta de Worms, en marzo de 1543.
[42] Y el apoyo de Roma significaba mucho: significaba tropas y dinero —más de 300 000 escudos—, sin contar la mitad de las rentas eclesiásticas de España, los mezzi frutti, como los llamaban en Roma. Un gran triunfo
financiero…[43]
Sin embargo, el emperador se decide tardíamente a descargar los primeros golpes, embarazado, sin duda, por una cancillería lenta en el manejo de los papeles y por la habitual lentitud de los armamentos. Corría septiembre de
1545,[44] y Juan de la Vega, a la sazón embajador imperial, se impacientaba en Roma, viendo huir la estación del buen tiempo. La ocasión era pintiparada para intervenir, aprovechándose de la neutralidad, que era casi semicomplicidad de Francia, y de la inacción, que no era precisamente neutralidad, del turco. En septiembre, Juan de la Vega hizo a su secretario, Pedro de Marquina, la confidencia de que enviaba a la corte un largo discurso destinado a ser leído al soberano. ¡Cuántos sueños y utopías se contienen en él! Carlos V debería aprovechar su victoria, en caso de obtenerla, para transformar el imperio en un Estado hereditario, “y quittar aquella cirimonia de elección de manera que viniesse hereditario el imperio como los otros estados”. Además, ¿por qué no podrían aliarse el papa, el emperador y el rey de Francia, para emprender la conquista de Inglaterra y reconquistar Hungría de manos de los turcos? Francia, como resarcimiento por la pérdida de Milán, recobraría Boulogne. La Hungría reconquistada se entregaría al duque de Orleáns, con la mano de una hija de Fernando. Proyectos, sueños, ilusiones, no cabe duda, pero que nos ayudan a comprender la mentalidad de aquel Juan de la Vega y de los medios imperiales y pontificios de la época. Sería difícil decir hasta qué punto, en este mundo del siglo XVI, dividido contra sí mismo, había espíritus acuciados por la idea del retorno a la unidad y a los viejos sueños de la Cruzada. La misma figura de Carlos V sería incomprensible fuera de esta corriente.
Pero no es nuestro propósito, estudiando un mundo, el del Mediterráneo,[II-350] perdernos en otro, el de Alemania, por muy decisivo que él sea, en estos mediados de siglo. Lo que nos interesa es exponer cómo estalla en Alemania esta guerra, de largo tiempo atrás preparada por las circunstancias alemanas y extraalemanas y, en primer lugar, por la misma pacificación del Mediterráneo. Cómo esta guerra asegura el triunfo del emperador, pero cómo, al mismo tiempo, sus adversarios, después de rehacerse, se ponen de acuerdo y se unen, por efecto de aquella misma victoria: sus esfuerzos conjugados van a inclinar de nuevo contra el emperador la báscula europea. Lo interesante para nosotros es que la guerra, al principio circunscrita a Alemania, va extendiéndose poco a poco a los países vecinos de Europa y al Mediterráneo. Tal es el nexo, nunca puesto de manifiesto, aunque bien visible, entre los lejanos acontecimientos de Mühlberg, en abril de 1547, y el resurgir de la guerra mediterránea.
¿Qué dio, exactamente, al emperador aquella victoria del 24 de abril de 1547, entre las nieblas del Elba? Ante todo, un indiscutible éxito de prestigio; tan inesperada fue y tan rápida, que sorprendió al mismo vencedor. Y no porque la guerra estuviese, ni mucho menos, admirablemente preparada y dirigida. El secreto estuvo mal guardado, las concentraciones de tropas se llevaron a cabo lentamente y los transportes de artillería gruesa, hechos sin
escoltas, habrían podido interceptarse fácilmente.[45] Pero los protestantes, divididos entre ellos y desconcertados en el primer momento por la traición de Mauricio de Sajonia, dejaron en manos del enemigo a sus jefes y a millares
de hombres. Su retirada condujo al desastre.[46] Carlos V viose libre de pronto, de “lo que desde hacía quince años era su mayor tormento”: la Liga de Esmalcalda, la coalición de los príncipes de la Alemania protestante, rebelde a
Roma y hostil a la voluntad del emperador.[47]
Habiendo vencido a esta Alemania, Carlos V propúsose organizarla en el terreno político y religioso, surgiendo con ello el gran problema del Ínterin de Augsburgo (1548), y el otro, no menos importante, de la sucesión del imperio. El segundo nos interesa más todavía que el primero. El emperador intentó, en efecto, asegurar a su hijo, Felipe de España, el gobierno eventual de[II-351] Alemania, vinculando por tanto la herencia alemana a la herencia borgoñona y española, enfrentándose con ello a la ostensible opinión alemana. Desde 1546, la propaganda protestante lo proclama claramente: Kein Walsch soll uns
regieren, dazu auch kein Spaniol.[48] (“Ningún flamenco debe gobernarnos, pero tampoco ningún español.”) Los alemanes no protestantes opinaban lo mismo, sin recatar a este propósito sus quejas ni sus burlas. El elector de Tréveris decía abiertamente, en septiembre de 1550, “che non vuol que
Spagnuoli commandino alla Germania [49] ”. En noviembre del mismo año, el cardenal de Augsburgo daba rienda suelta a su malhumor contra las insolencias de los españoles y afirmaba que Alemania no toleraría que la
gobernase más que un príncipe alemán.[50] “Hay muchos príncipes que, antes de elegir a Felipe, declaran que preferirían entenderse con el turco”, hacían
notar los venecianos, en febrero de 1551.[51]
No cabe duda, era una imprudencia y una locura tratar de pasar por alto este estado de opinión. Pero ¿acaso no le estaba todo permitido al vencedor, en aquella Alemania derrotada en Mühlberg, reducida a la impotencia, aunque no a la obediencia? Aún seguían resistiendo algunas ciudades libres, pero ¿por cuánto tiempo todavía? No podían esperar de fuera el menor apoyo: el mismo sultán había renovado por cinco años la tregua con los imperiales (19
de junio de 1547).[52] Francia había mostrado algunas veleidades en el obrar, en los últimos meses del reinado de Francisco I, pero éste había muerto antes de Mühlberg, y el nuevo rey veíase ya envuelto por el norte, intencionalmente al menos, en una serie de conflictos: la guerra franco-inglesa —la guerra por
Boulogne— se reanudará, en efecto, al llegar el año 1548.[53] Es cierto que en Roma surgen ante el emperador graves dificultades, especialmente reveladoras de la posición pontificia. Pero estas dificultades no son insuperables y, por lo demás, el papa Paulo III muere el 10 de noviembre de
1549.[54] Los Habsburgo tenían, pues, las manos libres en Alemania. Lo que[II-352] ocurre es que sólo las emplearon para enredarse allí en sus querellas…
Los Habsburgo, coalición familiar, rodearon durante mucho tiempo al emperador de un haz de lealtad y devoción sin el que habría sido inconcebible el imperio de Carlos V. Pero viene el problema de la herencia y el haz se desata, como en la más vulgar de las familias. La sucesión del emperador habíase planteado ya antes de la batalla de Mühlberg, en 1546, y probablemente con anterioridad. Vuelve a hablarse de ella en 1547, al reunirse la Dieta en Augsburgo, en la ciudad llena todavía de soldados. El propio emperador la pone de relieve a cada momento, llevado de la obsesión de la muerte, de aquella mórbida meditatio mortis que inspira y dicta sus numerosos testamentos.
Además, este hombre de 47 años, ¿no era ya un anciano? En esta época, cualquier soldado que haya vivido la dura vida del campamento y el campo de batalla llega maltrecho a la cincuentena. La longevidad del duque Ana de Montmorency causa asombro a sus contemporáneos. Enrique VIII y Francisco I, hermanos en edad de Carlos V, acaban de morir, en el mismo año de la batalla de Mühlberg, el primero a los 56 años y el segundo, a los 53. Por otra parte, el emperador es un enfermo, sufre horriblemente del mal de gota, es un hombre moribundo, dicen de vez en cuando los embajadores. En Francia, sobre todo, no hay quien no cruce apuestas sobre la próxima desaparición de ese anciano achacoso, “que se pasa días enteros sin moverse de sus habitaciones, ceñudo y malhumorado, con una mano paralizada y la pierna inmóvil, negándose a recibir a nadie y entreteniéndose en armar y
desarmar relojes”.[55]
Y, sin embargo, este hombre que lleva ya encima la muerte no tiene más que un deseo, una obsesión, a la que dedica todas sus energías: transmitir a su hijo Felipe la totalidad de su herencia. Sueño político y sueño cariñoso, paternal, pues el emperador ama a este hijo ordenado, reflexivo, respetuoso, a este discípulo filial, formado solícitamente por él, desde cerca y desde lejos. Siendo ya dueño de Alemania y de Europa, piensa inmediatamente en llamar a su hijo junto a él. Felipe, que gobierna España desde 1542, parte de Valladolid el 2 de octubre de 1548, dejando en su puesto, como regente, a su primo Maximiliano, hijo de Fernando. Es, a los 25 años, su primera salida a
Europa, que un cronista escrupuloso, aunque no pintoresco ni brillante,[56] nos[II-353] relata con todos sus fastos. En el séquito de Felipe viaja la flor y nata de la
nobleza de España, padres e hijos.[57] Toda la flota del viejo Doria se hace a la mar para transportar al cortejo real desde el pequeño puerto catalán de Rosas hasta Génova; las músicas desgranan sus acordes a bordo de las galeras de remos multicolores y de proas resplandecientes de dorados. En tierra, se suceden los arcos de triunfo, las fiestas, los discursos, los banquetes, hasta llegar a Bruselas, donde el heredero de la corona del mundo abraza a su padre, el 1 de abril de 1549. Carlos V hace que se proclame a su hijo heredero de los Países Bajos. Algo inusitado, puesto que estas provincias se hallan aún bajo la autoridad nominal del Sacro imperio. No obstante, el joven príncipe recibe la investidura de conde de Flandes y duque de Brabante. Se le presenta a las ciudades del norte y del sur, que, una tras otra, celebran sus fiestas y exteriorizan su regocijo oficial de la primavera al otoño de 1549. Y, en seguida, el viaje a Alemania, donde se suscitarán, más agudas que nunca, las querellas hereditarias.
En Augsburgo, donde ha sido convocada la Dieta, los Habsburgo celebran, en agosto de 1550, un verdadero consejo de familia. Y, desde el primer momento, entre sonrisas y mercedes oficiales, se inicia la discusión, áspera y enconada, apenas recatada y apenas interrumpida por algunas pausas. El forcejeo durará más de seis meses. Carlos V lucha a brazo partido contra las ambiciones de su hermano, o, mejor dicho, contra las ambiciones de la familia de éste, los “fernandinos”, el más irreductible de los cuales es el primogénito, Maximiliano, a la sazón rey de Bohemia, sobrino y yerno del emperador. En realidad, había sido el propio Carlos V quien había hecho poderosos a los fernandinos. En 1516, en el momento de la sucesión de España, Fernando se había plegado a su hermano mayor, sin interponerse ante él, aunque habría podido molestarlo. La recompensa a su sometimiento no tardó en llegar: por el Tratado de 1522, se le entregó íntegro el Erbland austriaco. Nueve años más tarde, en enero de 1531, fue proclamado rey de los romanos y, a título de tal, gobernó Alemania durante las largas y frecuentes ausencias de su hermano. La casa real así creada y dotada había sabido engrandecerse por sí misma, anexionándose en 1526 la Bohemia, fortaleza de la Europa Central, y la Hungría, es decir, lo que el islam había dejado de ella[II-354] a la Europa cristiana. En 1550, esta rama de los Habsburgo encontraba en Alemania circunstancias favorables para sus planes. Alemania, resuelta a no dejarse reducir a la obediencia y a la ley católica, es decir, al orden español, que representaba lo uno y lo otro, volvíase hacia los príncipes de Viena. Los orientaba y los incrustaba en su resistencia: el príncipe a quien quería ver ocupar el trono de su país era Maximiliano y no Felipe.
Carlos V tenía una aliada: su hermana María de Hungría, apasionadamente afecta a su familia y que gobernaba los Países Bajos desde
1531. Es probable, incluso, que el proyecto de sucesión fuese obra suya.[58] En todo caso, fue ella quien se empeñó en convencer a Fernando. ¿No le estaba obligado a ella tanto como a Carlos? En 1526, después de la derrota de Mohacs, donde encontró la muerte su marido, Luis de Hungría, había ayudado a Fernando a apoderarse de la herencia del muerto. Esta mujer voluntariosa y fácil de palabra fue un gran apoyo para el emperador. En septiembre se traslada a Augsburgo, llama a capítulo al recalcitrante, insiste y argumenta, volviendo a la carga una y otra vez. Al regresar a los Países Bajos, deja tras sí el apaciguamiento y la calma. Es cierto que la discordia se había calmado solamente en espera de Maximiliano. A la llegada de éste, la conversación se reanima, para enconarse en seguida. Extraños conciliábulos, los de estas pláticas entre príncipes, mantenidas en francés en recuerdo de los abuelos borgoñones de la cartuja de Dijón, y en las que, discutiendo sus personales pretensiones, como herederos un poco nerviosos, exponiendo sus argumentos ante notario, los Habsburgo ventilan, al mismo tiempo, la suerte de Alemania y de Europa.
Con la llegada de Maximiliano cambia el tono de la reunión y sus indiscreciones hacen que lleguen a la plaza pública los ecos de una discusión hasta entonces cuidadosamente tamizada. La disputa se hace patente, y los diarios de los embajadores se llenan de detalles sensacionales. Carlos V se indigna y, a la vez, se desespera. “Puedo aseguraros que estoy a punto de
estallar”, escribe a su hermana en diciembre de 1550.[59] Nada le ha afectado tanto como la conducta de su hermano, el rey, ni lo que haya podido hacerle “el rey de Francia muerto”, ni las “bravuconadas” de que usa, ahora, el condestable de Montmorency. En enero se persona de nuevo en Augsburgo su[II-355] hermana María. Pero todas las tentativas de conciliación fracasan. Hasta que, por último, Carlos V decide imponer su voluntad por medio del “dictado” de
9 de marzo de 1551,[60] cuyo texto fue redactado en medio del mayor misterio, en la misma alcoba del emperador, por el obispo de Arrás. La dignidad imperial se le reserva a Felipe, por lo menos para lo porvenir, ya que su tío heredaría de momento la corona de oro y Felipe el título de rey de los romanos. A la muerte de Fernando, Felipe pasaría a ser emperador, y Maximiliano, rey de los romanos. Felipe recibe, además, poco después, la promesa de ser investido con la autoridad “feudal” del emperador en Italia, es
decir, con el título de vicario imperial para las tierras italianas.[61]
Carlos V triunfaba, una vez más, solamente sobre el papel.[62] Este acuerdo se quedará en letra muerta. Llamados a capítulo y amenazados, los fernandinos saben que pueden esperar días mejores y que no todos los tratados se firman para ser ejecutados. Maximiliano sabrá hacerse amigo de los luteranos y de Mauricio de Sajonia y coquetear con el rey de Francia. No
es otra, dice Ludwig Pfandl,[63] aunque sin convencernos del todo, la razón de la obstinación de Carlos V: no quiere entregar el imperio a un hombre tan poco seguro, medio herético. Sin embargo, podemos afirmar que la solución encontrada por el emperador no era apenas viable, en la Alemania de 1550. Al terminar las pláticas de Augsburgo, los libelos y los pasquines se lo advierten, como un aviso, al emperador. Muchas veces se ha acusado del fracaso de estas negociaciones a Felipe. Y no cabe duda de que este joven retraído, aplicado, extranjero a la lengua y a las costumbres del país, un país del que un personaje de la época nos dice que era más aficionado a la bebida que a la
doctrina de Lutero,[64] no supo representar allí el papel personal que le había tocado en suerte. Pero ¿podía ganar la partida, por muy bien que hubiese actuado? La solución de Augsburgo, ¿no estaba condenada de antemano por Alemania y por Europa?
Ante todo, por Alemania. ¿Y cómo oponerse a ella? ¿Cómo pretender dominarla con regimientos extranjeros de italianos y españoles, meridionales[II-356] ensoberbecidos, contra quienes se alza y no cesa de crecer el odio popular, desde el primer momento violentísimo? Regimientos, por lo demás, que no podían mantenerse bajo las armas eternamente, pues los ejércitos cuestan
caros. Cuando parten de Alemania, en agosto de 1551,[65] la victoria de Mühlberg sufre ya un tremendo golpe. El emperador tenía pocos aliados en el país. Ni las mismas ciudades católicas del sur se ponen a su lado sin reticencia. Lo hacen porque no quieren perder sus franquicias y, sobre todo, porque desean la paz. En cuanto a los príncipes, más valía no pensar en ellos. Este complejo mundo alemán, tan dispar y tan difícil de gobernar, y más aún de reducir a la obediencia, incita a cada instante a intervenir en la Europa que lo rodea. Y tampoco a esta Europa le agradaba la victoria imperial.
Así va creciendo lentamente, en Alemania y en torno de ella, la amenaza de la guerra. Lentamente, pues hace falta tiempo para concluir los acuerdos, enrolar las tropas y concentrar los necesarios aprovisionamientos. Los diplomáticos disponen de tiempo para ir descubriendo y señalando muy por adelantado, a sus anchas, la pesada marcha de todos estos preparativos.
Esta vez tenemos en Simón Renard, embajador imperial en la corte del Rey Cristianísimo, el más fiel y minucioso informante de la marcha de las cosas, ya que es Francia el país que va a la cabeza en la ofensiva que se prepara. La monarquía francesa tiene las manos libres, después de haber sabido desgajarse de la guerra inglesa por el tratado de 24 de marzo de 1550.
[66] Y ya desde antes de esta fecha se inquieta Simón Renard, y con razón, de sus manejos diplomáticos. ¿Acaso el rey de Francia no ha intentado convencer al turco de que rompa las treguas, antes de que expire el plazo
establecido? (carta de 17 de enero de 1550).[67] A la par con ello, y al mismo tiempo, maniobra en Brema, acoge y sostiene en su corte algunos desterrados españoles y hasta se dice que abriga la intención de atacar por Fuenterrabía
(carta de Felipe a Renard, de 27 de enero).[68] “Mañas de franceses”, escribe
Felipe.[69] Pero el estudio de la correspondencia diplomática francesa confirma la exactitud de estos rumores. En el centro de este vaivén de noticias encontramos la política y la persona gruñonas del condestable de[II-357] Montmorency, su prudencia, es cierto, pero también sus violencias y su rudeza de lenguaje. La “colaboración” de 1540 está ya muy lejos, no cabe
duda.[70]
El contrafuego francés gana bruscamente en fuerza y en eficacia desde el momento en que se levanta la hipoteca de la guerra inglesa que pesaba sobre este país. Simón Renard va señalando cuidadosamente los pasos y los ecos de esta política. El 2 de abril, envío de agentes franceses a Turquía y Argel y desplazamiento hacia el Piamonte de las tropas que han quedado libres
delante del fuerte de Bolonia.[71] [72] El 25, alegría mal disimulada de los venecianos ante el anuncio de la paz franco-inglesa, en la que creen ver la garantía de que Francia no restituirá el Piamonte y seguirá contrarrestando la dominación española por el norte y en toda Italia. El mismo 25 de abril, un agente francés es enviado al cherif, quien tiene en jaque a España con sus incursiones en Orania y los planes que se le atribuyen contra la misma
Península.[73] Dícese que el agente francés lleva el encargo de ofrecer al cherif el apoyo de la flota francesa, ahora ociosa contra Inglaterra. El objetivo sería el reino de Granada.
Con Francia, es cierto que no hay nunca modo de saber a qué atenerse. “Sire [sic] —escribe Simón Renard, el mismo día 25 de abril—, los negocios y deliberaciones de acá son tan subjectos a mudanças y variedades q. difíçilmente se pueden descubrir y advertir a la verdad de la disposición.” ¿El hablar demasiado —defecto muy francés— no viene a ser, por lo demás, lo mismo que el obstinado silencio en que se encierran cuidadosamente los españoles, es decir, otra forma de ocultar su juego? Sin embargo, concluye Renard, meses más tarde, “el rey de Francia no se fía del emperador, y tiene pláticas con los alemanes, suiços, moros y infieles por estorvar los designios
de su majestad”.[74] Y también, añade el 1 de septiembre, con los expulsados de Nápoles, “los foraxidos”, con el duque de Albret y con el cherif de
Marruecos.[75] El 6 de diciembre vuelve a hablarse de Fuenterrabía, adonde se dice que se dirigía el rey de Francia, “sabiendo que Fuenterrabía es la clave de
España”.[76] Nada desean tanto los venecianos como ver estallar esta guerra[II-358] franco-española, y parece que Francia, por su parte, está decidida a desencadenarla. “Lo que les a incitado es las intelligencias y praticas que tienen en Alemaña, por las quales ellos tienen que sy v. Magestad comiença, que la Alemaña se rebolbera.” Al primer gesto hostil ésta se levantará. ¿No ha dado la señal para ello Mauricio de Sajonia, en la Dieta? Se cuenta también con el aliento del gran turco, quien ha prometido acudir a la cita “con tal poder por mar que hechara a V. Magestad de Berberia y Sycilia y Napoles, y después les metera en las manos [a los franceses] lo que V. Magestad tiene en aquellas partes”. Proyectos de los que Simón Renard ha recibido el soplo por diversos conductos y la confirmación de un tal Demetico, griego que sirve de intérprete (de las lenguas árabes y tal vez también del turco) y reside en París. Dícese que un embajador del “rey” de Argel ante el rey de Francia ha llegado el mismo día en que Enrique II hace su entrada en Blois, y fue recibido por el rey y el condestable. Han hablado, al parecer, “de la victoria que Vuestra Majestad ha logrado este año en África”. Según las últimas noticias, el turco se dispone a romper la tregua, so pretexto de las fortificaciones de Hungría, contrarias a los acuerdos establecidos.