El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los comienzos de la guerra de Granada
Ahora bien, el proyecto de esta expedición se remonta, probablemente, a[II-545] varios años atrás, por lo menos, al tiempo la fortificación de Caramania, en 1567. ¿No serían tal vez estos planes, por lo menos en parte, los que indujeron al sultán a aceptar tan fácilmente una tregua con el emperador? ¿No serían ellos también los que le llevaron a tratar de arreglar los asuntos interiores de su país antes de meterse en esta importante empresa militar? De aquí el vigor de su acción en las guerras a que acabamos de referirnos, las de 1569. Se dice que, ya en este año, José Micas, a quien el sultán había prometido Chipre, hacía figurar las armas del reino en sus propios blasones. Y se dice también que el incendio que, en un momento dado, el 13 de septiembre de 1569, devastó el arsenal de Venecia, provocando grandes daños en él, fue obra de
Micas, es decir, de los agentes a sueldo de este aventurero.[188] Lo que sí podemos asegurar es que el ataque turco contra Venecia estaba en el aire desde hacía largo tiempo. Y no cabe duda de que ello era la razón de los
rumores de un acuerdo de España con la señoría,[189] que la Prudente hacía circular y cuyo centro de expansión era Roma. Venecia es, no cabe duda, una temible flota. Pero es también un cuerpo delicado y frágil sin comparación alguna con la masa turca. Atacada por este monstruo —y Dios sabe que Venecia hizo siempre todas las concesiones imaginables para evitar este desastre—, la República sólo habría podido resistir el embate apoyándose en la cristiandad, en Italia y en España, es decir, en Felipe II, dueño de la una y casi de la otra.
Los comienzos de la guerra de Granada
En este mundo puesto en tensión, en que el ritmo de los armamentos se precipita, explota la guerra de Granada con una violencia que no guarda relación alguna con la importancia real que tiene en sus comienzos, en que no pasa de ser una operación militar de segundo y hasta de tercer orden. Es imposible, sin embargo, describir hasta qué increíble punto esta “sonada” noticia ha podido suscitar cálculos y esperanzas en el exterior y exaltado las pasiones y caldeado el clima de España.
Los hechos son harto conocidos. Todo comienza con un incidente sin[II-546] importancia: en la noche siguiente a la Navidad de 1568 llegan a Granada y penetran en la ciudad unos cuantos moriscos, pidiendo a gritos que se unan a
ellos cuantos deseen defender la secta y la religión de Mahoma.[190] Los 60
que habían entrado en la ciudad se convierten, al salir, en un millar.[191] “Se confirma [escribe el nuncio en Madrid] que el hecho no tiene tanta
importancia como seguramente se le atribuirá”.[192] Efectivamente, el Albaicín, la gran población indígena, no se ha movido. Nada asegura, sin embargo, que Granada no hubiese sido invadida por fuerzas mucho más considerables, a no ser por la nieve que bloqueaba los pasos de las montañas.
[193] Sin ello, tal vez habría logrado efectos muy distintos el golpe de mano, prendiendo fuego a toda la ciudad. En cambio, el fracaso de la intentona obligó a los rebeldes a buscar refugio en las montañas; pronto fueron a unirse a ellos otros moriscos, en su mayoría originarios de otras localidades del
reino, y no de la capital.[194] Los cálculos los cifran en unos 4 000 aproximadamente. «Los unos dicen más, los otros menos [escribe Sauli a la República de Génova]. Hasta el presente no me ha sido dable conocer la verdad. Se opina que todo esto no pasará de ser un fuego de paja, ya que la sublevación se ha producido fuera de tiempo y los preparativos que se hacen contra ella son infinitos. De Córdoba, de Ubeda, de Baeza y otros lugares han
salido gran número de fuerzas de caballería e infantería.[195]» Según ciertos rumores, los moriscos habían fortificado Orgiba, villa del duque de Sesa, pero sin artillería, ¿qué podían hacer? “Se dice [prosigue Sauli] que hay entre ellos 300 turcos, pero en realidad, según se ha sabido, no pasan de ocho o 10 personas, que se han salvado de una galeota naufragada en estas costas.” El informe es, como se ve, más bien, optimista; pero estamos todavía en los días iniciales del asunto. Y esta prosa se halla, a pesar de todo, inspirada por el partidismo: Sauli, como todos los agentes genoveses (y los toscanos), dice siempre, hablando de los españoles: “los nuestros”. Fourquevaux, como fácilmente puede suponerse, es a la vez más objetivo y menos optimista.
El caso es que esta guerra religiosa, guerra entre dos civilizaciones[II-547] enemigas, va extendiéndose por sí misma con pasmosa rapidez, en un terreno preparado de antemano, en un mundo de hombres predispuestos a la guerra
por el odio y la miseria.[196] En enero, la plaza de Almería es bloqueada por
los rebeldes.[197] En febrero, el duque de Sesa, que tiene en Granada sus tierras, sus aldeas, sus villas y sus vasallos, calcula en 150 000 el número de
levantiscos, 45 000 de ellos en condiciones de empuñar armas.[198] En marzo ya no cabe duda de que la revuelta desborda la montaña para prender en las
tierras bajas.[199] Y la connivencia de los rebeldes con Argel no deja ya lugar
a dudas para nadie.[200]
Por lo demás, las autoridades responsables consideraron la sublevación como grave desde el primer momento; tal vez porque el Mediodía de España había quedado excesivamente desguarnecido de hombres para alimentar la expedición del duque de Alba. Los reclutamientos se habían sucedido en aquellas tierras con mayor frecuencia que nunca. Además, España estaba desacostumbrada a la guerra interior. No se hallaba, ni mucho menos, en postura de combate. La primera precaución consistió, por tanto, en remitir a Mondéjar, capitán general de Granada, y al marqués de Los Vélez, gobernador de Murcia, el dinero necesario para proceder a inmediatas levas. Casi al mismo tiempo se dio la alerta a las galeras españolas para que aislasen a los rebeldes e impidieran la llegada de posibles refuerzos del norte de
África.[201] Al mismo tiempo, el gobierno español esforzábase en mantener en secreto la revuelta: “será bien de tener secreto lo de Granada”, escribía Felipe
II al margen de una carta destinada al virrey de Nápoles[202]. Pero ¿cómo
conseguirlo, se le contesta de Nápoles —el 19 de febrero—,[203] cuando ya la noticia circula, transmitida por Génova y por Roma? Y, naturalmente, no se ha detenido allí, sino que ha tomado rápidamente el camino de Constantinopla, adonde los rebeldes se han dirigido por sí mismos, pidiendo[II-548]
socorro.[204] Desde el corazón de España hasta Turquía funciona una cadena ininterrumpida de estaciones para las noticias, sin contar aquellos moriscos ambulantes y fugitivos, infatigables caminantes, viajeros y agentes de enlace, que tienen sus corresponsales y sus abogados en el norte de África y en Constantinopla. Y, por otra parte, tampoco podríamos afirmar que en el levantamiento de los moriscos, como en el incendio del arsenal veneciano, no anduviera metida la mano del gobierno turco… En junio de 1568 sorprendemos a don Juan sosteniendo una animada conversación, en Barcelona, con un capitán griego que le ofrece sublevar a Morea. ¿Por qué no imaginarnos, al margen de nuestras informaciones y sin base en ellas, es cierto, por los años de 1565, 1566, 1567 y 1568, una entrevista análoga en el campo de enfrente, la de un tagarino o un mudéjar con cualquiera de los jefes de la flota turca?
En todo caso, tan pronto como la noticia ha franqueado los ámbitos del mar Mediterráneo y las grandes áreas de tierra de Europa, ocurren por lo menos dos guerras moriscas, bastante distintas la una de la otra: la real, la que se desarrolla en las tierras altas de sierra Nevada, bastante inconexa y poco esperanzadora, guerra de montaña, llena de sorpresas, de dificultades y de crueldades espantosas, y la otra, la “guerra de Granada”, que a lo lejos componen a su gusto los avisos más contradictorios, destinados a remover todas las pasiones. Las pasiones de Europa y las pasiones del Oriente, alimentadas por toda una tupida red de complicidades y de espionaje, en sentido inverso del que con tanta facilidad podemos seguir de este a oeste, ya que se refiere a la Europa occidental, donde los papeles están en orden.
Por lo demás, y cualesquiera que sean las proporciones del asunto, España se ve sacudida de punta a punta por esta guerra intestina. En enero de 1569, la
sublevación es el tema de todas las conversaciones de la corte,[205] “la más resonante noticia que hasta ahora se haya tenido aquí”, como dice
Fourquevaux.[206] “Reina gran alarma en todo el reino”, sigue informando el[II-549]
embajador,[207] quien encuentra en ello una ocasión propicia para filosofar: estas revueltas de los súbditos contra sus príncipes legítimos son, sin duda, un signo de los tiempos: ayer, fueron las revueltas de los franceses contra Carlos IX, las de los escoceses contra María Estuardo, las de los flamencos contra el Rey Católico… “El mundo parece inclinarse a la sedición y los súbditos se muestran propensos a rebelarse en diversos países.” Carlos IX contesta, con pluma más o menos sincera, que confía en que los sediciosos serán castigados, “al igual que todos los que, como ellos, empuñen las armas para
perturbar el Estado de su Rey y soberano”.[208] Pero tal vez no le desagradase demasiado una situación que causaba a España tanto desasosiego.
Las medidas del gobierno exigieron, en efecto, cierto tiempo para ponerse en práctica y no resultaron ser, de un día para otro, muy eficaces. No era fácil obrar con rapidez en aquellas montañas agrestes y difíciles, en que las columnas expedicionarias se exponían a morir de hambre, y morían, en efecto, llegado el caso. Ni era fácil tampoco bloquear la larga costa de los países insumisos, con sus innumerables bahías y ensenadas, accesibles a los navíos de Argel y de Berbería, portadores de hombres, armas y municiones (los cautivos cristianos sirven de moneda de pago: un hombre por una
escopeta),[209] [210] de artillería y de víveres, arroz, trigo y harina. A lo largo de estas costas, cuyos dueños son, por lo general, los señores locales y no el rey, y en las que el contrabando y la piratería tienen sus caminos y sus
hábitos.[211] Mondéjar es un jefe admirable, pero detrás de él está el futuro cardenal Deza, que abandona su campo y paraliza su acción. Es él quien contribuye a destacar al marqués de Los Vélez, hombre incapaz. Y la ineficacia de la represión hace, naturalmente, que se extienda el incendio, la espantosa guerra que, por lo demás, progresa por sí misma.
Claro está que todo ello no impide a Felipe II —por el contrario— poner
buena cara: “su semblante —escribe Fourquevaux—[212] no trasluce la más mínima preocupación” por los tumultos de Granada. Se tranquiliza pensando[II-550] que los turcos tienen preocupaciones más importantes que ésta; que la guardia que montan las galeras impedirá a los rebeldes recibir socorros de Argel; que bastará, para que las cosas vuelvan al orden, la acción de las “comunidades cristianas”, es decir, de las milicias andaluzas… Optimismo oficial que no se comparte en el extranjero, donde los agentes de España se esfuerzan en luchar fatigosamente contra las malintencionadas exageraciones. En Londres, Guerau de Spes se lamenta especialmente a este propósito. En mayo se llega a publicar abiertamente que otros reinos de España se habían levantado también contra Su Majestad. “Las personas de aquí no saben lo que es la
fidelidad a los españoles…”[213]
Es cierto que los españoles no pueden oponer a todos estos rumores crecientes y exagerados ninguna noticia concreta y venturosa de una victoria en la que pueda precisarse, con el campo de batalla, el número de muertos y de prisioneros… Las operaciones son inconexas; los efectivos, pobres, en esta pequeña guerra cruel, en la que se organizan, fuera de todo control,
verdaderas cazas del hombre, tanto de un lado como de otro.[214] Una guerra de patrullas mal hecha, que no da materia para los partes. La tempestad que dispersa y maltrata las galeras del gran comendador de Castilla a la altura de Marsella, el 8 de abril, cuando están a punto de ganar las costas de España, toma los contornos de un gran acontecimiento, cuando en realidad no tuvo, ni
mucho menos, aquellas proporciones catastróficas que se le quiso atribuir.[215]
Mal entablada y mal dirigida, con faltas en todos los escalones, la guerra de Granada se alargaba más de la cuenta y costaba muy cara. El nombramiento de don Juan de Austria para hacerse cargo del mando general,[II-551] en abril, no hizo cambiar nada al principio. La experiencia se había encargado de demostrar la imposibilidad de apoyarse solamente en las milicias, la
necesidad de traer tropas de Italia (sacadas de los Tercios de Nápoles[216] y
Lombardía)[217] [218] y de reclutar tropas en Cataluña. Hubo que dar tiempo a que llegasen los refuerzos y la situación sólo se inclinó claramente a favor del Rey Católico a partir de enero de 1570, cuando don Juan, teniendo por fin las manos libres, se decide a descargar los primeros golpes importantes: es decir, un año después de haber comenzado la insurrección.
Pero ¿qué se había hecho hasta entonces? Poco más que alimentar esperanzas, principalmente la de que el hambre, por sí sola, se encargaría de
reducir a los insurrectos.[219] Y la de conservar y defender Granada por encima de todo, en la que, hasta el final del año, tiene don Juan orden expresa
de permanecer.[220] No faltan quienes se inclinen a ver en ello una “zancadilla” puesta por Felipe II a don Juan, tratando, una vez más, de “personalizar” una política que no carece de sus razones propias de ser, al margen de las personas. Ello equivale también a desdeñar los temores que esta guerra inspira a los responsables y hasta al propio Felipe II. Temores que no son, por cierto, pequeños ni vanos y que resume bastante bien esta exclamación de Francés de Alava: “¡Quiera Dios que se castigue a los rebeldes de las Alpujarras antes de que a este perro [el sultán, de cuyos
preparativos marítimos se tiene noticia] le dé tiempo a armarse!”[221] Y era de temer también que la sedición se extendiese fuera del reino de Granada y que los moriscos de Aragón “empuñen las armas, como lo han hecho los
granadinos”.[222] En este caso no habría que vérselas ya con 30 000 hombres (cifra presunta de los rebeldes a comienzos de agosto), sino con 100 000,
calculando por lo bajo.[223]
No; no se trataba de poner una “zancadilla” a don Juan, sino de[II-552] comprender, a la postre, lo que había por hacer. Felipe II necesitó tiempo, demasiado tiempo, para darse cuenta de que el éxito que le anunciaba un
correo,[224] y que parecía decisivo, no significaba nada en realidad, ya que los
moriscos podían huir “como gamos” delante de los arcabuces españoles,[225] sin que por ello salieran peor parados. Tiempo para comprender que había que tomar la cosa en serio, afrontar los sacrificios necesarios, organizar el mando y el avituallamiento. Para comprender que la situación, tal y como aparecía en el otoño —las tierras bajas y las ciudades en manos de los cristianos, las
montañas en poder de los rebeldes—,[226] amenazaba con eternizarse, y muy peligrosamente, dada la envergadura de los preparativos que el turco, visiblemente, estaba haciendo en Constantinopla.
Cabe pensar que no hace falta todo un año para comprender esto. Pero una vez más los mismos temores de Felipe II paralizaban su actividad. Es cierto que la amenaza de la llegada de la flota turca exigía acabar cuanto antes con el levantamiento de Granada, pero esta amenaza exponía a Italia tanto como a España; la prueba de ello la tenemos en que don Juan de Zúñiga, al conocer la noticia, en octubre, se apresuró a pedir al rey que reforzase el
ejército español de Italia,[227] aquella Italia a la que se había desguarnecido de tropas para Flandes y a la que se desguarnecería una vez más (a partir de diciembre) para Granada. Y hacia falta también dinero, siempre el dinero, absorbido ya en enormes proporciones por los inmensos gastos de Flandes… Fue, pues, necesario, de una parte, que el peligro de una intervención extranjera llegara a precisarse de una manera clara y angustiosa, y de otra parte, que la guerra tomara un mal cariz, para que Felipe II se decidiese a dar los pasos necesarios.
El 26 de octubre se le comunica oficialmente al nuncio que, si la guerra seguía adelante durante el invierno, si se propagaba a otras regiones moriscas y si, por último, el turco se decidía a intervenir, España corría peligro de caer de nuevo en manos de los musulmanes. El nuncio, receloso, pensaba que esta confesión tenía por mira arrancar al soberano pontífice ciertas concesiones, especialmente la de la “Cruzada”, pero que, a pesar de todo, traslucía una[II-553]