El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Cómo viajan los bienes culturales
debía pasar por sus manos”.[20]
Cómo viajan los bienes culturales
Viajes de hombres; pero con ellos viajaban también sus bienes, los bienes culturales, los de uso diario y los más inesperados. No cesan de desplazarse,[II-146] acompañando al hombre. Traídos aquí por los unos este año, son recogidos por los otros al año siguiente o pasado un siglo, y los vemos incesantemente transportados, abandonados y recuperados, a veces hasta por manos ignorantes. Las primeras imprentas transportadas a los países del Danubio para la reproducción de libros piadosos ortodoxos fueron llevadas allí a comienzos del siglo XVI por buhoneros montenegrinos de Venecia o de las
posesiones venecianas.[21] Los judíos expulsados de España en 1492 comprendieron inmediatamente los beneficios que podía reportarles organizar en Salónica y en Constantinopla el comercio de todo lo que allí faltaba:
abrieron tiendas de quincallería,[22] instalaron las primeras imprentas de caracteres latinos, griegos y hebraicos (las primeras imprentas de caracteres
árabes no se fundaron hasta el siglo [23] [24] XVIII ), instalaron telares de lana y de brocados y construyeron también, según se dice, las primeras cureñas
movibles,[25] que dotaron al ejército de Solimán el Magnífico de su eficaz artillería de campaña, una de las razones de su éxito. Los judíos tomaron de
modelo para ello, al parecer, la artillería de Carlos VIII en Italia (1494)…[26]
Pero la mayor parte de las transferencias culturales lleváronse a cabo sin que conozcamos los vehículos. Éstos, en el Mediterráneo, son tan numerosos, unos más rápidos y otros lentos, y proceden en direcciones tan distintas, que no siempre es posible localizarlos en esta inmensa estación de mercancías donde nada permanece en su sitio. Reconocemos un equipaje y se nos escapan mil; faltan direcciones y etiquetas, y otras veces faltan el contenido o el embalaje… Es relativamente fácil poner las cosas en orden cuando se trata de
obras de arte, de las rinconeras de la catedral de Bayeux,[27] de una pintura
catalana descubierta en el Sinaí,[28] de un herraje de arte barcelonés identificado en Egipto, o de las curiosas pinturas de inspiración italiana o alemana que se ejecutaban en el siglo XVI en los monasterios del monte Athos. Lo es también cuando se trata de bienes tangibles, como las palabras,[II-147] sean las del vocabulario o las de la geografía; en estos casos, el control es posible, aunque no siempre absolutamente seguro. Pero, cuando se trata de ideas, de sentimientos, incluso de técnicas, toda clase de errores son posibles. ¿Podríamos imaginarnos, por ejemplo, el misticismo español del siglo XVI como derivado del sufismo musulmán, a través de hipotéticas influencias o
del inquieto pensamiento de Raimundo Lulio?[29] ¿Podríamos decir que la
rima, en Occidente, viene de los poetas musulmanes de España?[30] ¿Que las canciones de gesta (lo que es bastante probable, por lo demás) se hallan influidas por el islam? Desconfiemos de quienes creen reconocer sin vacilar
los equipajes (por ejemplo, los equipajes árabes de nuestros trovadores)[31] o de quienes, reaccionando contra aquéllos, niegan en bloque todo empréstito de unas civilizaciones a otras, siendo así que, en el Mediterráneo todo se intercambia: hombres y pensamientos, artes de vivir, creencias y maneras de amar…
Lucien Febvre[32] se ha divertido en imaginar la estupefacción de Herodoto si, resucitando, volviera a hacer su periplo, ante la flora que hoy se nos antoja característica de los países del Mediterráneo: naranjos, limoneros, mandarinos, árboles todos traídos del Extremo Oriente por los árabes; cactus oriundos de América; eucaliptus originarios de Australia y que han conquistado todo el espacio enclavado entre Portugal y Siria (como nos dicen los aviadores, que reconocen a Creta por sus bosques de eucaliptus); sin hablarnos de todos esos otros productos de importación: el ciprés, que es persa; el tomate, peruano; el pimiento, de las Guayanas; el maíz, mexicano; el arroz, “esta bendición de los árabes”; el durazno “hijo de las montañas de China, aclimatado luego en el Irán”, y el albaricoque, y la patata, y el higo de Berbería, y el tabaco… La lista sería interminable; habría que dedicar todo un[II-148]
capítulo a las migraciones del algodonero, autóctono en Egipto,[33] de donde salió, para recorrer el mundo por el mar. Cuán útil sería también un estudio detallado sobre la llegada del maíz en el siglo XVI, de este hijo de América en el que Ignacio de Asso, en el XVIII, suponía erradamente que era una planta de doble origen que, según él, llegó al Mediterráneo procedente del Nuevo Mundo, pero que ya en el siglo XII había sido traído por los árabes desde las
Indias Orientales.[34] El cafeto se cultivaba en Egipto desde 1550; el café, como tal, llegó al Oriente a mediados del siglo XV: algunas tribus africanas comían los granos tostados. Como bebida, era conocido en Egipto y en Siria ya en aquella época. Dícese que en 1556 fue prohibido su uso en La Meca, por tratarse de una bebida de derviches. El café llegó a Constantinopla hacia 1550. Los venecianos lo introdujeron en Italia en 1580; entre 1640 y 1660 aparece en Inglaterra; en Francia entró por Marsella en 1646, haciendo su
aparición en la corte hacia 1670.[35] El tabaco, por su parte, llegó de Santo Domingo a España a través de Portugal; la “exquisita yerba nicotinada”
invadió Francia[36] en 1559, y tal vez ya a partir de 1556, gracias a Thevet. En 1561, Nicot enviaba a Catalina de Médicis, desde Lisboa, polvo de tabaco
como remedio para la jaqueca.[37] La preciosa planta no tardó en recorrer,
victoriosa, todo el ámbito mediterráneo; hacia 1605 alcanza la India.[38] Fue prohibida con mucha frecuencia en los países musulmanes, pero en 1604,
Tavernier vio al mismo sofí fumando su pipa…[39]
Podríamos alargar hasta el infinito la lista de estos hechos menudos, tan amenos. Recordar, por ejemplo, que el plátano del Asia Menor hizo su
aparición en Italia en el siglo [40] XVI; que el cultivo del arroz se implanta en el
mismo siglo en la región de Niza y a lo largo de las marismas provenzales;[41][II-149] que la lechuga, que nosotros llamamos “romana”, fue traída a Francia por un viajero de nombre Rabelais; y que aquel Busbec, cuyas cartas hemos citado con harta frecuencia, fue quien llevó las primeras lilas de Adrianópolis a Viena, donde, con la complicidad del viento, no tardaron en extenderse por toda la campiña. Ahora bien, ¿qué añadiría toda esta nomenclatura a lo único que, en realidad, importa, que es la amplitud, la receptividad del gran crisol del Mediterráneo, tanto más rico en consecuencias cuanto más numerosos son desde el principio los grupos de civilizaciones en esa zona de fusiones? Tan pronto los vemos diferenciarse claramente, aunque con empréstitos e intercambios a intervalos más o menos frecuentes, como los vemos mezclarse en extraordinaria barahúnda, evocando, si se quiere, aquellos puertos del Oriente que nos pintan nuestros románticos: lugares de cita de todas las razas, de todas las religiones, de todos los tipos de hombres, de todo lo que puede encerrar en materia de peinados, modas, cocinas y costumbres: el mundo mediterráneo.
En su Viaje a Constantinopla, Teófilo Gautier va describiendo minuciosamente, en cada uno de los puertos en que hace escala el barco, el espectáculo de lo que se le antoja a la fantasía del escritor un inmenso baile de máscaras. Al principio, la descripción nos divierte, pero luego la saltamos sin darnos cuenta, ya un poco aburridos, pues es siempre, inevitablemente, la misma. Por doquier, los mismos griegos, los mismos armenios, los mismos albaneses, los mismos levantinos, judíos, turcos e italianos… Cuando hoy contemplamos este mismo espectáculo, todavía vivo, pero menos pintoresco, en los barrios del puerto de Génova, Argel, Marsella, Barcelona o Alejandría, tenemos la impresión de la evidente inestabilidad de las civilizaciones. Nada más fácil que exponerse a error, si nos empeñamos en desenredar, para comprenderla, toda esta maraña. El historiador creía que la zarabanda era una vieja realidad de las danzas españolas; ¿se da cuenta de que acababa de