El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Supervivencias y fronteras culturales
Resulta evidente que se revelan asombrosas permanencias, bajo los cambios que parecen alterar o transformar la civilización. Los hombres, los individuos, pueden traicionarlas, y las traicionan en efecto, a cada instante;[II-159] pero las civilizaciones siguen viviendo su propia vida aterradas a algunos puntos fijos y casi inalterables.
Pensando en el obstáculo que es la montaña, Cvijić declara que ésta se opone “menos a la penetración étnica que a los movimientos resultantes de la
actividad humana, y a las corrientes de la civilización”.[76] Interpretada y acaso modificada, esta idea nos parece certera. Al hombre le están permitidas todas las escalas y todas las transferencias. Nada puede detenerlos, ni a él ni a los bienes materiales o espirituales que lleva consigo cuando procede por sí solo y en su nombre. El desplazamiento se torna difícil, en cambio, cuando se trata de un grupo, de una masa social. Una civilización no se desplaza nunca con la totalidad de sus grandes bagajes. Al cruzar la frontera, el individuo se expatria. “Traiciona.” Deja tras él su civilización.
Y es que ésta, de hecho, se aferra a un espacio determinado, que es uno de los indispensables componentes de su realidad. Antes de llegar a ser esa unidad en las manifestaciones del arte, en las que Nietzsche veía su verdad más importante (quizá porque, de acuerdo con su época, consideraba el arte como sinónimo de la calidad), una civilización es, en su base, un espacio trabajado, organizado por los hombres y por la historia. Por eso hay límites culturales, espacios culturales, de una extraordinaria perennidad; nada pueden contra ellos todas las confusiones y mezclas del mundo.
También el Mediterráneo se halla segmentado por fronteras culturales, fronteras principales y fronteras secundarias, cicatrices que no se cierran y representan su papel. En los Balcanes, J. Cvijić distingue tres zonas
culturales,[77] ¿y quién puede dejar de notar, en España, el agudo contraste entre las partes al norte y al sur del paralelo que pasa por Toledo, ciudad donde se encuentra el corazón de la Península? Al norte, la España dura de los pequeños campesinos semiindependientes y de los nobles recluidos en sus ciudades provinciales, y hacia el sur, la colonia de los explotadores, la única España que quiere verse, por lo general, donde el cristiano encuentra una sabia agricultura y vastas propiedades organizadas, una masa de laboriosos fellahs, ¿un extraordinario legado que se guarda mucho de destruir?