El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Conclusión

CONCLUSIÓN [II-787]

 

ESTE libro, a lo largo de los 20 años que lleva en circulación, se ha visto citado, criticado (raras veces) y alabado (con demasiada frecuencia). Durante ese tiempo he tenido ocasión de elaborar sus explicaciones, de defender sus puntos de vista, de reflexionar sobre las actitudes que adopta y de corregir sus errores. Ahora, con motivo de su segunda edición, lo he vuelto a leer cuidadosamente, y he introducido en él cambios importantes y extensos. Pero es inevitable que todo libro viva una existencia personal, completamente al margen de su autor. Éste lo puede mejorar, lo puede enriquecer con nuevas notas y detalles, puede intercalar en él mapas e ilustraciones, pero no conseguirá cambiarlo radicalmente. Era bastante habitual en el siglo XVI que una nave comprada fuera de Venecia se trajese a esta ciudad y se la revisase de proa a popa, encargándose hábiles carpinteros de las reformas y alteraciones aconsejables…, pero, pese a todo ello, continuaba siendo el mismo barco de siempre: un barco salido de los arsenales de Dalmacia u Holanda, y su origen, identificable a la primera mirada.

Y lo mismo le ocurre a este libro. No obstante el largo proceso de revisión sufrido, los lectores de su primera edición podrán reconocerlo sin esfuerzo. Su conclusión sustantiva, su mensaje y su significado continúan siendo los mismos de ayer. Es el resultado de un trabajo de investigación apoyado en una cantidad muy considerable de documentos nunca publicados anteriormente. Son documentos concernientes a todos los rincones del amplio escenario mediterráneo, durante esos años ambiguos que inician la época moderna. Es, además, un intento de historia de una nueva especie, una historia global, escrita en tres registros diferentes, en tres niveles diversos, o, y prefiero esta expresión, tres diferentes temporalidades, siendo mi objetivo abarcar en toda su multiplicidad todos los diferentes tiempos del pasado, y afirmar su coexistencia, sus interferencias, sus contradicciones y la riqueza de experiencias que contienen y que nos brindan. La historia, a mi modo de ver,

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es una canción que debería cantarse a muchas voces, aceptando también el[II-788] inconveniente de que, con frecuencia, las voces se cubren unas a otras. Nunca ha habido una voz que se haya impuesto para cantar un solo, rechazando cualquier clase de acompañamiento. ¿Cómo se podría, entonces, percibir, en el sincronismo de un solo instante, y como por transparencias, las historias diferentes que la realidad superpone? He tratado de salir al paso de este problema recurriendo a considerar ciertas palabras y ciertas explicaciones como otros tantos temas o aires familiares comunes a las tres secciones del libro. Pero la dificultad estriba en que no hay sólo dos o tres temporalidades, sino más bien varias decenas: y cada una de ellas implica una historia particular. Sólo la suma de estas temporalidades, de estas medidas del tiempo, operada por las ciencias del hombre (convertidas en retrospectivas para poder ayudar al historiador), puede devolvernos esa historia total cuya imagen tan difícil resulta de reconstituir en su rica entidad.

 

I

A nadie se le ha ocurrido reprocharme la anexión a este libro de historia del muy extenso ensayo geográfico con que comienza, y que es el homenaje que rindo a las realidades intemporales cuyas imágenes y presencias no cesan de hacer, una y otra vez, acto de presencia de la primera a la última página de este grueso libro. El Mediterráneo, con su vacío creador, con la asombrosa libertad de sus rutas marítimas (su librecambio automático, como lo llama Ernest Labrousse), con sus tierras diferentes y semejantes, sus ciudades nacidas del movimiento, sus poblaciones complementarias y sus hostilidades congénitas, es una obra sin cesar abordada por manos de hombre, pero siempre a partir de un plan imperativo, luchando sin cesar contra una naturaleza poco generosa y con frecuencia salvaje que impone limitaciones y dificultades de muy larga duración. Toda civilización es construcción, dificultad, tensión: las civilizaciones de la cuenca mediterránea han luchado con mil obstáculos evidentes usando un material humano a veces inadecuado, luchando sin fin y a ciegas contra las enormes masas continentales que cercan el mar interior; han llegado incluso a contender con las inmensidades de los océanos Pacífico y Atlántico.

He buscado, por eso, dentro del marco de un estudio geográfico, localizaciones, permanencias, inmovilidades, repeticiones, es decir, las regularidades de la historia mediterránea; no todas las estructuras o[II-789] regularidades monótonas de la vida pasada de los hombres, sino las más importantes entre ellas, las que atañen a la existencia cotidiana. Estas regularidades son el plano de referencia, el elemento privilegiado de nuestro libro, y constituyen sus imágenes más vivas y localizables. Las volvemos a encontrar, en forma intemporal, en la vida actual, en el curso de un viaje o en los libros de Gabriel Audisio, Jean Giono, Carlo Levi, Lawrence Durrell, André Chamson… Todos los escritores occidentales que, en un momento u otro de sus vidas, han convivido con el Mediterráneo, se han sentido sorprendidos por su carácter histórico, o, mejor aún, intemporal. Como Audisio y Durrell, yo también creo que la Antigüedad continúa viva en las orillas del Mediterráneo de hoy. Quien en Rodas o en Chipre “observe a los pescadores que juegan a las cartas en el ambiente cargado de humo de la taberna del Dragón podrá hacerse una idea de cómo fue Ulises en la realidad”. Creo también, con Carlo Levi, que la comarca perdida que es el auténtico protagonista de su hermosa novela Cristo se ha detenido en Éboli, se hunde en la noche de los tiempos. Éboli (de donde procede el título de príncipe de Ruy Gómez) está en la costa, cerca de Salerno, en el lugar donde la carretera se aparta del mar para hundirse en las montañas. Cristo (es decir, la civilización, la equidad y la alegría de vivir) no ha podido continuar su camino hacia las tierras altas de Lucania, hasta el pueblo de Gagliano “encaramado sobre precipicios de arcilla blanca”, en el hueco de vertientes sin hierba, sin árboles. Allí los pobres cafoni se ven gobernados ahora, como siempre, por los privilegiados de turno: el farmacéutico, el médico, el maestro, personas todas que el campesino evita, teme y a quienes mira de reojo. Vendettas, bandolerismo, economías y útiles primitivos son todavía la regla en esta sociedad. Puede un emigrante volver de América a su pueblecillo casi abandonado, puede ser portador de mil curiosas novedades y maravillosos objetos: no conseguirá cambiar nada en este universo arcaico, enclaustrado en sí mismo. Este rostro es el auténticamente profundo del Mediterráneo y sólo con la ayuda del ojo del geógrafo (o del viajero, o del novelista) podemos discernir sus verdaderos contornos y sus opresivas realidades.

 

II

La segunda empresa de este libro —descubrir el destino colectivo del Mediterráneo en el siglo XVI, es decir, su historia social, entendida la[II-790] expresión en su sentido más amplio— nos lleva inmediata y constantemente a toparnos con un problema tan insidioso e insoluble como es el del deterioro de su vida material, a encontrarnos con esas múltiples decadencias en cadena de Turquía, del Islam, de Italia o de la península ibérica, por decirlo con el idioma de los historiadores de antaño —o con las rupturas y averías de sus sectores motores, finanzas públicas, inversiones, industrias, navegación, para decirlo con las palabras de los economistas de hoy—. Ha habido historiadores que —nutridos o no por el pensamiento alemán— han sostenido con entusiasmo (y el último de ellos, cronológicamente hablando, ha sido, quizá,

Eric Weber,[1] discípulo de Othmar Spann y de su escuela universalista) que se presentaba en todos los casos un proceso de decadencia interna, del cual el destino del Imperio romano nos brinda el ejemplo perfecto. Entre otras reglas enunciadas, toda decadencia (Verfall) sería compensada, según Eric Weber, por un ascenso simultáneo (Aufstieg) en otro lugar, de modo que en la vida común de los pueblos nada se crearía ni destruiría, sino sólo cambiaría. Igualmente categóricas son las tesis lanzadas por Toynbee y Spengler. Por mi parte, me he empeñado en luchar contra todas estas concepciones tan en exceso simplificadoras y las grandes conclusiones a que invitan. Pues, a decir verdad, ¿dentro de cuál de estos esquemas se podría acomodar el curso del destino mediterráneo? No creo exista una cosa tal como un modelo de decadencia, sino que hay que construirlo partiendo de las estructuras básicas de cada caso particular.

Cualquiera que sea el sentido que le queramos atribuir al impreciso término decadencia, no puedo aceptar que el Mediterráneo haya sido presa fácil y resignada de un vasto, irreversible y particularmente precoz proceso de decadencia. Decía yo, en 1949, que no conseguía descubrir ningún signo de decadencia mediterránea con anterioridad a 1620. Hoy me inclino a pensar, aun sin poder garantizar su certeza, que se puede muy bien correr algo esa fecha, hacia delante, digamos, hasta 1650. En todo caso, los tres libros más significativos dedicados a narrar los destinos de las regiones mediterráneas no contradicen mi tesis. Los libros a que aludo son: el de René Baehrel sobre la Provenza, el de Emmanuel Le Roy Ladurie sobre el Languedoc y el de Pierre Vilar a propósito de Cataluña. A mi entender, si se quiere reconstruir el nuevo panorama del Mediterráneo después de la gran ruptura que marca el final de[II-791] su primacía, convendría elegir una fecha tardía: 1650 o incluso 1680.

Sería también preciso, en la medida que las investigaciones locales permitieran más rigor, proseguir esas tentativas de cálculos, estimaciones e investigaciones de órdenes de magnitud que inicio en este libro. Al hacer así, me acerco, en mucho mayor grado que estas imperfectas tentativas invitan a suponer, al pensamiento de esos economistas particularmente interesados por los problemas de crecimiento y de contabilidad nacional (en Francia, por ejemplo, François Perroux, Jean Fourastié y Jean Marczewski). En cuanto nos adentremos por ese sendero, daremos muy pronto con una evidencia: que el Mediterráneo del siglo XVI es, prioritariamente, un universo de campesinos, medianeros y terratenientes: el cultivo y la cosecha son el centro de ese mundo, y todo lo demás es superestructura, resultado de la acumulación y de una antinatural orientación hacia las ciudades. Campesinos y grano, es decir, alimento de los hombres, número de esos hombres, es la silenciosa regla que determina el destino de la época. A la corta o a la larga, la vida agrícola es la que manda. ¿Podrá soportar la carga de una población creciente y el lujo de unas ciudades tan esplendorosas que nos han cegado hasta el punto de no ver otra cosa que civilizaciones urbanas? Ese es el problema crucial de cada día, de cada siglo, y en comparación, todo el resto es insignificante.

En Italia, por ejemplo, se produce en los últimos años del siglo XVI un enorme movimiento de inversiones en beneficio del campo. Me resisto a considerarlo un signo de decadencia precoz; más bien es una reacción que atestigua un buen estado de salud. Italia conservará un precioso estado de equilibrio —material, se entiende—, pues socialmente, la grande y fuerte propiedad privada impone en todas partes sus particulares formas de opresión y sus compulsiones de larga duración temporal. Y lo mismo vale decir de

Castilla.[2] Los historiadores actuales nos comunican que Castilla mantuvo un equilibrio material hasta mediados del siglo XVII. Esta observación viene a modificar las nuestras anteriores. Yo había supuesto que la crisis corta y violenta de la década que se inicia en 1580 podía explicarse enteramente en términos de simple reorientación del Imperio español hacia Portugal y el Atlántico. Explicación, por lo que parece, demasiado majestuosa. Felipe Ruiz

Martín[3] acaba de demostrar que fue simplemente resultado de un proceso[II-792] que arranca sustancialmente de la gran crisis frumentaria que sufre la península ibérica durante la década de los años ochenta del siglo. Se trata, en realidad, de lo que Ernest Labrousse habría llamado crisis de tipo ancien régime.

En suma, incluso cuando estudiamos crisis a corto término nos vemos frecuentemente obligados a recurrir en nuestra busca de respuesta a la lenta historia estructural. Ése es el nivel cero esencial con el que habremos de medirlo todo: no sólo las proezas de las ciudades, pongamos por caso (en 1949, estas ciudades me han impresionado en exceso: la civilización se puede convertir en un espectáculo cegador), sino también la historia coyuntural, esa historia que todo quiere explicarlo perentoriamente, como si ella fuese capaz de ordenarlo todo con esos movimientos suyos, con frecuencia muy cortos. El hecho es que se presenta ante nosotros la tarea de construir una nueva historia económica: hay que reconstruirla paso a paso, a partir de esos movimientos y de esas inmovilidades que la vida afronta continuamente. Como es bien sabido, no es lo más ruidoso lo más importante.

En todo caso, ni la ruina de la tendencia secular de la década que se inicia en 1590, ni el rudo hachazo de la crisis corta de 1619-1621 marcan el final del esplendor de la vida mediterránea. Tampoco puedo creer, mientras no haya mayor evidencia, en una discrepancia catastrófica de las coyunturas clásicas del norte y el sur de Europa y que, de haber existido, habría sido a un tiempo la destructora de la prosperidad mediterránea y la constructora de la supremacía de los nórdicos. Solución expeditiva que trata de matar dos pájaros de un tiro. Pero no veo los dos cuerpos.

Esta división de la historia entre lentitudes y velocidades, entre estructura y coyuntura, sigue siendo el tema central de un debate muy lejos todavía de solución. Es preciso clasificar estos movimientos en relación unos con otros, sin la certeza previa de si éstos han conformado a los otros o viceversa. Identificarlos, clasificarlos y compararlos debe ser nuestro primer cuidado y nuestra primera tarea. Por desgracia, todavía no podemos trazar las oscilaciones globales de las rentas nacionales durante los siglos XVI y XVII, y es una lástima. Pero estamos, al menos, en situación de poder estudiar las cambiantes fortunas de las coyunturas urbanas, gracias a los trabajos de Gilles[II-793]

Caster,[4] [5] Carlo Cipolla y Giuseppe Aleati, el primero en lo concerniente a Tolosa, y el segundo y el tercero, a Pavía. Las ciudades conocen en su vida múltiple una coyuntura más auténtica o, al menos, de igual validez, que las curvas habituales de los precios y los salarios.

Tenemos, finalmente, el problema de reconciliar cronologías contradictorias. ¿Cómo, por ejemplo, oscilan, de acuerdo con el mal o buen tiempo económico, los Estados y las civilizaciones, personajes prominentes, con sus exigencias y voluntad? En mi estudio he planteado la cuestión respecto a los Estados: los tiempos difíciles favorecen su relativa expansión. ¿Ocurre lo mismo con las civilizaciones? Sus esplendores llegan, muchas veces, desfasados. Será durante el otoño de los tiempos de la ciudad-Estado o, incluso, en su pleno invierno (en Venecia y en Bolonia) cuando se producirá la última floración del Renacimiento italiano. Y durante el otoño de los vastos Imperios del mar —Constantinopla, Roma, Madrid—, se producen las poderosas civilizaciones imperiales. En los últimos años del siglo XVI y los primeros del siglo XVII flotan estas sombras brillantes allí donde 50 años antes habían existido unos grandes cuerpos políticos.

 

III

Comparado con estos problemas, el papel de los acontecimientos y de los individuos palidece. Cuestión de perspectiva. Pero ¿es correcta nuestra perspectiva? Respecto a los acontecimientos, “su desfile oficial, al que acordamos el primer puesto, modifica muy poco el paisaje y prácticamente nada la estructura fundamental del hombre”. Así piensa un novelista de hoy, enamorado del Mediterráneo; Lawrence Durrell. Sí, de acuerdo, pero —y la pregunta me la hacen con mucha frecuencia historiadores y filósofos— si miramos la historia desde ese ángulo ¿en qué se queda el hombre, en qué su papel en la historia, en qué su libertad de acción? Además, me objetaba un filósofo (Francois Bastide), puesto que la historia siempre es desarrollo, progresión ¿no podremos también llamar acontecimientos a una tendencia secular? Indudablemente, pero mi definición de acontecimiento está más próxima a Paul Lacombe y Francois Simiand: los restos flotantes que he[II-794] pescado en este océano de la vida histórica, y que he puesto aparte con el nombre de acontecimientos, son los acontecimientos breves y patéticos, en especial aquellos que la historia tradicional llama sucesos memorables.

No quiero decir con esto que este polvillo brillante no le sirva al historiador para nada, ni que la reconstrucción histórica de conjunto no pueda perfectamente bien partir de esta microhistoria. La microsociología, en la que hace pensar (erróneamente, a mi parecer), no tiene, por otra parte, tan execrable reputación en el mundo de la investigación científica. Bien es cierto que la microsociología consiste en una constante repetición, mientras que en la microhistoria de los acontecimientos todo sería singularidad y excepción; se trata, de hecho, de un desfile de socio-dramas. Pero Benedetto Croce ha sostenido, no sin razón, que todo acontecimiento —por ejemplo el asesinato de Enrique IV en 1610, o, para salirnos completamente de nuestro periodo, la llegada al poder del ministerio Jules Ferry, en 1883— contiene en embrión la historia entera del hombre. Dicho con otras palabras: la historia es el pentagrama en el que se inscriben estas notas individuales.

Una vez dicho esto, debo confesar que, no siendo filósofo, me resisto a discutir sobre todas esas cuestiones concernientes a la importancia de los acontecimientos y la libertad del hombre. Habría que ponerse primero de acuerdo en cuanto a la palabra libertad, tan cargada de sentidos múltiples y nunca la misma en el curso de los siglos. También deberíamos distinguir, al menos, entre la libertad de los grupos, es decir, la de las unidades económicas y sociales, y la de los individuos. ¿Qué es hoy, exactamente, la libertad de esa unidad social que llamamos Francia? ¿Qué era, en 1571, la libertad de España, considerada en conjunto, en el sentido de las posibilidades que se abrían ante ella? ¿Con qué grado de libertad contaba Felipe II, o cual era la libertad de don Juan de Austria, perdido en medio del mar, con sus navíos, sus aliados y sus soldados? Cada una de estas llamadas libertades me parece una pequeñísima isla, casi una prisión.

¿Establecer la estrechez de los límites de acción es negar el papel del individuo en la historia? No lo creo. Queda siempre el poder elegir entre dos o tres posibilidades. Se impone la pregunta: ¿escogeremos una de ellas?, ¿la llevaremos eficazmente a su término o no?, ¿comprenderemos o no que esas pocas posibilidades y sólo ésas están a nuestro alcance? Me inclino en favor de la siguiente paradoja: el gran hombre de acción es aquel que después de[II-795] calibrar con justeza lo limitado de sus posibilidades, elige mantenerse dentro de ellas y aprovechar el peso de lo inevitable, ejerciendo su empuje personal en la misma dirección. Está condenado de antemano al fracaso cualquier esfuerzo realizado a contracorriente de la dirección que en un momento dado lleva la historia.

Por eso, cuando pienso en el hombre individual, siempre tiendo a imaginármelo prisionero de un destino sobre el que apenas puede ejercer algún influjo, encerrado en un paisaje que se extiende ante y detrás de él en esas perspectivas infinitas que hemos llamado de la larga duración. En el análisis histórico, tal como yo lo veo —con razón o equivocadamente—, se impone siempre el tiempo largo. Es un tiempo que aniquila una gran cantidad de acontecimientos, todos aquellos que no puede acomodar en su propia corriente, y que echa a un lado en forma despiadada; limita, sin duda alguna, la libertad de los hombres e incluso el papel del azar. Yo soy estructuralista por temperamento. No me tienta el acontecimiento, y sólo a medias la coyuntura a corto término, la cual no es, después de todo, más que una simple agrupación de acontecimientos del mismo signo. Pero el estructuralismo de un historiador no tiene nada que ver con la problemática que preocupa, bajo el

mismo nombre, a las otras ciencias del ser humano.[6] No tiende a la abstracción matemática de relaciones que se expresan en funciones, sino hacia las auténticas fuentes de la vida en lo que ella tiene de más concreto, cotidiano, indestructible, y de más anónimamente humano.

 

26 de junio de 1965