El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El siglo de los genoveses

El siglo de los genoveses[263]

 

Estas observaciones preliminares nos ayudarán a entender mejor la época de los banqueros genoveses, que se intercala de 1557 a 1627 en la historia del capitalismo, inmediatamente después del breve periodo de los Fugger y precediendo la aparición del capitalismo híbrido de Ámsterdam. Confieso que

preferiría dar la fecha de 1640 o la de 1650 con preferencia a la de 1627[264], pero en cualquier caso la cuestión no es crucial. Es evidente que la fortuna de los genoveses no resulta de un simple golpe de varita mágica propinado en 1557, es decir, inmediatamente después de la extraordinaria bancarrota del Estado español, ni tampoco acaba de repente en 1627, coincidiendo con la quinta o sexta suspensión de pagos en Castilla cuando el conde-duque de Olivares eleva a los marranos portugueses al rango de principales prestamistas de la Corona de Castilla. Génova aún continuará siendo durante mucho tiempo uno de los pilares básicos de las finanzas internacionales.

La riqueza de que disfrutaba Génova desde mucho antes y el radical cambio de frente político que decide en 1528 han allanado el camino de su futura prosperidad, añádase a ello su implantación precoz en Andalucía y

Sevilla[265] y su participación no solo en el comercio entre España y las Indias —actividad hoy muy bien conocida gracias a los trabajos de André E. Sayous —, sino también en el de Sevilla con los Países Bajos, nutriendo un comercio

al otro. Según Richard Ehrenberg[266], los genoveses no consiguieron hasta 1555 el control sobre Amberes, pero ya estaban allí desde comienzos de siglo, siendo entre 1488 y 1514 los más importantes entre todos los mercaderes

italianos del Escalda[267]. Es más que probable que hayan sido ellos quienes, a continuación, han financiado los enlaces norte-sur hasta al menos 1566.

En todo caso supieron aprovechar la oportunidad cuando los Fugger y sus acólitos, fuertemente castigados por la dura recesión de mediados del siglo, dan claras muestras de debilidad y fatiga y abandonan (salvo cortas reapariciones en 1575 y 1595) el peligroso juego de los asientos.

Los asientos son contratos de cláusulas múltiples cerrados entre el gobierno castellano y los hombres de negocios. Consisten en préstamos a corto plazo, rembolsables principalmente con los metales preciosos que llegan a Sevilla: las arribadas de este tesoro son intermitentes, y el rey se ve necesitado de la alternativa de una tesorería regular que permita el pago mensual, usualmente en oro, de los sueldos y otros gastos de las tropas españolas en los Países Bajos. Los genoveses serán lo bastante hábiles — desde 1557— no solo para recurrir a los múltiples medios con que cuenta el católico monarca tanto en Castilla como fuera de ella, sino también para servirse —con la intención de agrupar y garantizar sus cuantiosos anticipos— de la economía pública, tanto española como italiana. Y el rey (de 1561 a

1575) les concede [268] juros de resguardo, en teoría títulos de la renta pública, confiados como garantía del préstamo acordado, pero que los asentistas son libres de usar como mejor les plazca. Y venden estos títulos no solo a amigos y conocidos sino también a los suscriptores, los cuales se apresuran a adquirirlos. Bien entendido que los genoveses habrán de volver a comprar esos juros para devolvérselos al rey, pero no antes de que este haya rembolsado el préstamo. Segunda astucia: se han prohibido de 1559 a

1566[269] las sacas de numerario, es decir durante los años de restauración de las finanzas castellanas: todas las deudas anteriores revertían sobre la Casa de la Contratación, la cual se convierte en una especie de Casa di San

Giorgio[270], usando sus recursos para asegurar el pago de los juros colocados sobre la Casa. Este era el objeto del importante saldo de cuentas que tiene

lugar en Toledo en noviembre de 1560[271] y que los historiadores consideran como una bancarrota adicional, decidida como lo había sido la primera en 1557, con el tácito consentimiento de los hombres de negocios. Estos han recibido en juros el equivalente de buena parte de sus antiguas deudas, pero pueden pagar a sus propios acreedores con esa misma moneda. Con semejantes ajustes de cuentas, los genoveses se resienten menos que los Fugger. Si no pueden exportar sus beneficios en forma de numerario, sí pueden invertir estos fácilmente en mercancías españolas (alumbres, lana, aceite, seda, etc.), las cuales, exportadas a Italia o a los Países Bajos, les proporcionarán el activo líquido que necesitan en estas plazas distantes. Es

evidente que todo resultará mucho más cómodo cuando, a partir de 1566[272] y a causa de los disturbios en Flandes, se les autorice de nuevo a exportar monedas y lingotes de plata en cantidades que ellos mismos decidirán.

Pero el problema esencial continuaba siendo el de las transferencias y pagos desde o hacia los Países Bajos. Para resolverlo, el Rey Católico se ve obligado a recurrir a los capitalistas internacionales, los banqueros de la Alta Alemania antes de mediados de siglo, y a los genoveses a partir de 1557. Felipe II se verá forzado a semejante recurso con mayor frecuencia que Carlos V. Él es el señor de la plata que corre en el mercado internacional, pero no lo es del cobre, ni de las letras de cambio, ni tampoco del oro. El cobre era en realidad una simple comparsa. Pero este humilde metal monetario era desconocido en la península ibérica, que lo obtiene de Alemania, al principio, y de Suecia y el Japón, más tarde (siglo XVII). España lo podía conseguir fácilmente pagándolo, y la situación solo se hará difícil en

Portugal, donde el alza del cobre alcanzará cotas fabulosas hasta 1550[273], a causa de la demanda que de él había en las Indias Orientales. Todavía en 1640 se contaba que en tiempos del rey don Manuel, las monedas de cobre eran

más caras que el oro en Portugal[274]. En cuanto a las letras de cambio hay que establecer una distinción entre las que funcionaban como instrumento de crédito —pasándose a veces de la raya— y esas otras letras que tratan de compensar las demasías de las balanzas comerciales. España, abrumada bajo el peso de sus riquezas americanas, tiene en todas partes una balanza comercial deficitaria; los países con excedente son (o habían sido) los Países Bajos y las plazas de Italia (donde continúa). Habrá que comprar el papel de estas últimas. Pues las letras de cambio, teóricamente pagaderas en oro, controlan los complicados circuitos de las monedas de oro. Pero, como el abastecimiento de oro de Europa se hace mal a partir del Nuevo Mundo, estos pagamentos dependerán con frecuencia de las reservas existentes.

En todas estas direcciones iba a establecer rápidamente su primacía el capitalismo genovés, pero esta nunca habría sido alcanzada —conviene recalcarlo— sin la ayuda de toda Italia. Los genoveses, vendedores de plata, encuentran en su ciudad nativa y en mayor grado en el resto de Italia las

monedas de oro y las letras de cambio que necesitan. En 1607[275], los Cinque Savii hacen una breve alusión a este fenómeno, que se consideraba del todo normal: los genoveses, dado que son los proveedores de plata (y también de créditos para las compras de azúcar y pimiemta en Lisboa), hanno sicuro modo di estrazer da questa città quanto oro voglino; están seguros de poder extraer de Venecia todo el oro que quieran. Y lo mismo pueden hacer respecto a las letras de cambio sobre Alemania y los Países Bajos. Cuando Ambrosio Spínola y Giovanni Jacomo Grimaldi exponen a la República de Génova la situación reinante después de la bancarrota de 1596, dicen que el problema del dinero que ellos han prometido entregar en los Países Bajos (a petición de Felipe II y en nombre de los otros mercaderes genoveses de la Contratación —del Sindicato diríamos nosotros—) radica en «que las plazas de Florencia y Venecia, por el intermedio de las cuales se solventaban ordinariamente tales provisiones, han sido afectadas por trastornos que las han

conmovido casi de arriba abajo»[276] por las violentas consecuencias de la bancarrota. Sin ellas resulta imposible encontrar compradores regulares para los reales y los lingotes de plata, o proveedores de oro y créditos que harían posible evitar el envío hacia el norte de cantidades demasiado grandes de engorrosas monedas de plata —y a la vez la expedición del oro indispensable, repitámoslo—. Los soldados estacionados en los Países Bajos exigen siempre que buena parte de sus sueldos sea pagada en moneda de oro, lo que les resultaba tan provechoso como conveniente. Las monedas de oro eran muy buscadas y permiten transportes fáciles debido a su pequeño volumen. Tenía lugar un continuo cambiar monedas de plata por otras de oro. Los mercaderes intentaron, eso es cierto, liberarse de esta onerosa obligación y para ello intentaron imponer las monedas de plata, o mejor aún, piezas de tela como parte de la paga de los soldados. En este respecto la evolución fue muy lenta y la plata no logrará imponerse en la paga de los soldados hasta el reinado de Felipe III y con las inflaciones del vellón que jalonaron sus primeros años; no antes, desde luego, de la lenta promoción al rango de moneda internacional aceptada por todos de los reales españoles. Para ser más precisos, este cambio no llegó a término hasta que no reinó una situación de paz internacional a finales del siglo y comienzos del siguiente, lo que desvalorizó las exigencias de los soldados y puso término a cualquier posibilidad de amenaza eficaz por su parte.