El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La noticia, mercancía de lujo

al tiempo Alejandría-Cartagena[52]. Es evidente que no son estrictamente comparables, puesto que la distancia entre Alejandría y Cartagena no es la misma que la distancia —también reconstruida— Constantinopla-Venecia-Madrid. No nos queda más remedio que resignarnos ante la imposibilidad de medir el mar con un cierto grado de exactitud, pese a contar con la ayuda de la preciosa correspondencia de los políticos y mercaderes.

 

La noticia, mercancía de lujo

 

La noticia, mercancía de lujo, vale más que su peso en oro. «No se encuentra un solo correo [escribe al duque de Ferrara su agente en Venecia]

que nos exija menos de un ducado por carta»[53], y eso entre dos ciudades, Ferrara y Venecia, que están muy cerca una de otra. A comienzos del

siglo [54] XVI , las tarifas entre Venecia y Núremberg varían de acuerdo con la mayor o menor brevedad del tiempo requerido en el trayecto: cuatro días, 58 florines; cuatro días y seis horas, 50; cinco días, 48, y seis días, 25 (notemos de pasada que la mayor velocidad registrada por P. Sardella es dos días más larga que esta última). Estas eran, evidentemente, comunicaciones ultrarrápidas que solo se podían permitir los mercaderes ricos, en este inicio del siglo XVI, cuando, si no nos equivocamos mucho, las diferencias de precios entre mercado y mercado eran más grandes que nunca. Compensa gastar sumas de dinero muy elevadas a veces en enviar, cuando la circunstancia lo requiere, las oportunas órdenes del modo más rápido posible. Más adelante la situación se regulariza. La correspondencia de Simón Ruiz durante la segunda mitad del siglo XVI produce la impresión de que, por entonces, ya no era tan importante el envío ultrarrápido de órdenes e

informaciones[55]. Solo los grandes banqueros y los gobiernos continúan permitiéndose tales lujos, cuyo precio no ha cesado de aumentar a medida que

transcurre el siglo. El 14 de julio de 1560[56], Chantonnay, entonces embajador de Felipe II en la corte de Francia, despacha un correo de Chartres a Toledo y camino de vuelta; este recorre un total de 179 postas y gasta 358 ducados (o sea, seis ducados por posta). Es una suma enorme, muy por encima del salario anual de un profesor de la Universidad de Padua o de Salamanca. Estas postas se debían hallar de 10 a 12 kilómetros unas de otras,

y si el correo las ha recorrido a un promedio de 18 leguas[57] diarias nos encontramos ante un viaje llevado a término en un tiempo récord… Los ricos pueden pagar estas proezas sobrehumanas.

Para concluir: los resultados son paradójicos si medimos las lentitudes inherentes al espacio a partir del tiempo empleado por quienes llevaban cartas. Incluso cuando se da la circunstancia de que van lentamente, siempre lo hacen más aprisa que los otros viajeros.

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FIGURAS 28, 29 y 30. Noticias camino de Venecia. Las líneas isócronas, que representan intervalos de una semana, indican a grandes rasgos el tiempo requerido para que una carta llegue a su destino. Todas ellas se orientan hacia Venecia.

El primer mapa se basa en las investigaciones de P. Sardella (cfr. n. 49 en la p. 484), 1500, o para ser precisos: 1469-1534. El segundo y el tercer mapas se apoyan en la evidencia suministrada por los avvisi conservados en el Record Office de Londres, y analizadas para mí por F. C. Spooner. La anchura de las líneas sombreadas aumenta en relación con la mayor velocidad media de las comunicaciones.

En ciertas direcciones, las diferencias entre mapa y mapa pueden parecer muy marcadas. Son resultado de la variable frecuencia de las comunicaciones, dependientes estas de la urgencia de las circunstancias. Podemos observar, en líneas generales, que las comunicaciones resultan igualmente lentas en los mapas primero y tercero, mientras que las del segundo discurren con mayor velocidad. Pero no debemos considerar esto como una prueba definitiva. En principio, las velocidades se deberían relacionar en distancias definidas por líneas isócronas susceptibles de comparación, pero carecemos de certeza respecto a tales distancias. Sin embargo, si probamos a superponer los mapas, nos resultarán — en líneas generales— muy equivalentes, dado que una extensión en determinada dirección resulta compensada por una reducción en otra. No creo sea necesario advertir que el paso de áreas expresadas en kilómetros cuadrados a velocidades diarias solo se puede dar después de extremas precauciones.

 

Esto sería ya en sí una razón para abstenernos de hacer un análisis sistemático de los registros postales de la burocracia de Felipe II, o de

estudiar las cartas del mercader Simón Ruiz (unas 100 [58] 000), pues es más que probable que estas operaciones concluyan sin enseñarnos nada que no supiéramos ya. Las cartas dependen tanto de correos regulares como irregulares, estos últimos menos importantes que aquellos desde un punto de vista estadístico. Estudiar estas cartas es encontrarnos, antes o después, con los correos regulares, cuyos tiempos oficiales ya conocemos. La firma de los Tassis se comprometió a llevar cartas de Roma a Madrid en 24 días, en las fechas comprendidas entre el 1 de abril y el último día de septiembre; y en 26 días durante el otro semestre, es decir, el invernal. Estas cifras son las que realmente nos indican no el tiempo medio empleado por las cartas de los

mercaderes y embajadores[59] (pues las promesas de los administradores de las postas muy raramente se cumplían), sino el límite superior de las velocidades normales. A partir de dichos tiempos, podemos, con la ayuda de

estudios como el de Valentín Vázquez de Prada[60] (para el trayecto Madrid-Amberes) calcular y predecir la escala de las velocidades reales.

Una segunda y muy importante razón para no lanzarnos a este océano de cálculos: tomando de nuevo como centro a Venecia y usando esos avvisi que tan profusamente redacta y distribuye esta ciudad y de los que se nos conservan enormes cantidades manuscritos en el Archivio di Stato, la Marciana y hasta en el Record Office de Londres, se pueden hacer para los siglos XVII y XVIII unos mapas análogos al trazado con los datos suministrados por Sanudo. Dos de estos mapas, establecidos por Frank Spooner para los periodos 1681-1701 y 1733-1735, fijan las zonas de escucha de la curiosidad

veneciana[61]. Los tiempos de desplazamientos que en ellos se indican son, grosso modo, los mismos del periodo 1497-1532, más breves en el siglo XVII que en el XVIII.