El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Bancas e inflación

Hasta los menos afortunados se sentían atraídos por estos valores seguros. En el ocaso de su vida (muere en 1570), Benvenuto Cellini se hace propietario de un pequeño dominio cerca de Florencia, que compra en marzo de 1560, en usufructo, a campesinos más o menos honestos. Podemos creer o no creer que estos hayan pretendido, en realidad, envenenarlo. Benvenuto Cellini era hombre de imaginación viva y bastante exaltada. Lo que aquí nos interesa es el hecho de que el artista quiso asegurar la paz de sus últimos años,

acogiéndose a la tierra[366].

 

Bancas e inflación

 

Excepto la tierra, todos los sectores del mundo de los negocios se vieron sacudidos por la dura revolución de los precios, particularmente los

bancos[367]. Todas las operaciones bancarias, que se hacían en moneda de cuenta y no en moneda real, estaban expuestas a las vicisitudes de la inflación. Pues estas monedas ficticias, lire venecianas y genovesas, oncie o tari de Sicilia, maravedises y ducados de España y livres tournois francesas, estaban perdiendo constantemente su valor intrínseco. La onza siciliana, que ya en 1546 equivalía a 91.09 liras italianas de las de 1866, no llegó a valer más que 20.40 en 1572-1573. Lo mismo la libra tornesa, que traducida a francos Germinal, pasa de 4 en 1515 a 3.65 en 1521 (devaluación que era un modo de atraer hacia Francia, con una especie de prima, el numerario extranjero, y especialmente el oro de Castilla), a 3.19 en 1561, a 2.94 en

1573, a 2.64 en 1575 y a 2.46 en 1602[368]. De modo que hay un diálogo continuo entre las monedas reales y las monedas de cuenta, y de ambas, siempre eran las primeras las que quedaban mejor situadas. Queda por averiguar en qué pasivo se inscriben las pérdidas. Si se paga, a varios años de distancia, un depósito bancario registrado en moneda de cuenta, de acuerdo con la misma tarifa del depósito antiguo, pierde el depositario. El tiempo trabaja contra el dinero contabilizado a poco que se le deje ocioso.

Mario Siri cree que se producía un constante proceso de desgaste en todas las bancas y en todos los negocios del siglo XV. Desde un punto de vista teórico tiene razón: las pérdidas, tanto las sufridas por una parte como por la otra, se inscriben siempre dentro de un mismo sector: el de los negocios comerciales y financieros. Pero ya es otra cuestión saber si, a nivel individual, llegaban a equilibrarse beneficios y pérdidas. En todo caso, dado el habitual ritmo de los negocios (estoy pensando en los cambios de las ferias, oscilando cada tres meses) y dado también el tipo de cambio y la siempre creciente espiral de la inflación, es poco probable que se produjesen signos visibles del proceso diario de usura interna que pudiesen trascender al exterior. Ningún libro de ningún mercader habla de ella, lo que no quiere decir que este lento y continuo proceso de desgaste no haya producido a la larga sus efectos. Pero, por lo general, la quiebra de un mercader o de un banco está relacionada con las fluctuaciones a corto término de la coyuntura. Las bancas son numerosas y, en apariencia, gozan de una espléndida salud: la banca Pisani-Tiepolo, en

marzo de 1583[369], el año anterior al de su quiebra, trae a Venecia, de una sola vez, 200 000 ducados en reales españoles. Pero todas ellas cometían el mismo error: hacer anticipos y, lo que es peor, emplear una parte del dinero depositado en ellas en negocios de lenta conclusión. De modo que si se producía una recesión a corto plazo, como ocurrió en 1584, los préstamos no se pagan, se retiran los depósitos y la crisis resulta irremediable. Así fue como

quebró la banca Pisani-Tiepolo el 17 de marzo de 1584[370]. El historiador que desee adentrarse seriamente en esta cuestión deberá estudiar los enormes libros de contabilidad de los banchieri antichi que se conservan en el Archivio di State de Nápoles, continuar y analizar los importantes estudios iniciados

por A. Silvestri[371], es decir, una ingente labor.

En todo caso, las quiebras bancarias se multiplican a partir de 1550-1570, agravadas por el periodo máximo del dinero, que es también el periodo máximo de inflación. La enfermedad es tan grave que el remedio llegó con las bancas de Estado, las cuales comienzan a aparecer una tras otra precisamente a causa de aquella coyuntura. De estos establecimientos públicos, el único que

nace precozmente, en 1551[372], es el Banco de Palermo, organizado bajo los auspicios y la garantía del senado de la ciudad. Se instaló en el lugar llamado

La Loggia[373]. Por sus orígenes, guardaba sin duda cierta relación con la Tavola Communale o della Prefetia de Trapani, que se remonta a fines del

siglo [374] XV. Esto explica, evidentemente, por qué el Banco de Palermo, institución excepcional por la fecha en que se funda, lo era también por su naturaleza: como los bancos públicos del Mediodía de Italia, a los que sirvió con frecuencia de modelo, se especializó en la cobranza, en el manejo de los dineros y en los pagos públicos. Acabó, por lo demás, aplastado bajo el peso de sus tareas políticas y administrativas, cuando, bajo el reinado de Felipe III, se le encomendó la obra, muy poco lucrativa, de sanear la moneda siciliana.

El gran periodo de creación de los bancos públicos comienza como unos 30 años después de la fundación del Banco de Palermo. La Casa di San Giorgio reanudó en 1586 las actividades bancarias, a las que había renunciado más de un siglo antes, en 1444, durante la crisis del oro. El 23 de septiembre de 1587 se funda la Tavola della città di Messina, cuyos estatutos no fueron sancionados por Felipe II sino hasta el 1 de julio de 1596. Por medio de este banco esperábase, y no sin razón, que sería posible poner término a las repetidas quiebras y a los fraudes de los colletori o recaudadores de contribuciones. El nuevo banco tenía el privilegio de recibir en depósito el dinero de todos los departamentos públicos. Operaba con la garantía y bajo el

control de la ciudad de Mesina[375] [376] . En 1587 se funda el célebre Banco della Piazza di Rialto, en Venecia, que en 1619 asume el nombre, no tan célebre ya, de Banco Giro. En 1593 se constituye en Milán el Banco di S. Ambrosio, con una administración autónoma, como «banco giro».

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FIGURA 48. Devaluaciones de las monedas de cuenta. Esta gráfica aparece en el capítulo escrito por F. Braudel y F. C. Spooner en el vol. IV de la Cambridge Economic History. Se han clasificado las diferentes monedas de acuerdo con su valor intrínseco estimado en gramos de plata. Hay monedas ligeras y monedas pesadas. Algunas son relativamente estables, como la libra esterlina; otras, muy inestables, como el grosz polaco, el aspro turco e incluso la livre tournois. Las cifras para el rublo y el aspro son solo aproximativas.

Pf. Pf. Rech = Pfund Pfennig Rechengulden. Fl. Gu. = florín, a partir de 1579, gulder. Pf. HG = Pfund Heller Gulden.

Finalmente, por los mismos años, se organiza en Nápoles la banca aneja al Monte de Piedad y al Hospital de la Santa Casa dell’Annunziata, en Roma la banca incorporada al Hospital del Espíritu Santo, etc. El movimiento, bastante amplio y bien agrupado en el tiempo, tiene valor de testimonio.

La interpretación de este testimonio no es, sin embargo, tan fácil como parece. En el norte, sobre todo, las funciones de los bancos de Estado se salen rápidamente de los marcos estrictos de las finanzas públicas… Por ejemplo, el Banco de la plaza de Rialto, a pesar de las prohibiciones en contra, se puso a prestar inmediatamente al descubierto, recurriendo para ello a los depósitos de los clientes, y difundió ampliamente una verdadera moneda bancaria para la que había mayor demanda que para la moneda metálica. Los bancos no innovaban nada al obrar de ese modo: se limitaban a copiar los métodos de los bancos privados. Su originalidad consistía, sobre todo, en conceder adelantos en una escala hasta entonces desconocida.

Pero lo que nos interesa en la aparición de estos bancos y en las funciones desempeñadas por ellos es su papel con respecto a la historia de la inflación. ¿No habían sido las quiebras, la imperfección y la incertidumbre de los bancos privados las que provocaron esta brusca generación de bancos públicos? Gino Luzzatto, en cuyos estudios nos hemos apoyado mucho para redactar las líneas que preceden, concluye con razón: «Aunque esos bancos públicos no creasen nada, por lo menos aseguraron a los clientes que en tan gran número acudían a ellos la tranquilidad y la seguridad que con tanta

frecuencia les negaban los bancos privados…»[377]. Basta pensar, para comprender esto, en la larga serie de quiebras bancarias producidas en Venecia: en la bancarrota de Priuli en 1552, en la del segundo banco Pisani en

1584[378], o en la larga serie de los derrumbes financieros napolitanos que siguieron al crac del genovés Ravasquez (que no pasó de ser, en verdad, una quiebra a medias); todo lo cual redujo el número de bancos de once a cuatro

alrededor de 1580[379]. Seguramente que en Nápoles, lo mismo que en Venecia, estas quiebras fueron debidas, en muchos casos, a las intervenciones intempestivas de las autoridades públicas. Por ejemplo, en Nápoles, el virrey

se incautó, en 1552[380], de las reservas de oro de Ravasquez sustituyéndolas por monedas nuevas, de valor inferior, que acababa de acuñar. En Venecia, la señoría había obligado siempre a los bancos a concesiones y complacencias patrióticas, aunque solo fuese para cubrir los empréstitos que necesitaba. Pero sin duda, en todos estos casos, el gran mal secreto era la inflación, que acarreaba siempre la ruina y la necesaria intervención del Estado. Un detalle de la nueva organización bancaria de la Casa di San Giorgio deja entrever algo de esto. En 1586, el banco abre a sus depositantes su cartulario-oro, su cuenta en oro; en 1606, su cartulario-argento, y en 1625, la más curiosa de todas las cuentas: una cuenta en monedas españolas de a ocho. ¿Qué quería decir esto? Sencillamente, que se abría crédito al depositante en la misma moneda de su depósito, que se le pagaba en la misma moneda, poniéndola a