El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Montañas, civilizaciones y religiones

pobreza[41].

Muy a grandes rasgos podemos hablar, pues, de una población montañesa diluida, y más exactamente aún, de una civilización incompleta, truncada, insuficiente, efecto de la escasez de población humana. En un bello libro,

Heinrich Decker[42] ha estudiado el florecimiento de una cultura artística en los Alpes; es cierto, pero los Alpes son los Alpes, es decir, una montaña excepcional por sus recursos, sus disciplinas colectivas, la calidad de su población, la abundancia de sus vías de comunicación y la importancia extraordinaria de sus contactos. Cuando se habla de las montañas del Mediterráneo no hay que referirse precisamente a los Alpes, sino más bien a los Pirineos, a su historia violenta, a su crueldad primitiva. Y aun podríamos decir que los Pirineos son, por su parte, una región bastante privilegiada; en rigor, podría hablarse, incluso, de una civilización pirenaica, dando a esta palabra su prístino sentido de auténtica civilización. ¿Acaso no ha habido en el Pirineo catalán —región a la que habremos de referirnos con frecuencia—

una vigorosa arquitectura románica[43], nacida en los siglos XI y XII y llamada

a sobrevivir, caso curioso, hasta el [44] XVI ? Muy otra cosa acontece en el Aurès, en el Rif o en las Cabilias.

 

Montañas, civilizaciones y religiones

 

Por lo común, la montaña es un mundo adusto. Un mundo marginal, situado a extramuros de las civilizaciones, que son producto de las ciudades y de las tierras llanas. Su historia consiste en no tenerla, en permanecer casi siempre al margen de las grandes corrientes civilizadoras, que discurren lentamente, pasando de largo ante el mundo de la montaña. Capaces de extenderse ampliamente en sentido horizontal, estas corrientes parecen impotentes para ascender en sentido vertical y se detienen ante un obstáculo de varios centenares de metros de altura. Para estos mundos encaramados, sin contacto con las ciudades, ni la misma Roma, a pesar de la pasmosa duración

de su poderío, significó gran cosa[45], a no ser por los campamentos de las legiones que para su propia seguridad establecía el imperio en los bordes mismos de estas moles insumisas; así surgió, por ejemplo, León, al pie de los montes Cantábricos; así Djemilah, en las estribaciones del Atlas berberisco; así nacieron Timgad y Lambesa, donde acampó la III legio augusta.

Por la misma razón, el latín no llegó a prevalecer como lengua en parte alguna de estos macizos hostiles del norte de África y de las Españas, y la

casa latina tuvo siempre su asiento en las tierras llanas[46]. Fuera de algunas infiltraciones locales, no tuvo nunca acceso a la montaña. Más tarde, cuando la Roma de los Césares dejó el sitio a la Roma de San Pedro, el problema siguió siendo el mismo. Solo allí donde su acción pudo renovarse y reiterarse tenazmente, con insistencia pedagógica, logró la Iglesia ganar y evangelizar a aquellos indómitos pastores y campesinos. Y aun así, necesitó para ello muchísimo tiempo. En el siglo XVI estaba lejos de haberse coronado la tarea, tanto para el catolicismo como para el islamismo, que hubo de tropezar con el mismo obstáculo. Y aún en la actualidad, no puede decirse que los beréberes del norte de África, parapetados en sus montañas, hayan sido ganados del todo, o al menos discretamente, a la fe de Mahoma; y otro tanto ocurre con

los kurdos, en Asia[47]. En Aragón, en Valencia o en las tierras de Granada, la montaña representa, a la inversa, una zona de disidencia religiosa, de

supervivencia de ciertos vestigios de la fe musulmana[48], del mismo modo que las altas colinas selváticas y desconfiadas de Luberón protegen todavía

hoy a los restos de los valdenses[49]. Por todas partes, en el siglo XVI, vemos que las alturas de las montañas están unidas por hilos muy tenues a las religiones dominantes de la orilla del mar. Por todas partes, así en lo espiritual como en los demás aspectos de la civilización, encontramos desajuste, extraordinario rezagamiento en la vida montañesa.

Una prueba de ello la tenemos en la facilidad con que, al amparo de circunstancias propicias, las nuevas religiones logran en las regiones altas conquistas masivas, aunque inestables. En el mundo balcánico del siglo XVI abrazaron la fe del islam, en Albania y Herzegovina, alrededor de Sarajevo, zonas enteras de la montaña, lo que demuestra lo mal ensambladas que estaban con el cristianismo. Y hemos de ver que el mismo fenómeno se repite en la guerra de Candía, en 1647: un número importante de montañeses cretenses renegaron de su fe e hicieron causa común con los turcos. Veremos también cómo en el siglo XVII, ante la presión rusa, el Cáucaso se pasó al lado de Mahoma e hizo surgir, para su propio uso, una de las formas más

virulentas del islamismo[50].

En las montañas, la civilización tiene, pues, un valor poco seguro. Pedraza, en su Historia eclesiástica de Granada, escrita en tiempo de Felipe IV, afirma: «No hay que admirarse de que los habitantes de las Alpujarras [que son, como se sabe, unas montañas altísimas de la región de Granada] hayan abandonado con tanta facilidad su antigua fe. Los que hoy las habitan son cristianos viejos, no corre por sus venas ni una gota de sangre impura, son súbditos de su Rey Católico y, sin embargo, faltos de directores, y a consecuencia de la opresión en que viven, ignoran de tal modo lo necesario para su salvación, que apenas si quedan entre ellos algunos vestigios de la religión cristiana. ¿Cree alguien que si, lo que Dios no quiera, los infieles se enseñorearan de nuevo de su país, tardarían mucho en

abandonar su fe y en abrazar las creencias de los vencedores?»[51]. Como se ve, el texto es definitivo.

Así surge una geografía religiosa aparte de los mundos montañeses, mundos que parecen constantemente destinados a ser conquistados o reconquistados espiritualmente. Esta observación da sentido a muchos pequeños hechos presentados sin comentario por la historia religiosa tradicional, muy especialmente durante la evangelización y predicación organizadas en los siglos XV y XVI entre los pobladores de estas regiones altas.

Aunque de poco relieve, no deja de tener su significación el hecho de que Santa Teresa (que siendo niña soñaba con encontrar el martirio entre los

moriscos de la sierra de Guadarrama)[52] fundara en Duruelo el primer monasterio de frailes carmelitas reformados. La casa en que se estableció el convento era propiedad de un hidalgo de Ávila. «Un portal bastante espacioso, una sala con su desván y una pequeña cocina componían el edificio», según lo describe la santa, quien dispuso que del portal se hiciera una capilla, del desván el coro y de la sala el dormitorio. En este «perfecto cuchitril» se instaló San Juan de la Cruz con un compañero, fray Antonio de Heredia, quien pudo reunirse con él en el otoño, llevando consigo a otro fraile de su orden, el hermano José. Allí vivieron, entre las nieves del invierno abulense, la más frugal de las vidas monásticas; pero no una vida enclaustrada, pues salían a menudo, marchando descalzos por espantosos

caminos a predicar el Evangelio a los campesinos como a salvajes[53].

Es todo un capítulo de la historia de las misiones el que nos deja entrever, por ejemplo, la literatura religiosa consagrada a la vida religiosa de la isla de Córcega en el siglo XVI; tanto más significativo cuanto que, algunos siglos atrás, el pueblo corso había sido catequizado ya por los franciscanos. ¿Qué huellas había dejado en la isla esta primera conquista espiritual de la fe católica? Múltiples documentos nos revelan que, en el momento en que la Compañía de Jesús llegó a la isla para imponer la ley y el orden romanos, la vida espiritual de sus pobladores habíase convertido en algo muy extraño. Los curas no sabían leer, no tenían la menor idea del latín ni de la gramática y, lo que era aún más grave, ignoraban hasta la forma del sacramento del altar. Vestidos con frecuencia como los seglares, eran toscos campesinos como los que trabajaban las tierras o en los bosques, y mantenían a sus hijos a los ojos de todo el mundo. El cristianismo de sus feligreses era harto singular, pues ignoraban hasta el Credo y el Padrenuestro; algunos no sabían ni siquiera santiguarse. Las supersticiones florecían por doquier. La isla era idólatra, bárbara y vivía a medias fuera de la cristiandad y la civilización. El hombre, allí, era implacable para el hombre. Se mataban hasta en plena iglesia y los curas no se quedaban atrás en el manejo de la daga tradicional y el trabuco, la nueva arma que había hecho su entrada en la isla hacia mediados de siglo, recrudeciendo y envenenando todavía más las querellas. Mientras tanto, en las iglesias desmanteladas llovía como afuera, crecía la hierba y se alojaban los reptiles… Aun descontando la natural exageración de los misioneros, aun de los mejor intencionados, no cabe duda de que el cuadro es sin embargo verídico en su conjunto. Un rasgo lo completa, y es que este pueblo semisalvaje era capaz, a pesar de todo, de grandes arrebatos espirituales y de un entusiasmo súbito y espectacular. Apenas llegaba al pueblo un predicador de fuera, la iglesia se llenaba de montañeses que no encontraban cabida en el templo; los últimos en llegar permanecían a pie firme bajo la lluvia y los

penitentes acudían a confesarse hasta las horas de la media noche…[54]. Y lo mismo en el país musulmán: lo que sabemos de la conquista morabita de las montañas de Sous, en el siglo XVI, a través de los hagiógrafos de la época — principalmente Ibn Askar— nos permite comprender la atmósfera de lo maravilloso en que vivían los santos y sus admiradores: «Los encontramos confundidos con una muchedumbre de intrigantes, de locos y de pobres de

espíritu»[55].

No es de extrañar que el folclore de estas altas regiones revele una credulidad totalmente primitiva. La magia y la superstición llenan aquí la vida de todos los días, propiciando conjuntamente los arrebatos místicos y las

peores supercherías[56] [57] . Un relato del dominico Bandello nos transporta a una pequeña aldea de los Alpes de Brescia, a comienzos del siglo XVI: unas cuantas casas, arroyos, una fuente, vastos graneros y, en medio de la aldehuela, el cura, ocupado en bendecir los umbrales de las casas, los campos, los establos, en predicar el bien y en dar ejemplo con sus virtudes. Pero apenas una joven montañesa llegaba a llenar su cubo en la fuente del presbiterio, el santo varón se inflamaba de amor y concupiscencia. «Estáis amenazados de fieros males —explicaba a su rebaño—; un monstruo dotado de alas, un grifo, un ángel exterminador, se abatirá sobre vosotros, en castigo por vuestros pecados. Tan pronto aparezca, haré sonar la campana; cuando la oigáis, os taparéis los ojos y os quedaréis inmóviles». Dicho y hecho: nadie chistó hasta el segundo tañido de la campana… Y Bandello, el autor del relato, no cree necesario protestar de su veracidad.