El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Conclusiones posibles

pero también en otras partes. En Nápoles los documentos notariales[314] especifican ventas de esclavos (de ordinario a 35 ducados la pieza durante la primera mitad del siglo XVI); referencias similares las encontramos en los

registros de los originales notariales de Venecia,[315] y también en la[II-139]

correspondencia de los Gonzaga, que compraban niños negros,[316] presumiblemente para la diversión de su corte. En Liorna las portate mencionan, de vez en cuando, la llegada de unos cuantos esclavos negros a

bordo de un navío.[317]

Este ininterrumpido comercio sólo se ejerce a gran escala con motivo de acontecimientos excepcionales; por ejemplo, la conquista de Trípoli, en 1510,

[318] amontona tantos esclavos en el mercado siciliano que no queda más solución que venderlos muy baratos; el precio por unidad oscila entre los tres y los 25 ducados, y las galeras de Occidente renuevan, de golpe, sus remeros. En 1549, el gran duque de Toscana —y no será éste el único— envía un

agente a Segna para comprar esclavos turcos o [319] morlachi . La esclavitud es una realidad de esta sociedad mediterránea, dura con los pobres a pesar del gran movimiento de piedad y caridad religiosas que aumentará a finales de siglo. En todo caso, no es en modo alguno exclusiva del Atlántico y del Nuevo Mundo.

 

Conclusiones posibles

 

Así, pues, un lento y poderoso proceso en profundidad agita y transforma poco a poco las sociedades del Mediterráneo en los años de 1550 y 1600. Fue una metamorfosis lenta y dolorosa. El malestar es creciente y general, y, si no llega a traducirse en revueltas y brutales reacciones, no es menos cierto que va modificando profundamente el paisaje social. Se trata, innegablemente, de un drama de carácter social. Todas las dudas a este respecto se desvanecen después de la lectura del tan preciso estudio de Jean Delumeau sobre Roma y la Campagna romana en el siglo XVI, trabajo que tiene el mérito de utilizar los abundantes avvisi de los articulistas, los fogliottanti de la Ciudad Eterna. Constituyen una evidencia que confirma ampliamente lo que ya hemos dicho.

Todo tiende a irse polarizando poco a poco: de una parte, una nobleza rica, vigorosamente rehecha en torno de familias poderosas y combativas, apoyadas en enormes bienes inmuebles; de otra parte, una masa de pobres cada vez más numerosos y más miserables, orugas o saltamontes, verdaderas[II-140] nubes de insectos humanos. Una inmensa grieta parte en dos las sociedades humanas, abriendo en ellas un profundo abismo que ya nada podrá cerrar, ni siquiera la poderosa caridad católica de fines de siglo. En Inglaterra, en Francia, en Italia, en España, en el islam, se halla todo movido por este drama, que viene manifestándose de largo tiempo atrás y cuyas llagas incurables se abren a los ojos de todos en el siglo XVII. El mal lo invade todo, progresivamente: los Estados, las sociedades, las civilizaciones. Esta crisis tiñe de sus colores contradictorios la vida de los hombres. Los ricos se encanallan y tienden a mezclarse y confundirse, aunque parezca paradójico, con la chusma, a la que desprecian, y es que las dos márgenes del río de la vida no están, en esta época, tan distantes la una de la otra: de un lado, las casas nobles, abarrotadas de criados; del otro, la “picardía”, el mundo del mercado negro, del robo, de la licencia y la aventura, pero, sobre todo, de la miseria. Lo mismo que la más pura y exaltada pasión religiosa coexiste y se da el brazo, en España, con la más asombrosa bajeza y el salvajismo más cruel. Son las sorprendentes y maravillosas contradicciones del “Barroco”, se ha dicho. No del Barroco, sino de la sociedad en que se apoya y que el ropaje del Barroco apenas encubre. Y por todas partes, en el corazón de estas sociedades, angustia y desesperación.

¿Cuál es la razón de todo esto?; ¿es, acaso, que el mar ha fallado, una vez más, en su misión nutricia de distribuidor de bienes, de servicios, de riquezas, y hasta de alegría de vivir?; ¿es, acaso, que hemos llegado al ocaso de la gloria y la prosperidad de los tiempos antiguos, y que los pueblos del mar agotan sus últimas reservas de riqueza?, ¿o es —cansino y monótono interrogante de nuestra investigación— que el mundo entero, incluso el Mediterráneo, se precipita ahora hacia ese pasmoso reflujo de vida que habrá de ser el siglo XVII más pronto o más tarde?; ¿tendrá, puede tener razón,

François Simiand,[320] cuando afirma esto?