El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
III. Miseria y bandidaje
de protesta[…][188]»
III. MISERIA Y BANDIDAJE
La historia ofrece muy poca información sobre la vida de los pobres, pero éstos tienen sus modos peculiares de llamar la atención de los poderosos[II-111] contemporáneos, y a través de estos últimos nos llega. Disturbios, levantamientos, revueltas, alarmante multiplicación de vagabundos y maleantes, así como repetidos desafueros de los bandidos son los rumores de fondo que, aunque con frecuencia en sordina, nos hacen saber del extraordinario aumento de la miseria hacia fines del siglo XVI, miseria que todavía se hará mayor durante el siglo siguiente.
El punto más bajo de esta miseria colectiva se puede probablemente localizar alrededor del año 1650. Así por lo menos se deduce de la lectura del
diario inédito de G. Baldinucci,[189] al que ya nos hemos referido más de una vez: en abril de 1650 es tal la pobreza reinante en Florencia, que es ya imposible oír misa in pace, de tanto que se ve uno importunado durante su celebración por desgraciados, ignudi et pieni di scabbia (desnudos y llenos de sarna). En la ciudad los precios son tremendamente altos “y los telares permanecen ociosos”; y, para colmo de infortunios, el Lunes de Carnaval una tormenta destruye olivos, morales y otros árboles frutales.
Revoluciones imperfectas
La pauperización siempre va a la par con la opresión ejercida por los ricos y los poderosos. La razón esencial de ello no hay que buscarla muy lejos. Y la causa subyacente también resulta fácil de descubrir: la correlación existente entre superpoblación y regresión económica; esta doble carga, que crece sin cesar, dicta la totalidad de las condiciones sociales. En un artículo escrito en
1935, Américo Castro[190] afirmaba que España no había experimentado nunca una revolución; es una aseveración demasiado atrevida, si la consideramos en el plano de las afirmaciones generales, pero no inexacta, si la restringimos a la España del siglo XVI. Esta centuria ha conocido más aspiraciones a la revolución social que auténticas revoluciones. Sólo la breve llamarada de los Comuneros se puede considerar una excepción; e incluso
ésta se ha discutido[191] [192] y, sin duda, seguirá siendo discutida.
En realidad, a diferencia del norte de Europa, donde las llamadas guerras de religión enmascaran una serie en cadena de revoluciones sociales, el[II-112] Mediterráneo del siglo XVI no consigue, pese a que le hierve la sangre, poner en pie una revolución victoriosa. Y no será porque no lo haya intentado. Pero el Mediterráneo parece víctima de una especie de encantamiento mágico. ¿Será el hecho de que las ciudades hubiesen sido vencidas tan pronto lo que habrá conducido ineludiblemente al poderoso Estado a asumir la función de guardián de la paz? En todo caso, el resultado es claro: nos podemos imaginar un libro de enormes dimensiones donde disturbios, levantamientos, asesinatos, medidas policiacas y revueltas se suceden y testimonian una perpetua y múltiple tensión social. Pero al final no se produce cataclismo alguno. Sí, un libro que contuviese la historia de las revoluciones en el Mediterráneo tendría una enorme cantidad de páginas, pero los capítulos carecerían de relación unos con otros, y el libro, considerado en sí mismo,
resultaría cuestionable;[193] es más, también sería cuestionable si merece su título.
Y es que estos desórdenes estallan con regularidad, cada año, incluso cada día, como simples accidentes de carretera que no merecen la atención de nadie, ni de los actores, ni de las víctimas, ni de los testigos, ni de los cronistas y ni siquiera de los mismos Estados. Es como si todos se hubiesen resignado a soportar estos accidentes endémicos, tanto si se trata del bandolerismo de Cataluña como si es el de Calabria o el de los Abruzos.
Por cada hecho citado se nos escaparían 10 o 100 más, de algunos de los cuales no sabremos nunca. ¡Hasta los más importantes son tan menudos, tan mal esclarecidos y tan difíciles de interpretar…! ¿Qué fue, en realidad, la
revuelta de Terranova en Sicilia, en 1516?[194] ¿Qué lugar podríamos asignar a la llamada revuelta protestante de Nápoles, en 1561-1562, que no fue otra cosa que ocasión para una expedición punitiva de las autoridades españolas contra los valdenses de la montaña calabresa: unos cuantos cientos de
hombres degollados como si fuesen animales?[195] ¿O la guerra de Córcega (1564-1569), a todo lo largo de ella, y la guerra de Granada hacia el final, fueron también una cadena de episodios indecisos, guerras de la miseria en mayor medida que guerras extranjeras o religiosas? ¿Qué sabemos, en
realidad, de los disturbios de Palermo, en 1560,[196] o de las conspiraciones
“protestantes” de Mantua, en 1569?[197] En 1571, los súbditos del duque de[II-113] Urbino se rebelan contra las exacciones de su señor, Francesco María; pero es
un episodio mal conocido,[198] e indudablemente difícil de explicar (el ducado de Urbino es tierra de soldados mercenarios; ¿quién es, entonces, el que mueve los hilos?), y que, además, duró poco. No es mucho más clara tampoco la crisis interna de Génova en los años de 1575-1576. En 1579 se produce la revuelta de los campesinos insurrectos de la Provenza —los razas—, que toman el castillo de Villeneuve y dan muerte al señor del lugar, Claudio
Villeneuve,[199] pero estos hechos se pierden en la confusa trama de las guerras de religión de Francia, al igual que tantas otras agitaciones sociales, como las reivindicaciones presentadas en 1580 por aquella otra revuelta del delfinado, protestante ésta y de carácter democrático, inspirada en ejemplos de los cantones suizos, y que se alza violentamente contra la nobleza, al modo de las intentonas revolucionarias y expoliadoras de los protestantes de Gascuña, algunos años antes, en tiempos de Montluc, o de los disturbios que,
años después, estallan en el lejano Cotentin (1587).[200] Y lo mismo, hacia 1590, la revuelta de los campesinos aragoneses del conde de Ribagorza, que finalmente les valdrá la adscripción a los dominios de la Corona. Un año antes se sublevan también los súbditos del duque de Piombino, en la costa
toscana.[201] En 1599 se produce, y no es tampoco más que un hecho menudo, la insurrección de la Calabria, con motivo de la cual cae preso Campanella.
[202] Son también numerosas las revueltas acaecidas a lo largo del Imperio turco entre los años de 1590 y 1600, sin contar las sublevaciones endémicas de los árabes y los nómadas en el norte de África y en Egipto, las sublevaciones, bastante potentes, del “Escribano” y de sus partidarios, en el Asia Menor, en las que la cristiandad llegó a cifrar insensatas esperanzas; los motines de los campesinos serbios en 1594 en Banat, en 1595 en la Bosnia
Herzegovina, y otra vez en Herzegovina en 1597.[203] Si a esta lista, muy[II-114] incompleta, añadimos la fantástica cantidad de incidentes relativos al bandolerismo, no conseguiremos construir un libro, pero sí reunir una enorme colección de informes.
Pero, aun siendo así, uno se pregunta si todos esos incidentes y accidentes, que en sí mismos no pasan de ser hechos triviales, no serán los signos que afloran a la superficie de una historia social válida y que, a falta de mejores medios de expresión, se ve forzada a comunicarse en esta lengua confusa, torpe y, posiblemente, engañosa. ¿Nos encontramos ante un testimonio coherente, si lo consideramos a nivel más profundo? He ahí el problema que se le plantea al historiador. Responder afirmativamente, como yo voy a hacer, significa querer encontrar correlaciones, regularidad y movimientos de conjunto allí donde a primera vista no hay sino anarquía, incoherencia y absurdo evidente. Es admitir, por ejemplo, que Nápoles, “donde ocurren robos y peleas a espada (a diario) en cuanto oscurece”, es escenario de una interminable guerra social, algo que trasciende los límites del puro crimen. Y es admitir lo mismo en el caso de París, por entonces escenario de los actos de fanatismo político (y también social) de la primavera de 1588. El embajador veneciano cuenta que «el duque de Guisa ha entrado en la ciudad con la sola compañía de diez de sus hombres, que cada vez iba resultando más evidente que el príncipe no tiene dinero, que se encuentra fuertemente endeudado y que, no pudiendo sostener una guerra a campo abierto con fuerzas numerosas (que evidentemente habría que pagar), ha considerado que sería más seguro aprovechar la buena ocasión que se le
brinda en esta ciudad tan profundamente agitada por tantas emociones[204]». Una guerra social, pues, y, en consecuencia, cruel y barata, alimentada por antinomias y pasiones cuyas raíces se hunden en épocas anteriores.
Todos los hechos diversos que antes hemos mencionado llevan también el sello de una crueldad implacable, tanto por parte de un bando como por la del otro. Los crímenes rurales que se consuman en torno de Venecia, coincidiendo con el inicio del siglo, son tan despiadados como las represiones que les siguen. Inevitablemente, los cronistas o quienes anotaban estos acontecimientos en los informes públicos se manifiestan en contra de estos camorristas y los pintan, por lo regular, con los más negros colores. En la región de Crema, durante el invierno de 1506-1507, una pandilla entró en la[II-115] casa de una cierta Catherine de Revoglara, y per vim ingressi, fractis foribus,
ipsam invitam violaverunt et cum ea rem contra naturam habuere,[205] cuenta el escribiente del senado. En todas estas relaciones, estos adversarios mal identificados son considerados culpables antes de haber sido juzgados. Estos hombres son ladri, de una “malignidad y una iniquidad cada vez mayores”, son perversos, y en especial esos campesinos que un día, durante el invierno de 1507, fracasados en su intento de matar al patricio Leonardo Mauroceno en
su propia morada campestre, se vengan en los árboles de su propiedad.[206] Seguirán pasando los años, pero el tono de los documentos continuará siendo el mismo. Unos “malditos del Señor”, cerca de Portogruaro, en la primavera
de 1562,[207] saquean las propiedades y talan árboles y viñas. ¿Es que no sienten temor de Dios? ¿Es que no conocen lo que es piedad? Un avviso, de finales de septiembre de 1585, informa sin ambages: “En Roma hemos visto este año más cabezas (cortadas, de bandidos) en el Puente Sant’Angelo que
melones en el mercado”.[208] Éste es el tono que emplea eso que podríamos llamar periodismo en su fase inicial. Cuando un célebre jefe de bandidos, el sienés Alfonso Piccolomini, víctima de una traición, cae en manos de los
hombres del gran duque de Toscana el 5 de enero de 1591[209] (será colgado