El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Puertos y países exportadores de granos
la extrema penuria de los habitantes de Siria[251].
Puertos y países exportadores de granos
Todos los mercados del comercio de granos, sin excepción, estaban situados a orillas del mar o de los cursos de agua. Tal es el caso de los pequeños puertos cuyas barcas convergen en Liorna: Grossetto, Montalto,
Corneta[252], o el de las abras de los Abruzos, donde una policía de seguridad
vigilaba el activo tráfico hacia Venecia: Grottammare, Senigallia[253]. Y, con mayor razón, el de los grandes mercados: los de las llanuras danubianas, comunicadas por el gran río con el Mar Negro (un aviso de Levante que llegó
a Venecia en diciembre de 1575[254] indica que el trigo suministrado por Valaquia y Bogdiana, por orden de los turcos, debía transformarse en galletas y depositarse después en las márgenes del Danubio, donde sería inspeccionado); los del mar Egeo, vinculados a las grandes regiones del litoral productoras de trigo, como lo indica el emplazamiento de las escalas frecuentadas: la de Gallipoli, vinculada a Tracia; la de Patmos, cerca de la
costa de Asia; la de Salónica, a la entrada de Macedonia[255], y más aún la de Volo, gran centro abastecedor de los compradores del Poniente, que
exportaba el trigo de la llanura tesálica[256]. En Egipto, el Nilo —igual que el Danubio— arrojaba hacia el mar enormes masas de trigo y de arroz, habas y garbanzos. En el Occidente, la geografía condicionaba el progreso de los grandes mercados exportadores: Apulia y Sicilia; esta última isla era el típico gran mercado, una especie de Canadá o Argentina, tal vez más bien un Canadá del siglo XVI.
El caso de Sicilia merece, por ello, nuestro interés. Tiene, además, la ventaja de ser más claro que cualquier otro. Para los virreyes españoles, administrar, gobernar Sicilia, era, ante todo, ocuparse de la exportación del trigo. No hay una sola de sus cartas oficiales que no hable de las cosechas, de los precios, de las licencias de exportación, de las compras hechas por mediación de los negociantes extranjeros establecidos en Palermo, donde también vivían los señores sicilianos, enriquecidos por la gran producción
triguera de la isla[257]. Este papel esencial de abastecedor correspondió a Sicilia en la cuenca occidental durante siglos, desde la Antigüedad, desde siempre y sin interrupción, aunque con sus altibajos. El contrato firmado por Génova en 1261 con el rey de Sicilia Manfredo, para la exportación de 10 000 salmas anuales (20 000 quintales), podría confundirse con un contrato del
siglo [258] XVI, si la cifra fuese más elevada. Todo el Occidente soñaba con el trigo de Sicilia, y más que nadie, la vecina costa berberisca. Cuenta León el Africano que los árabes daban a sus hijos en prenda para obtener trigo
siciliano[259]. Tan pronto los cristianos recuperaron Trípoli, se preocuparon en Sicilia de los impuestos que debería pagar el trigo destinado a África: solo
gozarían de exención las 2500 salmas destinadas a la fortaleza[260].
Desde la época de Fernando el Católico estaba establecida la lista de los caricatori, o sea los embarcaderos de grano de la isla: Solunto, Termini, Roccella, Catania, Bruca, Terranova, Licata, Girgenti, Siculiano, Mazzara, Castellammare.
[I-767]
FIGURA 49. Los caricatori sicilianos en 1532. Según L. Bianchini, op. cit., I, p. 241. Los puertos exportadores de trigo corresponden a las llanuras y colinas de la isla. Salvo Castellamare, no había ningún puerto exportador en la costa norte, estos se encontraban a lo largo de la costa sur. Sciacca detentaba el récord de exportaciones (40 000 salme exportadas, de un total de 260 000, es decir, 520 000 quintales actuales).
Un recuento de las exportaciones de 1532[261] revela la primacía del sur siciliano y de sus colinas terciarias. La exportación oficial, en ese año de 1532, ascendió a casi 260 000 salmas, o sea 520 000 quintales de trigo, cantidad cuatro veces superior a la que se requería para abastecer Génova,
según un cálculo de 1577[262]. Génova importaba anualmente de 60 000 a
70 [263] 000 salmas de trigo siciliano. Pero desde hacía siglos no había ciudad en el oeste mediterráneo donde no se comiera el excelente grano isleño.
Este viejo mercado de trigo estaba muy bien organizado. Comercialmente, se concentra en Palermo, que, aunque no participaba en los cargamentos ni en los transportes, era el lugar donde se trataba todo lo
relacionado con el « [264] negozio frumentario », sin duda porque allí vivían los propietarios vendedores del grano, y, además, porque los agentes de los grandes mercados de Florencia y de Génova necesitaban estar cerca del virrey (quien residía tan pronto en Mesina como en Palermo), o, en todo caso cerca de sus oficinas y del portolano, funcionario que complicaba aún más el papeleo y las diligencias y gestiones necesarias para conseguir las tratas, las preciosas licencias de exportación. Licencias que, naturalmente, no eran gratuitas; su precio variaba según los baremos de una escala móvil, que Mario
Siri[265] ha reconstruido en el siguiente cuadro, tomado de su libro.
Estos gravámenes aumentaban considerablemente los precios del trigo
siciliano. ¿Fue esta, acaso, una de las razones de que, hacia 1550[266], sobreviniera la fortuna del trigo del Levante, que era más barato, según Bianchini, historiador del XIX? ¿Se debió a ello la ruina de la flota siciliana de transporte de grano? ¿O bien, como parece más probable, coincidió esta ruina con el papel cada vez más importante que desempeñaban los pesados barcos de carga venecianos y ragusinos, especialmente capaces de transportar el trigo por millones de salmas? En 1573, los navíos que cargaban en Sicilia por cuenta de Venecia transportaron 4000, 4000, 4000, 2500, 2000, 1800, 1500,
1000 y 1000 salmas, respectivamente[267]. Había nacido una flota, especializada en el transporte de productos pesados, como trigo, sal y lana, y que venía a completar el equipo, curiosamente perfeccionado, hasta en los más nimios detalles, del mercado siciliano. Este último poseía también grandes almacenes en los caricatori (elevadores, diríamos hoy), que, además, funcionaban como almacenes de depósito, con certificados que se entregaban al depositante. Aún no se ha escrito la historia de la cedola, el recibo que se daba al propietario deseoso de no vender inmediatamente su trigo, y que, sin embargo, necesitaba obtener un adelanto en dinero. ¿A quién vendía cedola en caso de necesidad?
Todo tiene, como se ve, un curioso tinte moderno; pero, para juzgarlo, sería preciso conocer mejor esos almacenes, sus escrituras y documentos, y los proveedores de fondos o «capitalistas» que aceptaban las cedole, cosas
todas que no aclara suficientemente el viejo libro de Bianchini[268]. También haría falta conocer mejor este sistema administrativo y capitalista que comprende tanto la producción como la comercialización del grano, sistema que deja ambos procesos en manos de quienes controlan los movimientos monetarios. Si bajan los precios del trigo, los campesinos (a quienes, cosa curiosa hoy, se designaba con el nombre de borghesi, es decir, personas del burgo) no podían pagar a sus acreedores y habían de vender sus bueyes e incluso irse de sus tierras. En efecto, los campesinos pedían dinero al comenzar el año para comprar las simientes, los animales que habían de tirar del arado, y, también, para probar fortuna roturando tierras nuevas. «Incluso los mismos señores y los caballeros [dice un informe español de comienzos del siglo XVII] piden dinero con las mismas intenciones, dispuestos a rembolsarlo en trigo, y si no lo pueden pagar, se les cargan intereses muy altos, en cuyo caso se apresuran a ir a ver al virrey y pedirle que se les conceda una atenuación de dichos intereses, y algunas veces obtienen lo
pedido…»[269]. Esta es la situación, campesina y señorial, que impera en
Castilla, en torno de Valladolid, a comienzos del siglo [270] XVII. Tenemos, además, la impresión de que, a la par, con el transcurrir del siglo XVI, este sistema caminaba hacia su destrucción. Extrañas especulaciones se urdían, en efecto, en torno de las cédulas o certificados de depósito. Se pusieron en circulación falsos documentos con la complicidad de los magazinieri: se vendía, de este modo, trigo inexistente, y en el momento de entregarlo, pretextábase averías y robos en los caricatori. Varios almacenes quebraron. En vano el gobierno trataba de restaurar la fe del público, amenazando con la pena de galeras a los contraventores, exigiendo registros locales, prohibiendo las compras y ventas anticipadas de granos y los contratos usurarios, llamados alla voce e secondo le mete, o las apuestas sobre el precio de las