El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Comer pan propio: la situación en Italia entre 1564 y 1590

Estas implicaciones son tan importantes para una historia comparativa que no nos atrevemos a llegar a una conclusión general aplicable al Mediterráneo como un todo, antes de que los problemas específicamente turcos no hayan sido concienzudamente estudiados. Hasta entonces, continuaremos sabiendo poco y mal acerca de las razones que ocasionaron la apertura, primero, y el cierre, más tarde, de los mercados turcos de cara a Occidente. Es evidente que hubo un crecimiento de población, y que las guerras a lo largo de sus fronteras hacen que los ejércitos, lo mismo que las

ciudades, devoren los excedentes de cereal[338]; hubo también agitaciones económicas y sociales. Los estudios todavía por hacer serán los que decidan. Pero es evidente que a partir de 1560 comienzan a iniciarse los grandes

cambios[339].

 

Comer pan propio: la situación en Italia entre 1564 y 1590 [I-786]

 

«Virtualmente evidente a la altura de 1560 y definitiva en 1570, la prohibición de los puertos de Levante deja a Italia abandonada a sus propios

recursos y condenada a nutrir una población en aumento»[340]. Ahora bien: pese a los ejemplos dramáticos y dramatizados registrados entre 1564 y 1590, Italia ha sido capaz de sobrevivir; Italia, o mejor dicho, una cierta Italia: la de las grandes ciudades parásitas —Roma, Génova, Florencia y Venecia—, que siendo las únicas amenazadas, o, diríamos mejor, las más amenazadas, han logrado superar la prueba. Hay tres posibles explicaciones:

1. Esta Italia ha dispuesto de los excedentes de otra Italia todavía pródiga:

Sicilia, Apulia, la Romañola, las Romanas, los Abruzos, Córcega[341] y — alguna que otra vez— Cerdeña. Es la Italia arcaica, todavía no explotada bien por los mercaderes. Los casos de Génova, Roma y Venecia prueban la exactitud de esta explicación. Venecia podía recurrir a pequeñas soluciones suplementarias: la posibilidad de adquirir trigo de Baviera; las compras en los puertos turcos del Adriático; la pequeña, pero providencial, contribución de Albania, providencial pese a la exigüidad del mercado y la calidad inferior de un trigo, al que se le reprocha su sabor azucarado: en Albania, los compradores pueden hacer sin dificultad alguna de sus adquisiciones; la nobleza local representa un papel similar al de los terratenientes polacos, y, puesto que la economía monetaria solo muy débilmente ha hecho irrupción en la región, los precios se mantienen estables: una característica clásica del cambio colonial.

2. Se usan, en mayor grado que antaño, cereales diferentes del trigo. Esta afirmación revestiría la mayor importancia, si fuésemos capaces de documentarla, pero es difícil dar con evidencias precisas. En la historia descriptiva se mencionan con frecuencia cereales funcionando como sustitutivos del trigo: por ejemplo, en Venecia, en julio de 1604, en vísperas de la nueva cosecha, hay almacenado en los depósitos de la ciudad tanto mijo

como trigo[342]. Alimento de pobres, lo mismo que la carne importada de Hungría y que venía por propio pie, las legumbres secas, habas, guisantes, lentejas, o el centeno, ese cereal, auténtico paño de muchas lágrimas a lo largo de siglos. Por otra parte, dado que el mijo se conserva mejor que el trigo

(con frecuencia más de 10 años)[343], es el cereal por excelencia de los depósitos militares, en tierra firme, en Dalmacia o en Levante. Y ha sido

cultivado a lo largo de centurias en el norte de Italia. En 1372[344], durante la dramática guerra de Chioggia, Venecia, duramente acosada por Génova, se salva gracias a las 10 000 staia de mijo almacenadas en sus depósitos. En el siglo XVI, más que un cereal sustitutivo, el mijo es el único pan de los pobres. Durante el invierno de 1564-1565, en Vicenza, ciudad muy vecina a Venecia, no habiéndose recogido aquel año cosecha alguna de trigo, «casi toda su

población vive gracias al mijo»[345]. En Venecia durante la carestía que se inicia en octubre de 1569 y que durará hasta la cosecha, por fortuna abundante, de 1570, el Fondego de las Harinas, en San Marcos, y el del Rialto distribuyen a diario harina procedente de las reservas municipales. Los tickets de racionamiento prevén dos panes al día por cabeza, mezo fermento, mezo

miglio[346]. Veinte años más tarde, también en Venecia, el trigo, inmediatamente después de la cosecha de 1589, sube rápidamente a cinco, seis y siete ducados. Se autoriza a los panaderos a hacer pan de arroz, a razón de tres partes de trigo por una de arroz. Pero «muy pronto se renunció a esta solución, porque este pan demasiado sabroso aguzaba el apetito». Con la intención de salvaguardar los auténticos intereses de los necesitados, la señoría da la orden de cocer pan de mijo y venderlo a los pobres: era

pésimo…[347]. En 1590-1591 la situación se hace aún más tensa y en 1592 habrá que traer trigo de Levante, Inglaterra y Baviera para poder salvar la emergencia. Y sin embargo, la emergencia había sido menos aguda aquel año, puesto que, ya de principio, la señoría, aleccionada por la experiencia de años anteriores, ha permitido a los panaderos hacer pan con no importa cuál cereal, «mijo, centeno y otras mezclas, sin ninguna limitación en los pesos… de modo que se vendían por la ciudad panes hechos con las más diversas clases de mezclas y de las más variadas dimensiones, pues cada panadero se

esforzaba en hacerlos buenos y grandes para así poder venderlos mejor»[348].

[I-788]

 

FIGURA 50. Venecia: trigo del mar y trigo de Terraferma. Según Museo Correr, 217. Venecia siempre se ha alimentado a un tiempo de su propio trigo y de trigo traído por mar. A finales del siglo XVI cesa el segundo de ser prioritario (por ejemplo en 1588). No hay duda de que este esfuerzo en la producción cerealera del territorio continental, esfuerzo que continuará durante el siglo XVII, es uno de los rasgos esenciales de la economía veneciana. Es de destacar también la importancia, entre los trigos venidos por el mar, del trigo italiano procedente de los Abruzos y de las regiones al norte de estos. Disminuye progresivamente el papel representado por el trigo procedente de Nápoles y Sicilia. Por esas fechas ya no se trae consigo de Levante ni del Mediterráneo occidental. (La Romañola es el norte de Romaña, más exactamente la Romagna estense, el territorio de Lugo y Bagnacavallo).

De modo que los cereales secundarios se consumían en Venecia cuando llegaban las vacas flacas. ¿Será demasiado atrevido suponer que entre los pobres existía un mercado más o menos permanente de ellos? Suponer que este mercado estaba en alza ayudaría a reconciliar algunas cifras que nos han llegado concernientes a los abastecimientos venecianos, y que aunque contradictorias en apariencia, tienen muchas posibilidades de ser correctas. Marino Sanudo es la fuente de la primera de ellas: de octubre de 1511 a finales de agosto de 1512, es decir, durante once meses, Venecia ha metido en sus almacenes de grano más de un millón de staia de trigo (exactamente 1 080 721); si se suma la media mensual de estos once meses hasta hacer un año completo, la cifra ronda los 1 200 000 staia. En total, casi 700 000

quintales, [1] che è sta un grandissimo numero. Pero documentos que hablan de los años 1548, 1552, 1555 y 1556 dan la cifra anual, años buenos con años malos, de 656 970 staia de harina (lo que en trigo daría una cifra mucho más elevada) y, en 1604, el consumo de la ciudad fue, según parece, de 515 257

staia [2] de trigo. Como la población no ha disminuido durante ese tiempo, sino al contrario, ha crecido, solo caben dos explicaciones posibles: o disminución relativa del consumo de pan, o disminución de la alícuota del trigo en los cereales panificables. Por mi parte me inclino por esta segunda explicación.

3. Y, finalmente, la explicación de conjunto más importante: Italia se salvó porque incrementó su propia producción. Se trata de un fenómeno a largo término, que posiblemente se inició en una fecha tan temprana como la de 1450. Este incremento fue resultado de métodos que ya hemos estudiado: cultivo de las colinas, conquista de las pendientes montañosas, saneamiento de toda especie de llanuras, división neta entre campos de cultivo y pastizales, desplazando cada vez más aquellos a estos y a los ganados que mantienen, en la medida que cada vez hace falta mayor espacio para los hombres. Esta necesidad entraña la destrucción de los árboles, de los animales salvajes y la reducción de los rebaños domésticos. Era un viejo proceso: en Lombardía las roturaciones del siglo XIII habían extendido los campos de trigo y, a la vez,

causado la disminución del número de corderos. Franco Borlandi[3] tiene razón cuando considera esta como una de las causas de la crisis de la lana y del éxito de los fustanes —mezcla de lana y algodón—: se trata de uno de los primeros sucedáneos.

[I-790]

 

FIGURA 51. Las exportaciones sicilianas. Según documentos en los archivos, Simancas. En gris, el trigo exportado que ha pagado las tratte; en blanco el que no las ha pagado. La media de estas cifras (indicada por la línea de puntos) es de unas 120 000 salme. Las variaciones se deben más a las diferencias de las cosechas que a las oscilaciones de la demanda. Cada tres o cuatro años Sicilia sufre una mala cosecha. Las exportaciones se mantendrán al mismo nivel durante el siglo XVII, y con las mismas fluctuaciones periódicas.

En el curso de este movimiento hacia delante [4], el paisaje agrario se transforma. Las colinas, que la Antigüedad había dejado en manos de la Naturaleza y que solo había usado como terreno de pastos, se convierten durante la explosión rural de la época medieval en series de terrazas sucesivas, cubiertas de árboles y viñas, cuyas hojas servirán de forraje a los ganados. La conquista prosigue en el siglo XVI, extendiéndose en altitud. Ya hemos citado antes el comentario de Francesco Guicciardini a propósito de

una Italia cultivada hasta las cumbres de sus montañas[5]. En 1580, Michel de Montaigne se maravilla al considerar el espectáculo que aparece ante sus ojos, en los baños de Luca: «montañas… todas muy bien cultivadas y verdes hasta la cima, pobladas de castaños y olivos, y otras de viñas que esas personas plantan en torno de las montañas, en forma de anillos o terrazas. El borde externo de la terraza —un poco levantado— está ocupado por la viña, y en la

depresión interior crece el trigo…»[6]. Pero los italianos han extendido también a las llanuras bajas y pantanosas sus esfuerzos metódicos encaminados a mejorar la agricultura.

Era un proceso que cada vez requería más hombres y más dinero, y que ha conducido a notables inversiones por parte de las ciudades. Los terratenientes urbanos, de nobleza recién estrenada, han encontrado en la tierra ocasión de hacer fructificar su dinero, o de ponerlo al abrigo de sorpresas. Al obrar así han tropezado con un problema esencial: disciplinar y utilizar las masas campesinas, obtener lo que en lenguaje actual llamaríamos la plusvalía de su trabajo. Por desgracia, estamos muy mal informados acerca de este movimiento multiforme. En su explicación general —de la que

nosotros hemos tomado mucho—, Ruggiero Romano[7] sostiene que las inversiones en tierras en el siglo XV y comienzos del XVI produjeron beneficios muy elevados. Se trata, en los primeros momentos, de pequeñas inversiones que producen muy altos rendimientos, es decir, nos encontramos con un modelo muy similar al de los comienzos del gran capitalismo

mercantil de Lisboa, después del regreso de Vasco de Gama[8]. Eran los días dichosos de la juventud del capitalismo territorial, contemporáneo de un primer capitalismo mercantil que alcanza su auge máximo en la época de los Welser y los Fugger. Más tarde se deteriora esta situación.

Lo dicho es, naturalmente, hipotético. En el caso de Venecia (pero es muy posible que Venecia, donde la evidencia es más manifiesta que en otras partes, se haya quedado a la zaga del resto de Italia) las grandes inversiones en el área de los beni inculti, especialmente tierras bajas y pantanosas, no comienzan, si nuestros documentos no nos engañan, antes de 1550… Solo entonces las tensiones sociales entre campesinos y terratenientes comienzan a manifestarse. A los crímenes políticos, obra de los de arriba, suceden los crímenes agrarios, obra de los de abajo. Antes de que el siglo llegue a su fin, estas tensiones degeneran en revolución social larvada pues eso es en realidad, la auténtica naturaleza del bandidismo (volveremos sobre el