El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las expediciones de Morea

hasta Tolón, si el rey de Francia se comportaba mal.[176]

 

Las expediciones de Morea

 

La gran guerra llena, en el Mediterráneo, el final del verano y el comienzo del otoño, en el largo trecho que va desde el golfo de Corinto hasta el cabo Matapán, pasando por la costa occidental de la Morea, costa inhóspita y montañosa, sembrada de escollos y con raras aguadas, ante la cual se extiende, por si ello fuera poco, el gran vacío del mar Jónico. Desde fines de verano, en estas regiones, grandes ráfagas de viento, acompañadas de tornados, inundan las planicies ribereñas y hacen la mar difícil y poco practicable para las finas y bajas galeras. Sólo se encuentran refugios hacia el norte en Corfú o, mejor aún, a lo largo de la costa dálmata o, al otro lado del cabo Matapán, en la costa que mira hacia el mar Egeo. Es un privilegio de los mares angostos, como el Egeo o el Adriático, el que los temporales de otoño no los invadan más que con cierto retraso, en comparación con los grandes espacios del Mediterráneo, que son los primeros que azotan.

Extraño teatro de guerra, en verdad, con pocas bases cómodas para los aliados. Ninguna de las islas venecianas que emergen en las vecindades de este ingrato litoral; ni la de Cérigo, demasiado angosta y apenas abordable, demasiado pobre y sin más recurso que sus viñedos; ni la de Cefalonia, montañosa y desierta, brinda seguro abrigo y no el necesario abastecimiento de víveres. Y todas se hallan demasiado lejos de la costa para que una flota pueda apoyarse en ellas, maniobrando contra el litoral de enfrente. Los únicos puntos de apoyo y refugios cómodos en estos parajes están en manos de los[II-626] turcos: Santa Maura, en el norte del golfo de Corinto; Lepanto, en el mismo golfo, y, por el sur, Navarino y Modón.

Es cierto que los aliados contaban con el levantamiento de las poblaciones de Morea, apoyándose en las afirmaciones y en las promesas de algunos proscritos. Pero nada había organizado en relación con esto. En las deliberaciones de la Liga sólo se había previsto el embarco de armas para los rebeldes. Y don Juan sólo había escrito especialmente a los griegos de la isla de Rodas. Cuando los aliados llegaron a aquellas tierras no se produjo ninguna revuelta, ni siquiera un simulacro de sublevación. A fines del siglo XVII, cuando Venecia logra apoderarse de la Morea, se lo debe, en parte, a la

colaboración del país griego.[177] Pero en el siglo XVI éste no se movió. No sabemos si fue a causa de los turcos y de su vigilancia o porque los griegos conocían demasiado bien a los latinos (especialmente, a los venecianos, sus antiguos dueños) para ir a morir en aras de ellos. Indiquemos, por lo demás, que en la hipótesis de una sublevación griega, la Morea habría sido elegida, con toda razón, como teatro de una guerra terrestre. Esta región, extraordinariamente accidentada, excluía la posibilidad de que en ella evolucionaran en masa los jinetes otomanos, tan temidos; se hallaba, además, fuera del alcance de las rutas dominadas por el turco; reunía, en suma, todas las condiciones necesarias para conquistar su independencia. Pero parece que los aliados, en este caso, apenas se detuvieron a elegir y que fue el azar, tanto como la expectativa de una revuelta indígena, lo que los condujo al litoral de Morea.

on Juan había recibido, el 12 de julio, orden de unirse a los aliados de Corfú. Así se lo escribió sin pérdida de momento a Marcantonio Colonna, quien acababa de llegar a aquella isla con la flota del papa y las galeras españolas mandadas por Gil de Andrade, que don Juan le había confiado. Los venecianos estaban ya en el lugar de la cita. Después de recibir la carta de don Juan, la única solución para los aliados habría sido aguardar la llegada de las galeras españolas y del jefe de la Liga. Pero, temiendo nuevas demoras, esperando poder alcanzar solos la victoria, y disponiendo de un buen pretexto para poder justificarse, en caso necesario, Colonna y Foscarini se hicieron a la vela, el 29 de julio, rumbo al sur, de donde llegaban inquietantes noticias. Se decía que la flota turca, habiendo salido a la mar una vez más, hacía estragos en las costas de Candía, DZante y Cefalonia. ¿Iba a dejarse que los turcos[II-627] saqueasen las islas y arrasasen sus preciosas cosechas? ¿Podían proceder así los valientes vencedores de Lepanto? La flota había salido de Corfú en orden de combate y fue reforzada sobre la marcha por las galeras de Candía, al

mando del [178] provveditore Quirino. El 31, al atardecer, estaba en Zante, donde permaneció tres días. Allí supo que la flota turca se encontraba en Malvasía y salió a su encuentro. Así fue avanzando hasta la punta sur de Grecia, donde las dos flotas se encontraron, el 7 de agosto, a la altura de Cérigo.

La flota de Euldj Alí no tenía nada de desdeñable. El Imperio turco había recreado su flota, no con esa inagotable facilidad que a veces se le atribuye, sino con dolor y con fatiga, ante un peligro que ponía en tensión todas sus fuerzas. El resultado de este tremendo esfuerzo, del que durante todo el invierno habían ido llegando a la cristiandad ecos bastante precisos, eran unas 200 unidades, por lo menos, entre galeras, galeotas y fustas. Más de la mitad de estos barcos eran, evidentemente, de recentísima construcción: habían sido botados durante el invierno de 1571 a 1572. Disponían de poca infantería, pero Euldj Alí había modernizado su armamento; abundantemente guarnecida de artillería y arcabuces, su potencia de fuego era superior a la de Alí Pachá, a bordo de la cual peleaban todavía muchos arqueros y honderos. Euldj Alí, además de occidentalizar el armamento, había logrado construir, sobre el modelo de la marina argelina, una flota extraordinariamente móvil. Las galeras más ligeras, pero sólidamente ensambladas, menos cargadas de artillería y de bagajes que las de los cristianos, les ganaban en rapidez con una regularidad desconcertante.

Por último, la flota turca poseía dos o tres grandes ventajas. Había aprendido a mucha costa la temible importancia de las galeazas, y ya no la olvidó nunca. Tenía en Euldj Alí un jefe muy notable, a quien las rivalidades de sus lugartenientes no le ponían zancadillas, un jefe más dueño de su herramienta que Marcantonio Colonna de la suya, al comienzo de la campaña, o don Juan al final. Además, esta flota apoyábase en un país amigo y operaba cerca de sus almacenes de víveres, de sus reservas de tropas y de sus baterías de tierra, mientras que los cristianos estaban a expensas de lo que había sido embarcado en Mesina, en Apulia o en Corfú o de la galleta mejor o peor conservada almacenada a bordo de los barcos redondos, pesados y engorrosos almacenes flotantes, que las galeras tenían que transportar al mismo tiempo[II-628] que las galeazas. Los finos navíos se agotaban en este trabajo sobrehumano. Además, Euldj Alí, y es otro de sus méritos, proponíase solamente una política de eficacia: impedir que la flota cristiana penetrase en el Archipiélago, encrucijada del poderío turco, salvaguardando al mismo tiempo la flota milagrosamente reconstruida durante el invierno. Cuando, el 7 de agosto, aceptó la batalla que Marcantonio Colonna le ofrecía, no lo hizo sin su cuenta y razón. Sabía perfectamente bien que los aliados no habían reunido aún todas sus fuerzas, que no tendría que combatir, especialmente, contra las coriáceas galeras españolas ni contra la infantería de los “tercios”. Tenía frente a sí, solos o casi solos, a los venecianos, tan mal provistos como él de infantería y entorpecidos, al igual que él, por sus pesados cascos. Los llevaba, además, la superioridad del número.

El combate se trabó en la jornada del 7, bastante avanzado el día, cerca de las islas de los Ciervos y de las Dragoneras. La flota aliada habíase desplegado con una lentitud de mal augurio. Eran ya las cuatro de la tarde cuando abordó las galeras turcas. Poco favorecida por el viento, apenas se movía. Todos los ataques, o mejor dicho, todas las fintas, favorecían a las ligeras galeras turcas. Con mucha prudencia, los aliados ponen por delante de su línea, como en Lepanto, las galeazas y los barcos redondos, provistos todos de potente artillería y sobrecargados de tropa. Se mantienen detrás de esta poderosa protección. Euldj Alí hace esfuerzos por dislocar la línea cristiana y batirse galera contra galera, sorteando los grandes fuertes flotantes. No pudiendo conseguirlo, rompe el combate. Una parte de su flota regresa a Malvasía, mientras él permanece en la línea de fuego, con sus 90 mejores galeras. Para escabullirse mejor, manda disparar en blanco a su artillería y desaparece detrás de una enorme cortina de humo. Se une sin dificultades al resto de su flota, mientras algunas de sus galeras, con los fanales encendidos, navegan rumbo a Cérigo, para hacer creer a los cristianos que ha emprendido la ruta de Occidente y que trata de cortarles las comunicaciones, aislándolas de las galeras que don Juan conduce hacia estas aguas. El día 10 se libra un segundo combate, repetición del primero: los cristianos se colocan al abrigo de sus “barcos de línea”, y los turcos, no logrando tampoco ahora romper el dispositivo, se deslizan fuera del campo de batalla, como coristas de ballet…

El drama técnico de esta primera parte de la campaña es, por tanto, la pesadez, la inercia de la flota aliada. Los grandes barcos de línea se hallan vinculados a las galeras que los remolcan y las asocian a su lentitud. Los[II-629] aliados son, en esto, víctimas de las rutinas de la guerra en el Mediterráneo. El acto revolucionario, innovador, habría consistido en abandonar a la acción de los vientos a los grandes y potentes navíos…

El segundo combate termina con la retirada de Euldj Alí al socaire del cabo Matapán. Los aliados, por su parte, se dirigen hacia Zante, saliendo al encuentro de la flota de don Juan. Éste, al llegar a Corfú el 10 de agosto, se encontró con que todo el mundo había partido, sin dejarle ni siquiera una noticia o una indicación acerca de los planes de la flota y del lugar en que se encontraba. Indignado, rojo de cólera, deliberó con sus consejeros, de regreso en Sicilia. Pero, alarmado ante las malas noticias que circulaban, lanzando órdenes y contraórdenes, acabó por conseguir que la flota se concentrase en Corfú el 1 de septiembre. Se había perdido mucho tiempo. ¿Hemos de creer, sin embargo, con el P. Serrano, que la expedición de Marcantonio Colonna no tuvo absolutamente ninguna eficacia? Parece casi indiscutible, por el contrario, que los aliados lograran, al proceder así, salvar Candía o Zante de los saqueos de la flota, y tal vez algo más…

Al pasar revista a la flota, después de concentrada, se contaron 211 galeras, cuatro galeotas, seis galeazas, 60 navíos de transporte y de 35 a 40 000 hombres de tropa. Cifras expuestas, por lo demás, a errores seguros: ¿cómo llevar, por ejemplo, un registro exacto de las fustas y, menos aún, de las galeras “aventureras” o de los voluntarios aventureros, la mejor nobleza de Italia…? En el pasivo de esta considerable flota hay que anotar que apenas contaba con 200 caballos, que los víveres escaseaban en ella y que tampoco abundaba el dinero. Las necesidades, en cambio, eran enormes: esta flota representaba un abismo insaciable para los graneros de Italia y para las finanzas de Felipe II…

Don Juan no partió de Corfú inmediatamente. Sostuvo allí una serie de discusiones. Las galeras venecianas necesitaban un suplemento de tropas y, como Foscarini se negó a aceptar soldados españoles, hubo que suministrarle hombres pontificios, sustituidos a su vez por tropas a sueldo de Felipe II. Finalmente, la flota se hizo a la vela con el mismo objetivo que en la expedición de julio: encontrar a la armada turca. El 12 de junio llegó don Juan, con sus efectivos, a Cefalonia, de allí pasó a Zante y, por último, arribó a las costas de la Morea. Los informes acusaban la presencia de Euldj Alí en Navarino. Don Juan intentó hacer avanzar sus naves hasta el sur del puerto, para aislar al enemigo de Modón y encerrarlo en el puerto de Navarino, mal[II-630] fortificado. Errores de cálculo y de maniobra hicieron fracasar esta tentativa, a pesar de que en los últimos momentos la flota cristiana viajó de noche para sorprender al adversario. Pero descubierta a tiempo por los vigías, no logró evitar que Euldj Alí saliese de la bahía de Navarino, donde se encontraba con 70 galeras, y se replegase sobre Modón. Los cristianos lo siguieron, tratando de darle alcance. Comenzaba así una nueva guerra de Morea, más complicada y más dramática, pero no menos decepcionante que la anterior.

En la jornada del 15 de septiembre, don Juan no dejó que su flota trabase combate con el enemigo en retirada. El 16, Euldj Alí presentó batalla, para guarecerse, al caer la noche, al amparo de los cañones de Modón. ¿No fue un error que don Juan, aquel anochecer, no se jugase el todo por el todo? Si don Juan, en vez de retroceder hacia el anclaje de Puertolongo, dejando a su adversario atacar su retaguardia, aunque sin éxito, se hubiese lanzado sobre él, habría tenido grandes probabilidades de forzar la entrada de Modón y de destruir en sus aguas a la flota turca. El desorden, dentro del puerto bloqueado, era enorme. Cervantes dice, más tarde, que los turcos estaban preparados para abandonar sus galeras: “tenían a punto su ropa y pasamaques, que son sus zapatos, para huirse luego por tierra sin esperar ser combatidos:

tanto era el miedo que habían cobrado a nuestra armada”.[179]

La ocasión perdida ya no volvió a presentarse. Euldj Alí había obrado con rapidez. Los cristianos lo creían inactivo, pero, lejos de ello, desarmó sin pérdida de momento una parte de su flota para emplazar sobre las montañas, en torno de la ciudad, la artillería así recuperada. Ya fortificada, la plaza era inexpugnable, aunque se tratara, por lo demás, de una plaza diminuta, según la descripción que de ella nos hace Philippe de Canaye, quien pasó por allí poco después, y cuyo muelle no podía albergar apenas a más de 20 galeras.

[180] Pero los navíos se hallaban en seguridad dentro de la bahía, aun fuera del puerto. Los cristianos, por el contrario, no podían mantenerse indefinidamente en alta mar. Tuvieron que replegarse sobre los anclajes cercanos, permitiendo con ello al enemigo salir de su escondite. No puede asegurarse que el verdadero sitiado fuese Euldj Alí. Se discutieron cien proyectos para forzar la plaza, los unos más arriesgados que los otros, pero se impuso la prudencia y, a menudo, la evidencia rebelde de los hechos. Por su parte, Euldj Alí podía[II-631] contar, a corto plazo, con la ayuda de los temporales de otoño. Este aliado eventual da su sentido a la guerra improvisada por él y que, con una suerte incomparable, iba a llevar a buen fin. Poco a poco, pero a la postre demasiado tarde ya, sus adversarios acabaron percatándose de esta política de contemporización a todo trance. Creían poder obligar al enemigo a salir de su guarida con la toma de Navarino, por donde pasaba, viniendo del norte, la línea de abastecimiento de Modón. La plaza estaba mal fortificada y era difícil de socorrer desde fuera. Pero la mala suerte se cebó en esta empresa. El conocimiento insuficiente del terreno, un desembarco difícil al mando del joven Alejandro Farnesio, las grandes lluvias que inundaron la planicie en que estaba empeñada la infantería española, la alarma dada a la plaza y el tiro eficaz de su artillería, la llegada de la caballería, mientras se veían, a lo lejos, los largos convoyes de camellos y de mulas que se dirigían hacia la plaza y, por último, el mal abastecimiento de víveres y municiones y la falta de puntos de apoyo, en una planicie sin árboles y azotada por los vientos huracanados: todo contribuyó a hacer difíciles los avances de la tropa, formada por unos 8 000 hombres, que muy pronto se vieron obligados a reembarcar a toda prisa.

El pequeño ejército de desembarco se hizo de nuevo a la mar en la noche del 5 al 6. En las dos jornadas siguientes, delante de Modón, la flota aliada volvió a ofrecer combate —era el aniversario de la batalla de Lepanto—, pero en vano. No pudo siquiera aprovecharse de la salida de unas 20 galeras lanzadas en persecución de un velero cristiano de carga, pues las galeras de don Juan, demasiado pequeñas, no lograron impedir el regreso precipitado a su refugio de estos navíos, llamados inmediatamente a su base por Euldj Alí.

¿Era aconsejable levantar el sitio? ¿O intentar por última vez forzar la entrada del puerto? Como prueba de buena voluntad, don Juan había dado la orden de que se le unieran las galeras que se habían quedado atrás, al mando de Doria y del duque de Sesa (las cuales, sin embargo, no llegaron a Corfú hasta el 16 de octubre, cuando ya el propio don Juan navegaba de regreso). En efecto, los venecianos deseaban mantener el bloqueo unas cuantas semanas más, por creer que se lograría con ello el derrumbamiento de la defensa turca y que, en todo caso, la flota de Euldj Alí se vería, en su viaje de regreso a Constantinopla, sometida a la ruda prueba del mal tiempo. Acaso no anduvieron del todo descaminados. Se ha sostenido que la guarnición turca, a

punto de agotarse sus fuerzas, habría, quizá, cedido.[181] Pero Foscarini, por[II-632] su parte, confiesa que lo que más temía, en cuanto a él, era la terrible justicia con que, a su regreso, se encontraría en Venecia y a la que, en 1570, no había escapado Zane, después de la frustrada expedición sobre Chipre.

Sea de ello lo que quiera, el 8 de octubre la flota aliada abandonaba la empresa de Modón y se replegaba sobre Zante, adonde llegó el día 9. El 13 estaba en Cefalonia. El 18, frente a Corfú. Dos días después separábanse las flotas. Se había renunciado, todo a la vez, a invernar en Levante, en Corfú o en Cattaro, y a emprender una expedición cualquiera en el golfo contra los puntos de apoyo de los turcos. Marcantonio Colonna, sumándose al parecer de don Juan, había contribuido a zanjar el debate, contra el criterio de los venecianos. “A juzgar por sus palabras, quedaron convencidos”, escribe el

duque de Sesa.[182] Sin embargo, el 24 de octubre, Foscarini escribía a la República: «Los únicos culpables de lo poco que se ha logrado en esta expedición son los españoles, que, en vez de ayudar a la Liga, no han tenido más mira que debilitar y arruinar Venecia. Las demoras de don Juan, sus vacilaciones en el curso de la campaña, respondían todas a este plan de ir exterminando poco a poco las fuerzas de la República y de asegurar las ventajas del rey en Flandes, olvidándose de los intereses de la Liga y perjudicándolos: la mala voluntad de los españoles ha sido patente y

manifiesta en cuanto tocaba al beneficio de los Estados venecianos.[183]» No cabe mayor injusticia. Pero ¿qué veneciano no habría dicho otro tanto? En realidad, a fines de este otoño, todo el mundo tenía la sensación de que la Liga había dejado de existir. La flota española navegaba rápidamente hacia Mesina, dividida en tres escuadras. Don Juan llegó a su destino el día 24 con

la primera de las tres; el 26 hacía su entrada solemne en la ciudad.[184]

Es probable que un contemporáneo, consultado acerca de los “grandes” acontecimientos del año 1572, no hubiese presentado un relato como el que nosotros acabamos de trazar. El año 1572 vio desaparecer del mundo algunas grandes figuras, en quienes el hipotético contemporáneo habría pensado, seguramente, ante todo. Ya hemos señalado la muerte de Pío V, ocurrida el 1 de mayo. En junio moría la reina de Navarra, y con ella perdía su alma el[II-633] partido protestante. El 24 de agosto, entre los muertos de la matanza, figuraba el almirante, y Granvella, en Nápoles, pensaba que el obispo de Dax, “este hugonote”, que tanto dependía de Coligny, ya no seguiría desempeñando