El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Definición de la montaña

Y, a decir verdad, ¿no le ocurre también al historiador algo parecido? También él se entretiene morosamente en la planicie, en la escena teatral en que se mueven los príncipes y los poderosos de la hora; no parece en absoluto deseoso de internarse en las altas y cercanas montañas. Más de uno se sorprende al descubrirlas, pues rara vez el historiador se aleja de las ciudades y de sus archivos. Y, sin embargo, ¿cómo es posible que pasen inadvertidos esos grandes y encumbrados actores de la historia, esas montañas pobres, medio salvajes, pero en donde el hombre brota como una planta vivaz, y, al mismo tiempo, sin embargo, semidesiertas, puesto que el hombre siente el impulso de abandonarlas continuamente? Es difícil ignorarlas, pues muchas veces llegan hasta el mismo mar y terminan en largas costas escarpadas, en

los más clásicos paisajes mediterráneos[21]. El montañés es un tipo de hombre conocido de toda la literatura del Mediterráneo. Ya, según Homero, los cretenses desconfían de los salvajes de sus montañas, y Telémaco, de vuelta en Ítaca, evoca aquel Peloponeso cubierto de bosques, donde vivió entre

mugrientos aldeanos «comedores de bellotas»[22].

 

Definición de la montaña

 

¿Qué es exactamente una montaña? Sería una inútil minuciosidad pretender dar una definición precisa diciendo, por ejemplo, que en su conjunto las tierras mediterráneas sobrepasan los 500 metros de altura. De lo que se trata es de fijar los límites humanos, forzosamente inciertos y variables, y, por tanto, difíciles de señalar sobre el mapa. Raoul Blanchard nos advirtió hace ya bastante tiempo: «Es casi imposible dar una definición de

la montaña que sea a la vez clara y comprensiva»[23].

¿Diremos, entonces, que las montañas son algo así como los barrios pobres del Mediterráneo, sus reservas proletarias? Esta afirmación podría ser cierta, muy a grandes rasgos. Pero en el siglo XVI nos encontramos con muchas regiones pobres enclavadas más abajo de los 500 metros, como las estepas de Aragón o las marismas pontinas… Por lo demás, hay numerosas montañas que, si no muy ricas, se hallan por lo menos bastante favorecidas por la Naturaleza y relativamente pobladas. Algunos de los valles más altos del Pirineo catalán son capaces de absorber «parte de sus propios emigrantes,

de un pueblo a otro»[24]. Y hay muchas montañas que son ricas a causa de las abundantes lluvias: según Arthur Young, importa poco el suelo en el clima mediterráneo: «la lluvia y el sol se encargan de todo». Los Alpes, los Pirineos, el Rif o las Cabilias, todas estas montañas que miran hacia el oeste y están expuestas a los vientos del Atlántico, son comarcas verdegueantes, con

jugosos pastos y espesos bosques[25]. Otras montañas son ricas, en cambio, por su subsuelo, por sus recursos minerales. Otras se hallan muy densamente pobladas, por haberse replegado sobre ellas poblaciones de las tierras de abajo, circunstancia esta que se ha repetido incontables veces.

La montaña, como atestiguan tantos documentos y la misma Biblia, es un

baluarte contra los soldados o los piratas[26]. A veces, de baluarte temporal se

convierte en refugio definitivo[27]. Lo demuestra con bastante claridad el ejemplo de los puszto-valacos, que desalojados de las llanuras por los campesinos eslavos y griegos, vagaron como nómadas durante toda la Edad Media a lo largo de los espacios libres de los Balcanes, de Galitzia a Serbia y

al mar Egeo, empujados sin cesar, pero empujando, a su vez, a otros[28]. Igualando a los ciervos «en ligereza, bajaban de las montañas para hacerse

con algún botín», escribe un viajero del siglo [29] XII. «Pasearon sus rebaños de ovejas y sus capotes negros por toda la península, hasta el cabo Matapán y Creta, encontrando su mejor refugio en los dos macizos más altos, el Hemus y el Pindo. De estas dos montañas descendieron sobre los llanos para irrumpir

bruscamente en la historia bizantina, a comienzos del siglo [30] XI ». Todavía en el siglo XIX los vemos merodear en torno de esas dos montañas, como pastores y agricultores y, sobre todo, como arrieros de esas caravanas de mulas que constituyen el más importante medio de transporte en Albania y el

norte de Grecia[31].

Son, pues, muchas las montañas que, en la cuenca del Mediterráneo constituyen otras tantas excepciones a aquella regla de pobreza y desolación, de que encontramos tan abundantes pruebas en los viajeros y en otros testigos del siglo XVI. Desolados eran los parajes de la Alta Calabria que, en 1572, atravesó el embajador de Venecia para reunirse en Mesina con don Juan de

Austria[32] [33] ; desoladas la sierra Morena en Castilla, y las sierras de Espadán

y de Bernia[34], en el reino de Valencia, acerca de las cuales hicieron averiguaciones en 1564 las autoridades de Madrid, temerosas de que se agitaran en ellas los moriscos y se encendiera de nuevo la guerra en aquellos abruptos parajes, en los que ya levantiscos de 1526 habían resistido a los lansquenetes alemanes; más desolados aún, eternamente desolados, los montes agrestes y pelados del interior de Sicilia, y tantas otras montañas

estériles, hostiles incluso a la vida pastoril[35].

Pero estos son los casos extremos. Según el geógrafo J. Cvijić[36], la montaña —él se refiere a las de la zona balcánica, pero sus observaciones pueden extenderse a todo el mundo mediterráneo— es la zona del habitat disperso, de las aglomeraciones de tipo aldeano; la llanura, en cambio, es el medio propicio a las poblaciones urbanas, a la ciudad. Esta distinción es válida para la Valaquia y, en grado mayor aún, en Hungría, en las enormes aldeas de la Puszta y la Alta Bulgaria, donde las aglomeraciones aldeanas, en otro tiempo medio pastoriles, se conocen con el nombre de kolibé. Así sigue ocurriendo todavía hoy en Serbia, en Galitzia y en Podolia. Claro que todo esto es exacto solamente en términos relativos. En muchos casos nos sería difícil marcar sobre un mapa, con precisión, la zona de las poblaciones de tierra baja —a veces, verdaderas aglomeraciones urbanas— y las de los caseríos de las regiones altas, que suman a veces solamente un puñado de casas, pertenecientes en ocasiones a una sola familia. Un concienzudo estudio del mismo autor sobre los confines serbio-búlgaros, entre Kumanil y

Kumanovo[37], lleva a la conclusión de que es punto menos que imposible establecer una delimitación precisa. Además, ¿podríamos extender esta

realidad del continente balcánico, sin más, a la cercana Grecia[38] y, principalmente, a este Occidente, tan influido también por la vida del mar, que ha vivido largos siglos bajo el temor de los piratas, siempre en guardia contra las agresiones de la llanura, tantas veces saqueado y devastado y, para colmo de males, en tantas regiones azotado por un clima malsano? Nos vienen al recuerdo las grandes aldeas de Córcega, de Cerdeña, de Sicilia, de la Provenza, de las Cabilias y del Rif. Pero una cosa es cierta: tanto si habita en pequeñas aldeas como en pueblos grandes, la población montañesa resulta, por lo general, insignificante en comparación con los vastos espacios, de difícil tránsito, que la circundan. Son centros de población parecidos a los primeros del Nuevo Mundo, también ellos sumergidos en un espacio

superabundante y en gran parte estéril[39] u hostil, y carentes, por tanto, de contactos e intercambios, sin los cuales nunca puede renovarse la

civilización[40]. La montaña se ve forzada a vivir de sí misma en cuanto a lo esencial; debe producirlo todo, como sea: cultivar la vid, el trigo y el olivo, aunque ni el suelo ni el clima sirvan para ello. Sociedad, civilización, economía: todo presenta aquí un carácter acusado de arcaísmo y de