El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

II. Las franjas continentales

Pero esta diferencia de nivel recrea una cierta unidad económica de las dos cuencas, que la hace obligatoria, a pesar de todas las barreras, incluso las políticas, y por todos los medios, incluso los de la piratería (que a menudo expresaba la necesidad de restablecer un equilibrio económico trastornado). Es la diferencia de nivel de voltaje la que determina las corrientes eléctricas; y mientras mayor es el desnivel, más poderosa y más imperiosamente necesaria es la corriente. El este siente una urgencia vital de asociarse a la superioridad del occidente, de participar de ella a toda costa: busca los metales preciosos de occidente, es decir, el oro de América, y necesita absolutamente, en mayor o menor grado, acomodarse a los progresos de la técnica europea. Por su parte, la creciente industria occidental siente la necesidad de exportar sus sobrantes. Grandes problemas que más adelante estudiaremos.

Todo se movía, pues, todo estaba gobernado, de cerca o de lejos, por estas profundas necesidades, por estas rupturas y estos restablecimientos del

equilibrio, por estos cambios forzosos[116].

 

II. LAS FRANJAS CONTINENTALES

 

El Mediterráneo siempre ha parecido la tierra de promisión de los hombres de mar. Se ha dicho y repetido muchas veces. Claro está que no basta con que una costa sea irregular para que se halle poblada, y poblada precisamente de marinos. En realidad, el Mediterráneo carece de la profusión de razas marinas que tienen el mar del Norte o el Atlántico. No las produce más que en pequeño número y solamente en ciertas regiones.

 

Los pueblos del mar

Evidentemente, porque es incapaz de alimentar a más. El agua del Mediterráneo no es mucho más rica que su tierra. Los frutti di mare, tan

ensalzados, son aquí de una abundancia bastante relativa[117]; la pesca da un rendimiento mediocre, salvo en raros lugares, como las lagunas de Comacchio, las costas de Túnez o las de Andalucía (donde se pesca el atún)

[118]. Le faltan al Mediterráneo, mar profundo, mar socavador, los bancos apenas sumergidos, las plataformas litorales en las que, hasta una profundidad de 200 metros, pulula la fauna submarina. Casi en todas partes, un estrecho talud de rocas o de arena conduce del litoral hacia las fosas de alta mar. Según los oceanógrafos, el agua del Mediterráneo, geológicamente demasiado

antigua, está biológicamente agotada[119]. No existe, en estas aguas, la pesca en grande, la pesca de barcas migratorias, más que para el coral, que no es una pesca alimenticia. Para practicar esta pesca (lo mismo que para la del atún), los hombres se pegan a la costa… En nada se parece este sistema, por tanto, a los grandes desplazamientos de los marineros del norte hacia Terranova o Islandia, sin hablar de los bancos de arenques del mar del Norte. En febrero de 1605, y ante la carestía de pescado, la señoría de Génova trató

de limitar su consumición durante la época de Cuaresma[120].

La escasez de provisiones explica la escasez de pescadores, y por consiguiente, la de marinos. Hecho este cargado de grandes consecuencias, que siempre ha frenado insidiosamente las grandes empresas marítimas de las potencias mediterráneas. Entre los sueños de los políticos y las realidades se ha interpuesto constantemente este obstáculo: la escasez de hombres capaces de construir, de equipar y de manejar las flotas. Recordemos la difícil expansión de Liorna: fue necesario el trabajo de toda una vida, la de Cosme de Médicis, para dotar a la nueva ciudad de los marinos de que había menester, y hubo de buscarlos por todo el Mediterráneo. También hubo de concurrir todo un cúmulo de circunstancias para que los turcos pudieran construir la suya y para que se desarrollara el centro de la piratería argelina. Para todas las flotas que han luchado en el Mediterráneo, armar galeras ha sido siempre, ante todo, un problema de hombres. A no haber sido por los esclavos, los cautivos y los condenados a quienes se sacaba de las prisiones para encadenarlos a los remos, ¿dónde podían encontrarse los hombres necesarios para bogar? Desde principios del siglo XVI, los documentos repiten la queja de que escasean los remeros voluntarios, los buonavoglia. Los tiempos no son tan malos como para que los hombres se vendan a sí mismos, como sucedía antaño, arguye en 1541 el almirante veneciano Cristóforo da

Canal[121]. Incluso Venecia tuvo que instituir un sistema de milicias, un verdadero servicio obligatorio para sus galeras de Candía y a partir de 1542-1545 a usar condannati en sus propias galeras. La crisis de hombres para las tripulaciones era también aguda. Los documentos publicados por Lamansky hacen hincapié, sobre todo, en la impericia y en la mala organización de Venecia: si se hace tal o cual cosa, si se toman tales o cuales medidas, y especialmente si se paga mejor, dicen casi todos los informes venecianos, los marinos de las posesiones venecianas no irán a servir en los barcos mercantes extranjeros, en las armadas turcas y hasta en las «ponentinas». Puede ser. Pero lo indudable es que no había suficientes hombres para equipar todos los barcos del Mediterráneo; y aunque, naturalmente, la gente sirviera a quien mejor le pagase y le ofreciese una vida más fácil, no había en el siglo XVI ningún país que pudiera jactarse de disponer de todos los hombres necesarios para sus barcos.

Por eso desde fines de siglo los Estados y las ciudades del Mediterráneo enganchan o tratan de enganchar marinos del norte. Sabemos que en 1561

llegó a trabajar en una galera al servicio de España un escocés católico[122]. Un documento posterior a la Armada Invencible revela que Felipe II y sus

consejeros se preocuparon de reclutar marinos en la misma Inglaterra[123]. En Liorna, un rasgo distintivo de la política de Fernando de Médicis era la preocupación por conseguir marinos no solo en el Mediterráneo, sino también

en la Europa nórdica[124]. Y el centro argelino siguió la misma regla de conducta desde finales del siglo XVI, aplicándola en gran escala en el curso

del [125] XVII.

El norte, mejor provisto en este aspecto que el Mediterráneo, suministró a este, además de hombres, técnicas nuevas. Por ejemplo, el «coque», la Kogge, gran barco de transporte sólidamente construido, dotado en su origen de un solo mástil y de una gran vela cuadrada, capaz de afrontar los temporales de invierno; a partir del siglo XVI, este tipo de embarcación desplazó en el Mediterráneo al viejo barco redondo de dos mástiles y velamen latino. Los piratas vascos de Bayona fueron los primeros que demostraron en el Mediterráneo las magníficas cualidades de esta embarcación de origen

nórdico[126]. En los siglos XV y XVI, la Kogge se convierte en el barco redondo típico, tanto en el Báltico como en el Mediterráneo. Por el contrario, el viaje del Pierre de la Rochelle a Danzig, unos ciento cincuenta años después, da a conocer a los vecinos de este puerto, maravillados, un nuevo tipo de barco, la carraca, indiscutiblemente originaria del Mediodía, derivada del coque; pero de un coque dotado de mástiles y de velamen múltiples —lo cual es una tradición mediterránea—, con velas cuadradas y latinas; pero de un Mediodía oceánico, puesto que, al parecer, sus inventores fueron los vizcaínos, antes de que, hacia 1485, se convirtiera en el navío mercante usual del océano y del